Revista El Guardián > Yo fui tarotista

Yo fui tarotista
El tarot es un juego que apareció por primera en el norte de Italia a principios del siglo XV.Más Fotos

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UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN TIRA LAS CARTAS

Yo fui tarotista

Con la fe y la creencia de los que anhelan encontrar respuestas, nuestra redactora se acercó a una especialista en la lectura de cartas. Una tarde entre Arcanos deja una conclusión: meterse con los grandes temas de la vida, cansa.

LUNES 02.04.2012 – EDICIÓN N ° 58

Escribe Leni González

lgonzalez@elguardian.com.ar

Fotos Juan Pablo Barrientos

“Tuviste suerte”, sentenció mi hijo cuando, aburrida, me puse a jugar con sus dardos y, al primer intento, clavé en el centro. Fue entonces que pensé si sólo se trataba de una cuestión estadística: uno en cien, algún disparo iba a ser certero. Pero eso no resolvía las razones acerca de por qué el primero. Al mismo tiempo, consideré si ganarme el odio de mi niño no era, en realidad, una maldición piel de zapa por eso de que cada deseo cumplido trae su contracara. Pero son riesgos que valen la pena, a menos que esté dispuesta a la opción antiestrés de negarse a tirar al blanco por el resto de los días.

Como no es mi caso y moriré en (o sobreviviré a) los intentos, me di cuenta de que nada mejor que consultar a quienes le hablan con confianza a la suerte. Esquiva y engañosa como las mujeres en el tango, no tiene dueño, pero si se siente cómoda es capaz de levantarse el velo y mostrar su rostro. Guardé los dardos en el arcón de los juguetes y buscando mi destino, encontré –¿causalidad o casualidad?: llegó la hora en que pude decir esto– a una experta ideal.

Es una ex periodista que, harta de la profesión, desde hace una década decidió dedicarse a la actuación y al estudio del tarot. Autodidacta, en su casa de Palermo realiza lecturas con sus cartas y dicta cursos. “No creo que todos los taromantes estén llamados a ser profesionales. No porque no puedan ver o leer de manera excelente los mensajes de las cartas, sino porque ser tarotista profesional precisa de una disposición del ánimo y del espíritu que se complace y se siente bien acompañando a las personas en situación de conflicto”, explica Victoria Arderius en su blog (www.victoriaarderiustarot.blogspot.com.ar/).

Desconozco si tengo o no “la disposición” pero sí tengo la confianza. Sin creencia, no tiene sentido. “El tarot sólo funciona para aquellos que desean escuchar. Si uno no quiere que lo ayuden, no hay manera de que el tarot lo haga. La fe actúa como un puente entre diferentes niveles del ser, entre diferentes niveles de la existencia y por ese puente puede circular la energía. Sin fe no hay puente y no se puede recibir nada”, escribió Edith Waite, en El tarot universal de Waite, libro de cabecera para los que se asoman a esta doctrina secreta. Con esa fe, toqué el timbre.

Arcanos mayores

Perfumada y con una túnica hindú, Victoria me indica la escalera que lleva a un cuarto lleno de luz, con una alfombra circular cubierta de almohadones. También circular, hay una mesa pequeña con distintos mazos de cartas que sólo ella toca, un vaso grande de agua, adornos y una bella lámpara Tiffany. En la pared, una foto de Jesús misericordioso; sobre nuestras cabezas, una soga con banderines de colores: son oraciones budistas que el viento mueve extendiendo su plegaria. “Me los trajo una alumna del Tíbet”, cuenta. Tiene voz almendrada (no sé qué significa, pero toda ella es de almendra) que me provoca una ensoñación relajada. Miro los almohadones de raso. Si no fuera porque me interesa lo que me dirá, podría dormirme ahora.

Cuenta la historia que la palabra, casi de uso universal, tarot es el término francés que denomina al tarocco, juego que apareció por primera vez en el norte de Italia a principios del siglo XV, compuesto por 78 cartas, formadas por 22 “triunfos” o Arcanos mayores y 56 menores divididos en cuatro especies o palos (oros, copas, bastos y espadas). Pero el polisémico origen de la palabra continúa oculto. Más cercano, el padre de todos los tarots modernos es el de Marsella, común a mediados del siglo XVII y aún hoy popular en países de lengua francesa. Entre las versiones contemporáneas, el mazo que tiene mayor aceptación es el de Rider-Waite, creado en la primera década del siglo XX por Arthur Edgard Waite y la dibujante Pamela Colman Smith.

“El tarot es una representación simbólica de ideas universales en las que se basan la mente y el comportamiento humano; en ese punto, contiene una doctrina secreta, a la cual se puede acceder pues de hecho está en nuestra conciencia, aunque el hombre ordinario pase por la vida sin reconocerla”, argumentaba este neoyorquino estudioso de la alquimia y la cábala. Por supuesto que al psicólogo Carl Jung esta definición de arquetipos no lo dejó indiferente.

Con esas cartas trabaja Arderius porque son, advierte, las más claras. Y bellísimas. Las observo, las devoro, las disecciono como una campesina analfabeta ante representaciones litúrgicas en una iglesia de la Edad Media. Algo me  sugieren pero no sé descifrarlas. Me atraen algunas, otras me angustian, a ninguna alcanzo a comprender. Como esas figuritas del álbum de las abuelas, tan viejas que no podemos ni imaginar a las nenas que alguna vez jugaron con ellas. Tal vez sea por eso que la palabra arcano significa “secreto”. No siento empatía por las que llevan reyes, emperatrices o soldados. Entre las otras, hay una que me gusta más: una chica rubia desnuda que vacía unos cántaros de agua en una laguna y un cielo con siete estrellas detrás. Abajo está el número 17 y el título, la Estrella. Cada uno de los 22 arcanos tiene un nombre y representa a los misterios más profundos, dice Arderius, los grandes temas de la vida: el Loco, el Mago, la Sacerdotisa, la Emperatriz, el Emperador, los Enamorados, el Sumo Sacerdote, el Carro, la Justicia, el Ermitaño, la Rueda de la Fortuna, la Fuerza, el Colgado, la Muerte, la Templanza, el Diablo, la Torre, la Estrella (“inspirarse en la esperanza para llegar a la concreción de nuestros sueños”, me confía Arderius), el Sol, la Luna, el Juicio y, por último, el Mundo.

“Un tarotista toma a las cartas como un interlocutor válido. Para preguntar a las cartas, hay que hallarse en el estado del tarotista, que no es de racionalización sino contemplativo, poético, receptivo. ¿Cómo me responden? Con sus imágenes. Las cartas son portales dimensionales de información, cada una trae una información de ser o de estar. Para nosotros, no es tan difícil entender las cartas porque estamos acostumbrados por la televisión. Porque un lector de cartas es un lector de imágenes y debe contar lo que se ve en la carta y usar las palabras que son evidentes al contemplarla”, dice la lectora.

Pero cuántas lecturas son posibles. Si muchas veces los críticos de cine no se ponen de acuerdo con las películas, por qué los tarotistas interpretarían lo mismo sobre la misma carta a idéntica persona. La unanimidad no existe en este campo como tampoco son iguales los sermones de los curas ni el diagnóstico de los psicólogos. Depende de la  formación de cada uno, de la “filosofía de vida”, explica la experta. Pero grave error si intentan jugar al terapeuta. No hay que contar nada ni dar detalles; del otro lado, salvo lo indispensable, tampoco preguntarán (al menos, no deberían): “Un tarotista no es un psicólogo, es un enfermero del alma; alguien que puede marcar línea de acción pero sin juzgar, leyendo en las cartas cuál es la mejor energía para enfrentar una situación”.

Arcanos menores

No tengo que olvidar por qué estoy acá. Entrego mi fe a cambio de una respuesta. No puedo oficiar de tarotista si ni siquiera comprendo dónde se origina la suerte, qué motivos inconscientes me conducen, inexorablemente, a elegir esa carta. Debo creer en mi mano que obedece a no sé qué designio. O no. Mejor resisto y voy hacia el otro extremo del abanico. Basta de pensar. Que sea la intuición la que se gane un lugar haciendo el trabajo sucio.

“No es científico. Es una creencia. Sólo tengo la devolución de la gente, lo que me dicen ellos si les pasó o no”, aclara antes de explicar por qué, pero por qué, mi mano elegirá bien. “Creo que se arma una especie de triángulo entre el operador del tarot, el consultante y Dios, o como uno quiere llamar a la energía cósmica o vaya a saber qué. Porque la lectura del tarot presupondría la existencia de una instancia fuera del tiempo donde está la información. A través de las cartas, el tarotista oficiaría de lector de esa información que baja desde esa instancia de no tiempo por la cual uno podría ver qué pasará en el futuro. No es una habilidad paranormal de vidente, sino que aprendí a leer las cartas y si estoy en el estado adecuado –receptivo, no racional, contemplativo–, sé que es lo importante para sugerir en ese momento”, informa.

Lograr ese estado del espíritu no es cuestión de turbantes y bolas de cristal. La vulgata  del tarot está contaminado por suspicacias varias, algunas bien ganadas pero ni más ni menos que cualquier rubro. Para apartar a un costado la cantilena cientificista y expandir la conciencia, hay ejemplos de intelectuales y artistas que se tomaron muy en serio las cartas: el escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky que considera al tarot como el libro más importante de la cultura occidental. Desde hace 30 años, lee gratis las cartas en un café de París y entre los famosos que lo escucharon están el ex presidente de Chile Ricardo Lagos y los músicos Marilyn Manson y Peter Gabriel. Los Arcanos también inspiraron a Salvador Dalí, que pintó su tarot surrealista representando al Mago con su propia cara, y el argentino Xul Solar, además de pintar el Zodíaco, realizó a mediados de los cincuenta, 24 naipes en témpera que llamó tarot concoecos astri (correspondencia astrológica).

¿Y mi suerte? Seguía sin saber si mi primer dardo en el blanco estaba predestinado. Pero la tarotista no responde esas preguntas; despliega un tablero de doble entrada: amor, economía, salud, amigos, familia, por un lado, y pasado, presente y futuro, por otro. Cada carta en cada lugar y, según asome, derecha o invertida, significará algo diferente.

“¿Te resuena lo que dicen las cartas?”, pregunta Arderius, para que el otro, relajado, abierto, receptivo, complete el círculo. Funciona como una Gestalt. Hay que cruzar los distintos tipos de mazos de tarot porque cada imagen remite a otra, como cada palabra se asocia con otra articulando un lenguaje. Un lenguaje de imágenes.

“Venimos con la fatalidad atada al cuello. Nacer en Buenos Aires y no en Nueva York. Tener ojos celestes y no marrones. Ser hijo de Juan, el albañil, o del príncipe Rainiero. Pero todo lo demás lo forja el carácter, y ese carácter decide nuestras elecciones. Por eso, para el tarot, cómo trabajemos ese ser marcará el estar. No hay personas más afortunadas que otras. Depende del momento de evolución, de las vidas pasadas, de lo que te toca como misión en esta vida. Creo fervientemente en la reencarnación. Si no, esto no tendría sentido”, pregona Arderius.

No sé qué decir. Otra carta se pone en mi camino. Es un cinco de Copas, un Arcano menor, lo que nos habla de detalles y coyunturas. Un hombre con una capa mira las copas derramadas en el piso. Parece desolado por la pérdida. A sus espaldas, no puede ver que todavía se mantienen en pie dos copas. “Si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver la estrellas” rezaba un póster de mi adolescencia que, no sé por qué razón, recuerdo ahora. Debería regalárselo a mi hijo pero a los trece años todos queremos ver el sol.

De esta consulta, salí exhausta. Meterse con los grandes temas de la vida, cansa. Debería relajarme. Por ejemplo, jugar a los dardos cuando llegue a casa. Aunque me arriesgo a no repetir mi performance. “Suerte de principiante”, dirá el púber burlón, riéndose. No está mal. No me importa. Siempre hay chance.

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Revista El Guardián > Yo fui casamentera

Yo fui casamentera
No son pocas las parejas que luego de recurrir a los servicios de una Celestina terminan en el altar.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA CRONISTA DE EL GUARDIÁN, CELESTINA

Yo fui casamentera

En un mundo cada vez más dominado por las redes sociales no son pocos los que recurren a profesionales para encontrar al amor de su vida. Y no son solo los feos o tímidos. Por un día, EG se tomó el trabajo de contactar gente.

MIÉRCOLES 18.01.2012 – EDICIÓN N ° 47

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Me caso, ahora sí que me caso.” Pensar que hay tipos que te gritan eso por la calle. Como si una se quisiera casar con ellos, como si estuviera en oferta esperando que caiga algún distraído y te lleve en andas al Registro Civil. No, Rogelio, yo no me quiero casar y vos, creo que tampoco. Que mucho lanzar proclamas al viento pero a la hora de la verdad verdadera. Te quiero ver. Shooo, es un consejo que les doy, muchachas y muchachos, si buscara matrimonio iría a probar suerte con Margarita Baumann, de la consultora For Ever, que une medias naranjas hace 20 años.

Pero no vayan a creer; no busco, faltaba más. Ahora les cuento bien cómo es la cosa. Sucedió que pasaba por ahí, vi un cartel y subí. Y ahí nomás me encaró Margarita y me dijo que como yo era linda, inteligente y buena me iba a casar pronto pero le dije que no y que no insistiera, será posible.

–Entonces, si no vas a casarte, debes entregar tu vida a los demás. Si no lo hacés por vos, lo harás por ellos: ¡a casar gente que se acaba el mundo! Y así empecé.

Bienvenidos

Solos y solas del mundo, uníos. Mentira, jamás diría eso. Como si fuera fácil hacer proselitismo con números sueltos. Según el Censo 2010, en la Ciudad de Buenos Aires viven 1.335.163 varones y 1.555.919 mujeres; es decir, 86 de los primeros por cada 100 de las segundas. Pensar que tu tatarabuela, a fines del siglo XIX, tenía para elegir entre tanto gallego, tano y polaco recién llegados. Para bien o para mal, el “índice de masculinidad” cayó estrepitosamente.

Entre otros ítems que también bajaron para ya no subir, se encuentra la natalidad. Estamos en una ciudad envejecida, con la menor tasa de natalidad del país, de 1,9 hijos por grupo familiar, y la mayor esperanza de vida, rubro en el que también nosotras superamos: 80 años para ellas y 73 para ellos. Pero no sólo las viudas y las viejas viven solas en la Ciudad, ya que el 31 por ciento de las viviendas están habitadas por una sola persona: los que arman su hogar dulce hogar uniparental, porque se divorciaron (uno de cada dos matrimonios) o porque sus ingresos se lo permiten, típico entre las mujeres profesionales que postergan formación de pareja y la maternidad.

En medio de todo ese guiso, mi universo de acción en esta agencia matrimonial de coqueto barrio porteño se acota a mujeres y hombres heterosexuales, mayores de edad,  de nivel social y educacional de medio a alto, con probadas intenciones de unirse de manera estable, es decir: matrimonio, convivencia o cama afuera pero con un vínculo serio. Usted me entiende. Trampas, no. Fantasías de una noche de verano (o de invierno), no. Margarita se pone firme y me da sus directivas: filtremos al dudoso.

–Aló, consultora, buenos días, cómo no, te doy una entrevista y te cuento, es gratuita.

La gente llega por avisos y notas en diarios, por el boca a boca, por la página web. Llaman y se arregla una entrevista. O no.

–Tengo 53, me gustaría salir con chicas de unos 25, que no tengan problemas en viajar, chicas divertidas.

–Mire, señorita, vivo en Gregorio de Laferrère, hago changas, cuido nenes, lavo la ropa, tengo cinco hijos que mantener, vio, porque el padre se fue, quévacer.

Ya desde el teléfono, estamos en condiciones de desalentar al primero porque sobran lugares adonde puede encontrar lo que busca. “Somos una consultora con fines serios y nunca aceptamos tanta diferencia de edad: como máximo, el caballero puede llevarle 10 y hasta 15 años a la mujer pero no más, ¿comprende, señor?”

También descartamos a la segunda. Porque no responde al target de la consultora y no tiene sentido alimentar ilusiones. Somos crueles pero honestos. “En este momento no tenemos a nadie ingresado que busque una persona con sus características. Llame en un tiempo y tal vez podamos ayudarla.”

–Lunes a las 15, en nuestra oficina. Si es posible, no se olvide sus documentos.

Racionalidad

Una computadora, un velador, papeles, archivos con fichas de cada cliente y una carpeta de recortes periodísticos que avalan la seriedad del emprendimiento. Si la charla se alarga, traigo un té o un mate cocido. “Ese es mi hijo, sí, y ese otro, mi gato, ¿viste?”, le cuento a Clara, la nueva interesada. Las fotos de mi novio las saqué por recomendación de Margarita, que dice que es como contar plata delante de los pobres.

“Soy abogada recibida en la universidad X, con master en G y doctorado en Z; trabajo en el estudio de M & N Cía.; vivo sola en mi depto en el barrio de Las Cañitas; viajo a Europa cada dos años y a Nueva York, una vez al año; me mantengo desde los 18; juego al golf tres veces por semana y voy y quiero y pienso y hago.”

Clara tiene 37 años, es muy linda y es todo eso que dice que es. Primera muestra de que a las agencias matrimoniales no van los feos y desahuciados como contaba la leyenda, sino todo tipo de personas, incluidas las atractivas y con montones de atributos positivos. ¿Las razones?: la falta de tiempo para salir al ruedo e iniciar el trámite que implica conocer a alguien, la inseguridad de las calles, la informalidad del mundo nocturno; la falta de compromiso, las mentiras y el amor líquido, el temor a la estafa (en especial, entre los señores de buena posición económica). Por lo tanto, cierto cansancio por experiencias fallidas y el deseo de no perder energía y conectar con personas que busquen lo mismo.

Volvamos a Clara y su estereotipo que, como las llama Margarita, son “las fálicas”.

–Querida, no podés presentarte así a los varones. Los asustás. Podés contarles lo bien que te va, pero además que te gustaría ir de la mano por la playa y sentirte enamorada y (repito lo que me enseñó Margarita) mostrarte más, digamos, femenina.

–No creas. Les digo eso para que sepan que no los necesito, que tengo mi vida. Si no, piensan que los buscás para engancharlos.

–Es que no está mal eso. ¿No es eso lo que querés? ¿No deseás conocer a alguien que busque lo mismo? Acá te vamos a presentar hombres que quieren enamorarse y formar una familia igual que vos.

Clara acepta el consejo. Creo que no tiene alternativa porque está en pleno apurón de los treintilargos y no le incomoda pagar los 4.500 pesos del servicio. Por ese importe  le garantizamos una ilimitada cantidad de presentaciones hasta que se forme una pareja, como más o menos anunciaba Roberto Galán. Recién cuando la relación cumple seis meses, el trabajo se considera realizado. Si se rompe antes, vuelta a empezar: así lo marca el “contrato para la prestación del servicio de presentaciones personales” que firmamos con una sonrisa.

Antes, Clara, y todos los clientes sin excepción, completan dos planillas: “datos personales” y “cuestionario perfil buscado”. Cada cruz marcada debe ser demostrada con DNI, acta de divorcio, diploma de graduado y un demás (drogas, tabaco, enfermedades y más) para el que está la pericia del entrevistador, que para algo estudió psicología, grafología y counseling.

Por ejemplo, cuando en el ítem ¿es importante el aspecto sexual en su vida privada?, Arnaldo marcó la opción “poco”, Margarita temió otra cosa: ¿impotente?, ¿eyaculador precoz?, ¿qué esconderá? “Mmm –me cuenta–, es que pasó. Un tipo guapísimo que no podía. Por eso, estoy atenta. No puedo presentarles a un señor con problemas.”

Y los problemas existen. Mientras esperaba a mi próxima visita, recibí un mail desgarrador. Mónica, de 40, contaba que no iba a reincidir con César, porque “las cosas no salieron como esperaba”. Después de tres salidas, César le parecía genial, que estaba “embaladísimo”, que eran tal para cual aunque faltaba “la prueba decisiva”. Qué lástima. “Ellas son mucho más exigentes en la cama, se quejan y te cuentan; ellos, no”, me confiesa Margarita.

–Hola, soy Andrea, la profesora de reiki. Tenía mi turno ahora.

–Sí, adelante, sentate, ¿un té verde?

A simple vista, le calculo alrededor de 45 años. Bonita, deportiva, charladora, desde que se divorció hace 200 cursos al año y planea escalar el Aconcagua. Le gustan los hombres algo más jóvenes, “no mucho, de 7 a 10 años”, porque a los mayorcitos “les pinta el sillón”. Le advierto que las reglas no permiten brindar lo que busca, simplemente porque no se puede: los hombres quieren mujeres más jóvenes que ellos y nunca mayores de 50.

–Pero si salgo con más jóvenes, qué les pasa.

–En la calle, en una reunión, en tu trabajo, podés encontrar lo que querés porque la seducción lo permite todo. Acá, la búsqueda es racional. Y los hombres piden mujeres con 10 años menos que ellos.

–Ah. Mejor me voy.

La convenzo de que no se vaya. Me da su documento; nació en 1956: tiene 55 años.

–¿No podés poner la edad que aparento y no la cronológica?

–No, es deshonesto. Pero como les saco fotos a todos, el interesado te podrá ver tal como sos y lo linda que estás.

Mentí. Sí, Andrea es linda, eso es cierto. Pero las chances son pocas. Tengo los archivos repletos de cincuentonas. Salvo muy contados casos, cuesta ubicarlas. La oferta supera, desborda, satura la escasa demanda. Nuestro trato es condicional: no le cobro hasta que no le consiga algo duradero. Ella, las de 50, pertenece al grupo de los complicados en el mercado matrimonial. En ese podio, la acompañan los varones menores de 30 (sí, los hay), porque casi no hay chicas menores de 30 que vayan a consultoras. Y los casos fuera de la media, como obesos o señores de 1,50 metro. Es racional, ya les dije.

En el perfil buscado se pregunta lo mismo que cuando conocés a alguien en la kermese: ¿te gustan los chicos? ¿Sos alérgico a los gatos? ¿Aire libre o boliches nocturnos? El dinero no me importa.

En general, ellas piden que sea trabajador y honesto (léase, que no lo tengan que mantener), contenedor (que las escuche hablar), sincero (que no las cuernee) y poder admirarlo (que tenga algún mérito, ¿no?). Mientras que ellos piden  que sea femenina (bah, un poquito sumisa) y atractiva (que la puedan mostrar). “Me tiene que gustar” es la frase repetida. Hay también un reclamo masculino poco simpático: la obsesión por la delgadez por parte de cincuentones en buen estado, profesionales exitosos y muy acicalados (hace un tiempo se los identificaba como metrosexuales) que piden mujeres muy flacas.

Cruzados los datos, si hay “coincidencia” no van al “living del amor”, como con don Roberto. Eso no se usa más. Las presentaciones desde hace años ya no se cumplen en la oficina, momento incómodo pero que las mujeres exigían por temor. Le envío a Juan el perfil y la foto de María, y a María viceversa; y si ambos dicen sí, entonces paso los teléfonos (en el 99,9 % ellas quieren que sea él quien llame) y arreglan una salida. Ahí empieza la historia conocida con todos los tips: me gustó, no me gustó, seguimos, vemos, va de nuevo o, sí, final feliz. Porque hay muchas parejas que se forman y se casan o empiezan una convivencia y todos festejamos. El método funciona como cualquiera, por lo que es menor el pudor a revelar cómo fue que nos conocimos: ¿seducción a la carta? ¿Y por qué no?

–Margarita, ya cumplí con el prójimo y colaboré con el amor universal. ¿Puedo irme?

–Sí, querida. En serio, ¿no querés que te anote?

–Eh, casi casi me convencés. Hagamos algo. Si este libro que estoy leyendo, termina con final feliz, me anoto. Pero si termina todo mal, no, ¿de acuerdo?

Margarita aceptó sin entender mucho. A mí me esperaba un largo viaje hasta mi casa. Menos mal que me entretengo leyendo La Celestina.

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Revista El Guardián > Yo fui custodia en el museo de Luján

Yo fui custodia en el museo de Luján
Lo primero que se hace es poner en orden el lugar y controlar que no falte nada.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA REDACTORA DE EL GUARDIÁN, ENTRE LAS RELIQUIAS

Yo fui custodia en el museo de Luján

Tener la responsabilidad durante de cuidar objetos históricos para que los curiosos no los toquen o que los chicos quieran subirse a la locomotora más antigua del país hace poner los nervios de punta.

MIÉRCOLES 19.10.2011 – EDICIÓN N ° 34

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Vigilar no es lo mío. Será porque cualquier tipo de vigilancia lleva implícita la admonición o, peor, la delación posteriores, las tareas menos glamorosas del mundo. Por lo que nada pero nada está más alejado de mi naturaleza que ser “guardián”: sí, guar-dián, agudo como un ladrido –y yo que amo los gatos– y heavy como San Miguel arcángel. Pero así los bautizaron a los que cuidan de las miserias del público a las piezas expuestas en museos y galerías.

Aunque sea una vez, todos hemos visto alguno, parado en un rincón, muy serio y de brazos cruzados, cuando fuimos de excursión en la primaria. Parecían intimidantes pero no era para tanto, creo. Ahora los conozco mejor. En el Museo Histórico de Luján, sus guardianes me prestaron un poco imaginativo chaleco azul de tres botones y me dejaron asustar a los niños un rato. Bueno, en realidad esa sólo es la parte divertida porque se trata de bastante más que eso.

De mucho más: para decirlo con el diploma en la mano, toda esa mole de estilo colonial ubicada a la izquierda y enfrente de la Basílica es el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, que depende del Instituto Cultural del Gobierno bonaerense. Comprende distintas áreas, pero son dos las de interés turístico: el Museo colonial e histórico, en el antiguo Cabildo y la casa del virrey, con varias salas que evocan los períodos del pasado nacional, desde los pueblos originarios hasta el primer peronismo; y el Museo de Transportes, un enorme galpón que guarda, entre otras reliquias, la carreta que utilizó José de San Martín en El Plumerillo, el hidroavión Plus Ultra, el velero Legh del navegante Vito Dumas y la vedette del salón, La Porteña, la decana de las locomotora

En cada una de las salas que forman estas áreas hay uno, dos y hasta tres guardianes. En total, de las 75 personas que trabajan en el complejo, son 30 quienes de miércoles a domingos, de 11 a 17, vigilan con algo de guía informativo y otro poco de mucama; todo por el mismo precio.

“Lo primero que hace un guardián cuando entra es limpiar”, avisa Graciela, una supervisora y ex guardiana desde hace veintitantos años. En realidad, primero reparte las llaves. Abiertos los salones, los guardianes se arremangan. “Vienen un rato antes del horario de entrada del público para pasar el lampazo con querosén a los pisos y repasar con franela. Los miércoles es la limpieza general, hay que baldear los patios y por eso ese día el museo se abre doce y media”, especifica la supermayordoma.

A los guardianes no les hace gracia empezar el día con la limpieza monacal del museo, que no es exactamente un departamento de dos ambientes sino salas y patios coloniales de baldosones, canteros y ladrillo, pisoteados por bandadas de chicos de colegio, marcados por palomas incontinentes y surcados por domingueros profesionales. Hace rato reclaman la colaboración de otros empleados pero, por ahora, no les queda otra que aparecer en público sin tiempo para recuperarse, colorados y sudados en verano; ateridos y pasmados en invierno.

Pero estamos en primavera, el día es maravilloso y el lugar respira otra época; ojalá no llueva y se embarre todo, que hasta el miércoles no se llega con la casa limpia, piensan las guardianas, sentadas en los bancos de plaza de la galería, frente al césped. O peor, que se inunde como en 1985 cuando un metro y medio de agua, por el desborde del río Luján, arruinó lo irreparable. Sea la hora que sea, no bien aparece la amenaza de inundación, los empleados del museo deben presentarse para el salvataje del patrimonio histórico como bomberos.

A tres pesos la entrada, salvo jubilados y menores de once años acompañados de adultos que no pagan, los fines de semana y feriados hay mucha afluencia de público; el resto de los días, son las escuelas las que siguen los pasos de la guía por la sala de la época federal o de las guerras de la independencia. De todos modos, los empleados más viejos aseguran que antes, en los ochenta, el lugar era visitado por muchísima más gente que en la actualidad donde, según la directora del complejo, la periodista e historiadora Araceli Bellotta, pasan alrededor de 14 mil personas mensuales (de los que sólo la mitad pagó su entrada).

“La gente de domingo es la que salió a pasear y, de paso, mira sin tener la menor idea. Son los que vienen por la Virgen o se van a comer parrilladas a Carlos Keen (un pueblo campero a 13 kilómetros) y ya que están, entran, relojean y se van: son los peores. Los del sábado son más cuidadosos, es el que viene porque le interesa y se detiene en cada cosa. El turista del interior y el extranjero es respetuoso y en cuanto a los pibes, los que peor se portan son los de los colegios privados”, cuenta Héctor, que no se parece a Ben Stiller, el actor que interpreta a un guardián en Una noche en el museo, pero all uso nostro está en su salsa, con anteojos oscuros y cara de pocas pulgas.

–No tocarás ni probarás la comodidad de ningún objeto.

–No sacarás fotos (sin flash tampoco) ni filmarás porque los óleos se deterioran. En el Museo de Transporte, en cambio, sí se puede.

–No comerás dentro de las salas ni harás un picnic en los jardines. Las cañas de pescar y el equipo de mate se dejan en la boletería.

El reglamento básico del guardián es cuidar que se cumplan esas prohibiciones. Y aunque suene sencillo, las personas que visitan los museos no son los que parecen en la vigilia. Aunque usted no lo crea, ese señor de lentes y barriga honorable que paga los impuestos, suelto en un museo es dañino y no peligra su extinción. Como alguna vez dijo un General, “el hombre es bueno pero si se lo vigila, es mejor”.

“No entienden que no pueden sacar fotos y te discuten, contestan mal o esperan que te des vuelta para hacerlo igual. Si amenazamos con llamar a seguridad, se callan”, explica Natalia, una muy comprensiva guardiana de cinco años de antigüedad y unos 3.500 pesos de sueldo a quien le toca vigilar, con dos compañeros, una de las salas mayores, la de los Presidentes. Entre los cuadros de los mandatarios, el más impactante es el de Eva Duarte de Perón, pintado por Héctor José Cartier: muy bella, con el vestido blanco de seda que lució en la gala del 25 de mayo de 1948 en el Teatro Colón. “Algunos se arrodillan frente al cuadro. Otros lo besan y hay que decirles que no se puede. Otros putean y se van”, cuenta Natalia. En el Museo de Transporte, abundan los toquetones; es comprensible que los chicos se tienten con subir a La Porteña, al Plus Ultra o a los lujosos carruajes de gobernadores y los presidentes de la segunda mitad del siglo XIX. Hace poco, Rubén, uno de los guardianes, tuvo que perseguir a sus 67 años a un gaucho llegado por un desfile rural con una borrachera que lo dejó sin conciencia de sus hechos: “Se subía a todo y cuando lo retaba me pedía perdón y me daba un beso”, recuerda.

El guardián debe saber a la perfección el inventario de la sala de su responsabilidad. Al empezar y finalizar el turno, controla que no falte nada: si pasara, debe avisar de inmediato para que se inicie la investigación. La última vez que “desapareció” algo fue en 2007: ocho monedas acuñadas durante Fernando VII que no se han recuperado.

“Este complejo es el más importante de la Argentina y de América del Sur en calidad y diversidad de patrimonio, más que el Museo Histórico Nacional”, define Bellotta.

–¿De los empleados, los guardianes son los últimos de la lista?

–Eran los últimos. Les dimos un curso de capacitación porque pueden responder preguntas y dos de ellos pasaron directo a ser guías. Son los que tienen contacto con la gente, la cara del museo; en ese aspecto, son los de arriba. Les pido que sean felices.

Que me perdone Bellotta, pero fui mucho más feliz viendo las pelis de Ben Stiller. Claro que él no se quedaba de 11 a 17. Si voy a trabajar de guardiana, preferiría la medianoche: a lo mejor, Vito Dumas desempolva su velero y me lleva a dar una vuelta al mundo hasta el amanecer. 

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Revista El Guardián > Yo fui guerrera shaolin

Yo fui gerrera shaolin
El fin del shaolin es llegar a la ansiada perfección de la armonía.Más Fotos

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UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN, APRENDIZ DE UN MAESTRO CHINO

Yo fui guerrera shaolin

Tiembla Uma Thurman. En la senda de la heroína de Kill Bill, aprendí los golpes milenarios. Fueron tres días agotadores. Las enseñanzas del maestro Shi De Yang, y el secreto mortal del golpe “cinco tigres que protegen el rebaño de cabras”.

MARTES 11.10.2011 – EDICIÓN N ° 18

Escribe Leni González

Fotos Nacho Sánchez

Maestro, ¿le gustan las películas de artes marciales?

La mediación del traductor del castellano al chino provoca una distancia favorable a la impunidad. En unas cuantas horas, terminada la conferencia de prensa en un hotel de Palermo, cada vez que el maestro Shi De Yang ingrese y se retire haré una pequeña reverencia con las manos juntas y la cabeza baja y balbucearé como pueda xie xie shifu (gracias, maestro) y amitofó (amén / gracias). Pero ahora es mi turno.

“Algunas están bien pero últimamente hicieron muchas pavadas –dice. Es difícil adivinar cuál es el tono en un idioma tan lejano. Compenso con su mirada, fija y oscura, sin jamás desviar la vista–. La que más me gusta es Templo Shaolin, con Jet Li.” El film de 1979, dirigido por Chang Hsin Yen, es para muchos la mejor muestra del género de kung fu: un joven campesino debe huir del señor de la guerra y asesino de su padre; admitido en el templo shaolin, los monjes lo entrenan hasta convertirlo en un gran guerrero pero desaprueban su sed de venganza contraria a los principios budistas. Pero la batalla llegará y será impresionante.

El gran maestro Shi De Yang pertenece a la 31° generación de monjes del Templo Shaolin, el monasterio de 1.500 años de antigüedad, donde vive junto a unos 500 monjes, ubicado a cinco horas de Pekín, en la provincia de Henan, en el centro este de la República Popular China.

El maestro es uno de los principales promotores de esta cultura en el mundo. Supervisa como guía técnico y espiritual la rama europea de su escuela en Italia. Fue allí, en Milán, adonde viajaron en 2009 a conocerlo Daniel Vera y Yamila Melillo. Ellos son pareja en la vida y además dirigen la escuela Shaolin Quan Fa Guan Argentina (en Humahuaca 4556, Almagro). Y lo invitaron a Latinoamérica, más precisamente al sur, a un país llamado Argentina. Y aceptó: el año pasado fue la primera visita y, en junio de este año, la segunda a la que, además, se sumó una delegación de Uruguay, representado por la escuela Jian Dao de Disciplinas Orientales, con sede en Montevideo y dirección de Fernando Acosta y Marina Miguez, alineados también bajo las enseñanzas del gran Shi De Yang.

La visita tiene dos objetivos: uno, tomar como discípulos formales a los maestros argentinos y uruguayos en una ceremonia budista tradicional a la que Melillo define como “un bautismo, una legitimación, es pertenecer a la familia shaolin”; y dos, charlas sobre meditación y caligrafía china, entre otros temas, y, sobre todo, un seminario intensivo de tres días de Shaolin Kung Fu-Chan, práctica que integra el arte marcial y el budismo chan-zen. El costo es de 800 pesos y gran parte de lo recaudado irá a la donación para la escuela del gran maestro.

Cuando a Shi De Yang le contaron que una periodista iba a participar de manera activa en el seminario, se mostró satisfecho y dijo algo así como que no había nada mejor que la propia experiencia para explicar a los otros de qué se trata.

El kung fu shaolin es un sistema cultural que incluye todos los aspectos de la vida: el filosófico y espiritual aportado por el budismo chan (zen) y la práctica de la meditación; el físico, con el arte marcial; el de la salud, con la medicina china y la alimentación; y otros engranajes que la completan y hacen a un modo de vida. Decididamente, no soy yo la que podría explicar esto. Pero supongo que el maestro se refirió a otra cosa que sí estaba en el  límite de mi alcance.

–¿Qué se necesita para llegar al nivel de un monje?

–La primera prueba es la perseverancia (y se calla, claro, no me lo iba a explicar y sonríe). Pero  supongo que debe ser más duro que formar un futbolista.

–¿Y para cualquiera, para la gente común?

–Todos somos personas comunes. Lo que realmente importa es el control de uno mismo. Ser consciente de lo que hacemos. Y combatir al principal enemigo de cada uno, que somos nosotros mismos.

Ponerse el traje lleva su tiempo. Me lo prestaron Melillo y Vera, que los venden en su escuela. Es el tradicional, me dicen con la intención de que se uniforme su uso entre los seguidores del maestro. Igual para ambos géneros, es poco atractivo, austero, enorme y de un color grisáceo terroso con una faja amarilla y unas polainas hasta la rodilla; se lleva con unas zapatillas blancas tipo Flecha, muy livianas, que se importan desde China.

El calzado del maestro debería ser diferente al de los discípulos pero fuera de China nadie es tan estricto.

La práctica es en una cancha de fútbol 5, con piso de cemento y tinglado, a puro clima invierno húmedo sin atenuantes.  Unos 35 inscriptos se preparan: el 90 por ciento son varones y unos pocos vinieron de México, Perú, Paraguay, Perú y Brasil, además del interior del país, de Neuquén y La Rioja. Empiezan a correr y yo los sigo. Hasta que avisan que el maestro está por entrar y nos ponemos en fila, uno al lado del otro. Me da vergüenza pero hago, casi, como los demás. Junto las manos a la altura del pecho y muevo los labios como hacía en la iglesia con las oraciones que no sabía. A quién le importa lo que hace una mujer y rubia en estos casos. Shi De Yang no vio Kill Bill, me había dicho a desgano, ni tiene idea quién es Tarantino ni Uma Thurman.

–Maestro, ¿por qué hay menos mujeres que varones? ¿En el templo Shaolin las reciben? –le pregunto después durante el almuerzo.

–Sí, pero son menos. ¿En el fútbol no hay también menos mujeres que hombres? Aunque para ellas, al ser pocas, les resulta más fácil hacerse famosas.

Todos reciben entrenamiento desde hace años. Salvo yo. Y, por suerte, Fernando. Los  dos también, somos los únicos que usamos anteojos (aunque me los saqué para las fotos). Es brasileño, de Belo Horizonte, abogado, 34 años. Nos ubicamos cerca como los descastados del grupo alfa. Me cuenta  de que hace mucho él practicaba, que quería volver y que para él, ir al Templo Shaolin es como llegar a Jerusalén o La Meca. Cuando se enteró de que en Buenos Aires podía estar cerca de un monje, no dudó.

“El público” es inexistente. Ni siquiera hay novias. Pero no falta un matrimonio y su cámara enfocando a un nene en la primera fila. No es para menos: Matías es campeón Panamericano de shaolin tradicional en la categoría hasta 9 años. Vive en San Miguel con sus padres y un hermano mayor que juega al fútbol. Se entrena de lunes a viernes, dos horas por día, desde hace tres años cuando una tarde pasó por el club y dijo yo quiero hacer esto. Es al único que el mismísimo Shi De Yang felicitó y puso de ejemplo delante del resto.

Después del precalentamiento, el maestro indica algunas posturas básicas del kung fu shaolin que reciben el nombre de Ji Ben Gong. Hay por lo menos unos 20 o 30 estilos de patadas de los que practicamos unos pocos. Vera se pone delante de mí para que yo lo copie de cerca porque vamos pasando de a dos. No miro la cara de nadie para no enterarme del efecto que provoco, pero supongo que es piedad. Jamás podré girar mi pierna en círculo y golpear el empeine en la mano extendida en los brazos en cruz. “La pierna va a la mano, no la mano a la pierna”, dice el maestro y no a mí. Son muchos los que no lo hacen.

Animales marciales

Todos estos movimientos pulidos hace siglos copian a los de cinco animales –el dragón, el leopardo, la grulla, la serpiente y el tigre– y también a prácticas de lucha de los campesinos. Terminada esta etapa que para mí era debut y para el resto un repaso básico, el maestro introdujo otro momento. La cosa se complicaba aunque cada una de las indicaciones fuera traducida por María, la intérprete, una mujer de Shanghai que inmigró a la Argentina hace 25 años.

Empezamos una forma o taolu tradicional, que es una sucesión de distintos golpes, bloqueos y movimientos, enhebrados en una coreografía contra oponentes imaginarios. Es de mano vacía (es decir, sin sable) y se llama Shaolin Tai Zu Chang Quan (boxeo largo del emperador Tai Zu), porque fue diseñada por un emperador que vivió en el templo y la regaló a los monjes 800 años atrás. Cada paso se repite varias veces, después se juntan y otra vez todo. Cuando me siento feliz de haber aprendido una parte, agrega más. En esas dosis recargadas, completa el taolu. Él y los otros. Fernando está sentado y yo me apoyo en la pared y miro. Decidí que sólo me aprendía la primera mitad. Lo confieso: nunca fui buena para danza y el arte del kung fu tiene su misma alma.

Para el almuerzo, por fin, me cuelo en el grupo con los profesores y el maestro. Pide tallarines al fileto y ensalada completa que vierte y mezcla sobre los fideos.

–¿Encuentra muchas diferencias entre el nivel de los alumnos en China y en la Argentina?

–No, todos tienen muchos errores. En el templo sólo unos pocos llegan a un nivel muy alto. Esos deben entrenarse con ropa de invierno cuando la temperatura alcanza los 40 grados y sumarse pesos extra en las piernas. Pero si usted viene no la vamos a obligar a hacer eso y la trataré bien.

–Gracias, maestro. ¿El kung fu está en retroceso en China y por eso han salido a buscar discípulos por el mundo?

–No está en retroceso y nosotros no salimos a buscar nada; son los otros los que nos vienen a buscar.

El que tiene sed

A mi lado, está Yamila Melillo y quiero saber por qué no se puede tomar agua durante la clase: “Es para ponerse en situación límite, para aprender a superar necesidades, para que no haya satisfacción inmediata. Nosotros hacemos retiros de tres días, lejos de la ciudad, en Tandil o Mar del Plata, donde nos entrenamos muy duro desde el amanecer, comemos y bebemos poco, dormimos en el piso, meditamos, y aprendés a valorar una cama, el agua caliente, la comida rica. Es una manera de generar el espíritu guerrero. Un guerrero shaolin debe fortalecer el cuerpo y el espíritu”.

Al día siguiente, la lección es cómo meditar. Sobre un almohadón, piernas cruzadas, sin música ni om, de cinco minutos a media hora para los principiantes y si es posible, dos veces al día. La idea es arrancar la basura que viene a la mente, que la suciedad se estanque y el agua, en la quietud, se purifique. El maestro cuenta historias, varias, pero no junto al fuego. Hace muchísimo frío y me muevo para todos lados para no quedarme dormida. Había una vez un monje que meditó durante 17 días mientras cocinaba unas papas y un tigre lo merodeaba. “¿Ya están mis papas?”, dijo al volver a la realidad porque para él habían pasado minutos. Y el tigre, en verdad, lo cuidaba porque percibía su paz interior y nunca le haría daño. El maestro lo recomienda: “Meditar te hace mejor persona. Cualquiera puede hacerlo, no es perder el tiempo, te da alegría y energía. No todo es trabajar”. Por suerte, al final, vino lo mejor, porque fue lo que me gustó: el uso de armas, práctica que se enseña una vez que el aprendiz domina las formas de mano vacía. Sin embargo, al menos para mí, el sable constituyó un sostén para poder manejar mi propio cuerpo, me dio equilibrio y guió mi coordinación. Es liviano, de unos 60 centímetros, lleva filo sobre un solo lado y una empuñadura de unos 20 adonde van atados unos lazos de colores muy decorativos que, en su origen, se usaban para secar la sangre de la hoja. La forma o taolu que nos enseña el maestro se llama “cinco tigres protegen el rebaño de cabras”. Parece el título de un cuento infantil. Por primera vez, sentí su estilizada belleza y creo, entendí su aura aristocrática. No es para cualquiera. Pero vale la pena, por un instante, entender cómo respira.

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Revista El Guardián > Yo fui veterinaria del zoo

Yo fui veterinaria del zoo
Alimentar a los animales es un trabajo diario.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA CRONISTA DE EL GUARDIÁN, TRAS LOS SECRETOS DEL MUNDO ANIMAL

Yo fui veterinaria del zoo

En el Zoológico de Palermo, le di de comer pescados a un lobo marino y tiré una manzana en las fauces de un dromedario. Además le inyecté vitaminas a una boa bebé de 320 gramos. La caries del oso polar y la leyenda del gorila gruñón.

LUNES 10.10.2011 – EDICIÓN N ° 7

Escribe Leni González

Fotos Leandro Sánchez
Cuando era chica, al gran mundo se llegaba con el colectivo 37. Desde Andrade e Hipólito Yrigoyen, justo en el límite entre Lanús y Escalada, viajaba con mi papá del lado de la ventanilla por la que vislumbraba todas las aventuras que podía ofrecer la vida: había que pasar Gerli, adentrarse en Piñeyro (eso es Avellaneda, norteños), escuchar a uno decir algo que no entendía sobre “los aromas de El Cairo” al cruzar el Riachuelo y desde allí, avenida Vélez Sarsfield, Entre Ríos, el monstruo del Congreso y, shhh, Callao, su ruta a la excitación.
En Corrientes, el cine Los Ángeles, adonde todo el mundo sabe desde los cinco años que está Hollywood; en Las Heras, bajarse y caminar hasta Libertador para independizarse de los miedos paternos en el Italpark; y al final, en Plaza Italia, el color verde, el del aburrido Jardín Botánico de un lado y, enfrente, el del Zoológico. Si tuviera que ponerle un nombre, lo llamaría “el Magnífico”.
Tal vez cuando entré en el Palacio de Versalles, ya profesora de Historia mucho tiempo más tarde, sentí algo más o menos similar a lo que me pasaba de la mano de mi papá a la entrada del Zoológico. Todo eso estaba ahí para mí. Me molestaba mucho la gente y su griterío, sus cámaras de fotos, sus paquetitos crujientes, sus ohhh ahhhh mirámirá, sus cochecitos de bebés, sus risotadas y su pegajosa barbarie humanal. Ellos no entendían. Yo sí.
–Hola, Leni, ¿cómo estás? ¡Viniste!

–Sí. Acá estoy. Es que no me traían. No lloren, no voy a dejar que les pase nada.

Palermo Zoo

Fui al bañito de la administración del Jardín Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires para ponerme el ambo selva tropical que usan los veterinarios del establecimiento. “Les presento a la nueva doctora”, les decía a los mirones, con una sonrisa, Ana María Pirra, la jefa de prensa del Zoo. La puesta en escena estaba lista pero el guión no me pertenecía. Yo quería abrazar a un león o darle de comer al guepardo, pero está absolutamente prohibido por los protocolos de seguridad de los zoológicos serios del mundo, me dicen Pirra y el veterinario y gerente técnico Miguel Rivolta: “Si usted quiere hacer ese show, suspendemos acá. No se pone en riesgo a nadie, ni a personas ni a animales, por una nota”.

Aquel tristemente célebre Jorge Cutini, del Zoo de Luján, provocó mucha confusión, y Rivolta nos puso en vereda con razón. Pero yo, a pesar de ser rubia y tener la dosis de boludez necesaria para el rol, no iba a poder cumplir mi sueño de ser Paula Daktari por un rato.

Cuatro veterinarios se reparten entre las 8 y las 18 las tareas entre los 2.100 animales de las más de 300 especies que habitan las 18 hectáreas del Zoo y que visitan unos tres millones de seres al año. No bien llegan, reciben el informe de los cuidadores. Del mismo modo que los padres avisan al pediatra que el nene no me come o hace caca rara, los cuidadores asignados a cada grupo de animales son los que están en alerta permanente como, por ejemplo, para darse cuenta de que Winner, el oso polar, está de mal humor porque tiene una caries. “No tenemos un especialista para todo y por eso hay servicios que se tercerizan. Por ejemplo, llamar a un odontólogo veterinario si hace falta”, dice Rivolta. A Winner le sacaron la caries, volvió a comer y recuperó el buen humor.

Pero las urgencias y los imprevistos son los menos. La rutina de los profesionales de traje verde consiste en el trabajo de prevención: vacunación, desparasitación y chequeos, como por ejemplo los que hace Diego Albareda, desde 1997 a cargo del Acuario y coordinador del Programa de Rescate y Rehabilitación de Fauna Marina en el Río de la Plata: son muchos los lobitos marinos (de “dos pelos” se llama la especie) que se pierden de la reserva natural de la isla de Lobos, en el sur del Uruguay, la mayor colonia de lobos marinos del Hemisferio Occidental, y deben ser devueltos al mar. “Tenemos animales que pertenecen al Zoo y que viven acá y son los que el público puede ver en actividades recreativas. Y otros que nos llegan capturados por Prefectura y que permanecen un tiempo hasta que estén en condiciones de volver. Cada año, el 21 de diciembre los largamos en Mar del Plata”, cuenta Albareda, a quien desde chico le gustaba sumergirse bajo las aguas de la pileta de Ferro Carril Oeste. Y además, especializarse en lobos y tortugas marinas lo puso a salvo de un temor que lo aquejaba, ese terrenal peligro latente para todo joven veterinario: los dueños de perros y gatos.

“La rehabilitación de estos ejemplares nos permite indagar sobre el estado sanitario de las poblaciones silvestres de estas especies mediante la realización de diferentes tipos de estudios sanitarios; contribuyendo de esta forma a la conservación de nuestro medio ambiente acuático marítimo”, explica el doctor que esta mañana, junto al cuidador Fernando Peralta, tiene la tarea de que Lila engulla vitaminas. Para eso, hay que meter las pastillas en las agallas de los pescados y dárselos de merienda. Me dan unos cuantos y lo hago. Cuando sale, Fernando la entretiene para que yo juegue a la veterinaria con el estetoscopio. La toco pero parece no enterarse. Sus ojos son como pelotas de pingpong, sin mirada, y toda su atención es hacia Fernando. Ella lo quiere: es el señor comida. En cambio, Albareda tiene una actitud más bien distante: es el señor pinchazo. “En época de celo, suelen hacerse algunas heridas y ahí las moscas ponen huevitos y hacen ‘bichera’ y eso hay que sacarlo”, dice mientras Lila asiente con su cabeza bamboleante.

Decía que el amable doctor Albareda tenía “una actitud distante”. En realidad, no hace más que responder a las características del 99,9 por ciento de sus colegas. Desde hace años, desde la primera vez que llevé a mis gatos a un consultorio, sustento una teoría absolutamente impublicable pero que por única vez y como primicia absoluta acerco a los lectores (N. de R.: el paroxismo narcisista está permitido en el “yo fui”): los veterinarios no quieren a los animales; dicen que sí pero es no; están enojados con el mundo que nos les da el mismo estatus científico que a los neurólogos, ni ganan como los cirujanos plásticos ni son admirados como los médicos sin fronteras; apenas empatan con un kinesiólogo, digamos. Un chiste del gueto los llama “los doctores A”.

–Buen día, soy el Dr. Pérez.

–¿Qué tal, doctor? Perdón, doctor en qué?

–Veterinario.

–Ah.

Por supuesto, no le confieso esto a Albareda. Adivino, estoy segura, que detrás de su fría apariencia se esconde una auténtica pasión: de otra manera, me es imposible entender por qué eligió trabajar con esos bichos tan insulsos. Si pudo ver algo en ellos, debe ser muy sensible. Y ni atisbo a preguntarle por qué llama lobo marino a lo que yo denominaba hasta hoy como foca. Temo que mi confusión ante el objeto de su amor lo ofenda. Mi único acercamiento al tema había sido la película de Disney, Sammy la foca loca, que vi muy chiquita y no me acuerdo nada porque no me interesó nada. Apenas tengo una triste imagen circense de nariz de foca y pelotita de colores. Más tarde, averiguo que ambos mamíferos marinos son pinnípedos pero que la familia de los unos se denomina Otariidae (porque tienen orejas) mientras que las otras pertenecen a la Phocidae (sólo tienen un orificio). No hay dudas: Lila tiene orejas ergo es una loba marina.

Como la vida del veterinario en el Zoológico atraviesa todos los climas, abandonamos el acuario para adentrarnos en la aridez del desierto. Me espera mi tarea número dos: desparasitar dromedarios. Primero, vamos con Albareda al sector Hospital a preparar la engañosa vianda. “Es comida gourmet”, dice el doctor que no sólo debe ocuparse de sus queridos acuáticos. Entonces, abre una bolsa con varias manzanas a las que sacará los cabitos y hará incisiones como si fuera a preparar tomates rellenos. En el hueco, mete una mezcla de Nestum y un desparasitador líquido. Rebosantes como las de Blancanieves, las ubica en una bandeja para alcanzar las trampas de la tentación a los camélidos. Sara y Saúl son la pareja de dromedarios. El pelaje es una lana vieja, dura y enredada como la de los colchones que tenía mi abuela. La misión es darle la manzana. No bien la agarro, las fauces de Saúl vienen hacia mí muy abiertas, llenas de dientes amarillos y una baba blanca y untuosa. Tiro la manzana en ese agujero pero dicen que lo hago mal. Y otra vez y otra vez. “Tenés que dársela despacio y esperar que la agarre”, me dicen impacientes los expertos. Pero no me gusta la bocota de Saúl: cualquiera podría caerse ahí adentro. “Se van a terminar las manzanas y la foto no se pudo hacer porque vas muy rápido”, dice el compañero de la cámara. “¡Bieeen! Ahí está. ¿Viste que podías?”, me gritan con aplausos.A quien quiera oírme, aconsejo deshacerse de enemigos invitándolos a comer manzanas delante de algún dromedario vecino.

Boa en miniatura
Volvemos al Hospital, adonde espera Rivolta. Está por llegar una boa arco iris que debe ser controlada. “Nosotros tenemos los animales que nacieron en el Zoológico y los que son canjeados con otros zoos. También se puede comprar o vender a instituciones inscriptas, habilitadas en la Dirección Fauna Silvestre. Por decomiso o incautaciones, nos dejan animales en guarda –como esta boa–, pero hasta que un juez autorice no se puede hacer nada. Es como la guarda de un chico hasta que se da en adopción”, dice el jefe. Al escuchar la palabra “boa” imaginé metros y kilos de reptil constrictor, igualitos a los de la serpiente Kaa, la que quería comerse al cachorro humano Mowgli, en El libro de la selva. Pero sobre la camilla abrieron una caja de zapatos con un bebé tornasolado de 320 gramos, que no pesará nunca más de mil y pocos, típico del centro y norte del país.

–¿Te animás a agarrarlo de la cabeza? Mirá que tenés que ser firme pero no apretarlo demasiado –dice el cuidador.

–Ehhh, sí.

–Mejor que la cabeza la sostenga él –dice Rivolta– y vos le agarrás el cuerpo. ¿Le das la inyección?
Con mis guantes puestos, tomé el cuerpecito deslizante de la boa, que estaba muy nerviosa. Con ayuda de Rivolta, le inyecté sus vitaminas. Las fotos del engendro de doctorcita estaban hechas, pero el temblor de la maravillosa piel del bicho que yo sentí a través del látex nunca podría ser registrado por los flashes.

No se puede fumar en el quirófano pero después de lo que hice me dan ganas. Más distendidos, le digo a Rivolta que no sabía que el Zoológico encerraba un hospital. “La idea de la colección de animales en exposición dejó paso a otro modelo –dice el doctor–. Los zoológicos evolucionaron hasta adquirir en la actualidad un rol  comprometido con las problemáticas ambientales. El Zoo lleva adelante proyectos de investigación, conservación y educación y participa en la concreción de los objetivos propuestos por organismos, como la Unión Mundial de la Conservación (UICN), el Programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente (UNEP) y la Fundación Mundial para la Naturaleza (WWF). El aspecto recreativo se mantiene porque educa, pero el circo no va más.”

-¿Y el gorila estuvo alguna vez?

–¿Qué gorila? Nunca tuvimos un gorila.

Albareda me da un pie: “Sí, es cierto. Cuando era chico, se decía que había un gorila”. –Claro –continúo–, pero no salía nunca y no se dejaba ver.”

–Hubo un orangután –admite Rivolta– pero un gorila, no.

La leyenda del gorila gruñón que no quería mostrarse ante el público acababa de derrumbarse. Voy a contárselo a mi papá.

No sólo los animales tienen hambre, cansancio o fobia a las visitas. Adivino que a esta altura, Rivolta quiere que el fotógrafo y yo salgamos del cubil a nuestras casas. Pero, insisto: ¿Y los leones? ¿Y los tigres? ¿Y las panteras?

Resignado, nos lleva al recinto de los tigres, que está protegido por gruesos vidrios. Es la primera tarde y están durmiendo, salvo Betty, la tigresa blanca de Bengala. El cuidador Marcelo Cosini viene con un balde con carne cruda y por arriba del vidrio la llama ofreciéndole los bocados. Betty se acerca. Los turistas aprovechan para sacarles fotos a sus ojos color hielo. Son 200 kilos de belleza absoluta que, imposible de camuflar, jamás habría sobrevivido en la naturaleza y sólo se mantiene en cautiverio. En cambio, Kimba, el león blanco del animé japonés, pertenecía a una estirpe real y su misión era llevar la paz a animales y humanos.

Estamos una al lado de la otra separadas por una transparencia. Ella manda y yo me rindo ante su superioridad en la pirámide alimentaria.

–¿Qué tal su majestad Betty?

Ella esta vez no contesta. Dicen que hace mucho una nena les contó que los adultos no eran confiables. “Es tranquila –dice el señor comida–. Pero es un tigre”.

Cumplido el pedido, salgo del verde a la calle negruzca con la mirada de Betty agarrada a mi cuello. A los gatófilos les da gusto citar la frase de Victor Hugo: “Dios hizo al gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”. Creo que el tigre, perdón la insolencia, escritor, pero supongo que fue creado para saber que podemos ser devorados. Si tuviera que elegir un altar ancestral para el sacrificio, sería el Zoológico. En ese lugar, junto a Betty, enterraría para siempre mi infancia.

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Revista El Guardián > Yo fui nudista

Los nudistas insisten que sin nada son mucho más libres.

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN SE ANIMÓ A SACARSE LA BIQUINI

Yo fui nudista

Después de superar mi timidez, corrí desnuda por la playa Escondida, en Chapadmalal, cerca de Mar del Plata. Lejos de los mirones y rodeada de cuerpos desnudos, me sentí ridícula. No hubo liberación para mí.

LUNES 10.10.2011 – EDICIÓN N ° 1

Escribe Leni González

Fotos Renata Sanz Fuganti

Ninguna otra huella es más profunda. Conocí la vergüenza a los cinco años. Era verano y mi mamá me encargó un mandado al que, lo usual, fui vestida con mi bombacha, la única prenda con la que andaba todo el día desde la Pelopincho a la vereda, auspiciada y permitida por los dueños de casa. Con la lista y la plata apretujadas en la mano, esperé mi turno. Tenía adelante a un nene apenas mayor que yo y dos señoras con las bolsas de las compras. Cuando alcancé a darme cuenta de que hablaban de mí, una de ellas, la más maternal quizás, se me acercó y mientras intentaba estirar el alcance de mi breve vestimenta, le denunciaba al mundo que decile a tu mamá que te arregle el elástico porque se te ve todo y ese nene te está mirando y queda feo. No me acuerdo nada más. Creo que permanecí quieta, bajo el sórdido ruido de la sierra del carnicero, con los ojos clavados en los pasacintas y moñitos de satén que tanto me gustaban de mi gastada bombacha amarilla a la que, pobrecita, empecé a odiar por traicionera. Por supuesto, abandoné el bombachismo para siempre. Y descubrí que la mirada de afuera no era como la de mi mamá.

Poco después supe que a Eva le había pasado algo parecido con la salvedad de que ella no tenía madre y que el afuera era uno y sólo un dios implacable. De todos modos, ambas terminamos vistiéndonos. Aunque resulte bastante extraño, muchos años más tarde, precisamente este verano 2011, cuando le conté a mi mamá que iba a visitar una playa nudista, me dijo indignada: “¡Por qué nadie le avisa a esa gente que queda feo!”. Como de costumbre, no entendí pero tomé el bus a Chapadmalal, en el partido de General Pueyrredón, para perderme en la playa Escondida, desde 2001 la primera de su tipo de la Argentina –a la que se sumó hace dos años playa Querandí, cerca de Mar de las Pampas– y una de las tantas en el mundo que reconoce los lineamientos de la Federación Naturista Internacional, una especie de ONU al aire libre de la que tuve noticias al consultar la página de la Asociación para el Nudismo Naturista Argentino (Apanna), “una entidad civil, de bien público y sin fines de lucro, destinada a realizar actividades de interés general, con el fin de fomentar la promoción de la práctica del nudismo/naturismo en el ámbito de la República Argentina, contribuyendo a la salud física y mental de la sociedad a través de la integración con la naturaleza, de una sana educación personal, social y deportiva y de acciones que contribuyan a la defensa, protección y creación de lugares destinados al nudismo naturista”.

Para sacarse la ropa hay tiempo. Por lo que mientras tanto podemos leer algunos datos históricos en el camino a Escondida, por la ruta 11, en el Rápido del Sur desde Mar del Plata hacia Miramar, hasta pasar unos dos kilómetros el complejo de hoteles construidos por el primer peronismo en Chapadmalal, un pueblo slow al que no alcanzó ningún boom urbanístico.

Busqué alojamiento en Los Fresnos, un bed & breakfast exclusivo para nudistas, único en el país, ubicado a unas tres cuadras de la capilla de Chapadmalal y a unas 22 del balneario, es decir, para el que no quiera caminar por la ruta, a menos de diez minutos de remise (entre 10 y 15 pesos). Nada indica que Los Fresnos es Los Fresnos pero todos saben que se trata de la casa de Carmen Viñas, una nativa de cincuentaipico, divorciada y sin hijos, que volvió al pago desencantada de las luces porteñas y que, tras la muerte de su madre hace casi una década, decidió habilitar las habitaciones de su hogar para alojar a varones y mujeres a quienes les gustaba lo mismo que a ella desde que nació: andar como Dios los trajo al mundo sin importar las marcas de la ropa, la perfección del cuerpo ni la elección sexual. A cambio de unos 100 pesos por persona, en Los Fresnos se tiene cama en un dormitorio compartido (son tres con dos lugares cada uno), un baño para todos y desayuno a cualquier hora en la mesa del living o en el fondo, bajo los árboles y junto a la pileta de lona. También se puede cenar por 25 pesos, sin bebida, la comida casera de Carmen mientras se platica con los cuatro o cinco comensales que el azar eligió para nuestra estadía.

“Nunca recibo a la gente desnuda. Es una cuestión de respeto”, dice la dueña de casa con su vestido playero bajo el que, sabemos, no hay ropa interior. Pero nada está más lejos de la fantasía erótica que esta anfitriona con cara de alemanota e inagotable conversación. Es 29 y cocinó ñoquis. Junto a Renata, la fotógrafa, nos sentamos a la mesa rodeadas de cuatro hombres de “mediana edad” que miran curiosos a las recién llegadas. Dos minutos de intercambio fueron suficientes para que nos relajáramos: todos eran gays, de nivel económico de medio a alto, profesionales, ávidos de ser interrogados, contestar preguntar y gentilmente preocupados por lo que podíamos decir en la nota. Ah, por supuesto: estaban vestidos como para misa. Uno de ellos, arquitecto separado con una hija, abrió otra botella de vino para compartir y brindar “por las periodistas”.

–Y por la buena vida –agregó Carmen. Aflojados, la sobremesa continuó.

“La mayoría de mis huéspedes son gays y yo agradecida, porque son de lo más correctos. A mí no me importa lo que hagan de sus vidas mientras respeten este lugar. Lo que pasa es que el nudismo da para que algunos se confundan, y contra eso los nudistas auténticos, los que lo hacemos porque amamos andar sin ropa, no podemos hacer nada”, cuenta la mujer que en un pueblo que no llega a los mil habitantes se animó a abrir su casa a “esos putos y degenerados”. Hoy, en el almacén del barrio, ya son “los chicos de Carmen”.

El argumento más votado sobre por qué sacarse la malla en una playa frente a los ojos de los demás es que la desnudez no genera estatus: no importa si la biquini es la misma del año pasado porque ya no te comprás; no importan tu panza, tus cicatrices, tu prótesis, tus tetas caídas ni tus testículos abolsonados; nada de eso importa porque el sol brilla para todos y el útero mar nos acaricia adonde nadie llega. Y renovados renacemos refelices.

Reglas

Sin embargo, los adultos las necesitan y, en especial, si van a andar en cueros y desmemoriados hace milenios acerca de qué hablamos cuando hablamos de “ser natural”. Carmen, a la que nadie podrá culpar de careta ni fascista, las tiene y cualquier nudista-naturista con carnet las conoce aunque no siempre las cumpla. Se llaman “códigos de convivencia y ética”, son de aplicación obligatoria en toda playa nudista del mundo y dicen:

*El desnudo es aconsejable pero no obligatorio en lugares públicos.

*No fotografíe, grabe o filme sin permiso expreso de otras personas.

*No contamine el medio ambiente. Respete la fauna y flora del lugar. No lleve mascotas a la playa.

*No incurra en exhibiciones de carácter obsceno, en propuestas o comentarios con connotación sexual. La actividad sexual se considera un acto privado.

*No mire a la gente en forma molesta, provocativa o persistente.

*No tenga conductas discriminatorias.

*Lleve siempre una toalla personal para sentarse por motivos de higiene.

*No se exceda en la ingesta de bebidas alcohólicas, prohibido portar, o utilizar, drogas tóxicas y/o ilegales.

Como a los mandamientos, leí el código y me fui a la cama. Al otro día, teníamos playa. El sol ayudó para que no nos quedáramos en el fondito de Carmen con un par de tipos de a ratos desnudos tomando mate junto a la pileta de lona. Fue sencillo llegar a Escondida. A un paso de la ruta, está el estacionamiento plagado de autos de alta gama, y el parador con bar y chef belga, reposeras y mesitas con sombrillas sobre un deck, masajista ($80) y sector vip ($180  por día) con piscina climatizada y camastros. Las mozas atienden vestidas aunque una suele, dicen, sacarse el corpiño. El look masculino es toallita a la cintura y el femenino, topless y pareos. Desde allí, por sucesivas escaleras rústicas, se baja a la playa en forma de herradura y protegida entre acantilados y médanos.

El Ente Municipal de Turismo de General Pueyrredón (Emtur) le otorgó hace unos diez años la concesión de este lugar a Juanjo Escoriza, un marplatense experto en software al que le gustó mucho una playa nudista en Saint Marteen y regresó con el por qué no acá. La playa es pública, es decir, no hay que pagar ni consumir absolutamente nada para entrar ni para ir a los baños, pero sí hay un sector para alquilar sombrillas ($90 por día). Tampoco hay vendedores ambulantes pero sí un señor con turbante que recibe encargos y hace el delivery de la arena al bar. “El nudismo, para mí, no es una filosofía de vida. Es estar más cómodo, nada más”, dice Escoriza, que tuvo un gran enero con días de hasta 400 personas en la playa. “El mejor termómetro es que haya muchas familias”.

Pero en la playa, al menos este día, hay muy pocos chiquitos. El paisaje se conforma por adultos de treintitantos para arriba con alto porcentaje de cincuenti y sesenti; los caballeros, mínimo, duplican a las damas: mucho varón solo o en grupo, y las mujeres siempre en pareja ya que las patotas de señoras que hacen las delicias de cines y teatro no están acá; pobres, no hay.Dos son las sorpresas que una debutante como yo se lleva al pisar la playa por primera vez: uno, es muy pero muy chica. Nada de espaciosas arenas para correr hacia el infinito. En un día caluroso de enero, la Escondida es la Bristol en pelotas y verás pasar el culo de tu vecino muy cerca de tu hombro. En playa Querandí, en cambio, sobra el espacio pero, por otro lado, no hay ningún servicio y hay que llevarse hasta el agua potable. Y dos, lo que más sorprende no es la desnudez sino la cantidad de gente vestida o “textiles” como los nudistas los llaman. “No me banco que los que vienen acá no se desnuden. ¿Para qué vienen? Sólo voy a playas nudistas, sólo salgo con mujeres que comparten mi modo de vida y soy swinger”, confiesa Alejandro, que conduce un programa de radio por internet sobre el tema. Hace un par de años, un grupo de militantes swingers plantó en la playa un stand con información sobre su práctica. A muchos nudistas no les gustó la intromisión y mezcla del ganado y se quejaron.

El guardavidas de la playa tiene 27 años y usa short. Vive su destino como un castigo profesional: los amigos lo cargan, no puede venir con su novia y sus familias, hay muchos gays y pocas chicas. Y mirar cuerpos desnudos a los cinco minutos no provoca nada. “Jamás tuve una erección. Y nunca vi que le pasara a alguien. Es mucho más excitante una mujer vestida”, dice.

“Acá no venís a levantar. Para eso, voy a una disco. Los desnudos no son sexies. No es ir contra el orden establecido, no es cambiar el mundo ni ser hippie, no hay ideología, no soy gay ni swinger: me gusta venir acá sin otra explicación”, dice Luciano, soltero de 34 años, un camionero hijo de camioneros, que va con su jefe a la playa pero no se lo cuenta a sus padres.

¿Y? ¿Te vas a desnudar o no?


–me arenga. No puedo. Hay mucha gente. Veo pasar la vulva depilada de una señora grande. Veo llorar a varios pares de tetas. Veo miembros fláccidos y compruebo que hay de todos los tamaños y tonalidades. Algunos cuerpos son bellos, no lo sé. Pero queda feo. “Mi mamá tiene razón”, pienso y no lo digo. “La belleza es una convención social, por supuesto”, aclaro, en voz alta, por las dudas. ¿Y si se me mete la arena ahí? ¡Te vas al agua! Sí, claro. No me animo, sorry.

Al otro día, amanece nublado. Repito el camino pero ya casi sin mirones: el camionero, un profesor de historia y pocos más que adivino gays. Ahora tengo que hacer la foto para la nota. En una cuevita natural, bajo un acantilado, me saco la ropa. Tiene que ser rápido, sin pensarlo, y hace frío. Corro por la playa mientras la fotógrafa dispara y trato de no enterarme de que algunos observan. No puedo superar mi sensación de ridículo. Quiero mi malla nueva comprada en una liquidación, ya. No hay liberación para mí. Moriré esclava y con las botas y las enaguas puestas. Esa noche, volví a soñar mi sueño recurrente: estoy en una fiesta muy elegante y olvidé terminar de vestirme; me oculto tras las cortinas; me pego a las paredes; no hay manera, sufro horrores: estoy en bombacha.″