Perfil > Afuera los ratones

PERFIL – Dom. 2 de julio de 2006 // Pág. 23.

ASUNTOS EXTERNOS

Afuera los ratones

En el cine, en la tevé y hasta en la vida, es sorprendente la bienaventuranza de algunos engendros. Pero alcanza irritación castaño oscuro comprobar que durante décadas se homenajeó a seres desagradables con la gran mayoría de los papeles protagónicos de toda la historia de los dibujos animados. Porque han sido los ratones, esos omnívoros carroñeros y promiscuos, a quienes inexplicablemente les ha tocado en suerte caerles simpáticos a los gurúes del imaginario infantil, en detrimento de los reyes de la pirámide doméstica, los Felis catus o gatos.

Desde muy chica, no me dejé cooptar y me resistí a que una laucha fuera mi ídolo. La actitud bonachona y nerd de Mickey no iba a convencerme. Mucho menos “esos malditos roedores” de Pixie y Dixie molestando al andaluz señorito Jinks, y ni hablar del asco que me daba Jerry correteando por la mesa e introduciéndose en los postres. Busqué reponerme depositando mis esperanzas en Gatúbela pero cayó ante una rata con alas. Para colmo, cual pesadilla persecutoria, tengo que soportar la soberbia de ese engendro del infierno llamado Stuart Little.

Pero vienen por más y, así como antes rechacé cualquier tipo de connivencia latina con Speedy González y Lento Rodríguez, tampoco conciliaré con el tal Pérez que, en nombre de una leyenda odontológica, viene a pasar su larga cola por nuestras narices.

La historia, una vez más, es negada. Los antiguos egipcios endiosaron a los gatos porque los libraron de las plagas ratíferas que devoraban sus granos. La peste negra casi despobló Europa en la Edad Media gracias a los bubones contagiados por las ratas. Pero pesó más la mala prensa contra las brujas y sus amigos, y la internacional canina, aliada a su máscara ratonil, pudo ablandarnos frente a la inocentona rata de campo.

Sin embargo, la resistencia empezó después de que Mickey y su secuaz Donald vencieran al Gato Félix. Tuvo una inflexión genial con Don Gato y su pandilla, de Hanna-Barbera; apuntó Disney con los Aristogatos, y les dio para que tengan con Garfield, el primer cartoon basado en el punto de vista de un gato de almohadón por obra y gracia de  Jim Davis, a quien se le ocurrió pensar qué clase de personaje de cómic estaba faltando.

El daño ya estaba hecho pero la balanza comenzó a inclinarse. Ahora contraatacan con el  mafioso Pérez y sus artilugios para ganar adeptos. La guerra ideológica continúa.  Mientras tanto, seguiré tenaz e incorruptible prefiriendo ser cola de león antes que cabeza de ratón.

Leni González

Perfil > Shock al corazón

PERFIL – Domingo 24 de septiembre de 2006 // Pág. 23

ASUNTOS  E X T E R NOS

Shock al corazón

¿Para qué sirve la publicidad? Para mirar, por supuesto. Su efectividad es directamente proporcional a las ganas de comerla con los ojos. Si esto deriva en consumo compulsivo o en ganancias empresariales, será cuestión de análisis para diversos tipos de “ólogos” (sustantivo colectivo de opinólogos) y licenciados, pero no es el caso. Me refiero al bobalicón placer de quedarse frente a la pantalla esperando esa fugaz repetición en la que lo primero a olvidar será “la mercancía”. Porque lo que impregna es el puro estímulo sensorial y emotivo que convierte ese producto en objeto estético y, con el tiempo, en pieza arqueológica para documentales. Ejemplos: la llama que llama, la estatua de Araceli pintada, Paty te quiero, Patricia Sarán en el ascensor, el tío francés, el shock de Su Giménez y todos los etcéteras que a cada cual le permita la memoria.

A mi lista personal, acabo de agregar un spot recién estrenado. La ficha técnica dice que se llama Romance, el cliente es Movistar, la agencia es Young & Rubicam, dura 80 segundos, la productora es La Doble A, la dirigió Esteban Sapir (el de la película Picado fino y la próxima La antena) y remata con la frase “15 de octubre es el día de la primera novia”. Muda, con música y artística fifty, las imágenes cuentan una anécdota amorosa: la de una joven mamá que, muy bien arreglada con su pollera plato, pasa a buscar al hijo de unos 7 u 8 años por la escuela, lo lleva a pasear a Palermo, a tomar el té, a un parque de diversiones y a mirar las estrellas desde el auto parado al borde de un acantilado.

El hallazgo creativo es el punto de vista del narrador: la mirada de adoración del nene hacia la primera y todavía única mujer de su vida. No hay una madre preguntando si lleva el pañuelo y la plata (como en la publicidad de Pablo Echarri), ni otra corriendo tras un yogur con multivitaminas. La mamá de Romance es única, seductora e ideal. Me puse divinamente triste cuando la vi. Quizá por una melancolía anticipatoria porque tengo un hijo de esa edad y sé que con el tiempo perderé para siempre esos ojos en éxtasis. Quizás a causa de una angustia vieja por el amor más allá del arco iris.

¿Por qué llorás, mami? ¿Sabés hasta dónde te quiero?

Leni González.

Perfil > Más allá del bien y del mal

PERFIL – Domingo 19 de febrero de 2006 // Pág. 23.

Más allá del bien y del mal

El otro día me sometí a un experimento. Sentí terror pero lo hice. Quería averiguar qué hace el paso del tiempo con las cosas que nos gustaron. Porque en el país del Italpark y el cine Los Angeles, Bambi era una de mis preferidas (¿habrá que aclarar la película de Walt Disney, “la I”, la del Adán de todos los ciervitos?) y quise volver a verla antes de pasar, tantos años después, por su segunda parte recién estrenada. Quería saber si yo había cambiado, si ya tenía algún costado oxidado, si estaba pareciéndome a esos padres que olvidaron que de chicos… o no, a lo mejor, ni siquiera les pasó. En realidad, quise volver a ver Bambi porque una y otra vez me mojaba la oreja el comentario de ciertos adultos melifluos acerca de que no llevarían a sus hijos a ver esa película porque “siempre alguien muere”, “el nene puede llorar”, “los golpes bajos de Disney” y otras preocupaciones psicoberretas. Suspiré tranquila cuando comprobé que ese costado (“autoflagelante”, dirían los pseudobehappy) permanecía intacto. El hombre, el disparo, el animalicidio, el “Mami, mami” y, otra vez, toda la cara mojada, a oscuras, con ese silencio apenas cortado por tragar nudos. Nunca lo olvidé, nunca se había ido. Porque gracias a Bambi odio a los cazadores y nadie me hará probar ciervo ni conejo; gracias a Cruella De Vil no tengo ni tendré tapado de piel; gracias al Vagabundo y a Thomas O’Malley jamás abandonaré a su suerte a un amigo (detesto el antropocéntrico término “mascota”). De todos modos, pusilánimes papis, no se preocupen porque están ganando. Pueden ir tranquilos con “los gordos” por Bambi 2. Al papá ciervo ya no le da culpa asumir su parte femenina y cuida amorosamente al hijito de cuya madre se podía prescindir después de todo. Por las dudas, al final, los dos juntos la recuerdan conmovidos.

El misterio fue develado: para los que conocían la primera parte, el huerfanito no la había pasado tan mal, y para quienes ni la vieron, qué más da y todos felices. Es posible que los nuevos cerebros de Disney hayan recogido este guante compungido y luego de golpearse el pecho ante el analista, le encontraron la vuelta cool al enigma. Lástima que en el camino dejaron la compasión. Lástima que a la emoción la cambiaron por diplomacia. Porque, por más que la bonita dama y el elegante caballero de la platea no quieran enterarse, el sufrimiento existe. Aunque a algunos con el corazón seco les venga dando pereza besar unos ojitos húmedos y  ansiosos por esa vieja historia del bien  y del mal.

Leni González.