Revista Ñ > Reapertura del Picadero

ESCENARIOS

15/5/12

Tocan mejores tiempos

Con la nueva apertura del teatro Picadero, salvado de la picota y puesto en valor, se recupera para Buenos Aires un emblema de la resistencia artística contra la dictadura.

POR LENI GONZALEZ

FACHADA DEL TEATRO PICADERO. Luego del atentado, el 6 de agosto de 1981.

FACHADA DEL TEATRO PICADERO. Luego del atentado, el 6/8/1981.

 A lo mejor llegó el momento de que el nombre “teatro El Picadero” deje de asociarse a la destrucción de sueños. Si la tercera es la vencida nadie lo asegura, pero los teatreros creen en señales y desde que empezó la obra en construcción en el Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, un gato se instaló entre los albañiles a controlar desde el lugar más alto el polvoriento trabajo. “Este gato se queda”, dice, por las dudas, el productor y empresario Sebastián Blutrach que el martes 22 cortará la cinta para inaugurar la nueva época de una sala con historia.

Varios sentidos resuenan en “picadero”. El del circo criollo y los Podestá es el que pensó el director Antonio Mónaco cuando bautizó al teatro que levantó con una joven actriz formada en sus talleres, Guadalupe Noble, en 1980. Buscaban un espacio no convencional y encontraron una oportunidad en el entonces llamado Pasaje Rauch: una ex fábrica de bujías, diseñada en 1926 por el arquitecto Benjamín Pedrotti, que alquilaron y reconvirtieron de la mano del escenógrafo Gastón Breyer. El resultado fue una sala polivalente que debía evocar, según Mónaco, la estructura del circo con su pista central. El emprendimiento demandó casi 800 mil dólares aportados por Lupe Noble, que otorgó el 50% de Elea Producciones, la sociedad creada, a su maestro, el director artístico del Picadero. Por fin, el teatro abrió el 21 de julio de 1980 con La otra versión (o El jardín de las delicias), la obra de Mónaco que originó la búsqueda.

Refugio de los que querían atreverse y no encontraban dónde, en ese lugar nuevo y vivo comenzó el sacudón a la inercia que fue Teatro abierto: 21 obras cortas, tres por día, 21 autores, 21 directores, cientos de actores y técnicos, todos los días a las 18. “El Picadero era el espacio que podía prestarse para una aventura como esa. Nosotros estábamos aislados, no estrenábamos”, dice el autor Roberto Cossa, para quien desde el primer día para la dictadura Teatro abierto se convirtió en un fenómeno político intolerable. Apenas después de una semana de funciones, del 28 de julio al 5 de agosto de 1981, en la madrugada del 6, un atentado provoca el incendio y la destrucción de la sala, salvo la fachada y el vestuario guardado en el subsuelo. “Vinieron los bomberos y fuimos a la comisaría a hacer la denuncia. Querían ver si lo habíamos hecho a propósito para cobrar el seguro. Tuvimos que llamar a un abogado penalista. Días después en diario Crónica salió una nota chiquita donde el sereno del Banco Mercantil, que estaba enfrente del teatro, contaba que esa noche había visto un patrullero del que bajaron policías. No sé qué habrá sido de ese señor. Menos mal que el dueño del edificio no reclamó, se portó muy bien. La pérdida fue total, espiritual y material, nunca cobramos nada, ni se esclareció nada”, dice Noble, quien continuó ese año actuando en el Tabaris, donde Teatro abierto inscribió su leyenda de resistencia.

A la oscuridad de fines de la dictadura, siguieron años grises para el Picadero. Funcionó un estudio de grabación hasta que en 2001 surgió un intento de recuperarlo. El inversor fue el empresario Lázaro Droznes y la dirección artística tuvo las buenas intenciones de Hugo Midón. “Ibamos a hacer La comedia es finita, con la Banda de la Risa, y el infantilPobrecitos los tramposos, con Los cuatro Vientos, para las vacaciones de invierno. Pero las refacciones se atrasaron, se estrenó en septiembre y al mes se terminó. Había que reconquistar al público porque es un lugar de paso, hay que instalarlo. Y en esa coyuntura, los problemas económicos eran muchos y nunca tuvimos apoyo del Gobierno”, dice Claudio Gallardou, actual subdirector del teatro Nacional Cervantes.

Los actos fallidos no cesaron: en 2007 estuvo a punto de desaparecer, pero se salvó gracias a la presión de Basta de demoler, una ong dedicada a la preservación del patrimonio urbano, que exigió el cumplimiento de ley 14.800 por la cual en caso de demolición de un teatro, “el propietario de la finca tendrá la obligación de construir en el nuevo edificio un ambiente teatral de características semejantes a la sala demolida”. El dueño de ese momento, el inversor Ernesto Lerner, asumió entonces el arreglo del teatro y contrató al arquitecto Roberto Fischman y al escenógrafo Héctor Calmet. Pero los costos eran altos y, desvanecido el empuje, el año pasado, finalmente, quien decide recoger el guante es el productor y responsable del teatro Metropolitan hasta fines de este año, Sebastián Blutrach.

“Más que el sueño del teatro propio, esto es el orgullo del trabajo propio: un lugar que me representa, que quiero y que me gusta, con calidad y tecnología y a la altura de la historia del teatro. Es una inversión mía, de unos tres millones de pesos. No es una lavada de cara sino una obra integral, muy grande, que en cualquier parte sería difícil hacer funcionar sin apoyo porque son 295 butacas, una cantidad escasa para recuperar la inversión. Busqué apoyos privados y públicos y encontré una muy buena recepción”, dice Blutrach que explica el apoyo del Gobierno de la Ciudad como “cooperación mutua” y “búsqueda de sinergias”: “A la Ciudad le interesa que esto sea viable y no cierre en un año. Por ejemplo, parte de la programación del complejo teatral del San Martín, en especial en áreas como danza y música, podrán derivarse al Picadero”.

La obra está a cargo del consultor teatral Marcelo Cuervo y el arquitecto Gustavo Keller, que mantuvieron el anfiteatro diseñado por Calmet. Además, habrá una terraza, barra y restorán, controlados por el mismo dueño. Ante la posibilidad de acceder a un subsidio, ya que la sala tiene menos de 300 butacas, Blutrach responde: “He inscripto la sala en Proteatro (el instituto para el fomento de la actividad teatral no oficial porteña) e hice un pedido para Proyectos Especiales. Aunque tenga la posibilidad de pedir subsidios, por el espíritu de funcionamiento que tendrá, no creo que lo hagamos más allá del acuerdo global que vaya a tener con el ministerio de Cultura de la Ciudad”.

Emblema de Teatro abierto, Cossa espera que El Picadero les dé lugar a los autores nacionales. “Me importa el buen teatro, de dónde venga. Si me llega una obra de un autor nacional que me guste, no dudes de que me interesaría, además de que es más fácil por una cuestión de derechos. Pero por lo que cuesta poner en valor este espacio, no me puedo poner esa limitación. Ahora estoy tomado con este andamiaje, pero después veremos cómo aprovechar la historia del teatro”, dice Blutrach.

La programación comenzará el martes 29 con el estreno del musical Forever young, adaptado por los catalanes del grupo Tricicle, con dirección de Daniel Casablanca y coproducido por Pablo Kompel y Blutrach, que irá de miércoles a domingo. Los lunes y martes irán dos obras de Veronese (Los hijos se han dormido Espía a una mujer que se mata); los domingos a la tarde, La historia del señor Sommer, de Patrick Süskind, con Carlos Portaluppi y dirección de Guillermo Ghío; y los viernes y sábados en trasnoche, Simplemente Concha, con Noralih Gago.

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