Revista El Gourmet > Entrevista a Graciela Borges

[Número 78 – Abril 2012]

Graciela Borges

Actriz de Crónica de una señora, El dependiente, La ciénaga, La terraza y Viudas, entre tantas otras películas. Una mujer de mil rostros y mil roles. La cara femenina del cine argentino.

Por Leni González. Fotos Alejandra López. Producción Rodrigo González Garillo.

Entrar a su casa. Emoción. El miedo existe aunque sea reverencial.

El temblor de la espera, inconfesable, en el borde de un sillón nunca

tan gigante. El living es blanquísimo como el de todas las estrellas,

con mucha luz y la mirada al río. Hay fotografías sobre las mesitas,

hay retratos en las paredes, hay recuerdos enmarcados y retazos

de recuerdos. Pero no es un museo, no luce como museo, no huele

a museo. La casa de Graciela Borges está viva.

A lo mejor es esa foto que brilla y da calor. La foto del hombre más

hermoso del mundo, junto a ella, peinado y frescura sixty, en algún salón

que no importa. “Nunca vi un hombre más buen mozo en mi vida, de

voz, de piel, de boca, de dientes, por eso la pongo ahí”, responderá después

sobre ese instante con Paul Newman: “Fue hace muchos años en

el Festival de Mar del Plata. Newman era más que Delon todavía. Delon

era lindo, pero él más. Y tan respetuoso de su mujer, le hablaba a todo el

mundo de ella, la quería tanto”.

A lo mejor es Rosa que abre la puerta, habla suave y cocina un budín

de mamá con el que Graciela invita y acompaña con mate cocido. “¿Sos

de Cáncer? ¡Como Rosa! Es tan importante tener a alguien de Cáncer

en la casa, porque es el signo del hogar”, dice la geminiana, la actriz de

Viudas y Dos hermanos, por nombrar las últimas; de La ciénaga, de Lucrecia

Martel, y Monobloc, de Luis Ortega, que la reconsagraron para las

nuevas generaciones; de Fin de fiesta y La terraza, de Leopoldo Torre

Nilsson; Circe, de Manuel Antín, y Crónica de una señora, de Raúl De la

Torre; y de la extraordinaria El dependiente, de Leonardo Favio.

A lo mejor es el solcito de siesta que flota en el living o el rubor de las

fotos o la nube esponjosa del budín. Pero la casa está viva y seguro es

por ella: la “Gra” por grande y Graciela por Borges, la diva del cine

argentino sin desayunos ni almorzandos, a puros 35 milímetros de riesgo

para dar la vida. Y volver a encontrarla.

LG ¿Cuáles son los sabores de tu infancia?

GB Cuando era chica era muy flaquita, cosa que perdí en este momento;

pero tampoco soy gorda, con lo que me gusta comer. Yo creo que

hay dos clases de personas, voy a ser clara: a las que les gusta comer

y a las que no les gusta comer. A mí me cuesta mucho pensar

en la gente que no ama los olores. A mí me encanta comer; además,

es una razón de cultura muy elevada y de salud, también. Saber qué

se come, cómo se come.

Las digresiones en Graciela Borges funcionan como esos buenos

primeros platos que pueden a la perfección sostenerse por sí mismos

o sorprendernos, si tenemos paciencia, como la apertura de un ballet.

Nunca es introducción, todo es sustancia.

GB Mi infancia tenía el olor al Toddy –no sé cómo se llamará ahora– de

las tardes a la salida del colegio, tenía el olor de las tostadas y del

té y de una confitería de la esquina de Córdoba y Esmeralda, Young

men’s –yo le decía shon men porque no sabía pronunciar–, donde si

me portaba bien a la salida de la escuela, me llevaban a tomar el té

con leche fría, le ponían una sola gota, y el olor a la manteca y a las

tostadas y al dulce inglés que tenían ahí, de frambuesas. Después,

casi al mismo tiempo, los olores de Córdoba, a la peperina; el sabor

del cabrito… ¡me encantaban el chivito y el cabrito!, el olor del campo

cuando había asados con cuero. Y… (hace una pausa), estoy recordando

(avisa). Y por sobre todas las comidas de mi infancia, mi

madre, que no cocinaba, hacía un plato que a mí me emociona y por

eso siempre pido que me lo hagan, que se llamaba, ella lo llamaba,

“guisito primaveral”, a saber, con pechito de cordero, con arvejitas,

papitas y corazón de alcaucil. Me parecía (y lo subraya como sólo

puede enfatizarlo ella) supremo.

LG ¿Era su único plato?

GB Sí, era el plato de mamá. No sé si a veces le ponía arroz, no estoy

muy segura. Ese fue un olor, un bouquet que me acompañó mucho

tiempo. Me gustan mucho los guisos porque cuando iba a la nieve

comía muchos y todo lo salado más que lo dulce. Ahhh, y después

el alcohol… Tenía una tía francesa a la que le encantaba beber, una

mujer bebedora que se murió viejísima y con ella iba a almorzar a

La Biela y me decía: ¿Cómo, antes del almuerzo y antes del vino no

vamos a tomar un copetín?”. Entonces a mí me convidaban con una

cosa –que sería otro invento de nombre también– que se llamaba

“Miguelito”, que era un traguito así (muestra con los dedos) de color

naranjita que yo pensaba que tenía alcohol.

LG ¿Y qué sería?

GB Qué sé yo qué sería. Porque decían “acá, para la señorita, un ‘Miguelito

y eso era, para mí, como si dijeran un Bloody Mary.

LG ¿Cómo eran las fiestas de fin de año?

GB Como era hija de padres separados, las fiestas siempre tenían que

ver con las hermanas de mi madre. En realidad, mi madre y yo

íbamos, no era una comida digitada por nosotros. Me acuerdo de la

mesa antes de dar los regalos, la mesa dulce, de los pan dulces –que

nunca me gustaron mucho–, de las almendras –que sí me gustan–,

de las garrapiñadas, de las pasas de uva, pero no recuerdo mucho.

Me imagino que algún pavo pero nunca me gustó mucho el pavo,

me parece muy seco, tiene que estar muy bien hecho. En casa de los

Pla, que son unos amigos míos, hermanos del artista plástico Eduardo

Plá, hacen un pavo extraordinario pero es un trabajo poderoso. A

mí me gusta todo lo que engorda.

LG Tu mamá casi no cocinaba, tampoco hubo abuelas cocineras.

Y a vos, ¿te gusta cocinar?

GB Me encanta cocinar. Tomé un curso en México –donde también

estaba una escritora famosa– y cociné durante un tiempo en casa

de un amigo en donde viví y me di cuenta de que era maravilloso

cocinar. La única cosa que no me gustó cocinar porque me olvidé

de ponerle vinagre fue el mondongo, que me encanta, pero me

quedó tal olor en todo que lo detesté. Pero sí, llegué de grande a la

cocina aunque sabía muy bien los bouquets, soy buena gourmet,

soy buena, sé que es lo bueno.

LG No hay duda de que el imaginario Graciela Borges está asociado

a lo gourmet.

GB Yo he hecho giras gastronómicas por el mundo. Raro eso. En un día

me fui desde Portofino a Cannes a comer en Le corsaire unos fettuccini

con salsa de langosta, con la langosta entera que te la muestran

viva, lo cual te deprime un poco; y a un lugar que se llama Bleu Bar,

sobre La Croissette, donde comí gigot, la pata de cordero muy muy

cruda, muy jugosa, como ellos la hacen, que sangra.

LG ¿Cuál es tu favorito?

GB Mi restaurante favorito en el mundo, que existe aún, desde muchísimos

años es Ristorante Da U Bati (la casa de Battista) en Portofino,

ubicado no sobre la rambla de este puerto detenido hace 500 años

sino al costado. Es un restaurante con papeles de madera en las

mesas que es muy difícil de ver porque si él no quiere no te deja

entrar, te dice que no hay mesa y te vas a la miércoles. ¡Y se come…!

Él elige la comida, el vino, hace el pescado más rico del mundo,

mariscos, pastasciutta, unas entradas. De ahí, a La gritta, que tiene

un café extraordinario, una especie de capuchino que hacen muy

especial.

LG ¿Qué te dice acerca de las personas su manera de comer?

GB Ahh, a mí me dice todo, me dice muchísimas cosas, me dice igual

que cuando noto cómo mira una persona, cómo enfoca los ojos. Yo

miro mucho eso, porque soy actriz, copio, vivo de eso. Yo tenía una

vez una amiga (si lo lee se va a dar cuenta de que es ella pero no

importa. Ahora la veo menos pero igual le tengo un cariño lejano

pero cariño al fin) que siempre invitaba asado. Su marido era una

persona que yo adoraba y, lamentablemente, murió. Un día, recuerdo

puntualmente, hizo una ensalada de naranja y cebolla, una

depresión, un asado con ensalada de naranja y cebolla. Esa sofisticación

la podés hacer si hay otras ensaladas. Bueno, eso te dice

algo; cuando ella se sentaba quería que esa formalidad fuera lo más

rápida posible porque ella no comía, a ella no le gustaba comer, me

dice mucho de una persona que no tenga vibración emocional de

abrir las zonas de recibir, de tener esos bouquets en la boca. Hay

una película gloriosa que se llama Tom Jones, era una película

donde se comía con las manos, una película inglesa y todo era un

juego de una seducción tan grande, una sensualidad. Un juego

amoroso pleno, ¿entendés?

LG Sin mezquindad.

GB Claro, hay gente que le pone el corazón a lo que te ofrece y otra

gente, qué sé yo, ¿viste como en ciertas casas muy paquetas que te

dan la colita de cuadril o el peceto con papitas? No está pensada la

comida, no está ni bien ni mal, está..