Y finalmente salvarnos

El cuerpo del otro

SÁBADO 12 DE DICIEMBRE DE 2015

Rigurosa, una mujer se para frente al público para contarle una historia real sucedida hace 65 años. Como una conferencista ante el auditorio, nos presenta el caso pero en lugar de señalar en un powerpoint o pasar un video, pone en juego su cuerpo de actriz y deja explícita la convención teatral: cada vez que cruce la línea de tiza marcada a su lado -nos advierte-, ingresará a otro tiempo y lugar para ser otra, Raquel, un ama de casa de pueblo que vive con el marido, la cuñada soltera y una pequeña hija, y a quien han diagnosticado una “enfermedad innombrable”. Cuando vuelva a cruzar la raya, retornará al presente, un aquí y ahora reforzado por la puesta en hora del reloj despertador.

Por un lado, la historia de la discriminación contra una mujer afectada por la más estigmatizada de todas las enfermedades (nunca es nombrada, pero no es difícil entender que se trata de lepra). Y en 1950, en el infierno de un pueblo de provincia, cuando el avance científico todavía no había desactivado el temor al contagio, a Raquel le prohíben tocar a su hija. En estos casos, la culpa es del enfermo, que además es mujer, es joven y trae problemas cuya solución cuesta mucho dinero. La crueldad puede ser un detalle cuando no nos incumbe.

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Rubén Szuchmacher. revista Noticias

PERSONAJES

Rubén Szuchmacher (64)

Lo incapturable” es el título del último libro del actor y director teatral Rubén Szuchmacher, maestro del arte de puro presente que no se lleva a casa, no se luce en la biblioteca ni acepta repetirse por múltiples pantallas. Intensa fugacidad del aquí y ahora, lo inasible es también Szuchmacher, eterno perseguidor de sí mismo en el psicoanálisis. Encontrado y perdido, acaso la definición que mejor le calce sea la del nombre del libro publicado por Random House Mondadori. Porque no es fácil capturar a los yumájeres en un solo manotazo periodístico. Tampoco recordar la manera exacta en que se escribe su apellido, casi una metáfora de algo que siempre, invariablemente, se escapa.

Tengo una colección de formas en que me han escrito el apellido y cada una más ridícula, hasta hoy. Y tuve otra desgracia: mi nombre es Rubén Rolando y me ponian Ruben Orlando como el peluquero. Hasta documentos y cheques. Todo el tiempo tuve que estar peleando por mi identidad. Es notable”, dice el coordinador artístico de las salas ElKafka y el Payró.

Noticias: ¿El nombre elegido fue por su padre?

Rubén Szuchmacher: Mi padre se llamaba Jaime Rubén. Y hace algo muy interesante conmigo. Se casa con una no judía y le pone a su hijo varón su segundo nombre, algo que está prohibido en la ley judía: no se pone el nombre de una persona viva. Mi papá venía de una familia ortodoxa y comete esta especie de doble transgresión. Cuando a los 13 años le pido hacer mi Bar Mitsvá -porque todos mis compañeros lo hacían- me dijo que no: “Nosotros somos comunistas”, dijo. Lo gracioso es que cuando vino de Polonia, entre las pocas cosas que trajo, estaba su tefilin que es esa bolsita con las cosas para el Bar Mitsvá. Ese es el único objeto que tengo de mi padre. Y mi conexión con el judaísmo es política y cultural, mi manera de leer un texto tiene que ver mi tradición. Soy ateo pero ¿quién se salva de tener algun pensamiento religioso?

Noticias: ¿En su casa se respetaban las fiestas religiosas?

Szuchmacher: El único día que mi papá no trabajaba era el Día del Perdón, que dedicaba al recuerdo de su familia muerta por el nazismo. Para mis hermanas y yo era bárbaro faltar al colegio los días de festividades judías. Pero también festejábamos Navidad y Año nuevo.

Desde Polonia, a los 17 años, llegó Jaime, en 1937. A la joven Olga, argentina, de origen catalán-francés y español, la conoció en algún acto político del Partido Comunista. El amor, las ideas y las ganas de salir adelante los unieron a pesar de la diferentes tradiciones. Tuvieron tres hijos: Victoria, Perla y Rubén: “Mi viejo era obrero y llegó a tener una pequeña fábrica de tejido de punto, camisetas y anatómicos, como se les decía. Hubo un momento breve de esplendor y luego en la época de Frondizi, quebró. No éramos de dinero pero si muy ligados a la cultura, se compraban libros y discos, había que hacer cosas. Una familia progresista, no religiosa pero con una fuerte impronta idishista”.

A los 6 años ya estaba estudiando música y teatro en la Escuela de Iniciación Artística del Teatro IFT . “Había un espíritu de época. A los 13 años, con un par de compañeros de quienes no recuerdo el nombre (ojalá leyeran esta nota) fundamos un cineclub en el IFT. Le pusimos ‘Shunko’ como la película de Lautaro Murúa, y la primera película que pasamos fue ‘Crónica de un niño solo’, de Leonardo Favio que todavía no se había estrenado. Me recuerdo hablando con él. Ahora todo se maneja diferente, es más cholulo, más ‘Vanity Fair’, antes estábamos más cerca. Habremos hecho algunas funciones y pronto, se dispersó”, dice el ganador del Ace de Oro en 2004.

Noticias: ¿Quería ser actor?

Szuchmacher: No lo sabía bien. Quería ser músico y ser arquitecto y maestro también. Eran años de la gran confusión que dieron por resultado lo que soy ahora. Por eso entré en el Normal Mariano Acosta porque siempre quise ser maestro, eso lo quise toda mi vida. Estuve dos años, me echaron por política, para que “la Argentina no tenga un maestro como usted”, y nunca dejé de enseñar. Terminé en un colegio rasca. Bah, no terminé. La escuela era una tortura para mí. A los 16, yo ya trabajaba de titiritero en el teatro Colonial, era un culo inquieto.

Noticias: ¿Qué pasó en su casa cuando dejó el colegio?

Szuchmacher: No fue visto con demasiada alegría. Mi hermana mayor ya se había tomado su tiempo para terminarlo. Tenía como 20. Es médica y la profesional de la familia. A Perla, que hacía teatro, también le quedó una materia que nunca dio. Y yo terminé de dar las materias y me recibí de bachiller a los 49 años. Lo llamé a mi papá y le dije: “Papá, ¡me recibi!”. Y me dijo: “Bueno, ¿estás contento?”. A los dos días de recibirme, empecé a ensayar “Galileo Galilei” en el San Martín, era director atístico del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA, ya había vivido en Alemania, tenía una vida hecha y sin embargo, eso había quedado pendiente.

Noticias: ¿Cómo fue la experiencia en Alemania?

Szuchmacher: Cuando fui a vivir a Alemania a mi padre le sorprendió mucho, cómo me iba al pais de los asesinos de la familia. También podia responderle que era la tierra de Marx o de Brecht. Para mí fue muy bueno, estuve en la época de la caída del Muro, presente en ese momento histórico. Antes de llegar a Alemania, había estado en Moscú, al tiempo que caía Ceaucescu en Rumania. Recuerdo estar en la Plaza Roja, solo con mis amigos. Era un desastre la situación política. Me sentía John Reed, el de “Diez días que estremecieron al mundo”. Me gusta cuando me pasa eso, estar en el momento justo de la historia.

Noticias: Volvamos atrás: ¿Cómo la pasaba en el colegio?

Szuchmacher: Lo padecí mucho el colegio. Porque me pasó una “desgracia”: mis hermanas mayores me enseñaron a leer y escribir a los cuatro años. No era un superdotado sino hiperestimulado por mis hermanas para quienes era su juguete, me enseñaban de todo y entré a primero inferior sabiendo muchas cosas. Recuerdo haber escrito mal un dictado para que me dieran bola. Estaba siempre con gente más grande. No me gustaba el fútbol ni los deportes, ir al gimnasio es la peor tortura que me puede pasar, no me voy a hacer ahora el canchero ni el nac&pop.

Noticias: ¿Cómo recuerda a sus padres?

Szuchmacher: Papá era muy exigente. Fue un muy buen padre pero nos dimos cuenta después. En la adolescencia lo sufrimos, me legó esa superexigencia de estar siempre haciendo algo. Pero no quiero ser injusto con la vieja. Asi como de mi viejo recibi el bagaje de construcción intelectual, de mi vieja recibí lo artístico. En su familia se cantaba, se tocaban instrumentos, por ella yo sé canciones españolas, coplas, zarzuelas, tangos, era la conexión con lo popular. Hizo solo escuela primaria, trabajaba con mi papá pero tenía una sabiduría de la vida enorme. Además de ser una gran cocinera y hacer mejor cocina judía que mi tía Dora, que era judía pero no le salía tan bien como a mamá.

Noticias: ¿Cuál de los dos murió primero?

Szuchmacher: Ella decía que iba a morir después que papá que era un roble y se creía Astroboy. Pero él murió antes. Eso la vieja no lo esperaba pero lo pudo procesar. Lo que la mató fue la muerte de mi hermana Perla. No pudo. El médico me contó que ella le dijo: “No puedo superar la muerte de mi hija”. Y ese día murió. Yo la había visto el día anterior. Me pidió que le leyera unos versos de Machado, “Cuando me vaya”. Me abrazó, se estaba despidiendo.

Entre 2008 y 2010, Szuchmacher perdió sin tregua y en muy poco tiempo a su pareja Daniel Brarda, a su hermana, su madre, una tía. Se quedó solo. La hermana mayor vive en Uruguay y los sobrinos, por el mundo. Esa devastación, la sensación de no existir, lo empujó a poner el cuerpo, a sentirlo arriba de un escenario. Y volvió en 2012, después de diez años de no actuar, a hacerlo con “Escandinavia”, la obra de Lautaro Vilo donde un hombre despide en un velorio a su marido y con la que continúa cada tanto, funciones sueltas cuando tiene tiempo y ganas.

Noticias: Está rejuvenecido

Szuchmacher: Estoy empezando a tener una dimensión histórica de mi vida. Ya me falta poco para los 65 y puedo hablar de lo que pasó hace medio siglo. Me relajé y estoy aceptando de que no soy un pendejo, que no tengo descendencia… y fue placentero aceptar esa historia. No es que viva de recuerdos sino que me liberó y me dejó proyectar al futuro, sin miedo hacia delante. Esto me pasó cuando terminé de hacer el duelo hace dos años.

Noticias: Con esa dimensión histórica, ¿cómo fue trabajar con Raffaella Carrà en la película “Bárbara” (1980)?

Szuchmacher: Gracias a esa pelicula todavia cobro por SAGAI (Sociedad argentina de gestión de actores intérpretes). Tenia 29 años y en ese momento estaba ensayando “Boda blanca”, con Laura Yusem. Algún amigo me recomendó, necesitaban alguien como yo y necesitaba la plata. Estaba en una especie de crisis, no quería actuar, habia entrado a la carrera de Psicología social, no me gustaba lo que me pasaba, estaba así de esa manera que cada tanto me pasa hasta que logro encontrar un motivo para elegir, para volver a enamorarme del teatro. Fue una experiencia buena. Ah, en los créditos ¡está mal escrito mi apellido!

Noticias: ¿Pero cómo se llevó con la italiana?

Szuchmacher: Ella era muy diva, casi no teniamos trato. Pero justo una vez que tuvimos que esperar y no estaba el trailer, nos sentamos a tomar un café en la misma mesa. La verdad es que me tenía un poquito harto. Y le digo: “Tengo un muy buen recuerdo de vos como actriz”. Y ella, que venia muy famosa por el trabajo con Sinatra en “El expreso de Von Ryan”, me dice si era por esa pelicula. “No -le digo-. Por “I compagni”, de Mario Monicelli.” Se levantó, se fue y no me habló nunca más. Me miraba solo en las tomas. Era una pelicula de 1963 financiada por el partido comunista italiano, con Marcello Mastroianni, ella estaba morocha, muy jovencita. Eran épocas sin Internet en que cada uno contaba la historia como quería.

Noticias: Szuchmacher, es verdad que dijo que “había que dejar de hacer teatro por dos años”?

Szuchmacher: Sí, fue algo que puse en Twitter. Por la compulsión a hacer cosas sin ninguna reflexión. Hay una cantidad excesiva de espectáculos en Buenos Aires que agota al público. Esta legalizado el amateurismo en el sistema teatral y se le da subsidios y voz. Una parte de eso estuvo bien porque movió cosas pero creo que se pasó, es elefantiásico que haya 3.500 obras en el off en un año, porque no es por eso que tengamos un mejor teatro.

 

Tres galanes a escena

Luciano Cáceres, Luciano Castro y Marco Antonio Caponi estrenaron Pequeño circo casero de los hermanos Suárez, de Gonzalo Demaría

PARA LA NACION

DOMINGO 08 DE NOVIEMBRE DE 2015
Quizá gran parte del público no lo sepa, pero este es un triángulo de múltiples conexiones. Encontrarlos juntos haciendo teatro en el Cultural San Martín no es sorpresa y menos casualidad, sino, todo lo contrario, la realización de un proyecto armado por ellos mismos: Luciano Cáceres, en la dirección, y Luciano Castro y Marco Antonio Caponi, los protagonistas. Son los tres amigos que acaban de estrenar Pequeño circo casero de los hermanos Suárez, de Gonzalo Demaría, a quien en este grupo le toca un rol estilo “quinto Beatle”.
Porque los tres trabajaron con el autor. El primero fue Castro en Lo que habló el pescado (2004); Caponi actuó en La Anticrista y las langostas contra los vírgenes encratitas (2010/11) y, este año y el anterior, en El acto gratuito, obra que dirigió Cáceres, también el director de El cordero de ojos azules (2011-12). Para los que no los vieron en teatro, ellos dos, Cáceres y Caponi, eran hermanos en la tiraGraduados (Telefé, 2012), donde practicaban el otrora famoso “Baile de la Pichila”. Por su parte, Castro y Cáceres ejemplificaron la paternidad moderna en Señores papis (Telefé, 2014) y en enero volverán a juntarse para Los ricos no piden permiso, el telenovelón que prepara El Trece. Por último, Castro y Caponi compartieron largas horas de grabación en Herederos de una venganza (El Trece, 2011). Y justamente fue ahí donde empezó esta historia.

“Dos hermanos, el retardado (Castro) y el resentido (Caponi); a uno le faltan dos dedos y al otro, una oreja; el retardado vuelve después de haberse ido con un circo; pero el circo cerró y lo único que logra rescatar es al castrato, el hombre pájaro (Gonzalo Suárez), al que se lleva a la casa donde está el resentido que es policía; hay una maestra de primer grado (Marita Ballesteros) que mantiene una relación con el resentido pero a quien el retardado siempre amó, una mujer que sufre maltrato. Bueno, toda esa mezcolanza es el Pequeño circo”, explica el director Cáceres.

-Una mezcolanza trágica…

Cáceres: -Es una tragicomedia con reminiscencias del circo criollo; hay referencias a los personajes fundacionales de la historia del circo pero ubicado en esta época en algún pueblo de la provincia de Buenos Aires. El verosímil es posible, tiene un sustento real por más poético y metafórico que parezca.

-¿Qué recuerdos tenés del circo?

Caponi: -Los mejores recuerdos, allá, en Mendoza. Mi papá me llevaba todos los años cuando llegaba. Tengo impregnado el olor a aserrín, a praliné, era una fantasía pero también era pobreza itinerante, los animales medio moribundos, esa mezcla me fascinaba.

Cáceres: – Son seres muy pequeños, chiquitos, que lo que tienen lo van a llevar a la última instancia, la convicción mínima, muy cabeza de maní, cerrados en su obsesión hasta el extremo. Y muy solitarios. Lo emocional, lo expresivo, lo físico va al límite y cada escena se presenta como un número circense sin la destreza circense. La tensión se mantiene como si estuvieras caminando por la cuerda floja. Pero hay un mensaje esperanzador al final.

-¿Cómo te sentís dirigiendo a amigos con quienes además compartiste trabajos como actor?

Cáceres: -Con mucha confianza porque los admiro y los quiero. Nos une el placer, las ganas de hacer, vamos a un atajo porque nos conocemos. Con Marco ya no tenemos ni que hablar, me entiende en jeringoso. Son dos actores que pueden estar cómodos en su lugar de trabajo y vienen acá, a arriesgar al teatro independiente. Como también pasa con Marita, con una trayectoria terrible y con Gonzalo, Fernando, con todos los que se sumaron a este proyecto a pulmón. Esto es una cooperativa, vamos a porcentaje de las entradas.

Castro: -Venimos a pasarla bien, acá nadie gana plata ni para la cochera. Y no es un reclamo, no nos importa tampoco. Queríamos un proyecto nuestro, con amigos.

Caponi: -El fin es experimentar, la libertad de poder crear, probar y jugar, lo que no podríamos hacer en un proyecto comercial.

Recibirse de actor

Martes y miércoles son los días en que se presenta Pequeño circo? y hasta el 2 de diciembre. Otros compromisos, otros tiempos impiden, por ahora, más funciones. Cáceres terminó con Signos -la serie donde participó en cinco capítulos y dice haberlo pasado muy bien- y se tiñó de platinado para comenzar con Los ricos no piden permiso. Le toca lo mejor: divertirse y tomarse todos los permisos para componer a un villano interesado en la alquimia y los misterios.

Para fin de año, Caponi termina de grabar La leona, una producción de El árbol para Telefé, con Pablo Echarri, Nancy Dupláa y Miguel Ángel Solá, donde interpreta a un obrero que estudia abogacía para defender a los trabajadores. Y Castro, también en Los ricos?, volverá a salpicar con testosterona la pantalla.

-¿O no?

Castro: -Seee. Pero estoy tranquilo porque es muy grande el elenco, con muchas figuras, muchas historias paralelas, no pasa todo por los protagonistas. Y no soy el galán. Estoy en el grupo de los pobres.

-En Señores papis le tomabas el pelo al galán forzudo, con mucho humor.

Castro: -Me mataron ahí. Porque era una comedia. Pero en la tele si no funciona algo, lo cambian radicalmente y entonces, dejó de ser una comedia para ser una historia de amor de papis. Y mi personaje no tenía retorno, mi historia de amor con Marcela Kloosterboer iba a ser ridícula por más que la escribiera Tennessee Williams porque lo mío era ridículo. Acepté hacerlo justamente porque era una comedia. Siempre intento algo distinto en la tele porque estoy muy limitado. Por eso me gusta hacer esto en teatro, acá no hay forma de hacer de galán, me divierto y tengo la oportunidad de probar.

Cáceres: -Somos actores y te toca de malo, de bueno, de galán, lo que te toca, son roles. Nosotros no dejamos de hacer teatro, no es que volvemos, nunca lo abandonamos. El público de teatro lo sabe. Para mucha gente parece que te recibís de actor porque estás en la televisión, cuando esto no es una carrera, no se llega a ningún lado, es un recorrido.

Caponi: -Hago teatro porque me siento pleno, es un entrenamiento, me da herramientas. En la tele, es dar todos los días, se genera un agotamiento y llega un momento donde estás automatizado y entrás en una zona más de producción, sin buscar el hecho artístico todo el tiempo. Hay que hacerlo por uno, no por lo que piensa el otro, no me interesa que me pongan en el lugar del galán ni en el que hace teatro. Quiero vivir este proceso y crecer con eso, más allá de que nos vaya bien o mal.

Castro: -Tengo más premios en teatro que en tele. Un Florencio Sánchez (2002) y un María Guerrero (2005). Pero nadie lo sabe. Cuando pasó nadie se enteró. Si los ganara hoy, sería un actor prestigioso. Antes me preocupaba eso, ahora no. ¿Qué tendría que explicar? ¿Por qué no se sabe? Me gusta que vengan a ver lo que hago. Si no gusta y me lo dicen sin falta de respeto, no me enojo, te lo juro. Ojo que este discurso me costó aprenderlo.

Joaquín Furriel, asesor en temas legales y civiles

Junto al conjunto del gremio, los tres coinciden en la importancia de la ley del actor, recientemente aprobada. Para Cáceres, “está buenísimo que exista porque somos trabajadores, no proveedores. Era necesario porque no tenemos ni aportes, ni vacaciones, ni aguinaldo y todo depende de cuándo laburamos. Veremos cómo se implementa”. También para Caponi es una forma de lograr identidad y dejar de ser un híbrido: “Está bueno trabajar en la tele, pero hay un inconveniente muy grande porque tenemos retenciones enormes por ser empleados bajo dependencia, pero no tenemos los beneficios de esos empleados porque no lo somos”. En general, Castro apoya el nuevo logro que los ampara: “Acá valés cuando trabajás y te va bien porque si no, lo que hacés es un bluf y una mierda”. Pero tiene una salvedad que no le da pudor reconocer: “Hay muchos puntos que no entiendo bien. Ya le preguntaré al pobre (Joaquín) Furriel que es uno de los que llamaron para consultarle qué hago. Y él me explica todo”.

Teatro y biografías. diario La Nación.

Tendencia

Dulce encanto de las biografías

Kafka y Lacan, Sarah Bernhard y Eleonora Duse, Einstein y Benjamin, Freud y Perón: la escena porteña retrata a personalidades muy potentes de la vida política y cultural; por qué nos atrae espiar la vida de las celebridades

Por Leni González  | Para LA NACION

Aunque los libros de autoayuda insistan en lo contrario, las vidas ajenas siempre parecen más interesantes que la propia. Pero cuando se trata de personalidades famosas, cualquier pequeño gesto puede devenir extraordinario; cualquier frase, una sentencia; una decisión, el punto de no retorno. Shakespeare estaría de acuerdo en que el teatro no podía perderse esos nombres nacidos para la historia y resucitados en personajes por la dramaturgia. Por lo tanto, si bien no es una rareza que la cartelera brinde una ola constante de obras inspiradas en biografías de celebridades, en este momento en Buenos Aires confluyen varios espectáculos con esas características, como si el filón nunca dejara de nutrir nuevas posibilidades: Franz & Albert, Despedida en París, Diario de Moscú, Encuentro de genios, Oh Sarah (París no era una fiesta) y La obra completa del doctor Lacan son algunos de estos ejemplos.
“Toda la vida de uno confluye en un punto. Por eso lo biográfico resulta muy teatral”, dice Raúl Brambilla, autor y director de Despedida en París, una típica obra de encuentro entre dos pesos pesados. En una estación de tren parisiense en 1897, las divas Sarah Bernhardt y Eleonora Duse pasarán de la diplomacia inicial a las diferencias, los reproches, el estallido y, por último, una especie de conciliación al modo dos potencias que se saludan.

“Imaginé la charla a partir de que efectivamente se conocieron, ya que Dusse trabajó en el teatro Rennaisance de la Bernhardt. Eso me permitió una reflexión sobre el hecho creativo porque cuando se escribe sobre el pasado, lo hacemos con nuestra mirada, es nuestra construcción y funciona como metáfora”, dice Brambilla, para quien no es fundamental si la gente sabe o no acerca de estas figuras, interpretadas por Fernanda Mistral y Stella Matute: “Lo que importa es que al rato se olviden y vean a dos mujeres como cualquier otra”.

A la sorpresa por la reaparición en el escenario de Mistral se suma otra, la de la comediante Peggy Sol (radicada en Canadá durante 16 años), quien también, curiosamente, interpreta al mismo “monstruo sagrado” en Oh, Sarah (París no era una fiesta), del autor uruguayo Ariel Mastandrea y dirección de Hugo Gregorini, un unipersonal sobre la vida de la actriz parisina.

También es un encuentro registrado por la historia el del científico Albert Einstein y el escritor Franz Kafka cuando rondaban los 30 años, en 1911, en el salón literario de Berta Fanta, en Praga. Acerca de la posible conversación entre estos genios antes de convertirse en figuras del siglo XX trataFranz & Albert, de Mario Diament (autor de la premiada Un informe sobre la banalidad del amor, inspirado en la relación entre Martin Heidegger y Hannah Arendt), protagonizada por dos actores jóvenes no tan conocidos por el gran público, Miguel Sorrentino y Julián Marcove. “Los elegimos así porque así eran Kafka y Einstein en ese momento”, dice el director Daniel Marcove, un experto en llevar pinceladas de grandes biografías a escena (Van Gogh y El sable, con Rodolfo Bebán como Juan Manuel de Rosas, ambas de Pacho O’Donnell).

“Me gustan las obras con personajes históricos, crean la ilusión de lo posible y tienen una energía especial porque el teatro es vida y la vida es teatro”, dice Marcove, que no le teme a la densidad de esos nombres: “Si bien en general el público ya tiene una idea, un estereotipo del personaje, no se trata de copiar porque nadie sabe cómo eran con exactitud. A los actores les pedí que leyeran, que se nutrieran pero como para tener un aroma, nada más, que lo histórico fuera un trampolín y no un ancla para la actuación”.

SIN PREJUICIOS

La psicología también ha dado mucha tela para cortar a las ficciones y, en especial, al teatro: reuniones entre desconocidos, conflictos, monólogos, intimidad, paranoias, en fin, una variedad de elementos aprovechables para batidos con más o menos efecto como Toc Toc o Bajo terapia. En ese mundo tan cercano a los porteños, los padres del psicoanálisis vienen a calzar justo como protagonistas con convocatoria asegurada. Un muy buen ejemplo fue, en 2012 y 2013, la obra del estadounidense Mark St. Germain, La última sesión de Freud, con dirección de Daniel Veronese y los enormes trabajos de Luis Machín como el medievalista y escritor C. S. Lewis y Jorge Suárez como el barbado analista.

Abordar la figura del otro gran teórico y docente, el francés Jacques Lacan, fue el desafío al que se animó otro psicoanalista, Pablo Zunino, también periodista, ex crítico teatral y autor de Las obras completas del doctor Lacan, que estrenó en 2012 y hoy continúa en su tercera versión que lo tiene además como el protagonista.

“Me basé en un dato apócrifo que dice que en 1969 Lacan no tuvo público para una de sus charlas por lo que se quedó hablando con su secretaria española (la actriz Silvia Armoza). Se trata de un personaje muy servido teatralmente, con mucha carnadura, y lo que traté es que no fuera sólo una obra discursiva sino con acción, que pasaran cosas, que tuviera humor”, dice Zunino que no duda a la hora de explicar las razones de su elección: “La singularidad. Un nombre propio es un nombre propio, cada historia clínica es única. No es lo mismo una obra más sobre familias. Familias hay muchas, Lacan es único”.

La magia del espectáculo lo hizo posible. En el departamento de Woody Allen en Nueva York se juntaron Freud, Lennon, Einstein y Perón. Y el escritor, actor y director debe decidirse por uno de ellos para escribir una biografía, por lo que cada uno tratará de mostrar sus luces y ocultar las sombras. La obra se llama Encuentro de genios y es el debut como autor teatral del periodista y conductor Beto Casella, a quien acompañan el director Roberto Antier y los actores Juan Palomino (Perón), Alejandro Fiore (Freud), Nicolás Pauls (Einstein), Pablo Novak (Lennon) y Gerardo Baamonde (Allen). “Es una comedia atrevida que se desprende la biopic y donde me hice cargo de mi propio Perón -reconoce Palomino-. Tuve que romper prejuicios porque no juzgo a los personajes, trato de entenderlos y mucho más si se trata de uno histórico. Un crítico ecuatoriano fue quien me dio el mejor elogio. Me dijo que lo había ayudado a entender al peronismo.”

Otro tipo de propuesta es la de Damián Dreizik y Alfredo Allende, adaptadores de El diario de Moscú, del filósofo alemán Walter Benjamin, en el que describe su viaje a la Unión Soviética, en 1927, para observar el desarrollo de la primera experiencia marxista y de paso -¿por qué no?- encontrarse con la mujer que ama. Pero la desilusión es doble porque nada resulta como lo había soñado. “Este Benjamin surgió del mismo texto, de las descripciones, de los estados de ánimo. Era un tipo muy intelectual, al que le costaban las emociones, muy introvertido. Lo que contamos es una época, con proyecciones del cine mudo ruso de esos años, con el piano de Marcelo Katz y tres actores que escapan a lo discursivo”, dice Allende, el director, al referirse a Dreizik, como Benjamin, Ramiro Agüero y Anita Gutiérrez.

A este diverso conjunto de propuestas, podrían mencionarse dos obras con varias nominaciones a los premios ACE que ya no están en cartel. Deshonrada, de Gonzalo Demaría y dirección de Alfredo Arias, sobre el interrogatorio del Capitán Gandhi (Marcos Montes) a Fanny Navarro (Alejandra Radano), y La bestia rubia, de Andrés Gallina, con el protagónico de Nelson Rueda, como el padre Carlos Mugica, y la dirección de Tatiana Santana.ß

DESPEDIDA EN PARÍS

Viernes y sábados, a las 21.15, domingos, a las 19.

La Comedia, Rodríguez Peña 1062.

FRANZ & ALBERT

Sábados, a las 22.30, y domingos, a las 20.30.

El Tinglado, Mario Bravo 948.

ENCUENTRO DE GENIOS

Jueves y domingo, a las 20, y viernes y sábados, a las 21.30 (hasta el 10 de agosto). Desde el 14, en el Tabarís, de miércoles a domingos.

Teatro 25 de Mayo, Triunvirato 4444.

Tabarís, Corrientes 831.

LAS OBRAS COMPLETAS DEL DOCTOR LACAN

Sábados, a las 18.

La Comedia, Rodríguez Peña 1062.

DIARIO DE MOSCÚ

Viernes, a a las 21.

Anfitrión, Venezuela 3340.

OH SARAH (PARÍS NO ERA UNA FIESTA)

Funciones, viernes a las 21.

Teatro del Artefacto, Sarandí 760..

Carlos Portaluppi. Entrevista en revista Noticias.

Carlos Portaluppi: “Mi contextura no me condiciona”

Sin planes de volver a la TV, prefiere el cine y protagoniza “Bajo terapia” en el Metropolitan. Vocación, dieta e hijo fanático.

POR

A Carlos Portaluppi ir, venir y volver no le trae ningún problema. Como nunca tomó atajos, no se pierde en el camino y anda tranquilo descubriendo algún detalle nuevo cada vez. Viene del teatro, va hacia la tele, pasa por el cine, llega a la importante sala de calle Corrientes y vuelve a ese espacio alternativo donde las luces apuntan menos.

“Voy donde hay un proyecto que me interese y, a veces, la necesidad te hace ir a proyectos más comerciales. Pero no descuido la pasión que me moviliza que es el teatro, el espacio donde más cómodo me siento y puedo bucear más tranquilo. Es mi necesidad de expresarme, de no morirme. No soy el único, hay quienes lo hacen y otros que ya lo han hecho y se cansan”, dice el actor, desde enero uno de los protagonistas de “Bajo terapia”, del santafesino Matías del Federico, con dirección de Daniel Veronese, junto a Mercedes Scápola, Héctor Díaz, Manuela Pal, María Figueras y Darío Lopilato, en el Metropolitan (Corrientes 1343).
Pero antes, hasta fin del año pasado y desde 2013 cuando se estrenó, estuvo marcado por “Emilia”, la excelente obra de Claudio Tolcachir que llenó cada función en Timbre 4, en el barrio de Boedo, y con la que recorrió Italia y Francia; Puebla, en México; San Pablo y Belo Horizonte, en medio de los preparativos por el Mundial de fútbol de Brasil; y Bogotá, Colombia, donde le llamó mucho la atención la reacción de la gente: “Siempre en cada lugar es distinto y parecido a la vez. Pero en Bogotá pasó algo muy particular. La obra tiene momentos de un humor ácido donde la gente allí se rió mucho más de lo ‘normal’. Nos decían que se debía a la particularidad del público que acostumbra alivianar las cosas y tomarlas con mayor humor. Fue una experiencia, no digo novedosa pero, epa, hay situaciones sumamente delicadas y la gente se defendía por la vía de escape de la risa”, dice el actor acerca de la historia de un padre de familia, Walter, que se reencuentra en la adultez con Emilia (Elena Boggan), la niñera que lo crió. Desde el sábado 28 de febrero, la obra vuelve a Timbre 4 pero no con el protagónico de Portaluppi –comprometido con “Bajo terapia”– sino con Leonardo Calderone, más conocido por su trabajo de guionista que de intérprete.
Noticias: Hay una gran tristeza en “Emilia”, como una dulzura perdida.
Carlos Portaluppi: Porque todos tuvimos una Emilia, alguien que en nuestra infancia se hizo cargo de nosotros: una madre, una tía, una amiga, una vecina del barrio, un tío, un hermano mayor. Me acuerdo muchísimo de dos tías mías que no eran de sangre sino esas vecinas que son adoptadas como tías para uno. Me acuerdo en los brazos de mi tía Tona, saliendo a buscar la leche –porque pasaba el lechero en carreta– con una jarra: tengo esa imagen muy presente.
Cristian, Rodolfo, Carlos y Diego: el tercero de cuatro varones se fue un día, al terminar el colegio, a estudiar Arquitectura desde Mercedes, Corrientes, a La Plata, Buenos Aires. La actuación estaba ahí, agazapada, esperando: “Todavía no lo tenía tan claro, no me había terminado de animar del todo. Nací y crecí en un contexto donde no tenía demasiado estimulo, no veía teatro, ni en mi casa ni en mi grupo de amigos se hablaba del tema. Hice por primera vez algo en el secundario, “Nuestros hijos” de Florencio Sánchez, con la que participamos en un festival intercolegial de la provincia de Corrientes. Ese encuentro para mí fue maravilloso, fue descubrir el mundo”.
Noticias: Fue su revancha porque en la primaria las maestras no lo elegían.
Portaluppi: No me tocaba y siempre uno deseaba ser un Sarmiento o un San Martín (risas). Hasta que me toca esto, no sé cómo se inspiró mi profesora de Francés o que vio en mí, para ofrecerme trabajar.
Noticias: ¿Y en La Plata? ¿Terminó Arquitectura?
Portaluppi: No, llegué a cursar materias de cuarto año. Pero paralelamente, conecto con unas chicas que me invitan a reuniones con un profesor de Buenos Aires y juntábamos plata para pagarle el viaje en el “rápido”. Ese hombre del que, lamentablemente, no puedo recordar su nombre, se venía todos los lunes solo para estar con nosotros y crear un momento. Luego me metí en el Conservatorio de La Plata, que no lo terminé, hasta que decidí venir a Buenos Aires, a estudiar con Lito Cruz, Martín Adjemián, Augusto Fernández, Pablo Ponce y Guillermo Ghio que es mi maestro, mi guía desde que lo conozco –con él formamos el grupo Humoris Dramatis, junto a Marcos Montes y Marcelo Serré–, y el que me animó al unipersonal en “La historia del señor Sommers”, de Patrick Süskind que hicimos en el Picadero.
Noticias: ¿Cuándo empezó a vivir del oficio?
Portaluppi: Desde que empecé tuve la suerte de tener continuidad. Al estudio de Lito iban mucho los productores. Lo primero que hice en televisión fue “Atreverse” pero como extra. Después tuve la suerte de participar con cositas muy menores en “Facundo, la sombra del tigre” (Nicolás Sarquis, 1994), protagonizada por Lito Cruz, que estaba con su barba y su pelo y era maravilloso verlo porque de golpe teníamos a Lito Cruz, pero estaba Facundo Quiroga sentado en nuestras clases.
Noticias: Trabajó mucho con Javier Daulte (“Nunca estuviste tan adorable”, “La felicidad”) y Veronese (“El desarrollo de la civilización venidera”, “Los hijos se han dormido”), dos directores que han sido criticados por involucrarse en el circuito comercial. ¿Qué opina?
Portaluppi: No critico eso. Es una posibilidad que tienen algunos de poder dirigir y está muy bien, el poder llegar con otras formas y contenidos a más gente, a otro público que no va a las salas alternativas. Respeto la opinión de quienes critican pero respeto mucho más a quienes lo hacen, a quienes dirigen. Es tan saludable como aquel actor que es de teatro y tiene que hacer televisión. Antes era tabú.
Noticias: No es su caso: desde el Dominici de “Vulnerables” que lo hizo famoso, el premio Martín Fierro por “Vidas robadas” hasta lo último, el odontólogo de “Vecinos en guerra”.
Portaluppi: Por ahora, no tengo previsto hacer tele. Estoy con “Bajo terapia”, una obra de un autor nacional y no una fórmula probada afuera. En cine, el año pasado filmé una opera prima, “Cinco”, de Juan Ignacio Fernández Gebauer y Nicolás Suárez, con Ana Katz y la participación de Daniel Hendler, donde interpreto a un taxista y ex futbolista frustrado. Pero con “El 5 de Talleres” (la película de Adrián Biniez que se estrena a fines de marzo) no sé si quedará ese nombre (risas). También hice miniseries para la TDA, una de ellas en mi tierra. Es la primera vez que me conecto con mi aire. “Pueblo que fue” se llama, sobre una nena analfabeta vendida para trabajar en casa de una señora.
Noticias: ¿Intenta hacer dieta?
Portaluppi: Intento, intento. Debería intentar más de lo que intento. Hace un tiempo que estoy estancado pero ya lo hice cuando trabajé en “Whisky Romeo Zulu” (película del ex piloto de LAPA Enrique Piñeyro, 2004). Como tenía que bajar (hacía de piloto de avión), la producción me pagó un tratamiento con el doctor Ravenna y bajé 23 kilos. Pero el catering en Rio de Janeiro y los lugares donde filmamos era muy bueno así que todo el equipo engordó a mi par. Por eso no me sentí tan culpable, fue general (risas). Fue la etapa donde estuve más consciente y la mayor inconsciencia viene en este último período pero ya me está pesando, literalmente.
Noticias: ¿Es un tema en su vida?
Portaluppi: Sí, claro que sí, es un tema que no es fácil, que cuesta llevarlo y que no me imposibilita el hacer. Creo que el deseo que tengo por hacer es más que eso, pero sé que me está empezando a limitar en algunas cosas y no quiero prometer, públicamente, algo que por ahí no voy a cumplir pero sé muy bien lo que tengo que hacer y sé muy bien lo que no estoy haciendo.
Noticias: ¿Lo perjudicó o favoreció para algún papel?
Portaluppi: No, jamás, ni me perjudico ni me favoreció. Algunas veces me han llamado para algún personaje donde en el guión veía claramente que decía “gordo”, pero en la gran mayoría de los casos no me han llamado por gordo sino por actor. No me condiciona. Sé que hay un estigma y es motivo de análisis. Por suerte he tenido amores que no me han condicionado por mi cuestión física, ni mis vínculos, ni mis relaciones me han marginado por tener esta contextura. Convivo con esto hace mucho tiempo. La gente sabe lo que soy y cómo soy.
Noticias: ¿Sufrió bullying en la escuela?
Portaluppi: La verdad que no. Ni en mi infancia ni mucho menos en la secundaria, donde éramos tres divisiones y nos pasó algo realmente hermoso que nos unió con nuestras diferencias: el profesor de Matemáticas, Romero, desde el primer día nos propuso organizarnos para hacer nuestro viaje de estudios. Eso hizo que existiera una unidad que hasta hoy existe. Durante la secundaria, las tres divisiones estuvimos trabajando para podernos pagar nuestro viaje a Bariloche y que ninguno se perdiera esa posibilidad, los que podían y los que no podían. Fue, realmente, un trabajo sublime el de ese docente.
Noticias: Vive solo. Cuando llega a su casa, ¿qué música escucha?
Portaluppi: Soy muy ecléctico, cualquier cosa menos Ricardo Arjona.
Noticias: Tiene un hijo, Julián, de ocho años. ¿Y si quiere ser actor?
Portaluppi: Que mi hijo sea lo que quiera. En un momento, me dijo “yo quiero ser actor como papá” y a uno se le cae la baba. Quedó muy fanatizado con “La historia del señor Sommers”, no para de hablar en su colegio de mí con sus compañeros y hace cosas que me emocionan como cuando vamos en el auto y de golpe, baja el vidrio de atrás en un semáforo y le habla al tachero que está al lado: “Señor, señor, ¿lo conoce?”. Y el tipo mira y asiente. “Es mi papá y es el mejor actor del mundo”.

Paula Kohan. revista Noticias.

Paula Kohan: “Tenía que arriesgarme en lo que amo”

Consolidada desde la lesbiana de “El elegido”, hoy actúa en “Guapas”, filma y estrena obra en el San Martín.

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“Te diría que vos estás sentada ahí hoy conmigo de casualidad”, dice la actriz, inmiscuyéndose en los insondables caminos del destino y lo que es peor, en las vigorosas intenciones paternas. “Mi papá tenia sesenta años cuando nací. Con mi mamá no me buscaron pero se ve que…” y no termina la frase porque gana la risa entre dos que aceptamos la convención del chiste. Porque nada es casualidad con Paula Kohan. Quizá fue su padre el que, desde la misma anécdota, le legó el gusto por la perseverancia, la voluntad de que se cumpla y que suceda lo que el corazón ordena que debe suceder.

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Hija de médicos, Samuel y Lía Daichman (reconocida gerontóloga), la filiación teatral pudo haberse filtrado con el eco de un nombre, el de la primera esposa y mamá de sus hermanos mayores, la actriz y directora Inda Ledesma (fallecida en el 2010): “La vi varias veces. Recuerdo cuando le pedí a mi papá si podía ir a su casa, porque ella no salía mucho, para recitarle unos textos de Shakespeare. Me pasé todo un día jugando con ella. Me acuerdo que tenía como un camisón muy lindo y el pelo más bien blanco, estaba en una etapa donde no salía tanto; me acuerdo que me vio actuar y me dijo ‘voy a hablar con Helena Tritek’ que en ese momento estaba dirigiendo “Venecia”… No sé, me veía con esa hambre”.

Noticias: El hambre de actuar.
Paula Kohan: Sí, desde muy chica. Pero mi papá me decía: “Si querés ser actriz, estudiá”.

Y Paula Kohan estudió. Antes de su papel en la tira “Guapas” –donde es Flavia, otra de las que compiten por el cirujano plástico histérico que compone Mike Amigorena–. Antes de “El elegido” por Telefe, donde su personaje, Gigí, levantó la intensidad promedio de la tele en las escenas con su novia abogada (Mónica Antonópulos) y por el que ganó el Martín Fierro Revelación 2010. Y antes todavía del éxito de “Baraka”, la obra dirigida por Javier Daulte en la que se destacó entre Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Jorge Marrale arremetiendo con un streaptease que no fulminó a su papá en la platea: “No hay nada más lindo que provocar el deseo en los hombres”, le dijo.

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Noticias: Es que Samuel no podía negar que usted había hecho todos los deberes.
Kohan: ¡Les pedía llorando que me llevaran a las clases de teatro! Arranqué con Hugo Midón, hice toda la escuela con él y en tercer año ya estaba decidida de que eso era lo que deseaba. Me encanta entrenar, hacer talleres, me gustó siempre. Como quería estudiar canto con una profesora de Ramos Mejía, Mirta Arrúa Lichi (cantante lírica y maestra de Elena Roger, entre otros) y mi vieja no iba a dejarme ir tan lejos, me escapaba una vez por semana en tren a tomar las clases sin que se diera cuenta. Y después busqué en Páginas amarillas una fotógrafa para hacerme el book, armé el curriculum sola, todo, sin que se enteraran porque no querían, lo imprimí y lo fui llevando a diferentes lugares y tuve algunas experiencias pero no tan buenas. Yo quería actuar. Si me pedían plata para el casting, me iba. O si era con ropa interior me iba. Tenía quince años pero no me faltaba esa intuición de saber que la cosa no iba por ese lado, y así la fui surfeando.

Noticias: ¿Y sus padres nunca se enteraron de esos intentos?
Kohan: No, porque ellos no avalaban lo de los casting, querían que estudiara. Cuando terminé el secundario me metí en la UBA para la licenciatura en Arte pero al año dije “basta, no, no, no”, quería actuar y que la teoría viniera, precisamente, de agarrar un texto y entender cómo abordarlo para representarlo. Fue una decisión que padecí porque tenía la sensación de que iba a ser difícil vivir de la profesión de actriz pero, por otro lado, no podía hacerme la tonta con ese deseo. Con ninguna profesión podía asegurarme nada, tenía que arriesgarme en lo que amo. Me metí a estudiar actuación en el IUNA y a participar en obras de teatro en el off.

Noticias: Del teatro off al comercial, después la tele y ahora el cine.
Kohan: Sí, se estrena “Boca de pozo”, de Simón Franco, con Pablo Cedrón, un minero que trabaja con el petróleo y yo hago de su mujer, le hago planteos todo el tiempo, por qué no está en la casa, esas cosas. La filmamos el año pasado en Comodoro Rivadavia, yo no la conocía, es rara, misteriosa, con, de repente, barrios de mucho dinero y otros de muy pocos recursos. Y este año filmé “Tenemos un problema Ernesto”, escrita y dirigida por el periodista Diego Recalde, nos conocimos hace muchos años, pegamos muy buena onda, quería que hiciera el protagónico femenino y nos divertimos mucho. Es la historia de un hombre que un día se levanta y se da cuenta de que perdió su pene. Yo soy la novia y como no quiere decirme lo que pasó, me deja, sin explicar nada. Espero que llegue a estrenarse este año.

La televisión y el cine no le impidió ensayar dos obras. Una, de Vicente Battista y dirección de Walter Velázquez, “Dos almas que en el mundo” que se estrena en un mes en el Centro Cultural de la Cooperación, con Mariana Jaccazio. “Es sobre una relación muy neurótica entre madre e hija. Un texto muy difícil, realmente, cruel te diría”, asegura. La otra es de una de las obras más prometedoras para el 2014: “Almas ardientes”, de Santiago Loza, con dirección de Alejandro Tantanián, en el teatro San Martín, y los protagónicos de Analía Couceyro, Eugenia Alonso, Gaby Ferrero, María Onetto, Stella Galazzi, Maricel Álvarez, Mirta Busnelli, María Inés Sancerni y una más, que canta.

“Tantanián tenía la decisión de tomar una cantante porque pensó que ninguna cantaba. Yo levanté la mano, dije ‘yo canto’, me probó y voy a cantar”, cuenta sobre esta historia de mujeres en un taller literario, que se verá a partir de fines de agosto: “Me produce una emoción muy particular que sea en el San Martín y que mi papá pueda verme, me da mucho orgullo”.

Noticias: ¿Siente que le costó mucho?
Kohan: La verdad que sí. Fui aprendiendo sola, quizás no daba con los castings adecuados, hasta que entendí que necesitaba un representante. Recién lo pude tener cuando hice “Baraka”. Yo no sabía, empecé en esto sin tener un puto contacto. Es un recorrido, entiendo que así sea y está bien.

Tres años de casada y siete en pareja, Kohan comparte la vida con gato, perro y Ariel Stolier, el marido y el director de producción del complejo teatral La Plaza, con quien empezó a salir cuando estudiaba en el IUNA. “Fue a través suyo que me enteré de la audición para ‘Baraka’. Cuando me preguntó si me gustaría ir, le dije ‘sí y no: sí, por el laburo pero no, por vos’. Estuvo de acuerdo y me presenté pero sin que nadie supiera que yo era la chica que salía con Ariel. Termino mi audición y Javier Daulte me felicita.

Lo discutieron entre ellos porque les había gustado mi trabajo pero se preguntaban quién era Paula Kohan, quién la conocía, si podría o no sostener una equis cantidad de funciones… y ahí Ariel dijo: ‘Bueno a esta altura, puedo decirles que yo la conozco y que de hecho estamos juntos’. No podían creer, pensaron que les estaba haciendo una joda. Después nunca más volví a trabajar en La Plaza, para no mezclar los ámbitos”, cuenta.

Noticias: Se ha preparado en comedia musical. ¿Participaría en el “Bailando…”?
Kohan: ¡Ay, todos me lo preguntan! No creo que sea divertida para el “Bailando…”. Soy actriz, podría hacer humor, algo por ese lado, pero bailando no rendiría.

Noticias: ¿Le gusta el programa, lo ve?
Kohan: Sí, lo veo a veces y me divierte, me hace reír mucho Marcelo, es el motor de la risa, tiene un remate siempre, es muy rápido mentalmente. No entiendo a la gente que lo critica y lo mira igual.

 

Celestina” de la relación Valdez-Tinelli fue el bautismo que recibió Kohan por parte de varios medios, una fama a la que no quiere subirse y que rechaza de plano: “Soy amiga de los dos y tenemos amigos en común. Se dio naturalmente, yo no armé nada, eso sucedió porque compartimos salidas y lugares. Me parece inaudito que después de haberme preparado tanto, de haber estudiado tanto, ahora me conozcan por eso. Si es por eso, preferíría que nadie me conozca”. Una y otra vez, subraya que es actriz y que de la misma manera que trabaja desde el año pasado en Pol-ka (hizo una participación como amiga de Natalia Oreiro en “Solamente vos”), lo haría para cualquier canal y productora que le ofreciera un desafío interesante. Lamentablemente, las usinas de ficción no son tantas y, por el momento, en Underground (la productora de Sebastián Ortega) le han cerrado las puertas. “Pero no quiero hablar de eso porque sería dar vuelta sobre lo mismo -dice- y tengo la tira, dos películas, teatro, mucho bueno para contar y sentirme orgullosa.”

 

 

 

Edith Stein. ADN.

Filosofía

Teresa Benedicta de la Cruz, la santa filósofa

Nacida como Edith Stein y convertida al catolicismo a los 31 años, fue una brillante discípula y colaboradora de Husserl. Pudo haber emigrado a Sudamérica durante la Segunda Guerra Mundial, pero decidió quedarse en Holanda y murió en Auschwitz. Juan Pablo II la canonizó en 1998

Por Leni González  | Para LA NACION

No hace ni un siglo, en abril de 1933, la monja carmelita Teresa Benedicta de la Cruz mandaba una carta a Pío XI esperando un gesto ante los ataques a la comunidad judía en Alemania con la llegada al poder de Adolf Hitler. La respuesta fue una carta con bendiciones. Era la época, dirán. Los climas de la historia acuden a cobijarnos de la incomprensión pero dejan espacio para los imponderables, esas decisiones únicas que también construyen el devenir. Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, es uno de esos casos.

¿Por qué no escapó? ¿Por qué permaneció en la celda del monasterio carmelita en Echt, Holanda, a la espera de la Gestapo? El 2 de agosto de 1942, a ella y a su hermana Rosa se las llevaron. Una semana después, el 9, la cámara de gas de Auschwitz terminó una historia que podría haber tenido otro final, en otro lugar, por qué no en Sudamérica, si ella hubiera aceptado ese ofrecimiento. Pero no. Edith Stein eligió.

Nuevas moradas

En Buenos Aires, una mujer judía, universitaria, inquieta, se sintió identificada con la historia de Edith Stein. Es Lili Grinberg, escribana, autora de la novela Christina y el gasolero (una mirada a Dreyfus), danza-terapeuta y actriz, quien estrenó el año pasado La séptima morada, unipersonal con dirección y adaptación de Stella Galazzi (declarada agnóstica), basado en el guión de Éva Pataki para el filme homónimo de 1995, de la húngara Marta Meszaros. La obra, que volvió a escena este año en El Tinglado y continuará próximamente en el Colegio de Escribanos de La Plata, podrá verse por el Canal 21 del Arzobispado el Viernes Santo y en otras doce emisiones durante el año.

Fue Matilde Kusminsky, la mujer de Ernesto Sabato, judía y cristiana conversa, quien le acercó el mundo de Stein a Grinberg. “En la facultad también me había impactado la fenomenología de Husserl y, desde chica, igual que ella, quise ser tratada con dignidad. Y me fascinaba la figura de la reina Ester; Stein decía que ella era una pequeña y débil Ester sacada de su pueblo para testimoniar ante el rey, pero el rey que la había elegido era infinitamente grande y misericordioso”, dice Grinberg, que no fue criada en un ámbito religioso pero sí atento a la tradición. Su acercamiento tan íntimo al tema, esa necesidad de buscar la verdad, de llegar a la esencia, no la condujo a la conversión sino a profundizar con un rabino reformista de manera abierta: “No me gustan las divisiones. Por diferentes razones, personas judías y católicas me dijeron que se emocionaron con la obra y eso es lo que me importa”. Las monjas carmelitas, que visitó en el monasterio del barrio de Almagro y que fueron espectadoras, rejas de por medio, de La séptima morada, le pidieron que escribiera un libro sobre su itinerario con Edith Stein.

Entre Goethe, Husserl y el Talmud

“En mis sueños, veía siempre ante mí un brillante porvenir. Soñaba con la dicha y la gloria pues estaba convencida de estar destinada a algo grande y de que no estaba hecha en absoluto para el estrecho marco de pequeñoburgués en el que había nacido”, cuenta Edith en su autobiografía (traducida al español con el título Estrellas amarillas). Era la menor en un hogar de siete hijos (otros cuatro murieron prematuramente) a cargo de su madre, Auguste Courant. El papá, Siegfried Stein, había muerto cuando Edith aún no había cumplido dos años y la casa, los chicos y el negocio familiar de maderas y carbón quedaron a cargo de la viuda. La más pequeña nació el 12 de octubre de 1891, fecha que coincidió con Yom Kippur, el Día del Perdón, una marca de especial predilección para una Auguste tan orgullosa de las tradiciones de su pueblo como de pertenecer a Alemania.

Vivían en Breslau, capital de Silesia, Prusia (hoy es Wroclaw, Polonia), de manera sencilla, rodeados de los rituales de la madre y de los libros e inquietudes de los hermanos mayores. En la casa, el shabat se respetaba con descanso pero en lugar del Talmud, a Edith le leían a Goethe o Schiller. La escena era repetida en la época y convirtió al judaísmo en vehículo de la cultura alemana.

“Golpead la piedra (stein en alemán) y brotará la sabiduría”, dijo el director cuando le entregó premios y honores al término de su bachillerato en 1911. No fue una alumna convencional. Había dejado el liceo por dos años, cansada de la enseñanza escolar (“necesitaba otra cosa distinta”, escribe), y se fue a Hamburgo a visitar a su hermana Elsa, casada y madre, con total apoyo de Auguste. Era por poco tiempo, pero se quedó diez meses durante los cuales no estudió formalmente aunque leyó sobre maridos de doble moral que contagiaban sífilis a las esposas. Su cuñado era médico especialista en enfermedades de la piel y venéreas. En ese hogar, tan cerca del ateísmo y tan lejos de la autoridad materna, Edith dejó de rezar “consciente y voluntariamente”: la fe de la infancia la había abandonado.

Con ese espíritu volvió, terminó el liceo e ingresó en la Universidad de Breslau para estudiar psicología (uno de sus maestros fue William Stern, el que empleó por primera vez el concepto “coeficiente intelectual”) pero cambió a la de Gotinga, donde enseñaba Edmund Husserl. Decepcionada con la psicología experimental e impresionada por la lectura de Investigaciones lógicas, inició el cambio más importante de su vida: ingresó en la escuela fenomenológica. Adolf Reinach, asistente de Husserl y judío convertido al protestantismo al igual que el maestro, la presentó al que llamaban el “filósofo de nuestra época” y la integró en esa sociedad intelectual formada por, entre otros, Hans Theodor Conrad y su mujer, Hedwig Martius. Conoció allí a Max Scheler, convertido al catolicismo, de quien quedó fascinada: “No me condujo a la fe pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya no podía permanecer ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos tener todas las cosas ante los ojos sin prejuicio y despojarnos de toda anteojera”.

A Husserl le propuso que el tema de su tesis doctoral fuera una investigación sobre la Einfühlung(empatía), el término que usaba el profesor en sus clases para explicar que sólo una experiencia intersubjetiva permite la percepción de un mundo exterior. La tesis debió esperar a causa de la Primera Guerra. Stein se ofreció como voluntaria en la Cruz Roja y fue enviada a un hospital austríaco de enfermos contagiosos pero en 1916 retomó los estudios y terminó la tesis.

Sobre problemas de empatía

El tribunal de doctorado le otorgó la máxima mención, summa cum laude, y Husserl la nombró su asistente en la Universidad de Friburgo de Brisgovia, al oeste de la Selva Negra. Dos años después abandonó el cargo, decepcionada: no había trabajo conjunto con Husserl. Volvió a Breslau a dar clases de filosofía en su casa: Gotinga se había negado a aceptar a una mujer al frente de una cátedra. Años después también sería rechazada en la Universidad de Hamburgo, no por mujer sino por judía.

Según cuentan Waltraud Herbstrith y Marie-Dominique Richard, en Edith Stein, la locura de la cruz, a Husserl le gustaba bromear diciendo que merecía ser canonizado por la Iglesia católica, dada la cantidad de discípulos que habían encontrado la fe gracias a la fenomenología, que concebía a Dios como posibilidad objetiva de la trascendencia. El filósofo Pablo Dreizik, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires, explica:

Seguramente hay que comprender la conversión al catolicismo de Edith Stein en la perspectiva de su educación en un ambiente de judíos asimilados y patriotas prusianos de mentalidad política liberal. Un marco similar al de los filósofos Hannah Arendt, Hans Jonas y Karl Löwith. Como si el fondo disponible de recursos para una “espiritualidad” o una “trascendencia” no hubiera podido ser provisto por el legado judío de la época, marcado ya por la secularización. Pero Stein no fue sólo una mística, sino que -paradójicamente- se formó también en lo más riguroso de la fenomenología husserliana y llegó a formular las más sofisticadas teorías de la intersubjetividad y la empatía que la filosofía alemana entregó al pensamiento contemporáneo.

Dreizik compara ese camino con el del filósofo alemán Franz Rosenzweig: “En 1913, él había ?retornado’ a su religión desde esa misma educación del judaísmo liberal e integrado a la vida alemana. Habría que pensar la lógica que preside ambos movimientos opuestos”, dice acerca de ese pensador que estuvo por convertirse al cristianismo pero, al visitar por casualidad una sinagoga en Berlín durante Yom Kippur, se convenció de dedicarse al estudio y la enseñanza del judaísmo.

Tres hechos confluyeron para que Stein cruzara el umbral del bautismo el 1 de enero de 1922: la entereza y esperanza que observó en la viuda de su querido Reinach, muerto en el frente; el desengaño amoroso con el fenomenólogo Hans Lipps y el Libro de la vida, la autobiografía de santa Teresa de Jesús que halló en la biblioteca de su mejor amiga, Hedwig Conrad-Martius.

Pocos días antes de la muerte de Husserl, el 21 de abril de 1938, ella tomaría los votos perpetuos. Durante ese tiempo, enseñó a jóvenes en el colegio de las dominicas de Espira, dictó conferencias sobre la integración de la mujer (en 1919 votaron por primera vez en Alemania), estudió y tradujo a santo Tomás de Aquino, dio clases en el Instituto de Pedagogía científica de Münster, viajó a París, conoció a Jacques Maritain y a Émile Meyersohn, fue solicitada en los circuitos intelectuales. Pero llegó 1933 y los nazis prohibieron a los judíos ocupar puestos públicos.

Rechazada la propuesta para la docencia en Sudamérica, la doctora brillante, la que había logrado el reconocimiento profesional, decidió entonces ingresar, a los 42 años, en el convento carmelita de Colonia Lindenthal, donde tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Esta vez su madre no la acompañó: nunca más volvió a escribirle y murió en 1936, para la misma época en que Stein terminaba su obra principal, la que cruza fenomenología y pensamiento tomista: Ser finito y eterno, que se publicó recién en 1950, a ocho años de su muerte.

“Yo ya había oído hablar de las medidas contra los judíos. Pero la luz brotó de pronto en mi mente: Dios había vuelto a posar severamente su mano sobre su pueblo y el destino de ese pueblo era también el mío”, le escribe a una amiga. Por su seguridad, tras el pogromo de noviembre de 1938, ella y su hermana Rosa se trasladaron al convento holandés de Echt. Habría preferido el convento de Belén, pero el protectorado británico en Palestina había puesto un límite a la inmigración de judíos. Con la caída de Holanda en 1940, ambas fueron aceptadas en conventos de Suiza pero no pudieron viajar. Fueron de despacho en despacho, en 1942, en Ámsterdam, pero la “solución final” ya estaba cerrada. 242 judíos católicos fueron deportados el 2 de agosto en represalia explícita por la carta pastoral de los obispos holandeses contra la opresión al pueblo de Israel de fines de julio. Edith Stein no murió como mártir cristiana sino como víctima de la Shoah, una víctima del nazismo por su condición de judía. “No, nos salvamos Rosa. Debemos marchar por nuestra gente. Ésta es la última noche”, dice en La séptima morada.

Fue beatificada en 1987 y canonizada en 1998 por Juan Pablo II. La sobrina de Edith Stein, Susana Batzdorff, hija de Erna, recordó: “Millones de personas miraban al Papa beatificar a nuestra tía. Pero en 1933, ella no recibió ninguna respuesta del Papa cuando trató de atraer su atención sobre el destino de los judíos. A pesar de todo, considero la voluntad de la Iglesia católica de mejorar las relaciones con los judíos como una señal de penitencia por lo que se habría podido hacer y no se hizo”..

La obra La séptima morada, de Lili Grinberg, es una muestra de que ese puente, como lo soñó Stein, es posible.

La geometría mágica de la comedia musical argentina. revista Noticias.

La geometría mágica de la comedia musical argentina

Cómo se produce el teatro más caro y menos rentable en una Buenos Aires que ama el género.

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El lugar que alcanzó el teatro musical en Buenos Aires desde los ’90 dejó en claro hace rato que aquí sí podíamos hacerlo. Los continuos estrenos, tanto comerciales como en el teatro independiente, la proliferación de escuelas, los concursos televisivos de talentos y la creación de los premios Hugo –específicos del género–, demuestran que contar historias con canciones es una pasión y por lo tanto, no puede soltarse aún cuando traiga algunas dificultades a las que habrá que buscarle alternativas.

"Y un día Nico se fue", parte de la cartelera del Brodway vernáculo.

La número uno de esas dificultades es que “las grandes producciones” (con el sello de Broadway y del West End londinense) y las de origen local con similares despliegues resultan muy costosas para la cambiante suerte de los bolsillos porteños. Salvo unas pocas, no hay bonanza pareja para todas. “Es muy difícil producir musicales en la Argentina. El costo de un gran musical no resiste el mercado local. Hay un público fiel, pero no alcanza para solventar costos. Ni hablar de grandes producciones donde el gasto de preproducción y de mantenimiento son el triple o cuádriple de cualquier espectáculo. Las comedias musicales no son negocio en ningún caso. Uno las hace porque es un rubro que nos gusta hacer”. El que lo dice es Javier Faroni, uno de los productores más exitosos del país y, en este rubro, el generador de “Casi normales”, excelente puesta que se mantiene desde 2012 con muy buen promedio de público.

Otra de las obras que permanece con destacada repercusión es “Forever young”: se estrenó en el teatro Picadero en mayo de 2012, donde siguió hasta julio de 2013; salió de gira y en enero se mudó al Metropolitan. Seguramente continuará: los 100.000 espectadores que sumó en todo ese tiempo invitan a no cortar la racha. “No es un musical convencional, solamente cuenta con un músico en escena y no hay cambios en el decorado.

El formato de producción es como el de un espectáculo de texto de siete actores, lo cual no es poco, y donde debemos sumarle la complejidad del sonido. Lo riesgoso de ‘Forever young’ es hacerlo con artistas que no son populares, sin una figura de cartel, pero ha realizado un gran recorrido, creciendo poco a poco porque funciona muy bien el ‘boca en boca’”, dice el productor y dueño del Picadero, Sebastián Blutrach, que coproduce con su colega Pablo Kompel.

Especialista como pocos, el periodista Pablo Gorlero es autor de “Historia del teatro musical en Buenos Aires” (Emergentes, 2013), entre otros libros, y creador junto a Ricky Pashkus de los Premios Hugo. Su diagnóstico es duro: el momento crítico del teatro musical se debe a que la realidad social se choca de frente con el valor de las entradas. No hay poder adquisitivo ni una industria turística como en Broadway para sostener esa maquinaria.

“Salvo ‘Forever young’ y ‘Casi normales’, que ya vienen de otras temporadas, no hay grandes resultados este año. Se estrenó menos que en 2013, cuando en la calle Corrientes todas las obras de autores nacionales que estaban en cartel eran musicales: ‘Camila’, ‘Tango feroz”, ‘El jorobado de París’. Lo que sucede es que arrancan muy bien y después decaen. Hasta Time for fun (‘El fantasma de la Opera’, ‘Mamma mia’, ‘La novicia rebelde’, ‘La Bella y la Bestia’) hizo pausa este año con sus producciones grandes”.

“¿A qué llamamos éxito?”, se pregunta por su parte Ricky Pashkus, director, coreógrafo y docente que actualmente dirige “Y un dia Nico se fue” (en Villa Urquiza) y “Al final del arco iris” (en calle Corrientes), y ensaya para estrenar en mayo “La nota mágica”, de Luis Borda, en el teatro de la Ribera.

“¿A aquello que deja más dividendos a los productores o a la venta masiva en boleterías? Porque pueden ir juntas pero no siempre es lo mismo. Creo que a la última que le fue bien para todos fue a ‘Los productores’, de Mel Brooks, en el 2005”, dice Pashkus sobre la puesta que dirigió, protagonizada por Guillermo Francella y Enrique Pinti.

Es justamente en la trama de “Los productores” donde se presenta el gran dilema del negocio: el contador le advierte al productor teatral que “usted puede sumar un millón de dólares de inversores, gastar cien mil y guardarse el resto”, es decir, con un fracaso se podía ganar más dinero que con un éxito. Juntos se dedican a producir el mayor fracaso de la historia. Pero, cosas del teatro, la obra resulta un suceso descomunal.

“El camino que encontró la producción de Mireya, un musical de tango, de Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler, fue la coproducción con el Gobierno de la Ciudad. Sería imposible para una productora por sí sola realizar algo de esta magnitud; y es maravilloso que se dé, porque permite que las entradas sean accesibles. No es una ‘estrategia’ sino un convenio de partes para poder sacar adelante este proyecto”, dice Julieta Kalik que, con la productora La Crypta, acompaña desde la puesta de “Excalibur” a la dupla Cibrian-Mahler.

Y asume su parte: “El riesgo del productor es surrealista ya que toda la inversión cuesta mucho, las temporadas son cortas y luego, al finalizar, ya no vale nada. Y en este ‘juego’ el productor consciente debe aceptar estas reglas del teatro en donde 2+2 no es 4. Pero es un placer producir y ser, junto a Angel Mahler y Pepe Cibrian, responsables también de intentar que este 2+2 sea 4. Eso se llama ‘ideal’, ‘sueño’, ‘fantasía’, aunque el riesgo es mucho e indescifrable”.

 

El musical desde la perspectiva joven. No sólo en las ficciones hay mundos soñados que se hacen realidad. Cibrián al tomar por las astas la comedia musical marcó el paradigma de cómo sortear limitaciones con creatividad. Pero en la Argentina siempre habrá que encontrar la forma y reinventar. Y según Gorlero, es en el teatro musical independiente donde está el germen del crecimiento, en esos grupos de jóvenes que hasta han recuperado el concepto de compañía. Si bien no se puede negar el papel de la televisión en la difusión de modelos aspiracionales, no se trata de productos televisivos. Para el especialista, el auge del musical y las escuelas de formación en el género surgen con el suceso de “Dracula”, en 1991, la primera megaproducción argentina que generó miles de espectadores y fanáticos (ver info).

Reunidos desde hace una década, un ejemplo notable es el de Random Creativos, un grupo de seis integrantes (Diego Corán Oria, Agustina Seku Faillace, Facundio Rubiño, Tadeo Jones, Roberto Peloni, Jorge Soldera) que están por restrenar dos obras: a mediados de abril, “La Parka” en el teatro Picadero (Enrique Santos Discépolo 1857, a pasos de Corrientes y Callao) y que será la séptima temporada de la ganadora de tres premios Hugo 2010 (Mejor musical off, director y actor) que ha generado multitud de seguidores; y “Alicia en Frikiland”, en julio en el Metropolitan, con Mariel Percossi (fue Maia, el año pasado en “Aliados”, por Telefe).

Es un salto, sin duda. Pero lo más importante es mantenerse en el tiempo. Para eso, nuestra estrategia es la fidelización: tenemos muchos fans que no siguen y agotan entradas cada vez que estamos. Lo fuimos construyendo con las acciones que realizamos por afuera del teatro, es decir, buscamos maneras de hacernos conocer, de llegar a todos, de potenciar para que el público se multiplice pero por afuera. Por ejemplo, como cuando hicimos el Frikiday en el Planetario (evento gratuito al aire libre), o la Peregrinación Parka Mistika (en la web puede verse todo). Hay que buscar caminos para la rentabilidad, para ser autosustentables: merchandising y franquicias. Las giras y las redes sociales son parte de esa movida para trascender el tiempo y el espacio, mostrase, hacer, difundir, participar, armar trueques. Porque la rentabilidad hoy es el contacto con el otro. No creo en un público específico de la comedia musical. Nosotros vamos por lo que no existe, no competimos con lo que ya se hace, queremos que se hable de lo que hacemos, que sea diferente y llevarlo afuera, exportarlo”, dice el director Diego Corán Oria. Este año La Parka girará por Colombia, Perú, Uruguay y México, y en 2015, por Madrid, además de las tratativas para adaptar “Alicia en Frikiland” como serie para Fox Latinoamérica.

Con el boca a boca a su favor, después de 2013 en El Cubo, este año El Club del Hit se presenta en el Tabaris con el gancho de un repertorio popular: infalibles canciones de Rafaella Carrá, Natalia Oreiro, Valeria Lynch, Sergio Denis, Xuxa, Soda Estéreo. Es la primera obra de los hermanos cordobeses Alejandro y Matías Ibarra que dirigen un elenco de 40 personas que trabajan en cooperativa. “Al no contar con una producción para realizar grandes escenografías o vestuarios costosos, tuvimos que apelar al famoso ‘menos es más’ y lograr la espectacularidad con pocos recursos, a tracción a sangre. Para nosotros, este es el comienzo de un camino que venimos soñando desde que éramos chicos, cuando jugábamos a hacer teatro en el garage de mi casa”, dice Alejandro Ibarra.

Martín Dichiera es periodista, autor y director y “Quiero el beso” es su primer estreno profesional (en la sala off El Ópalo), un logro después de años de mantener el deseo y concretar ese acto de fe a pesar de la falta de certezas económicas. “Hay que adaptarse a las posibilidades de las salas, esto es: poco espacio para guardar escenografia, escasos o pobres equipamentos lumínicos y sonoros, poder armar y desarmar en un lapso no mayor a 30 minutos. Pero los costos son altos por más que la obra sea intimista y que presente pocos recursos. Hay que pagar ensayos en espacios que sean adecuados, gastos que no tienen las obras de texto off, como los micrófonos, necesarios en estos espectáculos”, dice Dichiera que se ha licenciado en estrategias de “trueque”. Aunque reconoce que el mayor desafío es llevar público, considera que son los precios accesibles una de las mayores ventajas de estas propuestas con respecto al teatro comercial.

Otra puede ser la presencia de nombres conocidos, como pasa en “Y un día Nico se fue”, de Osvaldo Bazán, con música de Ale Sergi, dirección de Pashkus y los protagónicos de Marco Antonio Caponi (que reemplazó a Walter Quiroz) y Tomás Fonzi, además de la participación de figuras invitadas que aseguran repercusión mediática. El año pasado la obra estuvo en la Usina del Arte, en La Boca, y ahora en el teatro 25 de Mayo, en Villa Urquiza, zonas no convencionales adonde, sin embargo, el público los siguió con su apoyo. Otro dato: la entrada cuesta 70 pesos. Como siempre, las estrategias pueden ser múltiples pero el bolsillo es uno solo. En el teatro musical, los productores saben que nada está asegurado pero aún con la más fea, no se puede parar la fiesta de bailar y cantar.

 

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