Revista El Guardián > Viviana Saccone

26/5/12

“No estoy pendiente de que el culo se caiga”

Estuvo siempre asociada a los culebrones, pero desde que protagonizó Montecristo y ganó un Martín Fierro como mejor actriz, su carrera dio un vuelco. El peso de la edad, las fantasías masculinas y sus ritos pueblerinos.

Escribe Leni González / Fotos Juan Pablo Barrientos

 Tiene razón Julio Chávez al contar que Viviana Saccone hace de lo incómodo algo cómodo. Después de trabajar con ella en El puntero, la serie de El  Trece de 2011, y este año compartir el escenario y dirigirla en La cabra en el Tabarís, la mirada del actor y director  no sólo resulta certera en el ámbito artístico. Apenas en una charla, Saccone te la hace fácil porque responde fácil, no se enreda en explicaciones, sabe marcar el límite sin ponerse quisquillosa y deja en claro que está hecha de la más compleja y acabada sencillez. Si se le pregunta cómo fue manejando su cambio de imagen, los papeles que aborda, de qué manera pasó en los últimos años a cargarse al hombro a muñecas bravas como la Rebeca Díaz Pujol que interpretó en Lobo (lo mejor junto a Osvaldo Laport de la agonizante telenovela de Pol-ka), ella no negará la apreciación en un mar de indefiniciones sino que recoge el guante y responde: “No es algo que me propuse. Me parece que son cosas que fueron llegando de productores o directores que por ahí vieron que yo sí podía hacer eso. Creo que tiene que ver con las propuestas y oportunidades que fueron apareciendo, va más por ahí. No percibo un cambio sino cierto encasillamiento que a veces padecemos los actores. Entonces, haber convocado a Osvaldo (Laport) para hacer un hijo de puta en Lobo está bueno. Porque la lógica indicaría que siempre lo iban a llamar para hacer el muchachote, el galancete y no se la juegan para ver qué pasa con otra cosa”, analiza la heroína de tiras como Más allá del horizonte (1993), Por siempre mujercitas (1995-6), Hombre de mar (1997), Franco Buenaventura, el profe (2002), Montecristo (2006), Alguien que me quiera (2010) y Herederos de una venganza (2011).

Cuando Cecilia Roth abandonó a principios de febrero los ensayos de La cabra o ¿quién es Sylvia?, la obra de Edward Albee, para filmar con Pedro Almodóvar, Chávez pensó en ese modo de resolver conflictos que tiene Saccone, a quien, antes de El puntero, ya había visto trabajar en En la cama, de José María Muscari (donde además hacía un topless). Dos meses más tarde, con Vando Villamil y Santiago García Rosa, estrenaban en el Tabarís (Corrientes 831). “Es la obra que transito con más facilidad en el escenario. No sé bien, exactamente, a qué se debe pero los sábados, que hacemos dos funciones, se me pasa rapidísimo. Tengo tres cambios y una vez que arrancamos, de pronto me encuentro con que estoy haciendo el último cambio y salgo al escenario; la verdad, no me cuesta para nada. Si bien tiene un esfuerzo físico y mucha tensión, se me hace liviana. Hay algo en el viaje que nos propone esta obra y este autor que hace que sea todo muy llevadero”, cuenta la intérprete de Julia, una ama de casa para nada desesperada.

En escena, vemos una familia perfecta, exitosa y sin fisuras donde algo inimaginable irrumpe: el marido, Charlie (Chávez), que nunca fue infiel, se enamora de una cabra. “A veces nos sorprende pero el público se ríe mucho y hasta en el final, que es de tragedia griega; creo que es producto de los nervios. Estos personajes en apariencia tan perfectos, que constituyen una familia en apariencia tan perfecta y todo se desmorona, todo con un hecho simple. Un hecho en nuestra vida siempre tiene consecuencias; a veces más drásticas y a veces, menos. Pero, de pronto, puede suceder algo que haga que la vida de esas personas cambie para siempre”, reflexiona.

–¿Nos reímos de lo intolerable?

–Cuando leí la obra, también me reía. Los diálogos de Charlie con su amigo y con su mujer me hacían reír mucho. Era absurdo poder plantear con seriedad todo lo que le estaba pasando a este señor. Eso es parte de la inteligencia del texto, porque uno se puede quedar con el cuentito de que este señor se enamoró de la cabra y cómo se lo cuenta al amigo y cómo lo recibe la mujer. Uno puede quedarse con esa historia, que es lo que más risa da, o ver los subtextos, de cuántas otras cosas habla.

–Tu personaje no lo puede perdonar.

–No lo puede digerir, ni aceptar, ni procesar y casi que la lleva a la locura esta información. Para él también era inimaginable vivir algo así, pero le pasó y se lo permitió, sin pensar en qué podía pasar después.

–Con Chávez trabajaste en televisión y ahora en teatro. ¿Cómo es como director?

–Como compañeros en el escenario, el proceso fue sumamente amoroso, llevadero. Lejos de tener nervios o tensión, Julio es quien siempre pone el manto de piedad cuando alguno se equivoca: “No, tranquilos, estamos probando, esto va in crescendo, hicimos una función hermosa, confíen, tranquilos”, nos dice. Es muy protector y muy generoso. En lo personal, siento que me ayudó a buscar en zonas no habituales. Me dieron el texto, lo leí pero a las dos semanas, en el proceso, me fui corriendo de todo lo que yo había preconcebido que le debería pasar a esta mujer. Pero todo de una manera muy lúdica, de juegos teatrales, digamos. Y muy fácil, él dice: “Yo uso todos los elementos que se me ocurren. Si estoy en una cocina, para cocinar uso desde la cuchara hasta este palito que me gusta. Eso me sirvió para revolver”.

–¿Te gusta o te cuesta dejarte llevar?

–Soy una actriz a la que le gusta mucho eso. Es lo que más disfruto porque siento que es la manera de sacarse las máscaras propias, la macchietta, porque uno va armando determinados procedimientos que, inconscientemente, te van resultando más cómodos.

–¿La televisión lleva a eso?

–Creo que sí, que lleva mucho a eso. Tiene cosas muy positivas también, porque tiene una rapidez, una impronta casi voraz que te hace resolver. Lo complicado es si uno se queda en esa comodidad y es lo que no quiero que me pase. Estoy atenta, y por eso me gusta muchísimo que me dirijan. La mirada del otro es fundamental para mí: “Probá de nuevo, vamos con otra cosa, desarmá todo eso”, me aconsejo siempre.

Además de probar en escena, Saccone comenzó el año pasado con otra actividad que no había practicado antes: la docencia. “En zona norte, en el espacio de una amiga donde funciona un salón cultural, doy clases de teatro a adultos. Tengo una alumna de 86 años, Matilde, ¡una grossa!”, cuenta.

También, próximamente le gustaría trabajar más cine. En 2011 filmó Una mujer sucede, ópera prima de Pablo Bucca que tuvo muy buenos comentarios en los festivales y se estrenaría en octubre, y también Santiso, una película de ciencia ficción en 3D, de Brian Maya. Confiesa que entre los directores con futuro, le encantó Nicanor Loreti, el autor de Diablo, ganadora del último Festival de Mar del Plata.

–¿Sabés que para los hombres muy jóvenes sos una “MILF”?

Saccone queda perpleja. “No tengo ni idea” –se desconcierta y espera una explicación.

–Significa “Mother I ‘d like to fuck”.

–(Jajajajá) ¡Está bueno eso! Me gusta.

–¿Sos consciente de que desde hace un tiempo estás más atractiva?

–¿Cómo decir esto sin quedar pedante? Pero sí, yo me siento mejor ahora que cuando tenía 20, quizás por una cuestión de seguridad. Soy de pueblo y llegué a la gran ciudad y me daba miedo todo. Entonces sí, siento que estoy creciendo bien y espero seguir en ese camino. Tiene que ver con la aceptación de las cosas que van pasando, de los cambios que vas teniendo en la piel, las arruguitas, de que el culo se caiga.

–¿Estás muy pendiente de ese tema?

–Cero. No, nada. Me cuido mucho con comer sano pero por una cuestión de gustos. Y quiero empezar a hacer yoga, ahora que terminé con la tira voy a caminar, hacer cosas que me hagan sentir bien, pero por una cuestión de salud, porque salud es belleza. Desde ese lugar siento cómo me van pegando bien los años; de joven, no me cuidaba nada, vivía haciendo dietas, comía mal, mucho, hamburguesas todos los días.

–¿Te resulta difícil la cuestión de la edad a medida que aparecen figuras jóvenes?

–A mí, no. Porque depende de cuál es tu objetivo. Si quisiera ser protagonista de novelas, claro, me va a pesar que aparezca una actriz como Vanesa González con una cara hermosa, 20 años y, encima, recontra buena actriz. Sí, ahí me va a joder. Pero la verdad es que me encanta que aparezca una actriz así para ocupar ese rol. Yo no puedo ocuparlo ya. Mi objetivo en la vida, y en la profesión, no es ser la eterna pendeja. Quiero ocupar el rol de la mamá, el de la abuela y los que vengan. Hay lugares para actrices de todas las edades y quiero seguir siendo actriz y haciendo los personajes que sean acordes a mi edad.

–¿Encontrás muchas diferencias entre los inicios de tu carrera y cómo se da ahora?

–Me parece que cambió mucho. Hoy es predominante el tema de la fama, el querer ser famoso a cualquier precio y no importa para qué o para mostrar qué. De todos modos, en el ambiente donde yo me muevo no veo tanto eso porque me relaciono con actores que, en mayor o menor medida, tienen experiencia o están dando sus primeros pasos pero vienen de estudiar o han estudiado poco pero tienen condiciones. El camino corto se ve mucho hoy en la tele.

–Varias veces dijiste que cada paso te costó mucho esfuerzo.

–Sí, totalmente. Empecé gracias a que quedé en el casting de Clave de sol (1988) y, a partir de ese programa, me fueron llamando para otros. Y fui laburando, pero no siento que haya sido como, digamos, “apañada”; no fui la chica que hace un programa y “boom”. Tendrá que ver con el carisma que uno pueda tener o con el escándalo que uno pueda armar o hasta con el interés que uno puede provocar. Hay gente muy talentosa que vende y otra que no. Es parte del negocio y lo entiendo, perfectamente.

–¿Viajás cada tanto a Jeppener?

–Siempre. Toda mi familia sigue ahí.

En esa localidad de 2.300 habitantes, perteneciente al partido bonaerense de Brandsen, nació Saccone y ahí vivió hasta que empezó a trabajar y pudo mudarse. El primer año de su Verónica en Clave de sol lo grabó recorriendo, cada día, los 80 kilómetros que separaban su hogar de canal.

–¿Cómo ves hoy la ciudad desde allá?

–Buenos Aires es siempre un quilombo, pero la mirada cambia y tiene que ver con un ciclo que uno da en la vida. Cuando era adolescente y venía a Buenos Aires, me fascinaba. Y, evidentemente, tenía que ver con algo que anhelaba: el venir para probar suerte. Ahora, que ya pasé los 40, de nuevo necesito la cosa del pueblo, la tranquilidad. Por algo vivo lejos, en Escobar, y prefiero viajar pero estar en un lugar tranquilo.

–¿Te quedó alguna costumbre de Jeppener?

–El ritmo. No es acelerado y no pude acelerarlo nunca. A la mañana necesito una hora tranquila, con mi mate, el desayuno, bañarme. No puedo eso de cafecito y rajo. El ritmo es lo que más de pueblo tengo.