Roberto Pettinato. Sumo Pontífice.

Ser papa es lo único que le falta

ROBERTO PETTINATO

Ser papa es lo único que le falta

Vuelve a la televisión abierta para conducir CQC. Hace casi diez temporadas que conduce un programa matinal de radio y el año pasado debutó con un show de stand up. Reflexiona sobre la música, las mujeres, la política, la religión, la Iglesia y el dinero.

JUEVES 18.04.2013 – EDICIÓN N ° 114

Escribe Leni González / Fotos Nacho Sánchez

Después de ver tantas veces Lenny, de tanto sótano en Nueva York, de tanto late night show cayéndose detrás de los anteojos hasta perforarle las córneas, se subió al escenario a decir lo que nunca pensaba recordar y a comprobar que hay risas que no son de laboratorio. Roberto Pettinato quiso volver a sentirse “una persona interesante” y para eso, ay, sí, para eso el antihéroe retomó la senda del intransferible gusto propio. Me quiero portar bien se llama el show de stand-up que estrenó en octubre último, con el que volvió este año en el Teatro de la Comedia y sigue en gira nacional. Todo el Pettinato mediático está ahí: el conductor de radio y tevé, el humorista, el que toca el saxo, el padre de cinco hijos y marido de tres mujeres, el gran dueño de la última palabra, el buen gourmet que sabe un poco de todo pero, en especial, de sí mismo exponiendo su acto ante ese público de ignotos en la oscuridad a los que nunca sabremos cuánto teme y cuánto necesita.

La última noticia es que a partir de mayo otra vez estará en un canal de aire, de lunes a viernes después de las ficciones nocturnas de El Trece, en el lugar que antes ocupaba el Showmatch de Marcelo Tinelli. Un clásico reemplazado por otro clásico, el de Eyeworks Cuatro Cabezas: Caiga Quien Caiga (CQC) con Pettinato en la histórica silla de Mario Pergolini (que después ocupara Ernestina Pais) acompañado por Clemente Cancela y Diego Iglesias.

Pero Pettinato es (queremos decir “casi”) inabarcable para un relato único. De mameluco anaranjado, hay un Pettinato histórico, casi mítico, que fue parte de Sumo y es una fuente confiable a la hora de citar a Luca Prodan; fue también el último director de El Expreso Imaginario en los primeros ochenta y de La Mano, a mediados de 2000. Menos conocido es el músico de free jazz que sacará otro disco en unos meses, el que escribió su primera novela, La isla flotante, en 2012, y que prepara un libro de cuentos infantiles ilustrado por su mujer, la artista plástica Karina El Azem. En todos los casos, siempre será impredecible. Su ánimo, las ganas, su predisposición y tolerancia, nadie, nunca, estará en condiciones de asegurar cuáles serán. Para esta nota, gracias al beatífico efecto Francisco, Pettinato jugó sin drama a la papalidad y hasta salió a la calle, en Las Heras y Rodríguez Peña, a saludar a los colectiveros y bendecir a madres y niños. Y la verdad, o lo que creemos que sea, descendió a la faz de la Tierra con su mensaje esperanzador: Sí, Pettinato, a la gente le caés simpático.

–En tu espectáculo, ejercitás un humor incorrecto. Pero ¿de qué cosas no te reirías o cuál es tu límite para el humor?

–No existe límite para el humor. Todo lo que sucede sobre un escenario no es verdad. Es como ver una obra de Beckett y creer que en El innombrable la persona no tiene cuerpo de verdad, ¡y es ciertamente sólo una cabeza adentro de un balde! Estaríamos en serios problemas si los comediantes empezaran a reprimirse. Sería el fin, sería como cuando Lenny Bruce en los sesenta fue el primero en empezar a decir malas palabras y a hacer un humor corrosivo, no de chistes hechos, y el gobierno lo quería asar vivo y colgarlo de la Plaza de Washington DC.

Sos el único que hace humor e ironiza sobre el consumo de drogas. ¿Por qué?

–Porque ayudo al drogota a sentirse un pobre tipo y un idiota. ¡Siempre me pareció sorprendente el tipo que consumía drogas y se creía Dios! Es una forma corrosiva la que practico de demostrar que las drogas sólo conducen a convertirte en un idiota más, que encima va camino al subte en el microcentro con el cerebro que le estalla como quien puso una bomba en una farmacia. Las van a consumir igual de todos modos, pero por lo menos saben lo gracioso y patético que se ven desde afuera. Eso les digo a los que lo hacen, de alguna forma. Como “Cocaine Decisions”, de Zappa, en donde ironizaba sobre los empresarios que se toman una raya y deciden temas importantes en la city de Nueva York.

–¿El stand-up está más cerca del rock o del jazz?

–La mente funciona como el jazz mientras que el look funciona como el rock. Nombraste dos estilos que marcaron la liberación en el mundo de la música. Si a esto le pudiésemos agregar mi sueño de que toda la audiencia se desnude y baile ¡sería genial! Una sola vez lo logré y cuando estaban casi todos desnudos empezaron a robarse los celulares de los asientos de adelante.

¿O con el free jazz, la música que hacés? 

–El free jazz es improvisación total y es la misma esencia de tirarse a la pileta. Es como una relación que recién comienza: uno no sabe con qué se va a encontrar hasta que comienza a adaptarse, a gustar, a entender, a comprender y a gustar hasta de los defectos. Esto es igual o peor porque no es que tocás un instrumento con otra gente sino que estás solo, ¡absolutamente solo! Digamos que es tal cual. No sabemos qué pasará, no sé de qué hablaré. O si lo sé a veces, pero los dos primeros renglones y después el delirio que tanto disfruta la gente porque le gusta verte… ¿morir?

–¿Cómo te cayó la noticia de que “el Papa es argentino y peronista”?

–El Papa no es peronista ni mucho menos. Sería un craso error ideológico. Los papas o los curas pertenecen a la Iglesia y la Iglesia no tiene otra ideología que la masónica y ¡la de la Iglesia misma! Son como un circuito cerrado de televisión que cada tanto proyecta los programas que quieren y los demás países emitidos al aire se consideran agraciados. Esa gracia se la venden al pueblo para que la gente crea que existe una suerte de bendición. Es como los empresarios tomando la comunión, ¿quién verdaderamente creería que ese empresario lo haría si no fuera porque hay un fotógrafo cerca?  Muchos dicen que trabajó o trabaja con los pobres. Eso es una ley de Dios, es un mandato divino y no tendría porque ser una sorpresa ni para la Iglesia, para la cual debería ser una obligación moral de parte de todos los sacerdotes. Y menos tendría que ser una sorpresa para el público en general. ¡Ohhh, soy humilde, tengo coronita! ¿Dónde se ha visto! ¡Por Dios, que vergüenza! Pero un papa que va a una villa es cien veces mejor que uno que ni la pisa. Es como los gobiernos populares vs. los de derecha: uno te da sidra y pan dulce, y el otro ni siquiera sabe que existís.

–¿Tuviste alguna etapa religiosa?

–Vengo de familia 50 por ciento católica y 50 por ciento espiritista. Es raro. No hablo con Dios directamente, se me presenta y me dice lo que quiere. La religión no es el opio de los pueblos pero, por el contrario, es una gran fuente de sangre y muerte y corrupción. Cuando escuchaba al Papa hablar de la Iglesia pobre, gran movida de marketing después de un Ratzinger tan antipopular y frío, pensaba: “Le habrán dicho: ‘Che, guarda, porque esto es para el discurso. ¡Mirá que tenemos propiedades y bancos muy fuertes que mantener!’”. Sí, fui uno de los primeros músicos de rock en meditar y adoptar la meditación zen y de hecho uno de mis hijos (Homero) se llama Taisen por Taisen Deshimaru, al que recomiendo ampliamente el día que se les acaben los libros de autoayuda que se titulan “No te amargues, la vida es una bosta.”

–Tu personaje o “yo escénico” es el de un quejoso con tendencia al aburrimiento y cero empático con su entorno. Esa postura está cerca de: ¿un rocker antisistema o de una señora insatisfecha?

–Todos somos insatisfechos con delirios de ascenso de clase. Todos somos señoras puteadoras lo cual es mejor que ser una señora que solo vive preguntándose a qué hora tiene colorista. El humor tiene que ser un martillo en la cabeza del espectador y no un guiño de ojitos. La gente tiene que sentir vergüenza. Siempre les digo esto y agrego: “¡No se preocupen que total lo digo yo, ustedes pueden seguir ahí en la oscuridad!”. Y lo increíble es que se cagan de risa porque puedo decir lo que quiera porque tengo un don único: nadie se termina de ofender por nada de lo que diga.

Una vez sorprendiste a todos cuando aceptaste trabajar con Gerardo Sofovich. Hoy, ¿trabajarías para…

Tinelli?: –Sólo haciéndole chistes a Guillermina de los que a él no se le ocurren.* Suar?: –Adoraría eso. Hacemos una pareja perfecta, un trío increíble si estuviera también Francella. En los Martín Fierro siempre nos divertimos hablándonos en joda y nos cagamos de risa.

*Gvirtz?: –No me interesa y nunca me interesó la persona del medio porque sé que es un negocio. Ergo, si la propuesta y el negocio son buenos no tengo problemas. ¡Es sólo un operador y me encantan! Y tampoco mataron a nadie, che!

*Rial?: –Lo quise hacer y no quiso. Florez y Floresta, estos dos hijoputas que criticaban todo. Era el gran programa para una vez a la semana o por mes al menos.

*Susana?: –En un tiempo pensé: “¿Por qué está Fulano cuando seríamos una pareja genial?”. Pero no soportaría que se enamorara de mí.

*Pergolini?: –No, porque nunca quiere volver a nada sino disfrutar de sus millones. Sin dudas, lo quiero y lo ayudaría a poner los billetes en orden de mayor a menor.

*Lanata?: –Lanata no necesita de mí. ¿Para qué me tendría? Si yo estuviera a su lado haría de Castelo y no mucho más. ¿Por qué tendríamos que estar juntos?

–¿Qué opinás de los músicos militantes?

–La música militante es “limitante”. ¿Por qué? Porque las letras son una pedorrada de baja estofa que no dicen nada. Ahora bien, era más militante una letra de Spinetta diciendo: “No tengo más Dios” o una de Dylan que las que hablan de obreros. Salvando la Cantata de Santamaría de Iquique, de Quilapayún. Pero es una música muy pedorra y yetosa. No tiene nivel y, de pronto, lo peor: quieren tocar una suerte de rockito y les sale espantoso, como cuando Sabina pretende hacerse el rockero y es espantoso.

–¿Qué añorás hoy de la época Sumo?

–Fueron siete años de mi vida maravillosos y volvería ya a Sumo, a los ochenta y a los bares. Ayer preguntaba: no puedo creer que no existan los Prix d’Ami o todos los lugares de gente loca. ¿Adónde se fue la gente loca de hoy?

–Músico, escritor, conductor, hombre renacentista: ¿recordás en qué momento dejaste de sentirte una gran promesa y empezaste a darte cuenta de que es “lo que hay”?

 –Yo no fui una promesa jamás. Siempre fui lo que fui. No tuve ascenso. Ya nací arriba del escenario, por así decirlo. Fijate que empecé como conductor en la tele, ¡ni siquiera notero! De entrada, ¡¡¡conductor!!! Muy gracioso. Nunca vi las cosas así como las decís, la verdad. Y siempre pienso “es lo que hay” desde que se me cayeron los músculos del culo.

–Querés hacer cine, lo sabemos. ¿Qué historia imaginás, qué personaje?

–“Me dejaría asesinar por vos” es una novela policial que tengo en la cabeza. Nunca lo dije, pero es lo que hace rato que tengo. Es la historia de una asesina psíquica digamos. Los hombres se vuelven locos por ella y ella los mata porque los deja enfermos para siempre de la cabeza. Ahora, ¿cómo se agarra una mujer así? Es todo un desafío escribir eso. Pero el cine no me interesa. Es muy larga la grabación.

–¿Qué cosas que deseás no se compran con dinero?

–Te digo algo: siempre me llamó la atención la cara de orto, la mala cara que tienen los empresarios a nivel piel, ojeras, panza, poco cuidado de sí mismos, y la ropa de moda. Son seres horribles y sin embargo lo tienen todo y no lo saben usar ni siquiera para comprarse una buena camioneta. Eso siempre me hace decir: “¿Ves? Así es como querés terminar? ¿Esta es la posta?”. Todo se puede comprar con dinero. El único problema es que haya un idiota que no quiera vendértelo.

–A riesgo de hacer una pregunta tal vez demasiado “femenina”, ¿qué lugar ocupa el amor en medio de tanto fastidio?

–Mi vida es el amor. El amor es mi motor. Pero aún más allá del amor. Porque ni siquiera necesito que te enamores de mí. Tengo alma de escritor y me enamoro solo y me hago la película solo y hasta con títulos y final. Sé que la gente cambia y le tengo terror a eso. No puedo esperar que alguien se quede conmigo cuando tenga 83 años y pida un nuevo catéter. Sospecho que no habrá nadie ahí más que una enfermera de 25 años comprada por mí en Tailandia. ¿Ves? El dinero puede comprarlo todo. Me considero el heredero sanguíneo de Lord Byron y demás poetas. Esto no lo sabe nadie más que vos ahora mismo. Pero es así. Una sonrisa te cambia el día. Una puteada también. Hay hombres que no son así y siguen adelante con su vida pero, sin lugar a dudas, todas las vidas que lleves juntas no podrán ser más potentes o profundas que una que conlleve amor. Por suerte el amor está en el mundo. Muchos dicen: el amor se va. Mentira. El amor se va, vuelve, se va, vuelve, se va y se vuelve a ir y siempre se quedó.

–¿Cuál es la mejor mujer: la que te da bola o la inalcanzable?

–En general, la mujer difícil es la compleja, la profunda, histérica y con un montón de planes propios. Es fabulosa y atractiva pero también es un dolor de cabeza que te obliga a tener suficientes aspirinas para poder soportar en algún momento en que hay que soportar. Después pueden existir las fans, las groupies y las devotas que simplemente tienen devoción y sos como un fetiche. Depende. A lo largo de una vida tan larga ha pasado de todo. Pero no creo que exista la inalcanzable. ¡Muchos creen que esa mujer es de alta costura o está en Mónaco! Y no es así. Tal vez está en un palacio de Inglaterra simplemente porque es amiga de otra y no es tan inalcanzable. De todos modos, las inalcanzables no las conocí porque siempre el inalcanzable ¡fui yo!

–Dijiste por ahí que 2012 iba a ser un año de cambios, que querías volver a sentirte un tipo interesante. ¿Cómo está ese plan?

–Lo hice. Con lo del stand up, con Pachuco Cadáver (después de 20 años, volvió a tocar con Guillermo Piccolini) y con el programa: son tres cosas nuevas que no venía haciendo. Es importante renovarse pero no pensando en renovaciones, sino simplemente dejar caer las pieles y a sabiendas que crecerán otras. Nada más. Sos eterno e inagotable. Te lo juro. ¡Sépanlo!

–Por último, ¿cuál es tu momento cotidiano de placer y satisfacción absoluta?

–Todo lo que pueda hacer con placer no apaga jamás la tortura de vivir y de haber caído en este mundo sin saber para qué e irme de él sin saber por qué me llevan. Soy tu tortura, tu amor, tu locura, el que te hace llorar y te hace reír, te da de comer, te ama, te llama cien veces y en cada ramo de flores, aprieto para que las espinas me partan los dedos y liberen mis pecados. Soy así. Perdón, ahí viene mi analista. Ojalá llegue rápido.

Agradecimiento: Buenos Aires Grand Hotel

En la tele hizo de todo

 En televisión, Pettinato comenzó en 1987 en Estación musical, por  ATC, hasta que Gerardo Sofovich, a comienzos de los noventa, lo convocó para unirse a La noche del domingo por Canal 9, su primera intervención como conductor televisivo con público en vivo. En 1993, se mudó a El Trece con Mirá quien canta, al que siguieron 360 todo para ver, un magazine de espectáculos donde también participaban Horacio Cabak y Gonzalo Bonadeo. A fin de los noventa, comenzó Duro de acostar, por Telefe y, por TyC Sports, Orsai a medianoche, con Bonadeo y Gillespi, programa que volvería a hacer a comienzos de la siguiente década. Otros proyectos de los que participó fueron Un aplauso para el asador, junto a Diego Pérez y Todos al diván, con Elizabeth Vernaci primero y Karina Mazzocco, después. Su primer Martín Fierro, le llegó por la conducción de Indomables, por América, programa que en 2005 finalizó abruptamente por decisión de la productora PPT. En ese momento su rating promedio alcanzaba, en 2004, los 6 puntos, y en 2005, 5,3. Debido a ese incidente, el programa pasó a El Trece como Duro de domar  (con los panelistas Guillermo Pardini, Gustavo Noriega, Fernanda Iglesias, Diego “Chavo” Fucks y Úrsula Vargues) hasta 2008 cuando se separó de Diego Gvirtz. En este ciclo fue donde logró los dos dígitos de rating, el mayor de su carrera: en 2006, 10,1 puntos; en 2007, 10, 5; y en 2008, 9,5.  Al año siguiente, estrenó Un mundo perfecto, por América que comenzó siendo un late show pero terminó como un programa de humor y espectáculos. Su rating fue: en 2009, 3,3 puntos; en 2010, 4,3; y en 2011, 3,1. (Datos rating: http://www.television.com.ar).

 Hombre orquesta

 15 de diciembre de 1955: nace en la embajada de Ecuador, donde se refugiaron sus padres por la Revolución Libertadora. Su papá, Roberto, fundó la Escuela Penitenciaria de la Nación y fue funcionario de las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón.

1980: Escribe y llega a dirigir en la mítica revista Expreso Imaginario, con Pipo Lernoud y Jorge Pistocchi. Conoce a Luca Prodan.

1982-1988: Saxofonista de Sumo. Los discos: Corpiños en la madrugada, Divididos por la felicidad,  Llegando los monos, After Chabón y Fiebre.

Matrimonios e hijos: su primera esposa fue la astróloga Cecilia Dutelli, con quien tuvo tres hijos (Homero, Tamara y Felipe). De 1998 a 2006, estuvo casado con Gabriela Blondeau. En 2007, se casó con la artista plástica Karina El Azem, con quien tiene dos hijos, Lorenzo y Esmeralda.

1990: Forma Pachuco Cadáver con el tecladista Guillermo Piccolini. Graban dos discos: Tres  huevos bajo tierra y Life in La Pampa.

Discos solistas: Música anticomercial (2003), Estelas Monota (2010), Purity (2012).

Libros: La jungla del poder; Como abandonar la Tierra; El que insulta primero insulta dos veces; Entre la nada y la eternidad; Hombres que aman demasiado; Sumo por Pettinato; La isla flotante.

Premios Martín Fierro a la Conducción: 2002 (Indomables y Un aplauso para el asador); 2003 (Indomables); 2004 (Indomables).

2004 hasta hoy: conduce El show de la noticia, la primera mañana de FM La 100.

Modelo Letterman

Una de las influencias más fuertes –y reconocidas– de Pettinato la constituyen los anfitriones de los programas de entrevistas nocturnas de los Estados Unidos, una categoría que esconde más de lo que explica: en realidad, se trata de verdaderos shows humorísticos donde, en general, la gente en búsqueda de promoción va a reírse de sí misma. Ahí están, los seguidores del mítico Johnny Carson: Jay Leno, Conan O’Brian, Bill Maher o David Letterman, el más admirado por nuestro hombre. La rutina de todos estos personajes es similar y constituye una tradición absoluta. Son los oficiantes de las misas que sanan la política y la estupidez norteamericanas. El rito incluye siempre un monólogo inicial, en el que el presentador comenta la actualidad desde el sarcasmo más absoluto y, no pocas veces, políticamente incorrecto; la conversación luego con invitados y adláteres fijos (que suelen funcionar como un panel), algún cuadro musical y el lanzamiento constante de dardos filosos contra cualquiera. El modelo no ha cuajado demasiado fuera de los Estados Unidos, donde funciona con mayor solemnidad. Pettinato ha intentado más de una vez –y logrado en el viejo Duro de domar o en el reciente Que parezca un accidente– circular por esa vía. Letterman, se dijo, es su modelo, del que más cosas ha tomado. En principio, el tono incorrecto y las alusiones a temas que no suelen mencionarse en la TV. También las “listas” de 1 a 10, un mecanismo que Letterman hizo popular y que, la única vez que le tocó conducir los Oscar, dejó perplejos y un poco iracundos a los hollywoodenses. Jay Leno siempre fue más “familiar” y Letterman, mucho más rocker en sus palabras, y ha desarrollado un personaje más áspero, que ama el dinero y el buen vivir pero se aburre de la estupidez. Ahí está el molde Pettinato, aunque “nuestro” Letterman acomode todo eso a su propia lengua y actitud, a un porteñismo no muy alejado de la típica actitud neoyorquina.

Lola Cordero

“Todos tenemos una vida televisiva”
Lola considera que la tevé es un medio fundamental para cualquier persona

REVISTA EL GUARDIAN > PERSONAJES

LOLA CORDERO

“Todos tenemos una vida televisiva”

Es la panelista española de Beto Casella, quien la contrató porque “mi voz calienta a los argentinos”. Trabaja en radio y tevé. El amor que la trajo al país y las claves para subsistir en un ambiente donde lo que mata es la competencia.

VIERNES 22.03.2013 – EDICIÓN N ° 110

Escribe Leni González / Fotos Le

andro Sánchez

 

La española Lola Cordero está acostumbrada a los gentilicios. O, más o menos lo mismo, está acostumbrada a mudarse, hacerse amigos nuevos y acomodar el paladar a sabores distintos. Catalana de nacimiento pero de familia andaluza, primero fue “la Catalana” en Andalucía, después “la Sevillana” en Madrid; en Barcelona, “la Madrileña”; y, por último hasta hoy, “la Gallega” en la Argentina, el sobrenombre con el que se la identifica rápidamente a esta morocha de ojos claros, que no termina de perder el acento castizo aunque ya pasó una década en el país y que en gran parte le debe a Beto Casella la chance de tener su lugar en la radio y la televisión.

Panelista en Bendita (Canal 9, de lunes a viernes a las 20.30) y parte de la mesa de Bien levantado (FM Pop Radio 101.5, de lunes a viernes de 9 a 13), los dos programas conducidos por Casella, Cordero también trabaja en el noticiero nocturno del canal digital 360tv, que conducen Darío Villarruel y Viviana Valle.

A este país llegó por amor. En Barcelona, conoció al crítico de cine y director Alexis Puig (trabaja en el noticiero de América, en A24 y en radio La Red) y cruzó el océano sin dudarlo. “Yo era gerente en gira de Monólogos de la vagina y, además, soy actriz. Cuando llegamos a Barcelona, ahí estaba Alexis estudiando en el Instituto de Cine. Nos conocimos en una cena con el elenco de Confesiones del pene, con amigos en común”, cuenta la Gallega Cordero, a punto de cumplir los cuarenta y mamá de dos nenas, Lara y Eva, de cuatro y dos años.

–Llegás a la Argentina en 2003, dejando tu trabajo en España. ¿Cómo te insertás laboralmente?

–Hice de todo: dirección de casting, locución, publicidades. Pero la puerta de los medios me la abre Beto. Cuando estaba preparando Bien levantado, se tomó un café con Alexis, que iba a ir una vez por semana para hablar de cine, y en ese bar estaba yo. “La verdad es que me parecés una mina interesante, que tiene discurso. Sos actriz, podríamos hacer un montón de cosas, qué se te ocurre”, me propuso. Le pareció graciosa la idea de buscar temáticas divertidas donde yo opinara y armase debates en la mesa. También le interesó mi acento porque, dijo, “ratonea a los argentinos”. Después se dio cuenta de que sabía mucho de espectáculos y conocía a todos los de la farándula.

–Te sentiste bien recibida.

–Sí, desde el principio, me considero una afortunada absoluta. Creo que también influyó que, a diferencia de otros españoles, me encanta que me llamen Gallega, nunca me pareció algo ofensivo. Además, conmigo se dio algo muy gracioso: cuando tenía trece años y me fui a vivir a Sevilla era Lola, la catalana; cuando de Sevilla me fui a Madrid a estudiar era Lola, la sevillana; cuando me fui a trabajar a Barcelona era Lola, la madrileña; y lo mejor que me pasó es llegar aquí y ser Lola, la gallega, como que me remató el cuento (se ríe).

–¿Casella es amigo o es jefe?

–Me parece que es ese tipo de relaciones especiales en las que nunca podremos llegar a ser amigos íntimos porque no dejamos de ser conductor-panelista; de alguna manera, yo siento que es mi jefe, que es la persona a la que le debo responsabilidades laborales, es el referente del trabajo. Hay una distancia que está buena porque hace que uno se concentre más en el laburo y no mezcle las cosas. Pero, a la vez, nos conocemos tanto y llevamos tantos años juntos que es imposible que no haya algo más. Es una relación muy estrecha de confianza donde los dos sabemos que podemos contar con el otro, mutuamente, para lo que sea.

–¿Cómo se la pasa en el panel de Bendita? ¿Amores, odios, peleas: espontáneo o todo inventado?

–Todo lo que sea medios, radio y televisión, siempre va a tener un 50 por ciento de espontaneidad y otro 50 de especulación. Especulación, en el sentido de que uno puede pensar lo que el espectador puede pensar de lo que uno dice. Eso siempre condiciona, lo que uno dice y cómo lo dice. Ahí entra el juego. En un panel siempre está el gracioso, el que tiene el juego con el conductor, el inteligente, etcétera, y cada uno va encajando en su rol y es ahí donde uno tiene que entender que esos roles juegan para el afuera, para el público. De alguna manera, también hay actuación ahí, porque hay muchas cosas donde me peleo contigo porque es funcional al programa, pero sé que cuando se apague la cámara, vamos a hablar normalmente porque tenemos en claro que fue un juego para la tele. Lo que pasa es que a veces eso es muy confuso y, como es lógico, también provoca discusiones reales. Lo que ve la gente es mitad espontaneidad y la otra parte es construcción.

–¿Se establecen competencias entre ustedes?

–En general, trato de ser una buena compañera, partiendo de la base que me revienta la competencia. Creo que lo único que mata a un panel es, precisamente, eso: la competencia. Lo habrás escuchado mucho eso de que no me llevo bien con éste porque un día le conté tal información en el camarín y luego me la robó y la contó al aire. Eso, el pisar información es re típico. Entonces uno no tiene que propiciar esa competencia: si tienes información, guárdatela para ti, no la sueltes ni en el camarín ni en el maquillaje, sino suéltala donde la tienes que soltar, que es al aire. Yo me considero una buena compañera pero hay que aprender a separar y saber que uno se mueve en un mundo laboral. Trabajar tranquilo, ser medido en lo que uno dice y opina, porque al trabajar en un mundo que especula con el chimento, cualquier cosa que puedas decir puede ser usada en tu contra y chimentada por otro en tu contra.

–¿Cómo juega Casella en esto, les dice por dónde ir, qué transitar?

–No, nada. Llegas al estudio, las rutinas están arriba de la mesa, el que quiere las lee, hay algunos que se sientan y ni siquiera las leen. Yo sí porque soy muy obsesiva y si veo que hay alguna cosa, busco información en internet y trato de estar al día. En los paneles es como en el teatro: si no hay conflicto, no pasa nada; si todos opinamos igual, ¿qué sentido tiene?

–¿Por qué los programas llamados de espectáculos no hablan de espectáculo sino de chimentos?

–Porque serían meramente informativos y sobre obras y películas que la gente en su mayoría no vio. Es una consecuencia de la sociedad que tenemos y no a la inversa. No sé hasta qué punto somos formadores de opinión, no estoy segura. Creo que nosotros somos los traductores o los que transmitimos lo que está sucediendo en el resto de la sociedad. Vivimos en un edificio de nueve pisos y te cruzas una vez por mes con el mismo vecino y no conoces al resto. No tienes la menor idea de quién vive en el sexto. No sabemos nada del vecino. La gente armó entonces toda una vida televisiva, ya sea por los programas de fútbol, si le interesan los deportes, o los de chimentos, si te interesan los chimentos, o los de política, si te interesa la política, ¿me explico? Pero todo el mundo tiene una vida televisiva, incluso aquel que ve sólo series norteamericanas y se la pasa hablando de series como Lost o Friends. La televisión ha llegado a formar parte de la familia y a ser, incluso para aquellos que viven solos, un elemento más de la familia.

Leonor Benedetto

 

“Sé que a los demás les causa placer mirarme”

LEONOR BENEDETTO A LOS 71

“Sé que a los demás les causa placer mirarme”

A poco de estrenar Otros de nosotros, su primera obra de teatro como directora, la actriz de la belleza eterna despliega toda su madurez sobre el amor y el bienestar corporal. Por qué se siente una diva.

JUEVES 07.03.2013 – EDICIÓN N ° 108

Escribe Leni González / Fotos Leandro Sánchez

 Cuando ya parecía que lo había dado todo aparece algo más, y Leonor Benedetto vuelve a reinventarse. Igual que su voz, que baja y se hace plana y se difumina como un líquido derramado para otra vez, de golpe, alzarse, encenderse, llamear. Pero su vuelta de tuerca no es a la manera en que proponen las revistas femeninas, cambiándose el peinado o el color de las uñas. A los 71 años, la Benedetto vuelve a provocar, abre una nueva puerta y pasa por el umbral sin mirar a quien encontrará del otro lado. Para ella, siempre valdrá la pena.

En abril estrena una obra, Otros de nosotros, del periodista Carlos Ares, en el Centro Cultural Recoleta, con Adrián Navarro, Ana Celentano y Carlos Da Silva. Es la primera vez que Benedetto tendrá a su cargo la dirección teatral. Ya había pasado por la dirección cinematográfica con El buen destino, en 2005, la película que filmó en San Luis. Pero este año le llegó la propuesta de Ares y se entusiasmó: “Es una cosa nueva y, realmente, llena de matices interesantes porque al ser yo una colega de los actores, creo que estoy hablando desde un lugar diferente al que lo haría un director de etiqueta. Ehhh, digamos, entiendo el conflicto de los actores y están saliendo cosas, realmente, interesantes. Estoy muy contenta. Además, los tres actores que están arriba del escenario son muy talentosos, muy atractivos”, dice sobre los intérpretes de Otros de nosotros, una pieza que habla de la discriminación: un matrimonio verá cómo se modifican sus aspiraciones y su cotidianidad cuando un campamento de refugiados negros se instala en su propia vereda.

–¿No teme a la lupa puesta en su trabajo?

 –Ya lo sé, no es nuevo para mí, siempre me han puesto la lupa y, entonces, prefiero correr riesgos por una buena causa, porque muchas veces he corrido riesgos por tonterías. Yo vivo corriendo riesgos.

–¿La dirección de cine es un ciclo cerrado?

–No, para nada. Sólo que no está, en este momento –subraya–, en mi lista de prioridades, sobre todo teniendo otras cosas que salen muy fácilmente, comparadas con el cine, donde los costos son muy difíciles. Hacer El buen destino fue un encuentro extraordinario en mi vida, el escribir el guión, el lograr plasmarlo, lo que fue la relación con los actores. El estar detrás, no actuar, te da otra perspectiva. No sé cómo harán los actores hombres que dirigen pero, en mi caso, la actriz me perturba la dirección y viceversa, entonces me parece que no rindo a full.

Tanto esfuerzo para hacer una película y después, en la mayoría de los casos del cine nacional, su paso por las salas es efímero.

 –Es desconsolador, en tanto y en cuanto lo pensás en términos económicos, que tenés que pensarlo porque eso le costó mucho dinero a la gente que intervino. Pero si la película la vieron cinco mil personas en vez de cincuenta mil, creo que llegó a la gente que tenía que llegar. Soy bastante filosófica y jamás, entiéndase bien lo que voy a decir, trabajo para el éxito. Si viene, encantada. No soy hipócrita. Pero si no viene, creo que cuando uno tiene una obra terminada o la expone al público, terminó su responsabilidad y terminó su participación. Hay toda una cosa que termina y completa después el público que interpreta a su manera, cada uno de manera diferente.

–Estudió cine con Pilar Miró en España, filmó con Javier Torre, Aníbal Di Salvo, Zuhair Jury, Adolfo Aristarain. ¿Qué aprendió, qué le dejaron estos directores?

–Lo que más me han enseñado es su comportamiento personal más que técnicas sobre cómo poner una luz, un encuadre, etcétera. Me enseñaron cosas personales y de todos ellos, probablemente, sea Aristarain el que más me dejó, Aristarain y su mujer, porque no puedo olvidarme de que fue Kathy Saavedra la que se encargó de la ropa, en apariencia un planteo sencillo y es muy difícil hacer sencillez de verdad. Una sencillez no afectada, no nos disfrazó de pobres o carenciados, algo muy sutil y que logró muy bien. Lo que me queda de la gente es lo que uno vive fuera del plató, en los camarines, en las cenas, ahí es donde creo que se ve a la gente de verdad.

–¿Va a estar en televisión este año?

–No, hasta ahora nada y no tengo ganas de estar en una ficción convencional.

–Hablando de las devoluciones de los otros, ¿por qué nunca ganó un Martín Fierro?

–Tampoco he tenido muchas nominaciones, tengo dos nada más (Padre Coraje y Herederos de una venganza). No sé. ¿Es raro? –Pausa–. No debo ser la única. Volvemos a lo del éxito. ¿Si me gustaría tener siete Martín Fierro en la vitrina de mi casa? No estoy muy segura porque me importa mucho de donde viene el reconocimiento. Tengo otros, como el de la Comisión Permanente de Derechos Humanos, sobre todo porque no hay intereses económicos de por medio. Pero debe haber razones, quiero decir, a mí no me ha afectado en mi calidad de actriz. Sé que para el periodismo no soy una de sus favoritas y me parece bien.

–¿Cómo vive las presiones de la belleza, del estar perfecta?

–El estar bien tiene que ver conmigo. Yo sé que les puede causar cierto placer a los demás mirarme y el hecho de ser como un modelo para las chicas jóvenes me gusta, porque yo no tenía modelos. Miraba para atrás y no quería parecerme ni a mi abuela, ni a ni madre ni a ninguna mujer de esa generación. Hace tiempo, cuando me di cuenta de que mis expectativas más profundas no se cumplían, que era ser una gran trágica, y que me llamaban para que me pusiera pantaloncitos cortos y mostrara las lolas, fue difícil adaptarme a todo eso. Y en un momento pensé “¿y si engordo, me llamarán por mi talento?”. Pero me di cuenta de que no me iban a llamar por mi talento siendo gorda, si no estando bien. Mucho más adelante “el estar bien” pasa a ser una de mis aspiraciones más profundas porque tiene que ver con la salud física y mental. Todo lo demás es trabajo extra porque si no tenés salud cae en saco roto, absolutamente. Tiene que ver con cuidar la única máquina que se nos ha dado para transportarnos por este mundo

–A esta altura, ¿cuál es su definición de amar?

–Es acompañar, no tolerar, donde vos te estás poniendo en una posición de superioridad, sino acompañar lo que venga y que te siga apasionando. Tengo que apasionarme por como come, por como duerme, por sus éxitos, sus fracasos y mirar casi desde afuera al otro porque no me pertenece. Hay que sostener lo que no te gusta del otro. ¿Qué es eso de que no me gustó como me mira y me voy? Pero si hay cosas que no me gustan de mí misma y me las tengo que bancar. Eso es amor, no es pasión el sexo. El sexo es otra cosa.

–¿Y aprendió esa forma de amar?

–Sí. Un poco lo aprendí y otro poco me da la sensación de que soy una persona muy privilegiada. No me han dominado, salvo en un solo momento de mi vida y del que pude salirme con facilidad, nunca he entrado en el fanatismo, no me he puesto etiquetas. Entro y salgo de las personas. Soy bastante inmoral en ese sentido. Si hay un terapeuta, un disertante, ahí voy, saco lo que necesito y no me siento con la obligación de quedarme. Los terapeutas son un buen ejemplo, he viajado por todas las escuelas y no he permanecido con ninguno, camino sola. Que tampoco es sola porque recurro a amigos, a los libros, muy elegidos que son como un frontón.

–¿Qué espera, qué la haría feliz con el estreno de su próxima obra?

–Ayudar a despertar. Intentar ser una linterna. Porque yo sé lo que es vivir muchos años y sentirse pleno y me ha costado mucho trabajo. He caminado todos los precipicios, me ha ido bien y me ha ido mal en todos los aspectos de mi vida. Se trata de saber cómo sobrevivir a la vida y creo que hoy puedo pasar ese conocimiento a las generaciones que vienen detrás. Mi preocupación es ser un buen hilo conductor para que otra gente sea feliz. Es un camino que hay que encontrar, cada uno lo tiene pero es sencillo: si vos mirás a la gente te das cuenta y ahí sí que no importa la edad. Es transversal, de la misma manera que el operarse la cara no te quita la amargura.

–¿Se siente una diva?

–Diva es divina. Sí, me siento divina. Me siento inteligente, me siento una persona muy querida y muy respetada por unas cuaaantas personas.

Enrique “Quique” Estevanez

“Siempre fui un busca”

REVISTA EL GUARDIAN > PERSONAJES

QUIQUE ESTEVANEZ A LOS 65

“Siempre fui un busca”

Es uno de los productores más exitosos de la tevé argentina. Disfruta del éxito de Dulce amor, donde se luce su hijo Sebastián, y planea estrenar otra tira en Telefe. La historia de un hombre de perfil bajo.

VIERNES 01.03.2013 – EDICIÓN N ° 107

Escribe Leni González / Fotos Juan Pablo Barrientos

 El apellido pesa. Todavía pesa más si lleva colgados del cartel a los “hijos de”. Pero como la rueda gira, las relaciones se invierten y, en algún momento impensado, el que se cuelga es el “padre de”. En todo caso, siempre suma porque la firma es la misma. Aunque en el nombre del hijo las notas, entrevistas y fotos cuenten a sus anchas quién es Sebastián, el mayor, el galán. Y, un poco menos, quiénes son Sol, la hija menor, actriz, y Diego, el del medio, productor. En cambio, sobre el padre, el archivo digital (es decir, todo dato capaz de ser googleado con éxito) hace mutis. Poco y nada es lo que trasciende del productor de televisión y patriarca fundador del clan: Enrique “Quique” Estevanez.

“Es que yo siempre cultivé el bajo perfil, nunca fui cholulo”, dice el hombre, muy parecido a Sebastián (perdón, era al revés), el musculoso protagonista de Dulce amor –junto a Carina Zampini y Juan Darthés–, la tira de Telefe que sorprendió a más de un crítico por la respuesta del público y un rating que se mantiene en un promedio de 16 a 17 puntos. Después de los 250 capítulos, los primeros días de abril llega a su fin con fiesta en teatro o estadio a confirmar.

“Uno, siempre que hace las cosas, las hace pensando en que le va a ir bien; si no, no tiene sentido. Cuando voy a hacer algo, no tengo en cuenta lo que puedan llegar a pensar los críticos, porque hay críticos que tienen criterio, otros que no lo tienen y algunos tienen más o menos sentido común. La forma de pensar de cada crítico no es la realidad. Porque la realidad está más cerca de un estudio de marketing previo. Hay gente que estudia para saber qué es lo que le gusta a la gente y ese no es el caso del crítico”, responde a los que le disparan a sus producciones.

–¿Y por qué piensa que gustó Dulce amor?

 –Porque le gusta a la gente. Hay muchas cosas: primero, caer en el momento ideal; segundo, que en ese momento la gente estuviera cansada de corrupción, de malas palabras, de pornografía, todo odio y rencor, nos habíamos olvidado del amor, de la esencia de pasarla bien. Entonces, pensé que tenía que hacer algo totalmente diferente. La hice pensando para que le gustara a todo el mundo, chicos y grandes; hay para todos los gustos. Me interesa la gente común, humilde, el trabajador, la clase media; no trabajo para una elite, no trato de que sea una cosa intelectual, más allá de que me encanta el intelecto.

–¿Fue una apuesta fuerte darle a Sebastián el papel de galán protagónico?

 –No había muchos galanes; estaban, prácticamente, todos ocupados. Más allá de que yo siempre creí en Sebastián. Ahora las cosas se dieron vuelta. A todos los galanes siempre les tiraban con munición gruesa. Me encanta trabajar con él porque nos conocemos, sé qué clase de persona es y actoralmente cumple con todas las necesidades que requiere una novela.

Los buscas

En el negocio del espectáculo, Estevanez empezó a principios de los 80 en el teatro Provincial, en sociedad con Enrique García Fuertes, ex gerente de programación del Trece, con quien armaron QQ Producciones (por los dos “Quiques”). Después, la sociedad se disolvió pero Estevanez continuó con varias temporadas en el teatro marplatense con Porcel, Carlos Calvo, Claudio García Satur, Jorge Guinzburg y Rodolfo Bebán, entre otros. Hasta el inicio de los 90, cuando se lanza a la tevé  con La pensión de la Porota, por Telefe, y después con Grande, Pa!, su primer éxito televisivo al que siguieron Los buscas de siempreLos médicos de hoy y otras tiras con la palabra “amor” en el título. “No es una cábala. Me gustaba que llevara ‘amor’ pero ahora la voy a sacar. Hay demasiados títulos con ‘Mi amor mi amor’”, dice, riéndose, por la comedia de Telefe que sucede en horario a su Dulce amor, la tira donde trabajan sus tres hijos: “Siempre estuvieron conmigo. En el teatro Provincial los llevaba a la boletería, con mi ex (la mamá y artista plástica de profesión) los incluíamos en todo así que se criaron en el medio, se contaminaron para bien”.

–¿Usted es actor?

 –Era, antes de productor. A García Fuertes lo conocí “haciendo pasillo” por los canales en búsqueda de algún bolo y entregando currículums. Pero como tenía una familia, no podía dedicarme de lleno a la actuación.

–Buscando, encontré a un Enrique Estevanez que hizo Electra, de Sófocles, en el teatro San Martín, en 1974. ¿Era usted?

 (Risas) Sí, soy yo. En esa época hacía esas cosas. Hice de Orestes. Lo que pasa es que nunca pude disfrutar al actor, tenía a los chicos chiquitos. Tuve verdulerías, taller mecánico, hice publicidades…

–¿Verdulerías?

–Sí, una cadena de verdulerías, en Capital. Empecé con un amigo. Yo estaba en el servicio militar y él me dice: “Por qué no vendés la camioneta y yo el taxi y compramos un local en la avenida San Martín y ponemos una verdulería”. Y lo hicimos. Por suerte, me la rebusqué en el regimiento que estaba e iba muy poco, entonces me mezclaba y seguía atendiendo cuando podía. Después me abrí por diferentes formas de pensar con mis socios y casi por competencia, por pensar que no había que ir a ninguna facultad para hacer eso: terminé poniendo cinco verdulerías. Me iba al Mercado del Abasto o al de Dorrego, compraba las frutas y las verduras y la llevaba a la mañana y a la tarde pasaba a buscar la recaudación para volver a ir a comprar; y durante el día, había aprendido a preparar bien la venta, incluso hacía pilas con las frutas. Aprendí mucho, es la “facultad de la vida”: atendía ciento y pico de personas a la mañana, dábamos número, andaba muy bien. Imaginate que atendés a una señora que se peleó con el marido y está de mal humor, otra que está de joda y que le encanta joder, atendés a la histérica que te toca toda la mercadería y no lleva nada y tenés que aprender a diferenciar una cosa de la otra, si no te peleás con todos y el cliente siempre tiene que tener razón.

–¿Y el actor cuándo aparece?

–Un día vino uno y me dijo si quería actuar en una película, y le respondí “no tengo tiempo”.

–Era muy atractivo, parece.

 –Era atractivo, sí. Entre los clientes siempre había alguno que te ofrecía algo, como hacer publicidades, y yo no tenía tiempo y además no me gustaba, no quería. Yo era un tipo de barrio, no me gustaba eso de ponerme delante de una cámara, más allá de que de chico sí me gustaba actuar. Me puse a estudiar teatro y surgió esto de Electra.

–¡Empezó nada menos que por ahí!

 –Sí (risas), surgió esa posibilidad. Después de eso, seguí haciendo un montón de publicidades. Hice una para Imparciales, que me pagaron lo que valía en ese momento un Torino, era una campaña nacional, había afiches por todos lados, en las revistas, en las contratapas. Hice fotonovelas en la revista Anahí. Y un día, Juan José Camero (soy muy amigo) me presentó a García Fuertes y empecé a hacer tele: trabajé con Bebán en un unitario que se llamaba Ser un hombre, en una novela que se llamabaEl calor de tu piel, con Alberto Martín, Leonor Benedetto y, muy joven, Julio Chávez; en Canal 11 hice Todo tuyo, hice Cumbres borrascosas, trabajé con Adrián Ghío, hasta que después falleció, pobre. En El calor de tu piel, los protagonistas eran él y Marta González… Y así fui creciendo hasta que salió lo del teatro y la producción, la profesión de mi vida.

–Se dio cuenta de que eso era lo suyo.

–Sí. Porque siempre fui un busca: verdulería, taller y así encontré algo que me gustaba y que tenía que ver conmigo.

–Hizo Grande, Pa!. Después, se dijo que iba a volver con una especie de remakeLo dijo papá. Y ahora se dice que no. ¿Qué pasó?

–Lo vamos a cambiar porque con Lo dijo papá reconocí que estaba equivocado, me di cuenta de que estaba encerrado en una historia que, sin querer, era como Grande, Pa!. En la fiesta de fin de año de Telefe causó una cosa muy emotiva y sentía que tenía que volver a eso. Pero después me di cuenta de que no tenía una gran historia, que ha cambiado mucho la televisión, el público; había mucha comedia de situación pero la comedia de situación la tenés que hacer con determinados ingredientes que no tenía y la macrohistoria era débil. Así que llegué al capítulo cuatro y no sabía cómo seguir. Pedí una reunión con Tomás (Yankelevich, el director de programación de Telefe), le conté y me dijo: “La verdad es que te tendría que matar, pero me lo decís así y te entiendo”. Asumimos los costos y ahora estoy trabajando con esta historia que va a tener algo de la otra, pero muy poco. También con Gustavo Bermudez, que será un papá pero ni viudo ni separado (N.de R.: lo acompañaría Isabel Macedo).

–¿Hay alguien con quien no volvería a trabajar? ¿Las que se fueron de sus tiras, como Soledad Silveyra o Calu Rivero?

–No soy rencoroso, pero evitaría trabajar con gente conflictiva. No te voy a dar nombres. Por supuesto, con las dos trabajaría. A Solita la quiero mucho, es una loca linda. Igual que yo.

Póstumos. José María Muscari

Un autor al rescate de artistas olvidados
Leyendas. En la obra llegan al limbo, donde son recibidos por un ángel.

REVISTA EL GUARDIAN > CULTURAS

PÓSTUMOS, LA NUEVA OBRA DE MUSCARI

Un autor al rescate de artistas olvidados

Reúne a un grupo de actores y artistas que son parte del paisaje popular de la televisión. En escena, cada uno actúa de lo que siempre soñó. El dramaturgo define al espectáculo como un show filosófico sobre la vida y la muerte.

VIERNES 22.02.2013 – EDICIÓN N ° 106

Escribe Leni González

A esta altura, no cabe duda de que José María Muscari es una de las fuerzas más interesantes en el teatro argentino, siempre a caballo entre lo más comercial –o, más bien, espectacular y popular– y la experimentación. La mezcla le ha dado buenos resultados: ahí hay algo que tiene que ver con lo universal y con lo cotidiano que se mezcla siempre de un modo alegre y distendido. Con su nuevo espectáculo Póstumos, que se estrena este jueves en el teatro Regio (Córdoba 6056), el creador de Mujeres de carne podridaPornografía emocional o la recienteTres mitades vuelve a poner en escena a un conjunto de artistas que son parte del paisaje popular de la televisión como Hilda Bernard, Edda Díaz, Nelly Prince, Gogó Rojo, Erika Wallner, Luisa Albinoni, Ricardo Bauleo, Tito Mendoza y Max Berliner (al elenco se suma la participación de Pablo Rinaldi) y que, de algún modo, siempre han constituido con su presencia en las pantallas un “telón de fondo” constante, algo así como los habitantes de siempre del mundo de fantasía que nos permite seguir en la realidad. Y siempre Muscari ha tomado a estos personajes-personas para abrir preguntas, para disparar hacia otro lado desde el humor.

Póstumos se define como un “show filosófico sobre la vida y la muerte”, apuesta enorme si se tiene en cuenta lo que pesan todos esos sustantivos. Pero no se puede negar que Muscari tiene la fuerza de sus ambiciones. Con iluminación de Eli Sirlin, el vestuario de Renata Schussheim, la escenografía de Jorge Ferrari, cuadros musicales, coreografías y canciones (la música y el entrenamiento vocal son de Mauro García Barbé), el show está listo a todo color y luminosidad. Pero, por otro lado, está la reflexión filosófica, la que explica el creador de la obra, el mismo que en Twitter se autodefine como “actor, director, dramaturgo, hago teatro, circulo la tv, hablo cositas por la radio, soy fierrero de puro gusto y busco felicidad. Soy esto”. A Muscari, hijo único, su papá se le murió hace tres años. Desde entonces venía pensando que quería hacer algo con esa tristeza y ese amor: “Mi papá era verdulero, muy trabajador, pero nunca se pudo comprar su propia casa, es algo que le quedó pendiente, inconcluso. A la vez, tuvo una linda vida, feliz, al punto que creo que deberá estar en un estadio no terrenal y superior, lúdico, luminoso”. Por otro lado, están los otros recuerdos. Los del chico que volvía a su casa, prendía la tevé y ahí encontraba a actores y actrices que con el tiempo eran como de la familia. “Y esas personas, con tanta carrera y trayectoria, también pensé muchas veces qué cosas no habrían cumplido, cuáles eran sus sueños guardados después de haber entregado la vida a su trabajo”, comenta el soñador.

 Excluidos del teatro comercial

Entonces, la idea fue unir estas puntas sueltas: armar un espectáculo con figuras asociadas a lo popular, muy queridas por el público pero no consideradas parte del establishment cultural, intérpretes que por fin pisarán un teatro emblemático para actuar, cantar y bailar, para hablar de la esperanza y la desolación, de la juventud y la decrepitud, de la muerte y la vida, y para, sobre todo, contar nada menos que sus sueños. “Les hice una entrevista a cada uno antes y con ese material armé la obra. Les pregunté aquello que les quedó pendiente, que siempre quisieron hacer y me lo contaron”, explica Muscari. El resultado es cumplirlos: Max Berliner puede tener su Bar Mitzvah que no tuvo de chico; Edda Díaz compone la tragedia y la reflexión filosófica; Erika Wallner logra ser Julieta en el drama shakespeariano; Nelly Prince hace un monólogo de La malquerida, de Jacinto Benavente; Ricardo Bauleo le rinde un tributo a los Superagentes; Hilda Bernard consigue vencer su rechazo a la tecnología; Tito Mendoza compone otro gay muy diferente a los que siempre hizo; Luisa Albinoni se da el gusto de cantar; y Gogó Rojo se larga con un hip-hop contra las vedettes de hoy. El momento de Gogó es muy emotivo porque en un principio iba a participar también Ethel y juntas revivirían al dúo de hermanas. Pero no pudo ser: Ethel falleció en junio pasado.

Con esa generosidad, Muscari hace que este grupo de figuras concrete desde el escenario de un teatro oficial (¿alguien podría haber pensado hace unos años que Albinoni, por ejemplo, pisaría las tablas del Complejo Teatral Buenos Aires, del bello Regio?) algunos de sus sueños. Para Muscari, el Cielo –o el Limbo, que para este caso son lo mismo– implica cumplir todos los deseos.

Como sucede en todas las ocasiones en que Muscari no adapta un texto ajeno, aquí la estructura “narrativa” es una excusa para momentos: estos nueve actores llegan a un Limbo donde desconocen si están vivos o muertos y allí, mientras esperan, se ponen a hacer de las suyas, de lo que saben. Nada mejor, además, para intérpretes que sobre todo se han destacado por lo fragmentario de lo televisivo o el sketch: lo que los fija en la memoria son los pequeños momentos, justamente, que ellos han hecho grandes. De eso se trata la idea del “show” como muestra. Ahora bien, “vida y muerte”, un juego: aunque todos recordemos estos rostros y lo que nos han dado, por norma todos estos nombres pertenecen a un pasado, a la memoria. Sin embargo, Muscari los transforma en puro presente: de allí que cada función sea única, incluya el azar y lo posible, se comunique directamente con las emociones del público como un termómetro.

A su vez, Muscari destaca la amplitud de Kive Staiff, el ex director del Complejo General San Martín, con quien tuvo la primera entrevista y sobre todo, con Alberto Ligaluppi, su sucesor, que se entusiasmó y comprometió con el proyecto, sin dudar un minuto en hacerlo, según cuenta el impulsor.

El espectador puede pensar que la suma de nombres alguna vez muy famosos, aunque muchas veces encasillados en pequeñas cosas, tiene algo de burla o de reivindicación kitsch. Pero si tiene algún peso, la obra de Muscari consiste justamente en dar vuelta como un guante este tipo de lugares comunes: esta gente que sube al escenario es un grupo de artistas que han dado todo para que el espectador tuviese una sonrisa o una lágrima, por alegrarlo o indignarlo, por sacarlo de lo cotidiano.

En una inversión total –es, en gran medida, el proyecto del realizador desde sus inicios–, se trata también de dar vuelta la relación espectador-intérprete y que sea el primero el que se brinde, gozosamente, al segundo. Nada de penas, ni de oscuridades aunque la muerte ronde como figura, tema y sostén de la trama: aquí se trata del arte como goce.

Como explica Edda Díaz: “Lo que cada uno dice es parte de las entrevistas, mezclado con otros testimonios e intervenido por Muscari; y es muy interesante porque aquello que hiciste lo tenés que aprender de nuevo como si nunca lo hubieras dicho”. Según la gran creadora del café concert, la obra “implica un canto al amor incondicional que todos tenemos por este trabajo tan inútil que es el arte. Y la actuación es más inútil aún porque es efímera, no queda nada. Podés ser el mejor o un queso pero no importa porque nada va a perdurar y eso le da un sabor especial, sobre todo en el teatro, donde es esta vez y nada más, donde cada función es irrepetible, siempre es distinta”. Para Muscari, por su parte, trabajar con estos actores le enseñó a manejar su ansiedad, a entender los tiempos de los otros: “Me engrandecí como persona. Ellos son pedazos de nuestra historia. Jamás los tuve que esperar, siempre llegan antes, son profesionales con valores que no deben perderse”. Después de todo, lo único que nos queda en la vida –parecen decir creador e intérpretes, finalmente cómplices–, es el placer que recordamos.

Corsos porteños 2013.

La alegría es  sólo porteña

REVISTA EL GUARDIAN > CRÓNICAS

CARNAVAL TODA LA VIDA

La alegría es sólo porteña

Las calles de Boedo, Parque Patricios, Almagro y San Telmo, entre otros barrios, fueron copadas por las pintorescas  comparsas y los festejos de los vecinos. Un recorrido profundo por el corazón de una leyenda que se inició en 1869.

VIERNES 15.02.2013 – EDICIÓN N ° 105

Escribe Leni González / F

otos Julián Herr

 

Era mi propio western. Si salía a la calle antes de que bajara el sol y pasaba la frontera de la esquina, un grupo de forajidos menores de diez años iba a comenzar a cercarme, las armas ocultas en las manos detrás de los shorts rotosos, hasta desenfundar sus bombitas y lanzármelas con igual saña pero desigual puntería que siempre terminaba corrigiendo en el broche final el infaltable villano a quemarropa. Corriendo aprendí a esquivar y a no admitir, jamás, que me gustaba mucho ese juego bárbaro de los barrios porteños que nadie nos había enseñado.

 

Leo a Mijail Bajtin: “Durante el carnaval, no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir, de acuerdo a las leyes de la libertad. El carnaval posee un carácter universal, es un estado peculiar del mundo: su renacimiento y su renovación en los que cada individuo participa. Esta es la esencia misma del carnaval y los que intervienen en el regocijo lo experimentan vivamente”. Esto escribió el autor ruso en 1941, en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento.

 

Nada queda de aquel, mi, carnaval más que la anacrónica venta de “bombuchas” en el tren. Y todavía menos del que vivieron mis padres en los iniciáticos bailes de los clubes adonde concurría la familia entera. Y los corsos y las carrozas donde paseaban la reina y sus princesas por la calle principal. Ese carnaval ya no fue el mío de la misma manera que el mío ya no es ni será nunca el de mi hijo, para quien se trata, apenas, de un festejo ajeno, incomprensible, que nada tiene que ver con sus primeros años de vida, esa experiencia que –como el lenguaje materno– no se olvida.

 Paseo murgueril

En total, diez noches: desde el sábado 2, todos los fines de semana de febrero más los pasados feriados de lunes 11 y martes 12, se extiende la fiesta del “dios Momo”, como dicen en los diarios para no repetirse, aquel que fue echado del Olimpo por ser tan burlón y sarcástico. La comisión de Carnaval del Ministerio de Cultura de la Ciudad informó con tiempo sobre los cortes de calles, desde el atardecer hasta la madrugada, para la realización de 37 corsos, repartidos por más de 30 puntos en los distintos barrios, y el paso de 112 murgas, declaradas Patrimonio cultural porteño en 1997, un logro alcanzado por el empuje de la organización de murgas en los 90 (cuando se relanzaron entre la clase media con cursos en el Rojas y otros centros culturales), después del vacío de la dictadura que había eliminado los feriados carnavaleros, finalmente recuperados en 2010. Este interés de recuperación oficial del festejo popular tuvo una muestra, casi una anécdota, en el carnaval del año pasado cuando se lo vio al gerente de noticias de canal 7, el ex notero Carlos Figueroa, bailar y cantar en Los dandys de Boedo, llamada la murga oficial de la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora.

Entre las tantas murgas, se presentan en 2013 Los mismos de siempre, Los verdes de Monserrat, Alucinados de Parque Patricios, Pasión quemera, Los amantes de la Boca, Atrevidos por costumbre, Fantoches de Villa Urquiza, Los cachafaces de Colegiales, Don Bosco (la primera murga saleciana del mundo, vestidos de amarillo como la bandera papal), La Redoblona (de FM La tribu) y tantas más, con sus ingeniosos nombres.

La expectativa del coordinador del Programa Carnaval Porteño, Pablo Fassina, es la de alcanzar el millón y medio de vecinos en todos los corsos, es decir, en promedio, unas cinco mil personas por corso por noche, cantidad que parece difícil de completar, a menos que cambie la tendencia en los dos fines de semana que restan.

Empieza la noche en la avenida Boedo: entre Independencia y San Juan, esquinas de tango, se corta el tránsito y en todo el perímetro no se vende alcohol pero sí muchos envases de nieve (o espuma) a 13 pesos, reina indiscutible de la fiesta sin ninguna competencia después del destierro del papel picado, las serpentinas y el bombero loco.

Salvo alrededor de los escenarios, se camina fluido por la calle. Gentes de 100 mil raleas no se juntan en el corso: muchas familias y muchos chicos en búsqueda de un festejo barato y seguro, más algunos curiosos. A los negocios consolidados de la zona poco les importa. En realidad, más bien se sienten perjudicados: “Nos baja en un 40% la recaudación –dice el encargado del restaurant Trianón– porque nuestros clientes, con todo este lío en la calle, no salen y la gente que viene al corso no entra acá”. Algo parecido cuentan en el café Margot: “Nos resta las mesas de afuera”. Por San Telmo, lo mismo: la heladería Sumo, de Chacabuco y San Juan, dice que venden más cantidad pero de menor precio, por lo que ganan lo mismo con o sin corso; en cambio, en el kiosco de enfrente sí aumenta la venta. La conclusión es obvia: el bolsillo de los asistentes sólo determina la economía de los puestos callejeros.

“Vengo a traer a mi nieto porque yo me crié con esto –dice una vecina de San Telmo– y me emociona ver a los chicos, sus disfraces, cómo bailan. Antes era todo el barrio y ahora es lo que hay: ¿hay miseria, hay inseguridad? Sí, hay y por eso viene menos gente.

El corso es un grito, un grito popular, esto es el pueblo, es lo que hay, es lo que tenemos”, repite con su nieto al lado, mirando tras la valla los movimientos espasmódicos de nenitos vestidos con brillantes levitas y galeras. Sólo los murgueros están disfrazados. Nadie, ningún chico con su nieve en la mano, usó arpillera para convertirse en indio ni se puso un sombrero de cowboy ni se cubrió de tules de hada.

El antropólogo y periodista Marcelo Pisarro cita al sociólogo Henri Lefebvre para hablar de nuestro carnaval: “‘La metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin’, decía. Una fiesta que emerge, no que se impone. Nada de eso se respira en Buenos Aires. La celebración pasa desapercibida excepto para las murgas, para los escasos espectadores y para quienes las padecen. Hoy el carnaval porteño es un artefacto cultural inerte y no tiene ningún mérito conservar por la fuerza una práctica ruinosa y decadente en el espacio público”.

Incómoda opinión para la época, los murgueros responden a las críticas con la historia (como Los viciosos de Almagro, surgidos a mediados del siglo XX): sostienen que es una manera de vivir que pasa de padres a hijos, que es una herencia que no desaparece. Absolutamente cierto.

Lucas Frazzetti, director general de Los insaciables de La Paternal, tiene 24 años y desde los 10 es murguero. “No tenía opción, ni yo ni mis tres hermanos: mis viejos fueron los fundadores de esta murga, en 1998”, dice con su galera y traje de raso con lentejuelas, en blanco, azul Francia y rojo, los colores que lo distinguen. Lucas es maestro y todo el año arma el show del año próximo y a dar cursos de su especialidad. Sobre el escenario del corso de San Telmo, en la esquina de San Juan y Chacabuco, frasea los versos que compuso su padre, que hablan de la alegría “¿o acaso nos ganaron los milicos?” y de “la melancolía de un ayer olvidado”. Los insaciables recibe cada año un subsidio del Gobierno de la Ciudad para poder sustentar lo que hacen. “Antes las murgas cobraban un cachet por su actuación cada noche. Eso fue reemplazado por este pago, mal llamado subsidio, que se otorga no antes sino después del carnaval y depende de la cantidad de miembros de la murga. Nosotros, que estamos en el grupo del medio (de 50 a 100 personas) recibimos en agosto pasado 36 mil pesos”, dice Lucas. “Las murgas no se hacen de arriba hacia abajo, al contrario, son desde abajo, ese es su origen. Pero es cierto –reconoce– que todo esto puede mejorarse para que venga más gente, como pasaba antes cuando era una fiesta de todo el barrio. Tiene que promocionarse, podrían sumarse otros artistas y no sólo murgueros, porque es cierto que para el público no es interesante ver una sucesión de murgas donde una es buena y tres son malas o regulares”.

Sin embargo, la mirada de Pisarro da en el blanco: esas murgas, con su trabajo y su dedicación indudables, aparecen y desaparecen cada noche en la escena barrial como la caravana de un circo de provincia. Ternura y lejanía, provocan la tristeza del amor perdido entre la gente mayor y la indiferencia entre los chicos que buscan diversión en la guerra de los sexos que se debate con aerosoles a espaldas del espectáculo. Entre los dos extremos, papás en bermudas y mamás en ojotas transpiran mientras, todo a la vez, miran con cara de nada a los saltimbanquis, aplauden alguna crítica contra Macri, observan por dónde andan sus hijos y deciden si compran choripanes o patys, con una gaseosa, a 20 pesos. Eso es todo: un escenario, una o dos cuadras valladas de “corsódromo”, espectadores intermitentes y, a los costados, persecusiones a gritos. La abolición de las jerarquías –fantasía, ilusión, utopía del carnaval– nunca estuvo más lejana.

Nazarena Velez: “Nunca voy a volver a ser la misma”.

La chica que ya no volverá a joder más
Este verano, Nazarena será parte del elenco de Los Grimaldi en Villa Carlos Paz.

REVISTA EL GUARDIAN > PERSONAJES

NAZARENA VÉLEZ

La chica que ya no volverá a joder más

Se casó, focalizó todo en su familia y ahora en su propia productora, pero a partir de un dolor que nunca más se irá: la muerte de su hermana Jazmín. Cómo es la vida con semejante carga y las peleas que quedaron atrás.

JUEVES 20.12.2012 – EDICIÓN N ° 97

Escribe Leni González / 

Fotos Nacho Sánchez

 

No hay cámaras, no hay público. Unas pocas mesas están ocupadas en el bar Británico, frente a Parque Lezama, y escapando al sol de la tarde en las ventanas, elegimos sentarnos en un rincón que promete más intimidad que el resto. Pero nada de eso filtra la pulsión de Nazarena Vélez de hablar fuerte, alto, firme, para todos los que quieran escucharla. Exuda seguridad, la de una mujer bien plantada que sabe lo que va a decir y cómo transmitirlo. Sólo cuando nombra a su hermana Jazmín, fallecida en abril de 2010 en un accidente automovilístico, la voz se quiebra, los ojos se nublan.

El viernes 21, estrena en Carlos Paz la comedia Los Grimaldi, protagonizada por Rodolfo Ranni, Georgina Barbarossa, Diego Pérez, Jey Mammon, José María Muscari, Coki Ramírez, Gastón Soffriti, Lucas Velasco, Julieta Bal, Barbie Vélez y la actriz y productora Nazarena Vélez. “Estoy feliz con el elenco. Cuando empecé con el proyecto, un año antes de terminar Despedida de soltero, ya tenía en la cabeza hacer una comedia familiar que iba a lanzar mi productora y pensé en estos actores. Siempre supe lo que buscaba y se lo transmití a mi amigo Atilio Veronelli, que lo comprendió”, dice Nazarena quien, junto a su marido Fabián Rodríguez, lideran la flamante Jaz Producciones. “Es una comedia muy dinámica, con personajes muy distintos, ninguno se empasta. Por eso el papel de Atilio es muy importante, porque supo dividir muy bien a todos para que cada uno tenga su momento. Tenés once protagónicos arriba del escenario y la gente no se va a ir diciendo ‘la comedia de Nazarena’. No armé una productora para que todos me tiren la pelota y yo hacer el gol. Todos vamos a tener momentos muy lucidos y si contratás al Tano Ranni, a una Georgina, a un Muscari, es para que todos se luzcan. La gente se va a ir diciendo ‘qué bueno Los Grimaldi’. También es una apuesta muy costosa. Hay que alquilar trece casas porque somos once más la gente de producción”, dice sobre la obra que hasta el 9 de marzo competirá con Flavio Mendoza, Hernán Piquín, Nito Artaza, Florencia de la V y Miguel del Sel.

–¿Cómo te sentís en el rol de productora?

–Soy mucho más obsesiva de lo que pensaba y más exigente conmigo misma. Tengo un montón de gente trabajando pero todo lo superviso. A Gerardo (Sofovich) lo cuestionaba y le decía “el final no tiene que ser así”. “Callate la boca”, me contestaba. Es que se trata de una gran apuesta que va más allá de lo económico. Soy una mujer de 38 años y sé muy bien lo que quiero para mi futuro y cómo están los ojos puestos sobre mi trabajo. Y es una exigencia mía que tiene que ver con el nombre de la productora, que es por mi hermana Jazmín: Jaz tiene que empezar con algo que sea intachable. Son muchas cosas que me pasan internamente y son difíciles de explicar.

–¿Qué lugar ocupa Fabián en este proyecto?

–Es mi bastón, mi hombre, el que tolera todos los cachetazos que revoleo. En él encontré primero a mi compañero de vida, encontré al hombre al que le digo que quiero hacer una productora y me dice “vamos”. No es un pollerudo sino que interpreta lo que necesito. Nos encontramos –yo, 38 y él, 45– en un momento de nuestras vidas donde los dos queremos lo mismo, ya jodimos, ya pasamos por distintas etapas, los dos queremos llevar adelante nuestra familia y afianzarnos con la productora. En mi vida, Fabián es fundamental porque es el hombre que cuando, a la seis de la mañana, me dormí porque estoy mandando mails como loca, a las siete se levanta y lleva a mi hijo al colegio. Eso no tiene precio.

La pareja se casó en octubre después de casi cuatro años de relación y un hijo, Thiago Rodríguez, de dos y medio. Además, Nazarena es madre de Bárbara Puchetta, de 18, y de Gonzalo Agostini, de 12; y Fabián es padre de Camila y Lucas.

–En el rol de productora y mamá, ¿cómo sos con tu hija Barbie que está dando sus primeros pasos en la actuación?

–Soy demasiado “cuida”. La tuve a los 19 años y es mi bebé, aunque sea una mujer de 18 años. Sé que tengo que ser objetiva y no cortarle su carrera. Empecé en esta profesión a los 14 y conozco lo bueno y lo malo. Pero a diferencia de mucha gente, no creo que tenga mucho de malo, si sabés manejarte. Me equivoqué, me caí, me levanté pero todo tuvo que ver con la vida misma.

–¿En qué quedó el litigio con Moria Casán?

–No hizo nada ni hice nada. No me interesa. Ella me hizo juicio y lo perdió. Es un tema terminado, no tengo ganas de gastar energía en alguien que no me interesa.

–¿Con Sofovich cómo quedaron?

–Nos queremos mucho. Mucho de lo obsesiva que soy se lo debo a él. Lo quiero y lo respeto mucho. Nuestra pelea tuvo que ver con las boludeces de la vida, duró dos años y no fue profunda; cuando vino a mi casamiento fue uno de los abrazos más emotivos que tuve. Es parte de la familia y viste que uno con la familia se pelea, te puteás un rato, te dejás de ver y después cuando te ves, te das un abrazo y está todo bien.

–¿Y con Florencia de la V?

–No es mi amiga pero porque la vida no hizo que nos encontráramos como amigas. Éramos las dos empleadas de Gerardo pero jamás trabajamos juntas. La admiro. Es una comediante por quien pagaría la entrada. Es una mina que ha demostrado tener carácter para lograr lo que logró. Me alegra mucho verla con sus hijos, admiro la cantidad de años que está con su pareja.

¿Volverías al Bailando?

–Me han invitado. A Ideas del sur le debo muchísimo; si bien yo ya era Nazarena Vélez, Marcelo ha sido súper generoso. El no estar en el Bailando tiene que ver con un par de preguntas anteriores que me hiciste (se refiere a Moria).

–Después de tantas euforias y bajones, ¿qué es el éxito?

–A los 20, el éxito era estar en todos los programas y lograr popularidad. Hoy, el éxito parte de casa. Igual, siempre pensé eso, porque fui mamá muy chica. Pero me fui dando cuenta de que si yo no estoy bien dentro de mi casa, lo que reflejo no está bueno y me pongo nerviosa o combativa al pedo. El éxito en mi carrera depende de mi familia, mis estados de ánimo dependen de mi familia. Además, después de lo que pasé con mi hermana, mi vida cambió. Cuando te pasa una cosa así, te das cuenta de que se te puede caer el mundo, de que te podés quedar en el medio de la calle y que todo sigue, pero cambian las prioridades. Nunca voy a volver a ser la misma. Tengo muchos porqués para seguir adelante, muchos momentos de felicidad con mi familia, pero por dentro me siento un payaso triste porque parte de mi alma está muerta. Doloroso e injusto para las personas que amo pero es inevitable. Con mi hermana se fue mucho de mí. Hay gente que me dice “estás pasando tu mejor momento” y yo pienso “no tenés idea”. Te cambio todo por volver años atrás a Quilmes, por volver a tener a mi hermana. Entonces, me siento una idiota cuando me dicen eso. Lamento que algo tan tremendo me haya hecho crecer.

–¿El caso está cerrado?

–Sí, inhabilitaron al chico. Nunca quise saber ni el nombre, porque sé que no lo hizo intencionalmente. Porque tengo mucho dolor y no lo quise transformar en odio. No quise conocer, ni siquiera, quiénes estaban con mi hermana en el auto. Todos salieron ilesos menos Jazmín, que murió en el acto, y la mente humana es muy perversa y quizá conocés a alguno y pensás esas barbaridades de “y por qué no te moriste vos”, una animalada así, por ejemplo. Por eso, preferí cargar con el dolor y no llenarme de odio.

-¿Te interesa la política? ¿Tenés una postura tomada?

Tengo una postura tomada, que no cuento y te voy a decir por qué. Vengo de una familia de políticos. Mi papá, mi abuelo, eran –¿viste como se dice “peronista de Perón”?—radicales desde antes de Alfonsín. Yo milité. Hoy en día no soy radical, tengo una postura tomada pero no está bueno este Boca-River que tenés que estar de un lado o del otro. Algunas cosas me parecen bien y otras, no. Pero si publicás una opinión, toda la otra mitad te sale, inmediatamente, a putear y eso no está bueno. Por eso prefiero no manifestarme.

Palito Ortega en el Luna Park

El Rey volvió a cantarle al amor
El show. Prolijo y nostálgico. Y con invitados especiales como su hija Rosarito.

REVISTA EL GUARDIAN > CULTURAS

EL SHOW DE PALITO ORTEGA EN EL LUNA PARK

El Rey volvió a cantarle al amor

Presentó su nuevo disco, grabado en Memphis junto a los músicos de Elvis Presley, y que incluye blues, rock y country, ante la fidelidad de su público. Las señoras bailaron los viejos temas y parecieron aburrirse con los nuevos.

VIERNES 07.12.2012 – EDICIÓN N ° 95

Escribe Leni González / Fotos Juan Pablo Barrientos

 

No hay aglomeraciones ni alborotos en la esquina de Corrientes y Bouchard. Los accesos al Luna Park están despejadas y sin trabajo pesado para los señores de traje negro. Los avatares de Capusotto dirían que el rocanrrol nenne no está pero sí los compañeros de juventud de Violencia Rivas, allá lejos y hace tiempo. Es casi una fiesta familiar, una reunión de egresadas 1968 recién salidas de la peluquería que van pasando, ordenadas y en fila, a su ubicación en el estadio. La noche del sábado les pertenece: Palito Ortega presenta su nuevo disco, el primero en 25 años con canciones desconocidas para la hinchada.

Las entradas iban desde 550 pesos en las primeras filas junto al escenario hasta 120, en la cabecera sin numerar. El estadio está casi lleno, en un 80% de su capacidad, de gente bien sentada, en su mayoría grupos de mujeres y algún que otro acompañante varón que peina canas. Esa misma noche, tal vez los hijos o los nietos de cualquiera del público vayan a Costa Salguero, al show ochentoso deGraduados, la tira superexitosa realizada por Sebastián Ortega y donde trabaja, también, Julieta (Ortega). Ella, sin embargo, eligió estar presente con su mamá, Evangelina Salazar, en la ceremonia paterna junto a otros amigos de la familia como Ana María Picchio, Juan Alberto Mateyko, Oscar Martínez y Sergio Lapegüe.

Los Memphis Boys, la banda que acompañó a Elvis Presley y Johnny Cash (según mencionó más de una vez Palito durante el show), se ubican en el escenario. Hombres grandes y una mujer de vestido negro brillante. Después sabremos que es armoniquista, de Temperley y con mucha experiencia: Natacha Seara. Sobre ellos, en la enorme pantalla, aparece Lalo Mir (¿quién diría en los 80 que el locutor ex Rock & Pop iba a presentar a Palito algún día?) para abrir la fiesta. Una fiesta un poco lavada al principio. Porque es difícil conmover al público con temas nuevos y más aún cuando se trata de un show de la nostalgia. Con la guitarra al hombro, traje negro, camisa y pañuelo rojo al cuello, 70 años de delgadez inalterable, el Rey entró a escena y comenzó con las canciones de su flamante disco Por los caminos del Rey (Bueno Records), grabado junto a estos músicos y un coro gospel (que en este show reemplazó el coro argentino Joy) en Los Ángeles, Memphis y Nashville. Cantó temas como “La voz de la verdad”, “Importa ser feliz” (parecía una letra de Ricardo Arjona), junto a su hija menor Rosario, “Del lado del corazón” y hasta uno de contenido ecológico: “Señales de la tierra”, acompañado de imágenes de desastres naturales.

“Pantalla”, grita la gente desde los costados. Y otra y otra vez “pantaaashaaa”. No es un tema de Palito. Es el reclamo para que cumplan su función las dos pantallas ubicadas a los costados del escenario. Finalmente, el ex gobernador de Tucumán (1991-95), ex senador nacional (1998-2000) y ex candidato a vicepresidente con Eduardo Duhalde (1999) acusa recibo y dice que los técnicos están trabajando. El gag se repite de manera incómoda durante toda la primera parte del show. Para la segunda, cuando ya mucha gente había peregrinado hacia otro sector para poder ver de frente, estuvo arreglado.

El show venía demasiado tranquilo. Mucha gente cruzada de brazos observaba desde sus lentes gruesos. Ellas querían pararse a bailar y cantar pero no podían. Por fin, Palito se apiadó e invitó a John McInerny, el protagonista de la película El último Elvis, a ocupar el centro de la escena con “Suspicious Mind” y “Blue Suede Shoes”. Si el show terminaba en ese momento, la nota habría sido sobre el hombre que hizo mover a las señoras en la noche de Palito Ortega. Pero John, la banda de los Memphis y la elvismanía se despidieron. Y comenzó lo que tenía que comenzar.

Traje plateado esta vez para recomenzar con su propia banda, dirigida por Lalo Fransen. En la pantalla, retazos de sus más de 30 películas, tapas de sus discos y fotos con grandes como Celia Cruz y Frank Sinatra, el mito que hace 31 años, en 1981, durante el gobierno militar de Roberto Viola, el empresario Ortega trajera a ese mismo escenario. Y que le provocó, además de muchas críticas, un desastre financiero que llevó tiempo remontar.

“Yo no quiero media novia”, “Despeinada”, “Camelia”, “Que Dios te bendiga”: a esos grandes éxitos que levantaron de manera exponencial el calor de las tribunas, le siguió el homenaje a otro ídolo contemporáneo, Sandro, que apareció de traje blanco materializado en Fernando Sanmartín (su imitador en el musical Por amor a Sandro) cantando “Una muchacha y una guitarra”. Juntos parodiaron pasados encuentros y cantaron “Rosa, Rosa” y “Un muchacho como yo”. “A Sandro le tiraban ciertas cosas –evocó Palito sobre las bombachas de sus nenas mientras se acercaba a la platea para recibir paquetes– pero a mí me regalan ositos”.

La noche, además de perderse en tu pelo como cantó Sanmartín/Sandro, siguió con otro invitado pero, esta vez, vivo: Cacho Castaña, el autor de uno de los tangos preferidos (dijo) por el anfitrión, “Café La humedad”, que cantaron a dúo, seguido por un bolero de Palito, “Sabor a nada”, posiblemente el mejor tema de su producción. Al show no le faltaron recuerdos y menciones a Astor Piazzolla, a Aníbal Troilo y al Flaco Spinetta. El que no apareció fue Charly García, a quien ayudó a recuperar en 2008 y a quien vimos en gentil intercambio de favores, en Graduados, por donde también pasó el patriarca de los Ortega. No hay duda de que fueron sus hijos, en especial el productor de tevé, Sebastián, los que reanimaron la añejada carrera musical de Palito. En 2004 fue invitado para los 200 capítulos de Los Roldán (una creación de Sebastián) y dos años antes, con Chico Novarro, ganó un Martín Fierro por la cortina de El sodero de mi vida, realizada por otro gran reciclador de viejas figuras, Adrián Suar. En 2010 volvió al Luna Park después de 30 años, siguió con giras, el Gran Rex, GEBA y la grabación de un disco en los mismos estudios donde grabó Elvis. Advierte que este es su último disco, pero nada parece terminar del todo con Palito: ni su carrera, ni sus ganas ni su amor por Evangelina, que subió al escenario para besar a quien es su marido hace 45 años.

“En la música hay muchas propuestas y todas son válidas. Debe haber lugar para todos. Yo elegí cantarle al amor”, expresó en la parte final del show cuando cantó “La felicidad”, “Estoy perdiendo imagen”, “Yo tengo fe”, “La sonrisa de mamá” y “Muchacho que vas cantando”. Se fue y volvió: para los programados bises, con sus músicos y los de Elvis, para cantar otra vez “Vale la pena vivir”. Se fue y volvió, otra vez.

Pablo Echarri

“Crecí cuando salí del costado cómodo”
Apoyo al modelo. Habitual concurrente a los actos en Casa Rosada, Echarri valora el espíritu enérgico de la Presidenta.Ampliar

REVISTA EL GUARDIAN > PERSONAJES

PABLO ECHARRI A LOS 43

“Crecí cuando salí del costado cómodo”

La productora que montó para El elegido estrenó su segunda ficción en tevé y avanza a paso firme sobre cine y teatro. También lucha por los derechos de los actores y ensaya junto a su mujer para la temporada marplatense; además, en esta entrevista hace referencia a los riesgos, a los Kirchner, al ego, los fans y del club del que es hincha, Independiente.

VIERNES 07.12.2012 – EDICIÓN N ° 95

Escribe Leni González / Fotos Nacho Sánchez

 

Echarri, el actor, el productor, el exitoso y el amado por las mujeres. Pablo, el marido de Nancy Dupláa, el papá de Morena y Julián, el hincha de Independiente, el pibe de Villa Domínico. Y como si esto fuera poco, Pablo Echarri además, el protesorero y miembro fundador de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (Sagai), presidida por Pepe Soriano, que gestiona y administra los derechos de propiedad intelectual de actores, bailarines y dobladores.

“Mi aporte a la lucha por los derechos de propiedad intelectual tiene que ver con utilizar, en el buen sentido, la cercanía que puede llegar a provocar mi trabajo como artista a la hora de posibilitar las gestiones políticas. Nos dimos cuenta de nuestras posibilidades como conjunto cuando pudimos interpretar la ascendencia que teníamos en los diferentes tipos de público, incluida la clase dirigente”, proclama Echarri que, aunque reconoce que a la militancia llegó tarde, logró darse el gusto de cruzar su actividad profesional con lo político. “Eso me pasó antes del nacimiento de Sagai. En Montecristo (2006), se puso sobre la mesa un conflicto, el de la apropiación de bebés durante la dictadura, que había sido ocultado porque se suponía que era un tema que espantaba televidentes. En ese momento, la gente que decidió hacer esta ficción –Telefe Contenidos– tuvo una idea diametralmente opuesta y acertó porque se dio la posibilidad del negocio, que lo es, pero también la posibilidad de meter en un género tan popular como la telenovela algo que nunca se había visto con claridad. Ahí me di cuenta de la diferencia entre actuar para satisfacer el deseo creativo, el ego mismo, y ser una herramienta de concientización. Vi que un actor, según el lugar del que decide ser parte y el nivel de popularidad, puede acercar a la gente a distintas temáticas. También me pasó con The Pillowman, luego de 10 años de no hacer teatro, al encarar la problemática de la violencia familiar para un público que tenía cierto prejuicio de ver al personaje de la tevé con un texto totalmente diferente. Logré reconocer la importancia de ser parte de un esquema social que ayude para algo más que entretener, sin dejar de entretener”, explica.

–Le fuiste tomando el gusto a ese compromiso.

–Fue lo irreversible del tiempo: mi edad, mi rol de padre, la partida de mi viejo. El dejar de ser hijo para ser padre hizo que mis decisiones tengan un plus de responsabilidad social y civil. Bueno, también porque me nace. No creo que la responsabilidad social sea algo que obtengamos todos en igual medida. Los años de plomo y la llegada del neoliberalismo de los noventa fue lo que alejó, sistemáticamente, a la gente de la política. Yo fui uno más que ni siquiera se había acercado y eso cambió en el momento en que conocí a Néstor Kirchner, una personalidad a la que, si bien me acerqué de manera muy acotada, ha sido definitiva para mi vida. De alguna forma, él es el padre de Sagai. Es el primer gobernante que miró a los actores a los ojos, como a otros tantos sectores postergados.

Acaba de empezar, al término de Graduados y antes de Dulce amor, por Telefe, la comedia Mi amor mi amor, con Juan Gil Navarro, Jazmín Stuart y Brenda Gandini, la segunda producción de Árbol (después de El elegido), la empresa de contenidos encabezada por Echarri, Martín Seefeld y Ronnie Amendolara. “El crecimiento vino siempre en mi vida cuando salí del costado cómodo y busqué transitar otros caminos. La comedia es algo bastante inédito para mí y es lo que quiero probar ahora, sin ser yo la cara”, dice.

–¿Tenés ganas de estar del otro lado de las cámaras?

–Sí. En realidad, tengo ganas de tener las riendas de mi trabajo, cosa que los actores pocas veces tenemos. Me gusta decidir sobre los guiones, que sea mi decisión cuándo un libro ya está listo y cuándo no. Porque he padecido las consecuencias de trabajar sobre un texto no terminado. Esto no implica que trabaje en soledad, me gusta formar parte de un equipo, estar en los detalles de escenografía, de iluminación, sobre todo en lo que tiene que ver con lo actoral. Creo que mi aporte tiene que ver con ese ojo afinado. También porque quiero ser más dueño de lo que hago.

–También implica correr más riesgos.

–Sí, pero riesgos corrí siempre. No es que no me preocupen, pero tengo una personalidad arriesgada en ese sentido. Pateo lo construido o, al menos, lo pongo a prueba siempre, trato de ver cuán firme es eso y de abrir espacios, abrir caminos.

–¿Te quedarías sin la esencia del actor, el ser mirado por el público?

–No, no dejo al actor: hice todo el año El hijo de p… del sombrero (de Stephen Adly Guirgis y dirección de Javier Daulte, en La Plaza) y la sigo en Mar del Plata. Pero hay un crecimiento exponencial y multidireccional del que no me quisiera bajar nunca; con Martín (Seefeld), siempre tenemos esa idea de poder jugar en todos los ámbitos. En teatro, tenemos una primera experiencia de producción en La Plaza con Pablo Kompel para fin de marzo; y a principios de abril estaríamos produciendo nuestra primera película, Túnel (no tiene nada que ver con el libro de Ernesto Sabato, aclara), donde, ahí sí, estoy a la cabeza con el director Rodrigo Grande, que me dirigió en Cuestión de principios, con Federico Luppi.

–A fin de año estrenás en Mar del Plata El hijo de p… , con Nancy en lugar de Peña.

–Sí, y con Andrea Garrote en lugar de Jorgelina Aruzzi. Y Fernán Mirás y Marcelo Mazzarello. En cuanto a Nancy, nos conocimos trabajando y antes de enamorarme de ella (en Los buscas de siempre, por Canal 9, en 2000), reconocí una gran actriz, con un registro amplísimo, con una gran credibilidad y, de alguna forma, trabajamos desde un punto de vista parecido.

–Si hubiera otra actriz, ¿tu actuación se modificaría? 

-Siempre pasa eso y en este caso, donde se trata de mi esposa, se modifica más todavía y también modifica el orden de la casa. Pero viene bien porque nos equipara en energías: cuando uno trabaja en teatro y el otro en tele las energías son muy dispares, los horarios, distintos, uno de día y otro de noche. Y solo se equipara cuando uno se baja o el otro se sube y lo lindo de esto es tener la posibilidad de que Nancy se suba a una obra comprobada en todo sentido, tanto en la respuesta del público como de la crítica.

-En televisión, tu carrera de actor está más que justificada por Resistiré, Montecristo y El elegido. ¿En teatro y cine donde ubicarías tus imprescindibles?

-En teatro, he hecho apenas tres obras en veinte años y las tres me han traído grandes satisfacciones: hacer un Shakespeare de la mano del gallego Gallardou con la Banda de la Risa (Puck, sueño de verano, basado en Sueño de una noche de verano) fue una experiencia única; con The Pillowman (dirección de Enrique Federman), sentí que podía subirme al escenario y sostener, dignamente, el oficio de actor. Y, El hijo de p… del sombrero, realmente, es una experiencia agotadora pero increíble. En cine, mis  favoritos son Plata quemada y El método, de Marcelo Piñeyro; Crónica de una fuga de Adrián Caetano; Cuestión de principios, creo que es una gran película también. Otra que me ha dado muchas satisfacciones allá en el tiempo, en el 98, es Solo gente (Roberto Maiocco), una historia muy pequeña que me dio la posibilidad de viajar por muchos festivales y ganar algunos premios.

-Independiente: ¿cómo lo ves?

-¿Es una pregunta irónica? (risas). Futbolísticamente, lo veo muy mal, en el peor momento de su historia. Por supuesto, preocupado por el peligro de descenso de un club con el tamaño y la gloria de Independiente. Haber tenido un viejo tan fanático hace que piense que, a pesar de todo, mejor que no viera a su Independiente en este momento porque estaría sufriendo como loco. Respecto del manejo político creo que estamos teniendo un Presidente de lujo (se refiere a Javier Cantero), alguien que ha encarado una cruzada dificilísima, muy compleja, en la que está bastante solo: ir en contra de un flagelo que es tan viejo como la historia del futbol en este país. Lo veo un tipo resistente, veo que no va a ser en vano, no sé qué es lo que logrará. Pero que alguien lleve adelante las luchas más allá de saber o no en los puertos que se desembarque, vale la pena.

-La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no tiene un discurso enérgico contra las barras bravas. Mantiene una mirada casi romántica sobre el hincha

-Puede ser. El discurso enérgico lo tiene para muchas otras cosas. Tampoco había existido un Presidente como Cantero. No queramos cambiar las cosas de un día para el otro. Esta supuesta tibieza del discurso de la Presidenta debería llamarse “tibieza” en la medida que hayamos vivido mejor. Esto siempre fue peligroso y en algún momento dejará de serlo pero creo que esto tendrá que ver con un crecimiento nuestro como sociedad, más que con el discurso de una presidenta. Creo que lo que tiene que haber es una clase política que deje de servirse de eso. Pienso que muchas de las cosas que no podemos resolver aun, tienen que ver con lo adolescente que somos como sociedad.

-¿Cómo se vive en tu casa este tremendo éxito de Graduados, que protagoniza Nancy?

-Con alegría porque además se vive como la consecuencia de un trabajo muy organizado, no hay nada casual, ni en la elección de ese proyecto, ni respecto a Nancy, ni -esto lo digo yo- en la luminosidad que tiene y en la gran credibilidad para hacerse cargo de personajes centrales. No es la primera vez que le pasa. Nancy es una actriz que siempre ha sido parte de proyectos exitosos y creo que ella ha aportado mucho por la captación que tiene, la credibilidad a la hora de contar ciertas cosas. Y lo vivimos con una alegría enorme. Primero, porque es un producto para toda la familia, entonces lo pueden ver los chicos. También, porque la gente se siente muy cerca de Nancy, la quiere mucho y cuando esa cercanía viene con respeto aprendés a disfrutarlo. Ya pasaron los momentos de juventud extrema donde renegábamos de la popularidad. Este es un momento donde nos damos cuenta de que mucho del cariño de la gente es genuino. Para ella, lo que veo es  mucha ilusión para adelante, ya tiene mucho más claro en que quiere participar y en que no. También tiene su espacio en la productora porque es creativa y a la hora de leer que es lo que está bien y lo que está mal, sabe mucho más que yo.

-¿Disfrutan puertas adentro de un gustito revancha, un poco futbolero digamos, el “le ganamos al Trece”?

-Ah, vos me pedís que te cuente una intimidad (risas). Nosotros no disfrutamos de esas cosas. No. Cuando uno mira más la desgracia del otro que lo bueno de uno, cuando vos querés ganar y querés ir a competir y solamente ganar, estás cambiando el verdadero foco de la situación.  Porque ganas de ganar siempre hay. Pero, cuidado: si festejás más de la cuenta, te puedo asegurar que en la primera de cambio va a venir un manto de humildad o va a suceder algo que te va a poner en el llano, otra vez. Uno aprende esto: ni festejar enormemente los éxitos, ni preocuparse terriblemente por los fracasos o por las cosas que no salen bien. Soy más de la idea de quitarle espíritu futbolero a esto porque no es fútbol. Esto es trabajo para mucha gente.

Ivana Acosta: la chica Capusotto

“Es como ser una chica Olmedo”
Acompaña desde hace cinco años cada edición del programa de Capusotto y Saborido.

REVISTA EL GUARDIAN > PERSONAJES

IVANA ACOSTA, ACTRIZ

“Es como ser una chica Olmedo”

Llegó de Córdoba sin saber nada de Cha cha cha ni de Todo x dos pesos, pero en un casting, Pedro Saborido le preguntó si se animaba a bailar en shorcito.Y desde hace cinco años es la única mujer de Peter Capusotto y sus videos.

JUEVES 22.11.2012 – EDICIÓN N ° 93

Escribe Leni  González / Fotos Leandro Sánchez

 

No viene del teatro off ni es amiga de los dueños. Tampoco era una groupie con los trucos memorizados que seguía a ojos cerrados a sus ídolos. Ivana Acosta no tenía idea adónde se metía salvo una sola: ir para adelante, perseverar y conseguir trabajo de lo que mejor conoce. “Soy bailarina, estudié danza y actuación en Córdoba capital, de donde vine hace 12 años”, define sin ningún vestigio de tonada pero con mucho de esa gracia que se han ganado sus paisanos.

–¿No conocías a Diego Capusotto?

–De nombre, nada más pero no conocía su humor, no era seguidora de Cha cha cha ni de Todo x dos pesos.

–¿Y cómo llegaste al programa?

–Todo por casting sábana.

Se queda seria. Después de bailar con el Puma Rodríguez; de integrar el grupo de bailarinas de Showmatch y de pasar por el programa de Julián Weich, Trato hecho; de conducir un ciclo por Utilísima, cumplir con varios bolos y participaciones chiquitas en tiras. Después de cinco años de formar parte de Peter Capusotto y sus videos, el programa que está en el ocaso de su séptima temporada por la TV Pública. Después de todo eso, sí, Ivana Acosta aprendió el timing de Diego Capusotto y Pedro Saborido. Por suerte, se tienta y larga la risa.

“Sí, sí, sí, por casting. Mirá, yo soy de las que golpea puertas, llama, voy por todos lados, por mi cuenta, sin manager, me manejo por mi cuenta. El casting me lo tomó Pedro y el loro barranquero –se define– no paró de hablar y hablar. ‘¿Y vos no te animarías a bailar con un shorcito?’, me preguntó. ‘Sí, claro, si soy bailarina, me pongo cualquier cosa. Si en el Showmatchsalía casi en pelotas’. Así que al otro día ya empecé a grabar, en el sketch de Luis Almirante Brown que cantaba ‘ese hermoso tirapedos’ y yo moviendo el traste. Y así seguí con Bombita y Latino Solanas, haciéndome la loca y divirtiéndome mucho.”

–Enseguida encontraste el código y pronto se te identificó como la novia de Bombita Rodríguez (el Palito Ortega montonero)

–Sí, sí. Aunque todo está guionado, no hay ensayos. Pedro te apura, va el texto, pim pam pum y sale. Sólo corta cuando nos tentamos mucho.

–¿Con Diego cómo te llevás?

–Ay, lo adoro. No soy escandalosa ni trepa, soy tranquila, nos llevamos bien y nos divertimos. Nos tentamos muchísimo, él más que yo. Me tapo con el pelo o con la mano para que no se vea porque Pedro no corta.

Nominada al Martín Fierro en 2010 en el rubro Labor Humorística femenina (que ganó Anita Martínez), Acosta este año también trabajó en otro programa de humor, Sin codificar, los domingos a las 13.30 por América, conducido por Diego Korol, con Yayo Guridi, Pichu Straneo, Pachu Peña y otros. “Los conocí cuando me llamaron para que les armara unas coreografías para el teatro en Mar del Plata. A Yayo lo conocía un poco de Showmatch. Al otro año, en 2011, me llamaron para bailar en el programa. ‘Pero no voy a ir a bailar cumbia nada más’, les dije. Me llevé una peluca y empecé a hacer un personaje de una bailarina que venía ferneteada, chupada y bailaba como loca, resacada. Gustó y continué todo este año”.

–Otro humor: ¿también te adaptás?

–En realidad, son los dos únicos programas de humor que hay en la tele. Sí, son distintos pero también está bueno. Hicimos una parodia de la tira Lobo como Loro, muy divertida, hay buen clima.

–¿Estás cómoda? ¿Cómo te tratan?

–Soy la única mujer y es complicado pero no me bardearon, son respetuosos, nos acomodamos.

No es raro que a los/as productores/as de revistas masculinas, su figura de morocha argentina les haya llamado la atención; la tentaron y ella aceptó. A fines de 2008, la revista Maxim publicó una producción hot en un Torino donde se la ve en mínima ropa interior.

“Mmmm, ay, eso fue debut y despedida. No me gustó. Me considero una mujer sexy que puede hacer esas fotos pero qué sé yo; la producción estaba buena pero a mí no me gustan las fotos de traste y cuando me di vuelta para acomodarme, me la sacaron”, cuenta la chica que hace poco se mudó al barrio de Palermo con su novio (“nada que ver con el medio, es súper tímido”).

–Cuando vas a Córdoba, a ver a tu familia, ¿te reconocen por la calle?

–Córdoba es una ciudad como más reacia, me cargan y me acusan de haber cambiado el idioma, son cerrados. Pero los dos últimos años me han dicho más cosas, me preguntan. Mi familia al principio no entendía la onda de Diego, y ahora es fanática.

–¿Saborido te pidió alguna vez hacer algo que no te gustaba o te parecía demasiado?

–Mirá, me pide hacer de todo. Yo le digo: “¿Y ahora qué querés?” (risas). Pero siempre es tan cuidado y dentro de ese contexto donde todo es posible. Tuve que decir, por ejemplo: “Mmmm, ¡qué olor a culo!”. Y que me responda: “Saborealo”. Y después: “Mmmm ¡qué olor a cachucha!”. “¿Entonces, te quedás a tomar un café?”. “Y sí, ahora sí”. Lo hicimos un montón de veces, no podía parar. En otro lugar, no podría decir eso.

El año que viene, Peter Capussoto y sus videos seguirá. Por lo tanto, Ivana Acosta seguirá en el programa: “Año a año me superan, no sé de dónde sacan las ideas. Este año, el brasileño Pepeu Palala me mata, no puedo parar de reírme. Ellos se cuidan mucho, no quieren repetirse, hacen pocos capítulos, ¡yo quiero más!”, pide. También le gustaría hacer teatro con Diego: “Yo le insisto, pero… (se ríe). Tengo ganas de hacer teatro pero no me desespero. Tuve algunas propuestas para tiras en tele pero nada confirmado”.

–¿Te preocupa quedar ligada al nombre Capusotto?

–Creo que siempre voy a estar asociada, que voy a ser “la chica Capusotto”. En algún momento el programa no va a estar más y habrá que abrir el panorama, pero ese proceso se dará solo y sucederá, por decantación. No me pesa este papel, aunque me encasillen, porque para mí es un honor estar asociada a un grande como pasó con “las mujeres Olmedo”. Es un personaje muy querido y admirado.

–¡Vos también tenés tus fans!

–Pero por supuesto, mis seguidores, cómo no –pone voz de diva y mueve los brazos–. La verdad es que estoy feliz y agradecida de que la vida me haya cruzado con estos personajes que hoy por hoy son amigos en los que confío.