Edith Stein. ADN.

Filosofía

Teresa Benedicta de la Cruz, la santa filósofa

Nacida como Edith Stein y convertida al catolicismo a los 31 años, fue una brillante discípula y colaboradora de Husserl. Pudo haber emigrado a Sudamérica durante la Segunda Guerra Mundial, pero decidió quedarse en Holanda y murió en Auschwitz. Juan Pablo II la canonizó en 1998

Por Leni González  | Para LA NACION

No hace ni un siglo, en abril de 1933, la monja carmelita Teresa Benedicta de la Cruz mandaba una carta a Pío XI esperando un gesto ante los ataques a la comunidad judía en Alemania con la llegada al poder de Adolf Hitler. La respuesta fue una carta con bendiciones. Era la época, dirán. Los climas de la historia acuden a cobijarnos de la incomprensión pero dejan espacio para los imponderables, esas decisiones únicas que también construyen el devenir. Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, es uno de esos casos.

¿Por qué no escapó? ¿Por qué permaneció en la celda del monasterio carmelita en Echt, Holanda, a la espera de la Gestapo? El 2 de agosto de 1942, a ella y a su hermana Rosa se las llevaron. Una semana después, el 9, la cámara de gas de Auschwitz terminó una historia que podría haber tenido otro final, en otro lugar, por qué no en Sudamérica, si ella hubiera aceptado ese ofrecimiento. Pero no. Edith Stein eligió.

Nuevas moradas

En Buenos Aires, una mujer judía, universitaria, inquieta, se sintió identificada con la historia de Edith Stein. Es Lili Grinberg, escribana, autora de la novela Christina y el gasolero (una mirada a Dreyfus), danza-terapeuta y actriz, quien estrenó el año pasado La séptima morada, unipersonal con dirección y adaptación de Stella Galazzi (declarada agnóstica), basado en el guión de Éva Pataki para el filme homónimo de 1995, de la húngara Marta Meszaros. La obra, que volvió a escena este año en El Tinglado y continuará próximamente en el Colegio de Escribanos de La Plata, podrá verse por el Canal 21 del Arzobispado el Viernes Santo y en otras doce emisiones durante el año.

Fue Matilde Kusminsky, la mujer de Ernesto Sabato, judía y cristiana conversa, quien le acercó el mundo de Stein a Grinberg. “En la facultad también me había impactado la fenomenología de Husserl y, desde chica, igual que ella, quise ser tratada con dignidad. Y me fascinaba la figura de la reina Ester; Stein decía que ella era una pequeña y débil Ester sacada de su pueblo para testimoniar ante el rey, pero el rey que la había elegido era infinitamente grande y misericordioso”, dice Grinberg, que no fue criada en un ámbito religioso pero sí atento a la tradición. Su acercamiento tan íntimo al tema, esa necesidad de buscar la verdad, de llegar a la esencia, no la condujo a la conversión sino a profundizar con un rabino reformista de manera abierta: “No me gustan las divisiones. Por diferentes razones, personas judías y católicas me dijeron que se emocionaron con la obra y eso es lo que me importa”. Las monjas carmelitas, que visitó en el monasterio del barrio de Almagro y que fueron espectadoras, rejas de por medio, de La séptima morada, le pidieron que escribiera un libro sobre su itinerario con Edith Stein.

Entre Goethe, Husserl y el Talmud

“En mis sueños, veía siempre ante mí un brillante porvenir. Soñaba con la dicha y la gloria pues estaba convencida de estar destinada a algo grande y de que no estaba hecha en absoluto para el estrecho marco de pequeñoburgués en el que había nacido”, cuenta Edith en su autobiografía (traducida al español con el título Estrellas amarillas). Era la menor en un hogar de siete hijos (otros cuatro murieron prematuramente) a cargo de su madre, Auguste Courant. El papá, Siegfried Stein, había muerto cuando Edith aún no había cumplido dos años y la casa, los chicos y el negocio familiar de maderas y carbón quedaron a cargo de la viuda. La más pequeña nació el 12 de octubre de 1891, fecha que coincidió con Yom Kippur, el Día del Perdón, una marca de especial predilección para una Auguste tan orgullosa de las tradiciones de su pueblo como de pertenecer a Alemania.

Vivían en Breslau, capital de Silesia, Prusia (hoy es Wroclaw, Polonia), de manera sencilla, rodeados de los rituales de la madre y de los libros e inquietudes de los hermanos mayores. En la casa, el shabat se respetaba con descanso pero en lugar del Talmud, a Edith le leían a Goethe o Schiller. La escena era repetida en la época y convirtió al judaísmo en vehículo de la cultura alemana.

“Golpead la piedra (stein en alemán) y brotará la sabiduría”, dijo el director cuando le entregó premios y honores al término de su bachillerato en 1911. No fue una alumna convencional. Había dejado el liceo por dos años, cansada de la enseñanza escolar (“necesitaba otra cosa distinta”, escribe), y se fue a Hamburgo a visitar a su hermana Elsa, casada y madre, con total apoyo de Auguste. Era por poco tiempo, pero se quedó diez meses durante los cuales no estudió formalmente aunque leyó sobre maridos de doble moral que contagiaban sífilis a las esposas. Su cuñado era médico especialista en enfermedades de la piel y venéreas. En ese hogar, tan cerca del ateísmo y tan lejos de la autoridad materna, Edith dejó de rezar “consciente y voluntariamente”: la fe de la infancia la había abandonado.

Con ese espíritu volvió, terminó el liceo e ingresó en la Universidad de Breslau para estudiar psicología (uno de sus maestros fue William Stern, el que empleó por primera vez el concepto “coeficiente intelectual”) pero cambió a la de Gotinga, donde enseñaba Edmund Husserl. Decepcionada con la psicología experimental e impresionada por la lectura de Investigaciones lógicas, inició el cambio más importante de su vida: ingresó en la escuela fenomenológica. Adolf Reinach, asistente de Husserl y judío convertido al protestantismo al igual que el maestro, la presentó al que llamaban el “filósofo de nuestra época” y la integró en esa sociedad intelectual formada por, entre otros, Hans Theodor Conrad y su mujer, Hedwig Martius. Conoció allí a Max Scheler, convertido al catolicismo, de quien quedó fascinada: “No me condujo a la fe pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya no podía permanecer ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos tener todas las cosas ante los ojos sin prejuicio y despojarnos de toda anteojera”.

A Husserl le propuso que el tema de su tesis doctoral fuera una investigación sobre la Einfühlung(empatía), el término que usaba el profesor en sus clases para explicar que sólo una experiencia intersubjetiva permite la percepción de un mundo exterior. La tesis debió esperar a causa de la Primera Guerra. Stein se ofreció como voluntaria en la Cruz Roja y fue enviada a un hospital austríaco de enfermos contagiosos pero en 1916 retomó los estudios y terminó la tesis.

Sobre problemas de empatía

El tribunal de doctorado le otorgó la máxima mención, summa cum laude, y Husserl la nombró su asistente en la Universidad de Friburgo de Brisgovia, al oeste de la Selva Negra. Dos años después abandonó el cargo, decepcionada: no había trabajo conjunto con Husserl. Volvió a Breslau a dar clases de filosofía en su casa: Gotinga se había negado a aceptar a una mujer al frente de una cátedra. Años después también sería rechazada en la Universidad de Hamburgo, no por mujer sino por judía.

Según cuentan Waltraud Herbstrith y Marie-Dominique Richard, en Edith Stein, la locura de la cruz, a Husserl le gustaba bromear diciendo que merecía ser canonizado por la Iglesia católica, dada la cantidad de discípulos que habían encontrado la fe gracias a la fenomenología, que concebía a Dios como posibilidad objetiva de la trascendencia. El filósofo Pablo Dreizik, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires, explica:

Seguramente hay que comprender la conversión al catolicismo de Edith Stein en la perspectiva de su educación en un ambiente de judíos asimilados y patriotas prusianos de mentalidad política liberal. Un marco similar al de los filósofos Hannah Arendt, Hans Jonas y Karl Löwith. Como si el fondo disponible de recursos para una “espiritualidad” o una “trascendencia” no hubiera podido ser provisto por el legado judío de la época, marcado ya por la secularización. Pero Stein no fue sólo una mística, sino que -paradójicamente- se formó también en lo más riguroso de la fenomenología husserliana y llegó a formular las más sofisticadas teorías de la intersubjetividad y la empatía que la filosofía alemana entregó al pensamiento contemporáneo.

Dreizik compara ese camino con el del filósofo alemán Franz Rosenzweig: “En 1913, él había ?retornado’ a su religión desde esa misma educación del judaísmo liberal e integrado a la vida alemana. Habría que pensar la lógica que preside ambos movimientos opuestos”, dice acerca de ese pensador que estuvo por convertirse al cristianismo pero, al visitar por casualidad una sinagoga en Berlín durante Yom Kippur, se convenció de dedicarse al estudio y la enseñanza del judaísmo.

Tres hechos confluyeron para que Stein cruzara el umbral del bautismo el 1 de enero de 1922: la entereza y esperanza que observó en la viuda de su querido Reinach, muerto en el frente; el desengaño amoroso con el fenomenólogo Hans Lipps y el Libro de la vida, la autobiografía de santa Teresa de Jesús que halló en la biblioteca de su mejor amiga, Hedwig Conrad-Martius.

Pocos días antes de la muerte de Husserl, el 21 de abril de 1938, ella tomaría los votos perpetuos. Durante ese tiempo, enseñó a jóvenes en el colegio de las dominicas de Espira, dictó conferencias sobre la integración de la mujer (en 1919 votaron por primera vez en Alemania), estudió y tradujo a santo Tomás de Aquino, dio clases en el Instituto de Pedagogía científica de Münster, viajó a París, conoció a Jacques Maritain y a Émile Meyersohn, fue solicitada en los circuitos intelectuales. Pero llegó 1933 y los nazis prohibieron a los judíos ocupar puestos públicos.

Rechazada la propuesta para la docencia en Sudamérica, la doctora brillante, la que había logrado el reconocimiento profesional, decidió entonces ingresar, a los 42 años, en el convento carmelita de Colonia Lindenthal, donde tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Esta vez su madre no la acompañó: nunca más volvió a escribirle y murió en 1936, para la misma época en que Stein terminaba su obra principal, la que cruza fenomenología y pensamiento tomista: Ser finito y eterno, que se publicó recién en 1950, a ocho años de su muerte.

“Yo ya había oído hablar de las medidas contra los judíos. Pero la luz brotó de pronto en mi mente: Dios había vuelto a posar severamente su mano sobre su pueblo y el destino de ese pueblo era también el mío”, le escribe a una amiga. Por su seguridad, tras el pogromo de noviembre de 1938, ella y su hermana Rosa se trasladaron al convento holandés de Echt. Habría preferido el convento de Belén, pero el protectorado británico en Palestina había puesto un límite a la inmigración de judíos. Con la caída de Holanda en 1940, ambas fueron aceptadas en conventos de Suiza pero no pudieron viajar. Fueron de despacho en despacho, en 1942, en Ámsterdam, pero la “solución final” ya estaba cerrada. 242 judíos católicos fueron deportados el 2 de agosto en represalia explícita por la carta pastoral de los obispos holandeses contra la opresión al pueblo de Israel de fines de julio. Edith Stein no murió como mártir cristiana sino como víctima de la Shoah, una víctima del nazismo por su condición de judía. “No, nos salvamos Rosa. Debemos marchar por nuestra gente. Ésta es la última noche”, dice en La séptima morada.

Fue beatificada en 1987 y canonizada en 1998 por Juan Pablo II. La sobrina de Edith Stein, Susana Batzdorff, hija de Erna, recordó: “Millones de personas miraban al Papa beatificar a nuestra tía. Pero en 1933, ella no recibió ninguna respuesta del Papa cuando trató de atraer su atención sobre el destino de los judíos. A pesar de todo, considero la voluntad de la Iglesia católica de mejorar las relaciones con los judíos como una señal de penitencia por lo que se habría podido hacer y no se hizo”..

La obra La séptima morada, de Lili Grinberg, es una muestra de que ese puente, como lo soñó Stein, es posible.