Revista El Gourmet > Diego Capusotto

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Cuerpo y alma de tantos personajes: Violencia Rivas, Bombita Rodríguez, Pomelo y más. Un extraordinario actor, ganador de varios Martín Fierro. Tal vez el humorista argentino más importante de los últimos años.

Por Leni González. Fotos Nora Lezano.
Producción Rodrigo González Garillo.

Ni mail ni celular ni agente de prensa. A Diego Capusotto se lo ubica a través de un objeto en extinción llamado teléfono fijo, desde el cual pasa las coordenadas de su lugar de citas, El Progreso, una esquina de tiempo detenido y atmósfera de bandoneón triste. Bar notable de Barracas, fundado en 1942, la boisserie separa el salón generoso en dos partes y en la más protegida de las miradas (tal vez en otra época zona de señoras recatadas o de trampas) es donde prefiere sentarse el actor de pelo rubio. No bien entra, su imagen de escoba resalta en el bar marrón. Pero, como dice la canción, es sólo un momento. En segundos, se integra al paisaje y es uno más en una foto blanco y negro que quizás el futuro cuelgue de esas paredes. A lo mejor porque algo del rock se ha
vuelto viejo; a lo mejor porque Capusotto logró cruzar las cepas de las músicas urbanas en el tubo de ensayo del humor.
Violencia Rivas, Micky Vainilla, Bombita Rodríguez, Jesús de Laferrere, Pomelo y más: ganador de varios Martín Fierro y del Clarín de Oro 2009, el programa Peter Capusotto y sus videos es probable que comience a despedirse en agosto, cuando por Canal 7 se proyecte la última edición que cierre un ciclo iniciado en 2007. De alguna manera,
el broche de ese final fue la película Peter Capusotto y sus 3Dimensiones, con dirección de su socio creativo Pedro Saborido, estrenada a fines de enero y que llegó casi a los 300 mil espectadores. De ese éxito, que lo cortó solo de otros anteriores y compartidos –Todo por dos pesos, con Fabio Alberti, y Cha cha cha, liderado por Alfredo Casero–, parece tan
agradecido como cansado. A lo mejor, junto a Saborido, estén preparando una nueva receta de sabor sorpresivo.
“Haría un programa gourmet que se llamara Antes de morir, una reunión de gente donde el invitado siempre muere cuando piden el helado y siempre hay un gordo dormido tirado en una reposera, que quedó así, como el horror simbólico de eso. Y eso tiene que ver con
la edad, sería un programa para gente de cincuenta, cuarenta y algo para arriba, nunca para abajo, porque yo a los cuarenta tenía mucha más vitalidad que ahora”, dice el hombre de medio siglo.

LG ¿Con los años cambió el lugar de la comida en tu rutina?

DC La comida siempre cambia con el tiempo, con los años. Cuando tenía veinte, treinta años no me importaba la comida; disfrutaba de algunas pero era algo mecánico, estaba más preocupado por otras cosas. Después, cuando empezás a ponerte más grande se va imponiendo la ritualidad de la comida. A medida que uno empieza a desmitificar ciertas verdades o empieza a resignarse con algunas cosas, empiezan a tomar importancia algunos rituales que le dan significación al encuentro.

LG ¿Qué costumbres familiares recordás?

DC Recuerdo cuando íbamos a Lanús, donde vivían mis abuelos paternos, mis tíos y primas. Eran comidas que disfrutaba mucho de chico y que hoy disfrutaría más, por lo que hablamos antes. No íbamos a Lanús a comer asado. Asado comíamos en mi casa. Íbamos una vez al año a comer lasagna rellena sólo con queso, que mi abuela probó en la casa de una amiga, una comida típica de Suiza o del norte de Italia. Eso y la Bagna Cauda y la picadita antes de la comida: son cosas que me han quedado y que tienen que ver con la ritualidad de la gran familia que se une en la mesa y donde las diferencias se disipan en el propio ritual de la comida.

LG Los platos que te gustan son los que te conectan con esa tradición familiar.

DC Tiene que ver con haberlas comida de chico, haberme encantado con esas comidas. De la misma manera, no me gusta la polenta, por ejemplo. De chico no sé qué pasó, la vomité, y hoy no la puedo ni probar. Siempre tuve mucho rollo con la comida, era de los que olía el plato y mis hijas son un poco así, también. Ahora, aunque no como cualquier cosa, pruebo; antes ni siquiera probaba.

LG A los veinte o treinta, las salidas con cena eran cosa de gordos o de viejos…

DC De gordo burgués, claro. La comida te detiene y cuando sos joven es más interesante salir a la aventura. La comida sirve sólo para detenerse, llenarse el estómago y seguir, satisface una necesidad biológica pero el disfrute estaba en el juntarse y si no había comida, “traé cerveza”. Nosotros lo que queríamos era salir a la calle y cuando nos sentábamos en un bar era para escabiar, nunca para comer.

LG En el programa hablás de la relación entre rock y mujer, rock y fútbol, rock y política. ¿Rock y comida, cuál sería?

DC Hoy es el sushi. Si hay algo que se parece al rock de ahora es el sushi, que es una porquería y que van de la mano. Bah, yo diría que el rock es más de bodegón o, como dicen los Memphis, “Fin de la noche: moscato, pizza y fainá”. Está ligado a eso, incluso creo que está más ligado al ritual de la bebida. Por mi parte, puedo ligar al rock con el asado y con la pizza. Pero hoy lo veo más con Las Cañitas y el sushi. Si Iggy Pop hace una publicidad de Calvin Klein, imaginate. Creo que se disipó el rock como cultura y se diluyó en la nada, en el mundo del espectáculo.

LG Otra asociación posible es la de comida y humor.

DC Cuando uno hace humor siempre es para fugarse de una realidad angustiante. No es mi caso con la comida, pero imagino que si a un gordito lo angustia la comida, una manera de canalizar eso, de combatir la angustia, es a través del humor. Yo puedo hacer humor con la comida pero desde otro lugar, por ejemplo, en vez de hacer el doble de Sandro, hice el personaje El triple de Sandro, que comía triples de jamón y queso.

LG Como en tu sketch, ¿conociste muchas pizzerías Los hijos de puta?

DC Sí, claro, y no solamente pizzerías. Son lugares adonde quedás como rehén, entraste a un territorio que no te pertenece y sabés que estás comiendo mal o te están atendiendo mal pero no querés entrar en conflicto, te querés ir lo más rápido posible, porque entraste como en una especie de dimensión desconocida, entraste a un lugar que termina siendo tu peor pesadilla cuando se supone que debería ser lo contrario. Entrás a La pizzería los hijos de puta y terminás siendo como socio de ellos.

LG Y el Uy, nos rompieron el orto, ¿cuántas veces te pasó?

DC Un montón de veces, ya pasó a ser un lugar común el hacer chistes sobre Palermo Hollywood o Las Cañitas. Eso lo hicimos porque venimos de la cultura del bodegón, de la familia que cocina, y entrás a una de esas parrillas con piso de piedrillas, con velitas y con esos cocineros con pañuelitos, un cocinero que tiene la cara de… Entonces, ya te empieza a parecer sospechoso y es una porquería.

LG ¿Y contarías por Twitter qué te pareció ese lugar adonde fuiste a comer?

DC Me gusta contarlo personalmente. Por eso yo no tengo Twitter: Hoy fui a comer al Miramar. Qué rico mejillón. Me sentiría un pelotudo, así. Para mí, son todos como agentes de la SIDE. No estoy en contra de las redes sociales, pero nosotros venimos de otra forma de comunicarnos. No quiero convertirme en el Diego Capusotto opinador. Tengo en claro cuáles son mis lugares de fuga y mis lugares de resignación cotidiana, dónde puedo pasar un día malo o un día inmejorable…

Claves gourmet


• Un lugar favorito para ir a
comer: “El Miramar (San Juan y
Sarandí) me gusta mucho, desde
comida de olla hasta picada, y
en especial los mejillones que
preparan”.
• Un vino favorito: “No tengo predilección
por un vino en especial,
me gusta el tinto, el Malbec, pero
no tengo tanto ritual, no soy un
obseso de los vinos”.
• Un sabor al que no puedas resistirte:
“La Bagna Cauda. Es una
comida que aun en verano –y es
incomible en verano–, si alguien
estuviera haciéndola, no me resisto.
La preparaba mi abuelo, mi
viejo, y ahora yo con mi mujer,
porque a veces la hacemos para
mucha gente. Es algo que huelo
y quiero comer. Eso y la parrilla”.
• Un ingrediente infaltable en tu
cocina: “El vino más que cualquier
otra cosa”.
• Cómo es para vos la cocina
ideal: “Me gustan las cocinas
industriales, la cocina amplia y
la plancha arriba del fuego, para
los bifes, y el pollo o la carne al
horno).
• Tu utensilio infaltable: “Y mirá,
a mí me gusta el pelapapas; sí, el
pelapapas”.
• Tu plato más elogiado: “La Bagna
Cauda”.
• Qué pedirías en una última
cena: “Que lo saquen a Judas.
Y de comer, lasagna rellena con
queso, porque yo no como la
lasagna rellena con verdura y
carne, sino con queso Gruyère y
Provolone. Eso si estoy solo, porque
si estoy acompañado como
debería ser, elijo un gran asado,
un gran cordero, por ejemplo”.

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Revista El Gourmet > Entrevista a Graciela Borges

[Número 78 – Abril 2012]

Graciela Borges

Actriz de Crónica de una señora, El dependiente, La ciénaga, La terraza y Viudas, entre tantas otras películas. Una mujer de mil rostros y mil roles. La cara femenina del cine argentino.

Por Leni González. Fotos Alejandra López. Producción Rodrigo González Garillo.

Entrar a su casa. Emoción. El miedo existe aunque sea reverencial.

El temblor de la espera, inconfesable, en el borde de un sillón nunca

tan gigante. El living es blanquísimo como el de todas las estrellas,

con mucha luz y la mirada al río. Hay fotografías sobre las mesitas,

hay retratos en las paredes, hay recuerdos enmarcados y retazos

de recuerdos. Pero no es un museo, no luce como museo, no huele

a museo. La casa de Graciela Borges está viva.

A lo mejor es esa foto que brilla y da calor. La foto del hombre más

hermoso del mundo, junto a ella, peinado y frescura sixty, en algún salón

que no importa. “Nunca vi un hombre más buen mozo en mi vida, de

voz, de piel, de boca, de dientes, por eso la pongo ahí”, responderá después

sobre ese instante con Paul Newman: “Fue hace muchos años en

el Festival de Mar del Plata. Newman era más que Delon todavía. Delon

era lindo, pero él más. Y tan respetuoso de su mujer, le hablaba a todo el

mundo de ella, la quería tanto”.

A lo mejor es Rosa que abre la puerta, habla suave y cocina un budín

de mamá con el que Graciela invita y acompaña con mate cocido. “¿Sos

de Cáncer? ¡Como Rosa! Es tan importante tener a alguien de Cáncer

en la casa, porque es el signo del hogar”, dice la geminiana, la actriz de

Viudas y Dos hermanos, por nombrar las últimas; de La ciénaga, de Lucrecia

Martel, y Monobloc, de Luis Ortega, que la reconsagraron para las

nuevas generaciones; de Fin de fiesta y La terraza, de Leopoldo Torre

Nilsson; Circe, de Manuel Antín, y Crónica de una señora, de Raúl De la

Torre; y de la extraordinaria El dependiente, de Leonardo Favio.

A lo mejor es el solcito de siesta que flota en el living o el rubor de las

fotos o la nube esponjosa del budín. Pero la casa está viva y seguro es

por ella: la “Gra” por grande y Graciela por Borges, la diva del cine

argentino sin desayunos ni almorzandos, a puros 35 milímetros de riesgo

para dar la vida. Y volver a encontrarla.

LG ¿Cuáles son los sabores de tu infancia?

GB Cuando era chica era muy flaquita, cosa que perdí en este momento;

pero tampoco soy gorda, con lo que me gusta comer. Yo creo que

hay dos clases de personas, voy a ser clara: a las que les gusta comer

y a las que no les gusta comer. A mí me cuesta mucho pensar

en la gente que no ama los olores. A mí me encanta comer; además,

es una razón de cultura muy elevada y de salud, también. Saber qué

se come, cómo se come.

Las digresiones en Graciela Borges funcionan como esos buenos

primeros platos que pueden a la perfección sostenerse por sí mismos

o sorprendernos, si tenemos paciencia, como la apertura de un ballet.

Nunca es introducción, todo es sustancia.

GB Mi infancia tenía el olor al Toddy –no sé cómo se llamará ahora– de

las tardes a la salida del colegio, tenía el olor de las tostadas y del

té y de una confitería de la esquina de Córdoba y Esmeralda, Young

men’s –yo le decía shon men porque no sabía pronunciar–, donde si

me portaba bien a la salida de la escuela, me llevaban a tomar el té

con leche fría, le ponían una sola gota, y el olor a la manteca y a las

tostadas y al dulce inglés que tenían ahí, de frambuesas. Después,

casi al mismo tiempo, los olores de Córdoba, a la peperina; el sabor

del cabrito… ¡me encantaban el chivito y el cabrito!, el olor del campo

cuando había asados con cuero. Y… (hace una pausa), estoy recordando

(avisa). Y por sobre todas las comidas de mi infancia, mi

madre, que no cocinaba, hacía un plato que a mí me emociona y por

eso siempre pido que me lo hagan, que se llamaba, ella lo llamaba,

“guisito primaveral”, a saber, con pechito de cordero, con arvejitas,

papitas y corazón de alcaucil. Me parecía (y lo subraya como sólo

puede enfatizarlo ella) supremo.

LG ¿Era su único plato?

GB Sí, era el plato de mamá. No sé si a veces le ponía arroz, no estoy

muy segura. Ese fue un olor, un bouquet que me acompañó mucho

tiempo. Me gustan mucho los guisos porque cuando iba a la nieve

comía muchos y todo lo salado más que lo dulce. Ahhh, y después

el alcohol… Tenía una tía francesa a la que le encantaba beber, una

mujer bebedora que se murió viejísima y con ella iba a almorzar a

La Biela y me decía: ¿Cómo, antes del almuerzo y antes del vino no

vamos a tomar un copetín?”. Entonces a mí me convidaban con una

cosa –que sería otro invento de nombre también– que se llamaba

“Miguelito”, que era un traguito así (muestra con los dedos) de color

naranjita que yo pensaba que tenía alcohol.

LG ¿Y qué sería?

GB Qué sé yo qué sería. Porque decían “acá, para la señorita, un ‘Miguelito

y eso era, para mí, como si dijeran un Bloody Mary.

LG ¿Cómo eran las fiestas de fin de año?

GB Como era hija de padres separados, las fiestas siempre tenían que

ver con las hermanas de mi madre. En realidad, mi madre y yo

íbamos, no era una comida digitada por nosotros. Me acuerdo de la

mesa antes de dar los regalos, la mesa dulce, de los pan dulces –que

nunca me gustaron mucho–, de las almendras –que sí me gustan–,

de las garrapiñadas, de las pasas de uva, pero no recuerdo mucho.

Me imagino que algún pavo pero nunca me gustó mucho el pavo,

me parece muy seco, tiene que estar muy bien hecho. En casa de los

Pla, que son unos amigos míos, hermanos del artista plástico Eduardo

Plá, hacen un pavo extraordinario pero es un trabajo poderoso. A

mí me gusta todo lo que engorda.

LG Tu mamá casi no cocinaba, tampoco hubo abuelas cocineras.

Y a vos, ¿te gusta cocinar?

GB Me encanta cocinar. Tomé un curso en México –donde también

estaba una escritora famosa– y cociné durante un tiempo en casa

de un amigo en donde viví y me di cuenta de que era maravilloso

cocinar. La única cosa que no me gustó cocinar porque me olvidé

de ponerle vinagre fue el mondongo, que me encanta, pero me

quedó tal olor en todo que lo detesté. Pero sí, llegué de grande a la

cocina aunque sabía muy bien los bouquets, soy buena gourmet,

soy buena, sé que es lo bueno.

LG No hay duda de que el imaginario Graciela Borges está asociado

a lo gourmet.

GB Yo he hecho giras gastronómicas por el mundo. Raro eso. En un día

me fui desde Portofino a Cannes a comer en Le corsaire unos fettuccini

con salsa de langosta, con la langosta entera que te la muestran

viva, lo cual te deprime un poco; y a un lugar que se llama Bleu Bar,

sobre La Croissette, donde comí gigot, la pata de cordero muy muy

cruda, muy jugosa, como ellos la hacen, que sangra.

LG ¿Cuál es tu favorito?

GB Mi restaurante favorito en el mundo, que existe aún, desde muchísimos

años es Ristorante Da U Bati (la casa de Battista) en Portofino,

ubicado no sobre la rambla de este puerto detenido hace 500 años

sino al costado. Es un restaurante con papeles de madera en las

mesas que es muy difícil de ver porque si él no quiere no te deja

entrar, te dice que no hay mesa y te vas a la miércoles. ¡Y se come…!

Él elige la comida, el vino, hace el pescado más rico del mundo,

mariscos, pastasciutta, unas entradas. De ahí, a La gritta, que tiene

un café extraordinario, una especie de capuchino que hacen muy

especial.

LG ¿Qué te dice acerca de las personas su manera de comer?

GB Ahh, a mí me dice todo, me dice muchísimas cosas, me dice igual

que cuando noto cómo mira una persona, cómo enfoca los ojos. Yo

miro mucho eso, porque soy actriz, copio, vivo de eso. Yo tenía una

vez una amiga (si lo lee se va a dar cuenta de que es ella pero no

importa. Ahora la veo menos pero igual le tengo un cariño lejano

pero cariño al fin) que siempre invitaba asado. Su marido era una

persona que yo adoraba y, lamentablemente, murió. Un día, recuerdo

puntualmente, hizo una ensalada de naranja y cebolla, una

depresión, un asado con ensalada de naranja y cebolla. Esa sofisticación

la podés hacer si hay otras ensaladas. Bueno, eso te dice

algo; cuando ella se sentaba quería que esa formalidad fuera lo más

rápida posible porque ella no comía, a ella no le gustaba comer, me

dice mucho de una persona que no tenga vibración emocional de

abrir las zonas de recibir, de tener esos bouquets en la boca. Hay

una película gloriosa que se llama Tom Jones, era una película

donde se comía con las manos, una película inglesa y todo era un

juego de una seducción tan grande, una sensualidad. Un juego

amoroso pleno, ¿entendés?

LG Sin mezquindad.

GB Claro, hay gente que le pone el corazón a lo que te ofrece y otra

gente, qué sé yo, ¿viste como en ciertas casas muy paquetas que te

dan la colita de cuadril o el peceto con papitas? No está pensada la

comida, no está ni bien ni mal, está..