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“Aburrirse es trágico”
Briski siente una gran admiración por el rock, porque asegura queAmpliar

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NORMAN BRISKI A LOS 73

“Aburrirse es trágico”

Tiene uno de los rostros más reconocibles de los actores argentinos. Hoy, vive un momento de gloria con su papel en Los Sónicos. Pero no abandona sus otras grandes pasiones: el mundo del teatro y la enseñanza actoral.

JUEVES 29.12.2011 – EDICIÓN N ° 44

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Tomás caliente? Como soy cordobés.

–Sí. ¿Pero usted no era santafesino?

Nos mudamos cuando tenía nueve años.

Ceba mate sobre una larga mesa de madera. Una gata símil siamés ronronea a mi lado buscando caricias y si no cumplo, revisa mi bolso.

–Por fin un famoso que vive en la zona sur de Capital y no en Palermo.

Ah, sí. A mí no me gusta el norte.

Buenas señales: el mate, los cinco gatos, el sur. Con Briski, el aire se distiende. Y yo que pensaba que era un señor muy nervioso. De pronto, entra su pareja, la actriz y docente Eliana Wassermann. Está estudiando una maestría de teatro y cine en la UBA. Tiene unas cuatro décadas menos que él. A Briski lo atrapaba el entusiasmo antes y lo atrapa, igual, ahora. En el público, las asambleas, las clases, un nuevo personaje, los animales, las grabaciones, el rumor del barrio, el amor, los libros, todo es una manera de tener esa vibración cerca.

“Me mandaron de Santa Fe, año 34, antes de que yo naciera (en el 38), documentos y fotos de mi viejo que era comunista y fundó una escuela, yo no me lo hacía a mi viejo haciendo esas cosas. Este material encaja en mis antecedentes. Digo, ‘uy, mirá mi viejo’. Yo lo tenía como padre pero no como cuadro político. Porque estoy escribiendo un libro, medio socotroco, se llama Mi política vida, y lo estoy haciendo con Carlos Aznárez, a quien quiero mucho y en quien confío. Quiero contar las partes más oscuras, que no son conocidas, las del militante, que haya sido PB (peronismo de base) y montonero. Aunque yo no hablo de esto, de lo que viví y lo que sé porque todavía la idea de persecución y exilio tienen fuerza. Si voy a un aeropuerto, me da algo. Pero quería entrarle a este tema desde el punto de vista de alguien que no es un militante cuadrado sino un artista, un actor metido ahí y que mira las cosas de otra manera, con otro humor. El libro se publica el año que viene pero antes de que termine éste saldrán una novela,Nagasaki de memoria, por Dunken, y una compilación de obras de teatro que saca Losada, que incluye lo que hice en el Tigre con el grupo de teatro popular Arroyo Felicaria, otra cosa que nadie sabe. Me gusta amplificar  las partes menos conocidas.

Carlos Aznárez es periodista y escritor, director de Resumen Latinoamericano y autor de libros como Tupamaros y Los sueños de Bolívar en la Venezuela de hoy. Con Briski y el director de cine Santiago Carlos Oves fundaron a fines de los sesenta el grupo Teatro Popular Octubre, una manera de buscar soluciones a problemas locales a través del “sociodrama” o cómo movilizar a la gente para que el teatro derive en asamblea. Con el grupo, desde 1969 hasta 1973, recorrió la Argentina y Chile con una camioneta. “Parábamos en todos los pueblos. Hacíamos títeres, una obra de teatro con la gente y a la noche pasábamos en video la película Operación masacre, basada en el libro de Rodolfo Walsh y la dirección del Tigre Cedrón. No cobrábamos nada, era militancia pura”, recuerda el actor, dramaturgo, director, docente, escritor y militante en el prólogo de Jorge Dubatti a Obras de Norman Briski (Atuel, 1996).

Mientras hacía esto, La fiaca, de Ricardo Talesnik, lo convertía en protagonista exitoso en el teatro y en el cine. Pero en el 74, se terminó todo. “Nos cagaban a tiros”,  dice. El asedio de la Triple A lo llevó al exilio: Perú, Venezuela, México, Francia y España, donde filmó con Carlos Saura, Elisa vida mía Mamá cumple cien años. Por último, entre 1979 y 1983, se instala en Nueva York: por su trabajo en The Man and the Fly, de José Ruibal, fue nominado como Mejor actor del año por la Asociación de Cronistas de Espectáculos de la ciudad. Pero en 1984, volvió a su tierra.

El rock antisistema

Los domingos a las 22, por Canal 9, puede verse la mejor serie ganadora del concurso del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) para ficciones de tevé: Los sónicos, producida y dirigida por Gastón Portal, con las actuaciones de Hugo Arana, Roberto Carnaghi, Mario Alarcón y Briski. Son cuatro amigos que tuvieron su momento de gloria en 1968 como grupo de rock; pero todo se detuvo por el accidente automovilístico que provocó el coma en Kloster (Alarcón), estado vegetativo del que despierta cuarenta años después en un cuerpo envejecido. El grupo intentará volver por aquellos buenos tiempos. En los teclados, Edy, el papel que compone Briski, es un solterón obsesionado por su madre.

–¿Qué hacías en 1968? ¿Cuál era tu relación con el rock?

–Siento una gran admiración por el rock porque es lo único claramente anticivilización. Lo mío era la lucha política pero eso nunca cuestionó la civilización. La estructura espectacular del rock es anticivilización y le dio al teatro un gran aporte, el de la explosión y el caos. En la Argentina, el primer síntoma antimilitar lo dieron los rockeros. Entonces, respeto lo que yo no hice porque no estuve ahí, fue una curiosidad de tertulia la mía. Siempre fui del jazz y la música clásica. Me gustaba, me gustan, los Beatles, los Rolling Stones, Janis Joplin, a quien vi en Inglaterra y quedé impresionado, mareado de tanta potencia salvaje. Hacer este papel me encanta, con estos actores y este director, Gastón, que es muy creativo, aunque yo no tenga el cuerpo vivido de un rockero.

–También está la idea de la resurrección.

–Claro, porque la vigencia sigue intacta. Sigue la legitimidad del canon tradicional, los griegos, los romanos se mantienen, la idea de belleza y la civilización continúan, todas las estatuas están de pie y el rock siempre quiso voltear estatuas. Y el personaje de Mario (Alarcón) se levanta y no tiene las marcas de las derrotas, quiere hacer lo que hacía antes. Hay algunas personas que se mantienen vivas y sostienen con mucha fe valores emancipadores.

“En el capitalismo, todo es complejísimo”, dice Briski cuando se pregunta por los subsidios a la cultura. “¿Cuándo yo, si viene de ese lado, voy a hacer un producto que incluso discuta lo que viene de ese lado? ¿Se hace o no se hace? Es una discusión que no hacemos entre quienes hacemos y damos la cara, qué significa esto. Porque “esto es laburo, déjame de joder”, dice la mayoría y la otra parte estará pensando “esto hago, esto no”.

–Perdón, ¿estás criticando al artista o al intelectual militante?

–No, para nada, eso me parece bien. Creo en la responsabilidad social del intelectual porque tuvo el privilegio de poder pensar la realidad. No me parece esa alineación del posmodernismo, la invitación al consumo, sin profundidad. Pero no estoy de acuerdo con que la cultura tenga como origen a un gobierno: cuando la cultura está subsidiada, andá diciendo adiós. Es muy peligroso, es Mefisto, la película sobre el artista que se acomoda a las circunstancias políticas.

–Si es lo único, sí, es peligroso.

–¡Esa es la complejidad del capitalismo! En la historia de la cultura todavía nadie la pegó, ni a Mao, ni a Trotsky, ni a Lenin les alcanzó. Porque no habló la cultura sino la política y su caracterización de la cultura, como si Stalin hubiera dado pautas sobre la filosofía.

–A muchos de tus colegas no les va a gustar lo que decís.

–Qué me importa, me pasó tantas veces.

–Es que las aguas están tan divididas.

–Las aguas no están divididas. Siempre las aguas han tenido meandros; va para un lado y después para el otro, siempre es el agua. Acá nadie está diciendo “terminemos con esta civilización”. Imaginate a alguno de nuestra clase política gritando “basta con el tema de Edipo, mi vieja está linda todavía” o que alguien diga “tiremos los mitos a la basura, esa gran mentira que nos metieron en la cabeza”. Las aguas están divididas entre los más y los menos dependientes del capitalismo y del imperialismo.

Esas ocurrencias

Calibán (México 1428) es la sala propia de Briski, que abrió en 1986, adonde también brinda sus concurridos seminarios de actuación. El teléfono no para de sonar con preguntas sobre los cursos de verano. En el escenario, acaban de terminar la funciones de No te vayas, con amor o sin él, de Briski; y están por terminar las de Calígula, revolución en el mercado místico, escrita y dirigida por Emiliano Montes. El año próximo, el maestro estrenará su última obra, El barro se subleva.

“No veo mucho, la verdad, no conozco mucho. Pero dramaturgos, te nombro Tato Pavlovsky, a Gambaro. Bartis es un tipo interesante, muy buen director de teatro. Los demás, está bueno, sí, no sé, no tengo derecho a hablar, me aburro mucho.” Es casi redundante agregar que Pavlovsky y Briski son amigos desde hace más de cuarenta años y disfrutan mucho trabajar juntos, como lo han hecho en El señor GalíndezPorotoLa gran marcha Potestad, el clásico del introductor del psicodrama en la Argentina dirigido por Briski, que siempre “está volviendo”. La diferencia entre ambos es que al Pavlovsky dramaturgo y actor no le gusta dirigir sus creaciones y a su amigo, en cambio, sí: La posta de los generalesCabezas trocadas Cuentos para el coco son ejemplos. “A mí me gustan todos los ingredientes del teatro y como soy infantil, quiero todos los puestos en la cancha. Creo que ser director es como ser arquero y que te pateen penales de todos lados. Pero sin dudas, el más potente de todos los lugares del teatro es el del actor. Y esa es mi premisa: yo soy un actor que actúa, que escribe y que dirige. Lo que no haría más es dirigir y actuar a la vez como hice en La gran marcha, de Tato”, dice Briski.

–¿Y al cine vas?

–Tampoco voy al cine. Me aburro mucho. Ah, me gusta (Alejandro) Agresti, acabo de hacer una película con él.

Briski habla de Dictablanda, la película que el director de Valentín y La casa del lago filmó con John Cusack y Al Pacino, sobre tres extranjeros perdidos en Buenos Aires. “Es una dramatización sobre ellos mismos y sus preocupaciones”, explica Briski, que encarna a un nacionalista de derecha. También participó de La mala verdad, con Alberto de Mendoza y Malena Solda, la opera prima de Miguel Ángel Rocca.

–¿Cuál es tu método de formación de actores?

–Yo no formo, descubro lo que el otro tiene ganas, puedo incitar, estimular pero no impongo ninguna estética. Y menos puede hacerlo un argentino, si tenemos encima todas las otras experiencias creativas.

–¿Qué cosas te justifican?

–Mis ocurrencias. El juego que tiene mi trabajo. “Uy, mirá, si hacemos esto”, la inventiva de la vida, que es lo que más falta. La gran ocurrencia del siglo XX fue la de Beckett con Esperando a Godot, es la revolución. Y creo que será la de varios siglos. Pero en cuanto a mí, no sé. Ella (por Eliana) me cuenta que en la facultad me estudian y me sorprende mucho lo que dicen. Todo lo que sea libertario y emancipador me agrada. ¿Y si nos escapamos del manicomio? Dale. ¿Y si nos escondemos en el ropero? Dale. Eso me entusiasma. Será mi parte infantil, que trato de protegerla. Y creo que Rebatibles es mi obra que más claramente tiene esta idea de romper sin darse cuenta.

–La tragedia es aburrirse.

–Es trágico. Pero también es un desafío. Te obliga a hacer algo.

–¿Qué te divierte?

–Ensayar me divierte, más como actor que director porque es un lugar donde tenés que hacerte cargo. Podríamos dejarnos de joder y hacer todo entre todos porque yo también tengo limitaciones para hacer jugar la potencia del resto. Actuar es más divertido porque es imprevisible, es un juego, como el amoroso, que no sabés de donde te sale. En las clases, también me divierto. Haciendo Los sónicos nos cagamos de risa de las cosas que se nos ocurren. Yo no espero nada. Está lo que me entusiasma y trato de hacerlo. Y si me divierto, lo que me digan no me importa nada.