Revista Ñ > Commedia dell’arte

28/7/12

Para el actor, todo es máscara

Ni una técnica ni un género, la Commedia dell’arte es el germen de todo el teatro moderno. Una compañía argentina con sede en Europa se propuso difundirla.

POR LENI GONZALEZ

LA CELESTINA. Por C. Calema.

LA CELESTINA. Por C. Calema.

 Falsedad bien ensayada, estudiado simulacro, la commedia dell’arte es puro teatro. Con esa verdad en la médula, Carolina Calema y Pablo Torregiani salieron por los caminos, como sus antecesores los juglares, a jugar con máscaras ostensibles, a provocar credulidades en el público y a manifestar esa manera de entender la vida del actor, el más sincero de todos los farsantes.

“No es una técnica ni tampoco un género, sino el teatro por definición. Todo el teatro moderno viene de la commedia dell’arte, todo el teatro argentino, el sainete, el grotesco criollo. También sus personajes, porque al ser arquetipos fijos de la sociedad, los encontramos en obras contemporáneas. Aparecen por primera vez actrices, porque los personajes femeninos empezaron a ser hechos por mujeres y no por hombres. Entonces, para nosotros es el teatro en sí y el oficio de actor, la profesión de actor, una formación ecléctica que incluye actuación, danza, canto, acrobacia, esgrima, todo es necesario, con constancia, seriedad, disciplina y donde por ‘arte’ se entiende el oficio de representar comedia”, dice esta pareja de jóvenes actores y docentes argentinos, itinerantes al mando de su propia compañía, el Teatro di Commedia (www.teatrodicommedia.com), que juntos fundaron en Italia donde se conocieron y descubrieron qué tenían en común.

La decisión fue divulgar este arte –también llamado commedia all’improviso, commedia degli zanni o commedia degli attori (¿acaso no es la “dramaturgia del actor”?)– respetando sus orígenes, por el mundo, sin una sede fija. “Si bien residimos desde 2006 en Madrid, vamos por todas partes con nuestros espectáculos y talleres. A Buenos Aires, tratamos de venir cada año porque encontramos gran interés, pero también desconocimiento: hemos dado charlas y clases especiales en el IUNA donde teóricamente se enseña pero hay un hueco al respecto que nos gustaría ocupar”, dice Calema, con acento bien castizo, sobre el Instituto Universitario Nacional del Arte donde se formó en actuación. Además, estudió con el maestro de mimos Angel Elizondo y con Julio Chávez, Julia Calvo y Carlos March; viajó a Italia para profundizar sobre la commedia dell’ arte en el centro de formación teatral VeneziaInscena y la Scuola Internazionale dell’Attore Comico de Antonio Fava; trabajó con Mosquito Sancineto en Match de improvisación y en 2008 fundó su compañía de improvisación en Madrid, Impromatch. Pero el espectáculo que trajo este año al teatro SHA, después de rodar por los festivales españoles de Toledo, Alcalá, Almagro y Almería, y por el de La Habana en Cuba, es La Celestina, la tragicomedia de Calisto y Melibea escrita por Fernando de Rojas en el despertar del siglo XVI, en versión y dirección de Darío Galo y la única interpretación de Calema.

Que nadie dude en contar lo lascivo de esta historia/que nadie se avergüence de los cuerpos y de las pasiones desatadas/porque al mostrar la danza del amor he pretendido una lección honesta / (…) Quien me juzgue por impúdica/ no habrá separado el grano limpio de las burlas y las mezquindades.

“Me enamoré del texto, que es muy rompedor para la época, una vieja hablando del carpe diem, un vive hoy que no siempre recordamos; y me gustó hacerla como unipersonal, con las dos marionetas de Calista y Melibea, los títeres y las máscaras. Si bien es cierto que no es un caso de commedia dell’arte puro, hay un sello de la compañía que es muy claro en relación a lo artesanal”, dice la actriz que manipula y se transforma en todos los personajes de la obra sin abandonar nunca el escenario.

En cambio, Metamorfosis de Arlequín, el espectáculo que desde 2007 viene haciendo Torregiani, aborda un clásico de la commedia dell’arte de manera didáctica. El actor cuenta la historia del Arlequín, desde que surge en el Renacimiento hasta su permanencia actual, en breves escenas en castellano e italiano. Llega al escenario cantando, como si fuera la plaza del pueblo, con un baúl, el traje de rombos, originado en el zurcido de parches y harapos, y la máscara de cuero que le cubre la mitad de la cara. Cada vez que se la pone, de espaldas al público, se da vuelta y es Arlequín, y al sacársela, vuelve al lugar del narrador, una transición que hechiza por su visibilidad; al revés del mago, el truco se revela ante nuestros ojos para asegurarnos que la magia es, efectivamente, real.

Realizadas por artesanos que mantienen la técnica tradicional, los mascherai, Calema y Torregiani usan las máscaras de cuero típicas de la commedia dell’arte donde todos los personajes, salvo los enamorados, las llevaban. “Su función fue recuperar un símbolo del teatro griego y latino, pero al ser media máscara, le permitía al actor expresarse y trabajar con la parte inferior de la cara. Es importante decir que cuando nosotros hablamos de máscara no sólo hablamos del objeto, del pedazo de cuero, sino también del hablar, la vestimenta, el maquillaje, las posturas, es decir, la máscara expresiva, porque todo es máscara”, dice el actor, recibido en la Accademia nazionale d’arte drammatica, de Roma, la misma donde se formaron Vittorio Gassman y Giancarlo Giannini, y que llevó su Arlequín, entre muchos otros festivales y plazas, al Carnaval de Venecia.

Juglares y bufones

Según ambos expertos resumen, la commedia dell’arte surge en Italia: “En la Edad Media, un solo juglar interpretaba varios personajes. En el Renacimiento italiano, lo novedoso es la reunión de varios juglares en la formación de una compañía teatral. Su origen es popular, trabajaban en las fiestas que hoy en día persisten como la del vino o la del queso. Y cada uno se especializaba en un personaje arquetípico: los criados que eran los zanni o bufones, buscavidas a veces tontos y otras astutos como Arlequín, Colombina, Polichinela; los viejos como Pantaleone, el prototipo del mercader de Venecia avaro y ruin; el Capitán, arrogante y fanfarrón que esconde a un gran cobarde (Spavento, Scaramouche, Giangurgolo y muchos, según el origen);  los Enamorados, siempre distraídos por su pasión. Según el tamaño de la compañía, era la cantidad y variedad. Cada uno podía improvisar, pero basándose en un canovaccio o estructura y en la lógica de su personaje, con su repertorio de frases y bromas. Es decir, había un texto que se fijaba pero que aún no se escribía.

Desde Italia, las compañías emigraron al resto de Europa, tal vez por la competencia que las empujaba a abrir nuevos espacios, tal vez perseguidas por la fuerte crítica social que encerraban sus parodias bufonas. Herencia más duradera del Renacimiento italiano, la commedia dell’arte marcó las obras de Shakespeare, Marivaux, el Siglo de oro español (Lope de Vega, Tirso de Molina, Cervantes, Lope de Rueda), las sátiras de Molière en el siglo XVII, las comedias de Carlo Goldoni (Arlequín servidor de dos patrones, 1745) y, por supuesto, la pantomima, el circo, el melodrama y el clown. Por qué no pensar que hasta La Nona, de Roberto Cossa, es un grotesco argentino con esas marcas. En definitiva, todo texto puede hacerse en clave de commedia dell’arte. Y siempre rondará su crítica ácida, cada vez que los actores se planteen recuperar la creatividad y la  dignidad del oficio.

FICHA
“La Celestina”, de F. de Rojas. Versión y dirección: Darío Gallo

Lugar: Teatro SHA (Sarmiento 2255).
Día y horario: martes a las 21.
Localidades: $ 60.
Info: teatrodicommedia.com

Revista El Guardián > Tim Robbins

“Hollywood es como una novia traicionera”
Ciudadano de honor. La Asociación Argentina de Actores, presidida por Alejandra Darín, le entregó un premio Podestá a la Trayectoria honorable.Ampliar

REVISTA EL GUARDIAN > CULTURAS

TIM ROBBINS

“Hollywood es como una novia traicionera”

El actor estadounidense estrena en el San Martín la obra 1984, que dirige. En una charla a la que asistió El Guardián, criticó al cine yanqui, se rió del esnobismo de las estrellas y habló del teatro como salvación y refugio.

SÁBADO 28.04.2012 – EDICIÓN N ° 61

Escribe Leni González

lgonzalez@elguardian.com.ar

Fotos Juan Pablo Barrientos

Está en los ojos. Por ahí donde aflora la verdad emocional. Los norteamericanos dicen que “el escenario no pagó para ver nada”, una expresión para referirse a los actores que buscan algo en el piso, que no transmiten las emociones al público. El talento de un actor, para Tim Robbins, está en los ojos. Y para el actor, director, dramaturgo y cantante, el mejor lugar para que esa verdad sea completa es el teatro.

Mucho más conocido en la Argentina por sus trabajos cinematográficos, por primera vez se presenta en el rol de director teatral. Esta novedad se inaugura con 1984, la novela de George Orwell adaptada por Michael Gene Sullivan, que estará sólo tres funciones, desde el jueves 12 hasta el sábado 14, en el San Martín (con subtítulos en español, entradas a 80 y 100 pesos). Será interpretada por The Actor’s Gang, cuyo director artístico es el mismo Robbins. El elenco está integrado por Cameron Dye, Cynthia Ettinger, Chris Schultz, Kaili Hollister, V. J. Foster y Steven M. Porter, todos ellos integrantes del grupo que dirige Robbins desde que lo fundó –hace 30 años– en la Universidad de Los Ángeles, en 1981.

“Nuestra compañía siempre ha preferido las obras de la tradición europea más que el realismo americano, porque es el teatro de las grandes ideas. Tengo pasión por los actores del realismo americano pero creo que funcionan mejor en el cine que en el teatro. Me interesa la química del teatro, la vitalidad cada vez mayor que establece con la sociedad. Mientras el contenido maduro en el cine disminuye, en el teatro aumenta. No se deja robar, no se puede bajar de internet”, proclama en la esperada conferencia de prensa ante los medios argentinos que ofreció en la sala Casacuberta del San Martín. Allí estuvo escoltado por el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, y por el director del Complejo teatral de la Ciudad, Alberto Ligaluppi, feliz por volver a ofrecer programación internacional.

Recién llegado del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, donde presentó 1984, Robbins es un hombrón con mucho pelo blanco, cara de nene jugando y los ojos siempre brillantes con el humor que permite el talento.

Hace poco más de dos años se separó de Susan Sarandon, después de 23 temporadas y dos hijos, Jack Henry (22 años) y Miles Guthrie (19). La actriz tiene, además, otra hija, la actriz Eva Amurri (27), fruto de su relación con el director Franco Amurri. Sarandon y Robbins se conocieron cuando Eva tenía tres años, mientras filmaban La bella y el campeón(de Ron Shelton, con Kevin Costner). Ella tenía 42 y él, 30. Nunca se habían casado pero parecían, y lo fueron, una de las parejas más estables de Hollywood. Hijo del cantante y músico folk Gil Robbins, la angustia de la ruptura lo llevó a las fuentes y lo estimuló a escribir 16 canciones que grabó en el disco Tim Robbins and the Rogues Gallery Band, después de mostrárselas a Lou Reed, Tom Waits y Leonard Cohen. Contar historias con la guitarra y con su compañía de teatro –y no el cine– lo ayudaron, lo ayudan, a sentirse mejor.

“El ser ‘estrella’ de cine y televisión, convertirte en famoso, te da un aura de superficialidad que termina haciéndote creer que uno es eso porque se pierde el contacto con el público, salvo cuando se lo saluda desde la alfombra roja (risas). En cambio, en el escenario tenés los pies en la tierra y hay que ser humilde para poder componer un personaje”, reconoce el ganador del Oscar y del Globo de Oro a Mejor actor de reparto por Río Místico (Clint Eastwood, 2003). En el 94, Robbins se destacó por su actuación en Sueños de libertad (Frank Darabont, con Morgan Freeman) y fue premiado con el Globo de Oro por Las reglas del juego y Ciudad de ángeles, ambas de Robert Altman. Como director, filmó tres películas de contenido político y denuncia social: Ciudadano Bob Roberts (1992), Mientras estés conmigo (con Sarandon y Sean Penn, 1995) y Abajo el telón (con Sarandon, John Cusack y Vanessa Redgrave, 1999).

“No estoy interesado en hacer películas sólo por el hecho de hacerlas. Depende de qué guión, si me interesa o no. Pero, en general, los guiones interesantes no pagan mucho por hacerlos (risas), hoy en Hollywood sólo importan las películas para chicos de 15 años. Claro que tengo una hipoteca y debo pagar las cuentas –admite el actor que participó en el film del superhéroe Linterna verde– pero me haría muy feliz vivir en un país donde se hicieran películas inteligentes para adultos. En este momento, parece que no puedo confiarle mi felicidad a Hollywood. Es como una novia traicionera”.

Nació en California el 16 de octubre de 1958, se crió en Nueva York y estudió Actuación en la Universidad de Los Ángeles. Cuando se graduó, con otros estudiantes formó el Actor’s Gang. Hasta hoy, el grupo que dirige realizó más de 85 producciones y  recibió más de 100 premios, pasó por más de 40 estados de los Estados Unidos y ha hecho giras internacionales por Londres, Atenas, Melbourne, Brisbane, Hong Kong, Madrid y Barcelona. Además, la compañía brinda programas educativos gratuitos para los jóvenes, lleva a cabo puestas en las cárceles con los presos y ofrece teatro accesible para la comunidad.

Como dramaturgo, Robbins escribió, entre otras, Embedded/Incrustados –presentada en el teatro de The Actors’ Gang, en Los Ángeles; en The Public Theatre, en Nueva York; y en Riverside Studios, en Londres– y la exitosa versión teatral de su guión de Dead Man Walking/Mientras estés conmigo.

“Es extraña la relación que la compañía tiene con Hollywood ya que estamos en Los Ángeles. Lo que les debe quedar claro a los jóvenes actores muy ambiciosos que se acercan es que somos un teatro y punto, no una castinera para películas. Queremos actores que amen y quieran hacer teatro y tenemos una política contra los imbéciles (risas) y contra el divismo. Y, además, se trata de un grupo de buenas personas, de amigos interesados por el riesgo. Y se puede fracasar”, aclara.

–¿Por qué hacer 1984 ahora?

–Hoy me parece más relevante hacerla que cuando se escribió, en la posguerra. Había recibido la adaptación teatral de Michael Gene Sullivan hace cinco años. Estaba tan emocionado por su encuadre de la historia, su habilidad para hacer que el material resonara, que tenía sospechas de que él, como dice uno de los personajes en la obra, “estuviese inventándoselo.” Había leído el libro hacía veintitantos años y honestamente no recordaba algunos de los pasajes. Inmediatamente me puse a leer 1984 otra vez y quedé pasmado por su vigencia, su  perspicacia, sus advertencias, y desafortunadamente me di cuenta de que este libro era mucho más contundente y necesario ahora que nunca.

Orwell dijo en cartas que el libro trataba sobre los excesos totalitarios tanto de derecha como de izquierda. Dijo también “no creo que el tipo de sociedad que describo necesariamente va a llegar, pero creo (teniendo en cuenta, por supuesto, el hecho de que el libro es una sátira) que algo que se le parezca podría suceder”. Creo también que las ideas totalitarias han arraigado en las mentes de intelectuales en todas partes, y yo he tratado de llevar estas ideas a sus lógicas consecuencias. Por eso creo que la obra tiene vigencia, porque habla de los mecanismos de poder de los gobiernos pero también sobre la tenacidad y la valentía del amor, que pueden ayudar a que uno se mantenga libre más allá de las presiones de los gobiernos.

Acerca del Movimiento de indignados contra Wall Street, la protesta que surgió en Nueva York en 2011 contra la desigualdad social, también tomó partido: “Me parece muy importante que se esté hablando de las diferencias entre ricos y pobres. Y lo que más me emociona de este movimiento es que no me necesita (risas), que no se dé en torno a la fama o a las celebridades, sino que su tarea básica sea formular preguntas. En cambio, el Tea Party es un movimiento ilusorio que se promociona como surgido de la gente, pero sólo tiene a millonarios en sus filas”, dijo sobre el grupo ultraconservador.

–En el circuito comercial de Buenos Aires se presentan obras que llegan promocionadas como éxitos de Broadway. ¿Qué opina sobre el teatro de su país en este momento?

–¡Me gustan mucho los musicales! (el director tomó la pregunta en ese aspecto: teatro comercial igual a musicales). Está bien relajarse y divertirse, no hay que cerrarse y alejarse de la gente, hay que estar en comunidad con nuestro público y odio al teatro que pone un muro y es sólo un ejercicio intelectual. Pero mi interés es el teatro visceral, el que atiende la condición humana del mundo contemporáneo. Valoramos al público que se arriesga, que busca preguntarse y preguntarnos.

“Las preguntas terminaron”, cortó Ligaluppi. Entonces, se acercaron miembros de la Asociación Argentina de Actores para entregarle el premio Podestá “por su magnífica carrera como actor, escritor y director, como su trascendente compromiso con su gremio y con su tiempo”. Él se puso de pie y habló a la platea: ”Es un gran honor. Los actores elegimos otra clase de vida, una elección criticada por padres y abuelos. Pero tenemos el honor de provocar risas y lágrimas en el público”, dijo, mirándonos a todos a los ojos.