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04/08/11
ESCENARIOS

El combate sin fin contra la muerte

El primer volumen de las obras dramáticas de Copi llega, en las traducciones rioplatenses que merecía, para ocupar ese lugar medular, tan pospuesto, en el canon teatral argentino.

POR LENI GONZALEZ

El combate sin fin contra la muerte

El combate sin fin contra la muerte

“Copi no necesita ser rescatado por nadie”, dice Federico Botana, hermano menor de Raúl Damonte Botana, conocido desde la cuna como “Copi”. Profesor de Historia del Arte en la Universidad de Londres, donde reside, Botana rechaza el término “rescate” y lo cambia por “un mayor reconocimiento de su obra teatral”: “Y no sólo en la Argentina, también en Francia, España, Italia y otros lugares.”.

Teatro 1 , que incluye las piezas “El día de una soñadora”. “La torre de la Defensa”, “La noche de Madame Lucienne” y “Una visita inoportuna”, es el libro que la editorial El cuenco de plata, dirigida por Edgardo Russo, acaba de publicar y al que seguirá Teatro 2 , con “Las escaleras del Sagrado Corazón”, “Loretta Strong”, “La heladera” y “La pirámide”; todas escritas en francés, la lengua usual de Copi desde que se instaló en París en 1962. “Es increíble que todo esto no se haya publicado antes. Son razones que me exceden y habría que preguntarles a las editoriales. Empezamos desde 2009 con el rescate de la obra no publicada de Copi, con las novelas La ciudad de las ratas y La guerra de las mariconas , y ahora seguimos con estas ocho obras. Antes, cuando fui director de Adriana Hidalgo, se publicaron las piezas Eva Perón y, en un mismo volumen, Cachafaz y La sombra de Wenceslao ”, explica el editor. El resto de sus obras de teatro son Un ángel para la señora Lisca (la única estrenada en la Argentina, antes de que Copi emigrara a los 22 años), Santa Genoveva en su bañadera , El cocodrilo y el té , La copa del mundo , El homosexual o la dificultad para expresarse y Las cuatro gemelas : por ahora, tendrán que esperar.

“Copi es un dramaturgo excepcional, casi ignorado por el teatro nacional hasta la década del 90. Me sorprende la paradoja de hacer un teatro tan argentino en Francia. Tal vez si no se hubiese ido, Copi no habría escrito un teatro tan nacional. Tiene zonas inquietantemente argentinas como el humor, la relación con el tango, el sainete y el grotesco y los imaginarios de la violencia. Recuerdo que fue fundamental para volver a pensar en Copi un curso que dio César Aira en el Rojas, luego recogido en librito, y las puestas de Maricarmen Arnó de La noche de la rata ( La nuit de Madame Lucienne ) en 1991, en el Payró, y Una visita inoportuna en 1992, en el San Martín, y también La pirámide , por Roberto Villanueva, en 1995 en el Centro Cultural Recoleta. Recuerdo que no se conseguían los textos y mucha gente decía en ese entonces que eso no era teatro argentino, sino francés”, analiza el investigador teatral Jorge Dubatti.

Una visita inoportuna fue la última obra que escribió Copi, antes de morir, por complicaciones derivadas del virus del vih, a los 48 años. Fue estrenada en febrero de 1988, en el Théâtre de la Colline, con dirección de Jorge Lavelli y la actuación de Michel Duchaussoy, entre otros. Pero la versión debut en Buenos Aires fue traducida por la madre de Copi, Georgina “China” Botana. Con un elenco integrado, entre otros, por Jorge Mayor, Ana María Casó y Juan Carlos Puppo, la directora recuerda que para su puesta en escena partió de la idea de Copi de que la obra es una “comedia de la muerte”: “Es comedia cuando toma lo sagrado (la muerte) con una estética profana; es comedia en cuanto al tratamiento del tema. Pero también es tragedia en tanto el destino trágico e inmodificable del protagonista”, dice Arnó. Los ensayos, que duraron cinco meses, fueron rigurosos ya que “Copi es un autor que no acota nada y eso es bueno y peligroso a la vez. Sus obras son en apariencia muy caóticas, pero tienen una estructura muy sólida. Di a los actores fue una gran libertad inicial de cómo recorrer ese texto desde lo vocal y corporal y la utilización del espacio. Muy pocas veces hemos hecho improvisaciones. Copi decía que ‘en el teatro no se improvisa nada. ¿Qué vas a improvisar? El que escribe sabe escribir, el que va a hacer la puesta, sabe cómo hacerla, el actor conoce su trabajo y el que sabe hacer un traje, hace un traje. Alrededor de eso se trabaja. Improvisar, improvisan los chicos en el jardín de infantes’”. La respuesta del público fue disímil: “Hay quienes aplaudieron y se conectaron con ese humor ácido y corrosivo de Copi. También hubo espectadores que no pudieron reírse, que no pudieron despegarse de la tragedia. Y hubo gente a la cual la obra le pareció un disparate. Copi no es un autor masivo. Su humor es cruento, duro, muy particular”, reconoce Arnó.

“Lo importante es la muerte, no el sida. No se regodea en su propia enfermedad sino que es la pirueta final antes de caer el telón”, dice Jean François Casanovas, que interpretó a Regina Mortis en la versión del francés Stephan Druet, en el Kónex en 2009, con Moria Casán en el papel de la enfermera: “La obra tenia un ritmo vertiginoso, de histeria colectiva, todo era muy gritado y no sé si esa era la idea”, dice el actor que “habló” por primera vez arriba de un escenario con otra obra de Copi, Las cuatro gemelas , dirigida por Miguel Guerberoff, en 1997, en Ave Porco.

Tres días antes de morir, Copi ganó el premio Ville de París al mejor autor dramático por La noche de Madame Lucienne , que estrenó, en 1985, Lavelli en el Festival de Avignon, con Facundo Bo (otro argentino) y la estrella María Casares como la monstruosa Vicky Fantômas. Además de ésta y Una visita inoportuna , fue Lavelli el que dirigió la primera obra de Copi en París, en 1966, Santa Genoveva en su bañadera , a la que siguieron El día de una soñadora , Las cuatro gemelas , El homosexual o la dificultad de expresarse y La sombra de Wenceslao , que tradujo al francés y estrenó en 2000 en el Théâtre de la Tempête.

“Te dedico esta obra como tierno recuerdo de la ciudad de Buenos Aires, que fue para nosotros un poco el parque de nuestra infancia” , le escribe Copi a Lavelli en El día de una soñadora . “Monté esa obra en el desaparecido Théâtre de Lutèce, en 1968: el Copi de esa época estaba influenciado por los americanos Thorton Wilder y Tennesse Williams, a lo que se agregaba su propia libertad de construcción. Tenía un humor casi inocente y una herida profunda que investía la atmósfera, desgarraba la sensibilidad, un estilo que sorprendió por su fuerza poética. A partir de allí, su teatro cambió: la lengua se concentra, se reduce, se endurece, se puede decir que se becketianisa , si no fuera que Beckett es un autor de una sola idea y Copi, todo lo contrario”, dice Lavelli desde París.

En Buenos Aires, El homosexual o la dificultad de expresarse fue llevada a escena por Pompeyo Audivert, en 2010, y por Guillermo Ghío, en 2005, en el teatro Anfitrión, con Carlos Portaluppi y Marcos Montes. “Nos permitió reflexionar sobre las secuelas de la crisis de 2001 en una clave que, si la definiéramos como ‘humor’ sería simplificarla. Igual que lo que pasaba con el público, al ensayarla pasábamos de lágrimas de risa a momentos donde la violencia de las situaciones se nos hacía carne”, dice Ghío.

“Malditismo”, dice el traductor de Eva Perón , Jorge Monteleone, para referirse al efecto que causaba el nombre de Copi en la Argentina de los setenta: “ Eva Perón fue estrenada a comienzos de 1970 por Alfredo Arias en el teatro L’Epée de Bois. El papel de Evita lo hizo Facundo Bo. El diario Crónica dio la noticia: ‘Inaudito: un actor hará de Eva Perón’ y el copete: ‘Autor irrespetuoso en un teatro de París’. Hubo amenazas, boicots con anuncios de bomba y pintadas en el teatro que decían ‘Vive le justicialisme’ . La obra padeció una especie de malditismo y creó una animadversión hacia Copi y, en particular, a esa pieza que cuestiona la mitologización de Eva. A tal punto que treinta años después la obra no estaba traducida en la Argentina y sólo fue representada en alguna función aislada”. Las puestas a las que se refiere Monteleone son: en el marco del ciclo Tintas Frescas, en 2004, la francesa de Marcial Di Fonzo Bo, sobrino de Facundo Bo, y la de Gabo Correa, quien ya había actuado en obras de Copi bajo la dirección de Miguel Pittier ( Las viejas putas , en 1994, una adaptación del cómic, y Cachafaz , en 2001) y que como director quiso ir en contra del mandato del autor: “Elegí a una actriz (Alejandra Flechner, como Eva) porque no me interesaba encarar a partir del paradigma de la travestización de Evita, efecto que si bien era un rasgo copiano esencial, ubicaba a la obra en una parodia de ese momento histórico de la Argentina y del peronismo. Así, se potenciaba la relación con Perón y el discurso crudo y rabioso de Eva”.

Amigos desde jóvenes, además de esa primera y estruendosa Eva Perón , Alfredo Arias también dirigió en París Las escaleras del Sagrado Corazón y La heladera (que en Buenos Aires estrenaron Albornoz y Juan Andrés Ferrara, en 2004); y fue en 1998, en el San Martín, que presentó la versión teatral de la creación más conocida de Copi, La mujer sentada , con Marilú Marini. “Le pedí permiso para intervenir con mi dramaturgia el material de la historieta y aceptó. A mí me permitía esa elaboración cáustica, esa transposición del dibujo al espacio escénico sin traicionar el mundo de Copi”, dice Arias. Sobre su personaje, Marini dice: “En lo corporal, trabajé La mujer sentada con una movilidad totémica, aunque parezca contradictorio, ya que el trazo fino con que Copi la inscribía en la página la hacía aérea y pesada. Ella es una ignorante metafísica, una figura trágica por su obstinación imprevisible que la hará estrellarse contra la muralla y que nos hace sonreír.” En noviembre de 2012, Arias dirigirá la ópera Cachafaz del compositor argentino Oscar Strasnoy, sobre el texto original en verso de Copi. Según Pittier, que la dirigió en 2001, “ Cachafaz representa la memoria que Copi guardaba de la Argentina, la gauchesca y el teatro de las épocas en que se usaba telón rojo”. En conjunto, es probable que este proyectado estreno, sumado a la publicación de sus obras, impulse una suerte de “año Copi”, un acontecimiento del que él se habría reído mucho porque su teatro, como bien lo conocía Lavelli, “es una celebración de nuestro pasaje por el mundo y un combate sin fin por recomenzar la vida, aún después de la muerte”.

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