Todo lo que necesitás saber sobre Cine. Conexión Brando.

Crítica para ser feliz

Con su libro Todo lo que necesitás saber sobre cine, Leonardo D’Espósito, colaborador de la casa, consigue lo mejor que puede generar un crítico: ganas de ver más y más películas

Con su libro Todo lo que necesitás saber sobre cine, Leonardo D'Espósito, colaborador de la casa, consigue lo mejor que puede generar un crítico: ganas de ver más y más películas

Quiero aclarar de entrada que este libro es muy “poco modesto”. No porque cumpla con creces la consigna megalómana de la colección de Paidós (Todo lo que necesitás saber sobre…), sino porque es el mismo autor, crítico, periodista y docente Leonardo D’Espósito quien previene en el prólogo acerca de su enorme deseo de “generar curiosidad”. Soberbio propósito que logra al responder con laboriosa humildad un montón de preguntas que conducen a más preguntas y, en especial, invitan a ver películas, las ya vistas y las que no, para meternos en el reino que nos pertenece desde que tenemos memoria. Sin mentir, en Todo lo que necesitás saber sobre cine no está todo sobre el cine, pero sí lo principal: las ganas de vivirlo.

“El cine es el universo que pudimos crear sin ser entes divinos”, arriesga el autor, al que el lector seguramente conocerá por las críticas cinematográficas en esta revista y, por lo tanto, estará acostumbrado a su pasión hiperbólica y desmesura erudita. En este primer libro (al que pronto seguirán otros, según la editorial), empezó por apropiarse de la excusa de un manual de divulgación para escribir acerca de su propia teoría del cine, es decir, aquellos puntos básicos sobre los que se apoya cada vez que se sienta a ver un film y entender por qué es de esa manera y no de otra. Si bien la multitud de datos podría perderse en un volumen enciclopédico de curiosidades, en este caso la información está sostenida por una estructura y un orden que para D’Espósito es axial. Su objetivo es romper con los lugares comunes y, para hacerlo, es fulminantemente asertivo, a sabiendas de que con afirmaciones claras y distintas es que se abre el espacio a la discusión. Algunas muestras para arrojar el guante:

– A olvidarse de la locomotora saliendo de la pantalla como mito fundador del cine. No fueron los Lumière los auténticos pioneros, ni tampoco Thomas Edison ni Georges Méliès. Hubo otro padre desconocido, Émile Reynaud, el primero en montar un espectáculo masivo con imágenes en movimiento aún antes de la invención de la cámara: simplemente, las dibujaba, las narraba con imágenes aunque no fueran “reales”.

El cine es un arte y una industria, en tanto requiere de los avances de la Revolución industrial para existir. Y fue en los Estados Unidos donde las condiciones de la producción en serie se establecieron por primera vez.

Hollywood representa la cristalización del lenguaje cinematográfico. Fue en ese pueblito de California donde se consolidó en las primeras décadas del siglo XX el estilo llamado “clásico”, considerado el abecedario básico del cine.

– Es un error hablar del genérico “cine yanqui” porque los que forjaron Hollywood fueron en su mayoría inmigrantes europeos, críticos del modelo liberal, protestante e industrialista de la costa este.

John Ford es el más influyente (y el mejor) director de la historia del cine clásico. Y Walt Disney el más famoso por haber innovado la técnica de manipulación de imágenes y haber creado un estilo reconocible en todo el mundo.

– El guión es un “malentendido absoluto”. Lo propiamente cinematográfico es el montaje, la herramienta fundamental para componer un film.

– El crítico no es un cineasta frustrado, diatriba con la que a veces se atragantan los creadores susceptibles. La crítica es un ensayo que invita al espectador a comparar su mirada, pero no legisla sobre el gusto y mucho menos funciona como control de calidad.

Hay más. Como alienta la contratapa, pasen y lean: el itinerario continúa por las escuelas y teorías cinematográficas, los aspectos técnicos, los géneros, premios y festivales. Entre tanto,subrayo dos capítulos, uno dedicado al cine de animación y el otro, al porno, ambas especialidades del integrante de la revista El Amante/Cine desde 1995. En el primero, una enunciación radical: animación no es igual a cine infantil y, volviendo a Reynaud, constituye la base técnica de todo el cine. En el segundo, un recorrido condensado del porno desde el momento en que pudo explotar como arte hasta su actual reducción a gueto.

En todos los capítulos, algo usual en esta colección, rebosan los recuadros con cronologías, destacados y minihistorias de color, como la crítica del escritor Horacio Quiroga (1928) al film El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, o la de Jorge Luis Borges (1941) a El ciudadano, de Orson Welles. También se brinda una interesante bibliografía, toda la filmografía citada y un apéndice con preguntas para formularse y entender por qué las películas son como son. Por último, una síntesis final en la que el autor pregunta si el futuro del cine seguirá el modelo Matrixo el Avatar, si será refugio o herramienta. A propósito del suspenso, la respuesta la tendrá el lector cuando lea este libro.

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