Revista La mujer de mi vida > Mariposa melancólica

[Año 9 Nº 63] Invierno 2011.

Acerca de la posibilidad de los cambios
Mariposa melancólica
Por Leni Gonzalez
De oruga a mariposa o la hormiga y la cigarra: dos cuentos de la escuela primaria que me plantearon la disyuntiva entre esencias y mutaciones mucho antes de que me preguntara si estaba o no bañándome dos veces en el mismo río. Leía la historia de la oruga-crisálida-mariposa en clave Cenicienta de las ciencias naturales: la Naturaleza apiadada de la fealdad daba una lección de esperanza al mundo. Era la redención en estado salvaje, el pase mágico que nunca llegaríamos a  presenciar entre dos eslabones de la cadena. Si el vaso, el algodón húmedo y el secante permitían observar la transformación del poroto, en la metamorfosis del bicho al hada sólo se podía reconstruir la secuencia a través de vestigios y de mucha imaginación. Lo que nunca averiguaríamos era la opinión de la mariposa, qué sintió en aquel momento, acaso si recordaba cómo era su anterior estadio, si mantenía a los viejos amigos del árbol o si había quedado amnésica para olvidar el dolor de nacer dos veces y disfrutar la belleza frágil que le esperaba.

El pesimismo, en cambio, vino a mi temprano encuentro en alguna clase de Lengua en la que se explicó la fábula, un tipo de narración creada por mentes cínicas para descorazonar a los chicos y robarles las ganas de jugar con los animales. La suerte de la hormiga y la cigarra me espantaba: fieles a sus instintos, una trabajaba y ahorraba sin divertirse jamás, y la otra, cantaba panza arriba sin preocuparse jamás; sus destinos estaban malditos porque eran inexorables y no había escape. Por supuesto, me caía bastante más simpática la cigarra porque se parecía más a los de mi edad que la hormiga, tan cercana a los padres y las maestras. En el fondo de mi casa, me molestaba verlas marchar en fila, decididas, robóticas, con una misión de la que yo carecía por completo en los veranos a las dos de la tarde y me desquitaba alejando a una de la línea de formación. La pobre daba vueltas, enloquecida, sin saber para dónde ir. Nada es más triste que una hormiga perdida.

El paso de un estado a otro o seguir siendo el mismo: dos cuentos de la vida adulta en los que el ogro se llama tiempo, que arrasa, deteriora, corrompe, transforma y acumula manchas en su legajo sin que nunca se lo puede atrapar. Hay quienes estudian Historia para entenderlo y sabemos que no hay tiempo más olvidable que el que transcurre sin cambiar nada.

En qué momento, un segundón nacido en Córcega y estudiante mediocre se convierte en el Emperador Napoleón I Bonaparte; cuando una oscura actriz sin educación se vuelve Evita; cómo se salta de “la Chancha” por falta de ducha después del rugby al Che Guevara; por qué proceso transformador personas comunes, de las que sus pares apenas tenían recuerdo, alcanzan en el devenir el lugar de mitos, cómo sucede esa química, el fenómeno transmitido de boca en boca, el único misterio real que manejan con cierto nivel de conciencia los humanos.

En búsqueda de buenas historias, el cine siguió estos caminos ilusionado en que la cámara era capaz de captar la mutación y revelar los secretos de la metamorfosis del playboy Bruce Wayne a Batman (Batman Inicia, de Christopher Nolan), de la secretaria Selina Kyle a Gatúbela (Batman vuelve, de Tim Burton), del caballero Jedi Anakin Skywalker a Darth Vader (Star wars I, II y III, de George Lucas) o de una camarera sin futuro llamada Sarah Connor en la legendaria madre del líder de la resistencia contra las máquinas (Terminador I y II, de  James Cameron).

Dicen por ahí que la gota rebalsó el vaso, otorgándole el protagonismo al detonante. Las condiciones estaban dadas y sólo faltaba el brote. El virus permanecía latente y en cuclillas esperando el salto. El sapo era en realidad un príncipe o al revés. Es tranquilizador pensar que en la heladera todos los ingredientes aguardaban la llegada de un buen chef. No hace mucho que a eso se le llama “coaching”, un método para sacarle provecho a las habilidades ocultas en desuso, guiado por un “coach” visionario y líder de conducir la potencia en acto. No está mal. Quizás esté todo ahí y sólo haga falta sacudir el árbol para que caigan los frutos o que alguien te avise a qué club era preferible afiliarse. Más o menos cómo el Patito feo que no sufría por diferente ni por cambiado sino por confundido. Se había perdido el pobre, igual que mi hormiga.

Miguel tiene 40 años y se reencontró hace poco con sus ex compañeros de la primaria. Facebook lo hizo y en su honor, cambió su foto individual del perfil por la que se sacó con todos ellos en la reunión del volver a vivir, casi tres décadas después. De manera notable, Miguel recuerda con exactitud sus nombres, el orden en la lista, cómo se sentaban y las anécdotas que los congelaron para siempre. Él dice que puede reconocer en esos cuarentones a los chicos del pasado, en cada gesto, en cada reacción; él asegura que nadie cambia, que somos los mismos, que sólo se sumaron datos y números pero que la sustancia está. Miguel cree en las esencias y en que todos sus conocidos son personajes principales y secundarios de un novelón decimonónico, en el que aparecen  por una puerta para su aporte arquetípico y desaparecen por otra porque lo indica el guión de un irresponsable Comediante providencial.

Elisa tiene casi la misma edad que Miguel y también fue a la primaria y usa Facebook y es memoriosa pero carece de la menor intención de encontrarse vis a vis con aquellos que fueron y ahora no son. Porque, para Elisa, ya no son porque el tiempo los trituró, los convirtió en unas cuantas fotos viejas, en cartas que no lee, en notas borroneadas en un cuaderno. El río arrastró el recitado de nombres y apenas unos pocos zafaron de la corriente a causa de una herida o una emoción que sin querer los sacó a flote. Elisa dice que ha perdido la capacidad de hallar la esencia en el fondo de un licuado o de una jarra de vinagre. Prefiere el aroma no-putrefacto, no-biodegradado, no-conservable. Es que su olfato ya no es el de antes. Tampoco el de mañana.

Los migueles de este mundo dicen que te pueden dejar de gustar las papas fritas y encontrarle la gracia al pescado pero bajo la superficie, está siempre el mismo.

Las elisas de este mundo dice que te pueden seguir gustando toda la vida las papas fritas pero por diferentes razones: antes porque eran lo único que conocías y más tarde porque te recuerdan a tu madre.

Estas diferencias no impiden, por cierto, que los migueles y las elisas de este mundo pueden encontrarse a comer retropapasfritas y charlar. No es un mal tema de conversación.

Para Leandro y Lucía, por ejemplo, un gran tema de conversación son las películas y los programas de tevé. A Leandro le encanta volver a ver las películas que le gustaron, tiene una completa colección de sus series favoritas y se ríe sin prisa ni pausa con Maxwell Smart. A Lucía hace rato que dejó de hacerle efecto el programa pero le hace gracia que a él sí; y se resiste a ver las películas que la emocionaron hace años por temor a no sentir lo mismo aunque está de acuerdo en darle otra oportunidad a las que odió porque a lo mejor ahora sea distinto. No es medible quién de los dos cambió más o en qué porcentaje o en qué zonas pero es muy probable que Lucía en algún momento no tan lejano comience a mirar distinto a Leandro.

-¡Estás iguaaal! –gritaba en una publicidad un tipo al otro a lo largo de los años cada vez que se cruzaban. En otra, un grupo de jóvenes reencontrados se asombraba y desconocía al corroborar las diferencias: la gorda era un minón, el galán era gay y así, pura decepción y sorpresa.

Nunca sabremos de qué lado está la prensa, si con el cambio o la permanencia. El que siempre afirma idénticos principios es coherente y también, obsoleto; el que los varía, es un  “panqueque” y, por qué no, es flexible y sabe adaptarse a las coyunturas. Las revistas femeninas les exigen a las mujeres cambiar el look y les enseñan cómo ser otras pero se enojan si “ellos” ya no son como al principio. Las costumbres que no cambian están mal y las que cambian mucho, peor. Porque hay un ser que cambia permanentemente para no cambiar: como la hormiga y la cigarra que siguen sus reglas aunque se aburran o se mueran de hambre.

Nunca vi nacer una mariposa pero tampoco jamás vi una perdida. No hay mariposas perdidas. Siempre encuentran el camino porque guardan memoria de una hoja de ruta a la que consultan sólo los días de lluvia. Es la melancolía, una maniobra elegante de negociar con el pasado sin vender las alas. No hay cuentos felices con final de oruga.

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