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“Soy capaz de aparentar que sé más de lo que sé”
Una voz que acompaña. El conductor afirma que su meta siempre fue divertir.Ampliar

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HÉCTOR LARREA A LOS 73

“Soy capaz de aparentar que sé más de lo que sé”

Cuenta que para salir de indio y ser cacique hay que lograr que te necesiten. Para eso hace falta, primero, tener un sueño y, después, la voluntad de alcanzarlo aunque a veces haya que retroceder un paso para avanzar dos.

MIÉRCOLES 01.02.2012 – EDICIÓN N ° 49

Escribe Leni González

Fotos Leandro Sánchez

Yo quería hacer radio. Pero no conformar un equipo, sino lo mío, lo que a mí me gustaba, con la música que yo quería proponer; pero no se podía, no me daban el lugar. El consejo que me dieron fue que para hacer lo que quería, primero tenía que ser famoso. Es decir, ir a la televisión. Y lo hice”, cuenta el hombre imprescindible para contar la historia de la radio. El admirado, premiado, copiado, recordado. El que tenía un sueño y salió a buscarlo.

La oportunidad apareció y fue a la medida de los sueños. “Los del canal tenían que amortizar programas, porque en el paquete que compraban a los Estados Unidos había unas pocas películas buenas, y el resto era mediocre y malo; más las variedades, como le decían, que eran programas de cuarenta minutos cada uno con shows de artistas de jazz como Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, que me gustaban con pasión. No sabían qué hacer con eso y entonces les sugerí editar temas de distintos artistas con comentarios míos en el medio”, recuerda Larrea, que aún no había cumplido los treinta años, sobre el nacimiento de Norteamérica canta.

–¿Usted sabe inglés? –preguntó el gerente.

–Por supuesto –respondió.

“No sabía una palabra. Pero tenía una amiga profesora de inglés que me tradujo los audios y yo los adoptaba a lo que necesitaba, les hacía decir lo que quedaba bien y me entrara justito. Quedó muy bien y así entré en la tele. De a poco me hice conocido. Y cuando te conocen, ya sos una deidad. Por lo menos en esa época. Esa es la fuerza de la televisión. Podés ser un salame pero te conocen todos.”

-Después siguió con Humor redondo y El mundo del espectáculo, que fue la iniciación al cine para muchos antes del video y el cable. Usted hacía las introducciones. ¿Veía las películas antes?

No. Siempre he sido capaz de aparentar que sé más de lo que sé. El cine me gusta pero soy un espectador común, voy al cine cada quince días, no me compro películas, no es la pasión que sí tengo con la música. Me reconozco melómano pero de ninguna manera un cinéfilo. Así que le pedía a un productor, Horacio Fernández, que sabía mucho de cine, que me escribiera sobre las películas y yo lo amoldaba. En el estudio, te morías de frío y de soledad, porque para cuidar a los equipos tenía que estar frío aunque te congelaras; nada era virtual, todo era corpóreo, las letras de El mundo del espectáculo eran enormes y se guardaban en un galpón. Como nunca tuve buena memoria y no quería parar, porque parar un tape era un problema, si me olvidaba un nombre daba vueltas y vueltas hasta que bajara. Adjetivaba y adjetivaba. Un día, uno de los gerentes, que era cubano, me dijo: “Oye, Héctor, tú estas adjetivando demasiado. Si haces eso para José Marrone, qué dirás cuando venga Frank Sinatra”.

-¿Nunca iba en vivo?

Todo grabado. Por ejemplo: peleaba Bonavena. Hacíamos apertura y cierre como si hubiera ganado; apertura y cierre, para empate; y lo mismo, como si hubiera perdido. Peleó Bonavena y perdió de acá a Florencio Varela. ¿Qué te imaginás que pudo haber pasado? Sí, eso. Se equivocaron de tape. Y yo salí diciendo que “estábamos muy contentos de que hubiera ganado Bonavena”. Un papelón. Siempre era así. Jugaba Argentina y se hacían tres: si ganaba, si perdía, si empataba. Hasta con una semana de anticipación. Se grababa así.

El presentador de Sandro

“Fue lindo eso. Es que los dos éramos muy fantasiosos.” Larrea recuerda y se queda pensando por segundos larguísimos en los que mira hacia adentro, impone la pausa y obliga a confiar en su tiempo dramático: “Lo conocía desde antes de que fuera famoso, era como una predestinación, siempre me encontraba con Sandro”.

A principios de los sesenta, Roberto Sánchez era casi un adolescente que imitaba a Elvis Presley, y Larrea, un joven muy joven que había llegado desde Bragado para estudiar locución en el ISER y se ganaba la vida presentando espectáculos. En uno de esos lugares, en la zona sur del Gran Buenos Aires, conoció al futuro Sandro. “Empecé a visitar su casa en Valentín Alsina, iba a comer y a tomar mate y me hice muy amigo de sus padres, que eran amorosos. Era hijo único y usaba esas camisas Lavi Listo, con el cuello así, levantado, y el jopo a lo Presley. Él sabía todo”, dice.

-¿Por qué iba a visitarlo?

Ah, sí, vos guiame un poco porque yo me voy para cualquier lado. Iba porque salíamos con dos chicas. La gran aventura era ir de Villa Libertad, en Lanús, que era un barrio de gente trabajadora muy encantador, a tomar una Coca-Cola a Parque Patricios, no sé por qué, a una confitería que estaba en la esquina de Caseros y Rioja. Las chicas eran una mamá soltera muy joven, de unos 30 años, que se gustaba conmigo y la hija de 15 o 16 que salía con Sandro. Las pasábamos a buscar por su casa, que era tipo conventillo.

-Y ahí empezó a presentarlo en los shows.

Nooo, falta para eso. Él graba un disco en CBS, por 1963, y yo lo invito a la radio pero todavía no pasaba nada, como que entró en una meseta, no iba para arriba como él y todos creíamos que tenía que ir. Hasta que un día lo veo entrar a Canal 9, donde yo hacía avisos, al programa de Pipo Mancera, portando equipos pesados, él y su representante, porque no había plata para plomos. Era viernes y se probaban grupos para el sábado, los Sábados circulares.

–Sí, claro, donde lo presenta Mancera.

Bueno, estuve con él en el camarín, acompañándolo. Yo no conocía a Mancera ni para cambiar impresiones. Al otro día de nuevo me toca estar en el canal, de guardia, y lo escucho decir: “Este hombre es éxito en quince días”. Lo presentó, él hizo la gran Presley, prendas de cuero, revoleo de campera. ¿Podés creer que a los quince días el disco estaba al tope del ranking?

–¿Lo siguió viendo?

Yo trabajaba muchísimo pero volvimos a encontrarnos al poco tiempo en un festival en La Falda. Y ahí lo presenté y le gustó. Porque yo hacía todo como si estuviera en el Carnegie Hall, y él también, en eso coincidíamos, éramos dos fantasiosos. Para esa época, había salido el músico Ray Charles con un presentador. Él se fijaba en todo eso y me decía: “Tenemos que vestirnos bien, con esmoquin”. Íbamos a unos clubes miserables con todos los olores que te puedas imaginar incluido el de la fritanga de las empanadas. Pero nosotros no estábamos ahí, sino en el Carnegie Hall o en el Olimpia de París. Para esa época, ya había dejado a los de Fuego y tenía un cuarteto de jazzeros llamado los Black Combo, donde estaban Bernardo Baraj en saxo y Adalberto Cevasco en el bajo, eran todos buenos, ¿sabés cómo sonaban?

–¿Eran lugares en Capital Federal?

No, era todo en el Gran Buenos Aires. Me acuerdo bien una noche en Ingeniero Budge. A mí me gustaba mucho hacerlo. Porque este ñato recorría esos escenaritos, que eran tarimas de dos metros, con unas botas con taquitos así, y los recorría en un pie, con cualidades de bailarín. Si hubiera estudiado, podría haber sido bailarín clásico. Era emocionante estar con él, yo siempre lo vi como a una estrella internacional. Nunca estudió música ni composición ni actuación, era un autodidacta. Me acuerdo cuando Anderle, el representante, me cuenta que le había encontrado un papel en la película Tacuara y Chamorropichones de hombre (Catrano Catrani, 1967). Sandro tenía que hacer de peón de campo que se casaba con la hija del dueño de la estancia. Fuimos a la grabación. Él tenía que ir con un caballo al paso. De golpe, vemos venir a un tipo parado arriba de un caballo, a mil, tipo cowboy malabarista. Y era Sandro que en su vida había visto un caballo. Esa es la demostración de que podía hacer cualquier cosa y no admitía que le dijeran que no.

Un paso de comedia

Una vez a Héctor Larrea le propusieron ser actor. Como había aparecido en una película y el público al verlo, aplaudió, el director Enrique Carreras lo llamó y le dijo:

¿No quiere trabajar en cine? Porque usted es más popular de lo que yo pensaba.

Sí, como no.

Bueno, usted es un profesor joven de la universidad y se enamora de una alumna, y ella, de usted.

Qué interesante.

“Muy bien, arreglamos la guita, todo. Faltando una semana para empezar a filmar, me llama alguien de la producción.

Héctor, el lunes a las 9 se tiene que presentar en el Tigre.

Perdón. Trabajo en un programa que se llama Rapidísimo y va a esa hora.

Siií, ya sabemos, blabla. Mire que es una oportunidad para usted.

¿Es un día solo?

No, se tiene que quedar allá, en un hotel muy bueno. Héctor, ¡es el cine!

Ah, pero Rapidísimo es más importante.

“Y ahí quedó mi carrera de Gassman. Con lo que yo había hecho para tener ese programa. Nada me importaba ni me importa más”, dijo el conductor de un ciclo mítico que se mantuvo 30 años en Rivadavia.

Qué dicen del otro lado

Con Larrea fuimos al bar de la esquina de Radio Nacional, donde de lunes a viernes de 9 a 12 conduce Una vuelta nacional. Al pasar, escuchamos en otra mesa a un señor contarle al amigo por teléfono sobre los gastos de su, suponemos, pareja en unas compras. Nunca sabremos si el que pagó es él, ella o los dos, porque sólo tenemos la versión del quejoso. Ante mi resoplido por la cantilena de siempre, Larrea trata de ser comprensivo con su género: “La mujer es más valiente que el hombre, es más audaz, el hombre tiene más miedo a la pobreza y, en cambio, ella tiene más coraje. Me acuerdo de que para mí un dedo infectado de una de las nenas era un drama, y mi mujer lo resolvía sin problema. No todos los hombres sabemos lidiar con la vida cotidiana entonces todo lo que gasta la mujer nos parece mucho y si fuera por nosotros, no se renovarían la casa ni los muebles”, cuenta el padre y abuelo.

–¿Por qué no hay más mujeres conduciendo programas de radio?

Buena pregunta. No les confían a las mujeres los prime times. Ni a Betty Elizalde se lo dieron. Ahora, a la Negrita Vernaci pero no en AM. Hay machismo, no les dan chance a las mujeres y se las mira con una lente de aumento mayor que a un conductor, no les perdonan un error. Que la mujer sea segundona es cultural. Magdalena Ruiz Guiñazú es periodista, pero no me convence para conducir un show que tenga de todo. María O’Donnell viene bien y Julieta Pink es un hallazgo para mí.

A Larrea lo aburren las notas policiales y judiciales, por repetidas, por esas entrevistas largas a la madre de la víctima, por las opiniones vacuas que originan. La fórmula, si la hay, de hacer “lo suyo” es la combinación armónica entre música seleccionada a medida, humor y participación de los oyentes.

–¿Cómo se da cuenta de que el humor en la radio va cambiando?

Mirá. Me di cuenta de que el humor había cambiado con Wimpi, un humorista de los cincuenta, muy sutil, que se escuchaba en mi casa, que éramos clase baja o de los últimos peldaños de la media; toda la gente lo escuchaba con agrado. Yo pensé que esa sutileza tenía vigencia veintipico de años después de la muerte de Wimpi. Conseguí los derechos de la viuda y al actor Raúl Rossi para que leyera esos textos. Pero no recibí ni un solo llamado ni una carta de oyentes. Era una coproducción con la radio y me lo echaron en cara todas las veces que pudieron de la manera más cruel, me decían que habían gastado una fortuna. Con Osvaldo Miranda pasó lo mismo. Después la pegamos con un dúo de libretistas, Jorge Marchetti y Horacio Scalise, y con Mario Sánchez. Siempre pensé en divertir y ofrecer algún conocimiento pero ¿para quién? Eso no lo tenés claro, arriesgás.

–Usted no viró a opinador o periodista.

No tengo la capacidad. No logro que me interese. Me disperso. No sé, no sé. Hay mucho aventurero que no sabe nada, gana mucha guita, opina y no sabe nada. No quiero que digan “este tipo habla de lo que no sabe”; siempre me respeté mucho en ese sentido. Todo lo que diga va a contribuir a la confusión general, hay que sacar opiniones, cualquiera opina de cualquier cosa.

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