Asociaciones Amigos de los Museos

ACTUALIDAD 

Amigos de los Museos: la pelea por la caja y la curaduría

Aunque sus miembros trabajan “ad honorem”, ellas financian actividades y adquisiciones que el Estado no cubre.

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Cristina inauguró en agosto nuevas salas en el Museo de Bellas Artes, pero no mencionó el aporte de la Asociación de Amigos.

Cristina inauguró en agosto nuevas salas en el Museo de Bellas Artes, pero no mencionó el aporte de la Asociación de Amigos.

Si alguien está interesado en fundar una Asociación de Amigos del museo del barrio, además de mucha energía, bastante tiempo y algún dinero, necesita seguir algunas recomendaciones. En primer lugar, confirmar si ya no existe alguna (es muy probable que sí).
Después, averiguar las condiciones en la Federación Argentina de Asociaciones de Amigos de Museos (Fadam) donde el estatuto marca, básicamente, que se trata de asociaciones civiles sin fines de lucro cuyo objetivo principal es colaborar con cualquier iniciativa “que responda a los fines que presidieron la creación del Museo”. Según ese mismo estatuto, se sustentan gracias a las cuotas de los socios, donaciones, bonos por actividades recreativas o culturales y venta de objetos, catálogos, etc. Además, su actividad es “ad honorem” y la comisión directiva se elige y recambia por voto de la Asamblea.
Por último, pero no menos importante, cualquier preocupado por esta actividad debería saber, según indica la estadística basada en la experiencia, que los roces, las diferencias –en fin, digámoslo–, las peleas con la dirección del museo serán parte del asunto.
Quizá porque, como supone la galerista Marta Álvarez Molindi, actual presidenta de la Asociación de Amigos de Villa Ocampo, “el error reside en los directores de museos que son una especie de chiquitos malcriados que te dicen ‘voy a hacer tal cosa, conseguime tanto y dame cuanto’ sin explicar nada. Por eso se arman los conflictos”.
Quizá las asociaciones opinen más de la cuenta a pesar de que “no tienen que tener ninguna injerencia en las decisiones museográficas”, como afirma el historiador Gabriel Di Meglio, director del Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo. Tampoco deberían ser “recaudadores de entradas”, como definió Araceli Bellotta, la directora nacional de Patrimonio y Museos y a cargo ad honorem del Museo Histórico Nacional. Pero el Estado parece haber delegado una gran tarea en ellas. “A partir de los años ’50, el Estado dejó de considerar al museo como parte constitutiva de la Nación, y entonces fue la sociedad civil la que se organizó para mantenerlos –dice Américo Castilla, ex director general de Museos y Patrimonio y ex director del Museo Nacional de Bellas Artes–. Las Asociaciones deben abogar para que los museos tengan un sistema de administración más eficaz para que ellas mismas no sean tan imprescindibles. Muchas asociaciones ven bien que el museo esté limitado para así tener más poder”.
Indomables. Si bien la razón de ser de las Asociaciones es siempre apoyar y difundir el patrimonio y la obra de los museos, hay múltiples diferencias entre ellas. En principio, porque los museos son distintos. Se distinguen por la temática que abordan (arte, historia, ciencia) y por su origen: privados o públicos, dependientes de la Nación, la provincia o el municipio, las universidades u otras entidades oficiales. Pero todas comparten “un Código de Ética internacional, aprobado por la Federación Mundial en Oaxaca. Allí está claramente establecido que quien conduce el museo es el director y la asociación está para apoyarlo. Nuevamente, de las relaciones humanas depende que la asociación tenga un diálogo más o menos fluido con el director”, dice Alfredo Corti, presidente de Fadam.
El ejemplo, casi legendario, es el del enfrentamiento entre quien fuera director del Museo de Bellas Artes, Jorge Glusberg y la presidenta de la Asociación de Amigos, Nelly Arrieta de Blaquier. Las crónicas de esos choques eran seguidos por la prensa pero podrían resumirse en la eterna pregunta de quién tiene el poder.
“Algunos museos somos pobres y no importa lo que se recauda”, dice la directora del Museo Roca, María Inés Rodríguez Aguilar, cuya Asociación de Amigos es presidida por Rosendo Fraga. “Pero es verdad que algunas asociaciones fueron estrellas en los ’90. Es que cuentan con potestades recaudatorias y de esponsoreo en épocas de fondos escasos. Y surgen acuerdos y tensiones sobre la programación y los discursos expositivos, tanto estéticos como historiográficos”, dice.
A la hora de recaudar fondos, la tendencia en nuestro país y el mundo es reemplazar personas por empresas en las comisiones directivas de algunas asociaciones. “Esto obedece a un cambio sociológico de la última mitad del siglo XX. Los particulares ricos van desapareciendo (mueren y sus fortunas se dividen o sus herederos no se interesan en la filantropía) y son paulatinamente reemplazados por importantes empresas o empresarios que, bajo el rubro de Responsabilidad Social, asumen el rol de apoyar al Estado donde este no llega o no alcanza”, aclara el presidente de Fadam.
Entre todas las Asociaciones de Amigos, la más poderosa es la del MNBA (Museo de Bellas Artes). Tiene 2.500 socios. Los socios mecenas son el Banco Nación, el Galicia y Mercedes-Benz. El resto de los ingresos proviene de los cursos y talleres que se ofrecen al público y las entradas a los ciclos de cine. Desde 2011, el presidente es el abogado y coleccionista Julio Crivelli quien recibe a NOTICIAS en la sede de Figueroa Alcorta.
“La Asociación apoya al museo a través de cuatro ejes fundamentales. Uno, el programa de adquisiciones de obras de arte contemporánea –una suma de un millón y medio de pesos–. La compra es consensuada con la dirección del museo. También ayudamos en la adquisición de bienes de uso, con otro millón y medio. Por otro lado, hay unos dos millones destinados a emergencias. También damos ayuda a las exposiciones. Así llegamos a los siete millones de apoyo. Paralelamente, brindamos múltiples actividades de extensión cultural”, dice Crivelli.
Noticias: ¿La partida presupuestaria que recibe el museo no alcanza?
Julio Crivelli: Los museos tienen su propio financiamiento proveniente de los municipios, la provincia o la Nación que suele invertirse en sueldos. Hay que reconocer que desde hace cinco años se compra obra, esporádicamente. La Asociación, en cambio, lo hace de manera regular. La tendencia mundial se encamina hacia el museo híbrido. Un museo que pertenece a la sociedad civil y no al Estado. Es decir, los directorios representan a las Asociaciones de Amigos y otros sectores, más allá de que la última palabra la tenga el director. De hecho, desde 2006 existe un decreto orgánico que modernizó la estructura del museo estableciendo un consejo consultivo elegido por el director que debe contar con un miembro de la asociación, con injerencia en decisiones importantes. Pero no se cumple.
La historia de siempre. Los museos históricos no suelen tener tanto glamour como los de arte. Sin embargo, en ellos se juegan cuestiones como el “relato”, el hallazgo del ADN patriótico y el criterio para colgar y descolgar los cuadros de los ancestros. Es en algunos de los museos históricos nacionales adonde una resolución de agosto pasado, la 4.593, vino a renovar el malestar porque acota las funciones recaudatorias y financieras de las Asociaciones de Amigos y coloca sus atribuciones bajo el arbitrio del director del museo.
El Museo Histórico Sarmiento, del barrio de Belgrano, ha dejado de tener Asociación de amigos desde fines de septiembre. Tendrá otra a la brevedad, dice la directora Silvia Méndez, pero la anterior renunció en disconformidad con la citada resolución. “Lo único que les interesa es la caja –dice una ex integrante de esta disuelta Asociación, que no quiso dar su nombre–. Manejar el dinero. Pero no lo pueden hacer porque la ley no se los permite. Se requiere de una asociación intermedia que haga la entrada del dinero al Museo. Necesitan de la Asociación para todo lo que el Estado no hace: computadoras, cartuchos de tinta, papel, arreglos, extensión cultural”.
Jorge Carman es el presidente de la Asociación amigos del Museo Histórico Nacional, tarea que comenzó durante la gestión del historiador José Antonio Pérez Gollán y siguió cuando asumió Araceli Bellotta: “Pérez Gollán no contaba con el apoyo que tuvo Bellotta ni tampoco terminaba de decidir cuál era el relato del museo. Porque un museo histórico es un museo político, donde la museografía denota las orientaciones políticas de los gobiernos.
Noticias: ¿Y la Asociación qué opina?
Jorge Carman: Ni con tirios ni con troyanos. Tenemos una relación cordial, no nos consultan y tampoco corresponde que nos consulten por el rumbo historiográfico. Lo único que hacemos es supervisar que los bonos de entrada se utilicen en el museo.
Noticias: Es decir, se acomodaron a la nueva Resolución.
Carman: Sí. Antes hubo otra resolución (la 1.499) que no firmé porque no se ajustaba al concepto de buena amistad. Pero esta, la 4.593, es más concreta, blanquea todo, tiene una franqueza femenina. Dice, directamente: ustedes no participan en nada porque las entradas son para el museo, la gente viene por el museo y si quieren recursos, tengan asociados y comercien productos en la tienda. Veremos qué pasa después del 10 de diciembre.

Edith Stein. ADN.

Filosofía

Teresa Benedicta de la Cruz, la santa filósofa

Nacida como Edith Stein y convertida al catolicismo a los 31 años, fue una brillante discípula y colaboradora de Husserl. Pudo haber emigrado a Sudamérica durante la Segunda Guerra Mundial, pero decidió quedarse en Holanda y murió en Auschwitz. Juan Pablo II la canonizó en 1998

Por Leni González  | Para LA NACION

No hace ni un siglo, en abril de 1933, la monja carmelita Teresa Benedicta de la Cruz mandaba una carta a Pío XI esperando un gesto ante los ataques a la comunidad judía en Alemania con la llegada al poder de Adolf Hitler. La respuesta fue una carta con bendiciones. Era la época, dirán. Los climas de la historia acuden a cobijarnos de la incomprensión pero dejan espacio para los imponderables, esas decisiones únicas que también construyen el devenir. Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, es uno de esos casos.

¿Por qué no escapó? ¿Por qué permaneció en la celda del monasterio carmelita en Echt, Holanda, a la espera de la Gestapo? El 2 de agosto de 1942, a ella y a su hermana Rosa se las llevaron. Una semana después, el 9, la cámara de gas de Auschwitz terminó una historia que podría haber tenido otro final, en otro lugar, por qué no en Sudamérica, si ella hubiera aceptado ese ofrecimiento. Pero no. Edith Stein eligió.

Nuevas moradas

En Buenos Aires, una mujer judía, universitaria, inquieta, se sintió identificada con la historia de Edith Stein. Es Lili Grinberg, escribana, autora de la novela Christina y el gasolero (una mirada a Dreyfus), danza-terapeuta y actriz, quien estrenó el año pasado La séptima morada, unipersonal con dirección y adaptación de Stella Galazzi (declarada agnóstica), basado en el guión de Éva Pataki para el filme homónimo de 1995, de la húngara Marta Meszaros. La obra, que volvió a escena este año en El Tinglado y continuará próximamente en el Colegio de Escribanos de La Plata, podrá verse por el Canal 21 del Arzobispado el Viernes Santo y en otras doce emisiones durante el año.

Fue Matilde Kusminsky, la mujer de Ernesto Sabato, judía y cristiana conversa, quien le acercó el mundo de Stein a Grinberg. “En la facultad también me había impactado la fenomenología de Husserl y, desde chica, igual que ella, quise ser tratada con dignidad. Y me fascinaba la figura de la reina Ester; Stein decía que ella era una pequeña y débil Ester sacada de su pueblo para testimoniar ante el rey, pero el rey que la había elegido era infinitamente grande y misericordioso”, dice Grinberg, que no fue criada en un ámbito religioso pero sí atento a la tradición. Su acercamiento tan íntimo al tema, esa necesidad de buscar la verdad, de llegar a la esencia, no la condujo a la conversión sino a profundizar con un rabino reformista de manera abierta: “No me gustan las divisiones. Por diferentes razones, personas judías y católicas me dijeron que se emocionaron con la obra y eso es lo que me importa”. Las monjas carmelitas, que visitó en el monasterio del barrio de Almagro y que fueron espectadoras, rejas de por medio, de La séptima morada, le pidieron que escribiera un libro sobre su itinerario con Edith Stein.

Entre Goethe, Husserl y el Talmud

“En mis sueños, veía siempre ante mí un brillante porvenir. Soñaba con la dicha y la gloria pues estaba convencida de estar destinada a algo grande y de que no estaba hecha en absoluto para el estrecho marco de pequeñoburgués en el que había nacido”, cuenta Edith en su autobiografía (traducida al español con el título Estrellas amarillas). Era la menor en un hogar de siete hijos (otros cuatro murieron prematuramente) a cargo de su madre, Auguste Courant. El papá, Siegfried Stein, había muerto cuando Edith aún no había cumplido dos años y la casa, los chicos y el negocio familiar de maderas y carbón quedaron a cargo de la viuda. La más pequeña nació el 12 de octubre de 1891, fecha que coincidió con Yom Kippur, el Día del Perdón, una marca de especial predilección para una Auguste tan orgullosa de las tradiciones de su pueblo como de pertenecer a Alemania.

Vivían en Breslau, capital de Silesia, Prusia (hoy es Wroclaw, Polonia), de manera sencilla, rodeados de los rituales de la madre y de los libros e inquietudes de los hermanos mayores. En la casa, el shabat se respetaba con descanso pero en lugar del Talmud, a Edith le leían a Goethe o Schiller. La escena era repetida en la época y convirtió al judaísmo en vehículo de la cultura alemana.

“Golpead la piedra (stein en alemán) y brotará la sabiduría”, dijo el director cuando le entregó premios y honores al término de su bachillerato en 1911. No fue una alumna convencional. Había dejado el liceo por dos años, cansada de la enseñanza escolar (“necesitaba otra cosa distinta”, escribe), y se fue a Hamburgo a visitar a su hermana Elsa, casada y madre, con total apoyo de Auguste. Era por poco tiempo, pero se quedó diez meses durante los cuales no estudió formalmente aunque leyó sobre maridos de doble moral que contagiaban sífilis a las esposas. Su cuñado era médico especialista en enfermedades de la piel y venéreas. En ese hogar, tan cerca del ateísmo y tan lejos de la autoridad materna, Edith dejó de rezar “consciente y voluntariamente”: la fe de la infancia la había abandonado.

Con ese espíritu volvió, terminó el liceo e ingresó en la Universidad de Breslau para estudiar psicología (uno de sus maestros fue William Stern, el que empleó por primera vez el concepto “coeficiente intelectual”) pero cambió a la de Gotinga, donde enseñaba Edmund Husserl. Decepcionada con la psicología experimental e impresionada por la lectura de Investigaciones lógicas, inició el cambio más importante de su vida: ingresó en la escuela fenomenológica. Adolf Reinach, asistente de Husserl y judío convertido al protestantismo al igual que el maestro, la presentó al que llamaban el “filósofo de nuestra época” y la integró en esa sociedad intelectual formada por, entre otros, Hans Theodor Conrad y su mujer, Hedwig Martius. Conoció allí a Max Scheler, convertido al catolicismo, de quien quedó fascinada: “No me condujo a la fe pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los cuales ya no podía permanecer ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos tener todas las cosas ante los ojos sin prejuicio y despojarnos de toda anteojera”.

A Husserl le propuso que el tema de su tesis doctoral fuera una investigación sobre la Einfühlung(empatía), el término que usaba el profesor en sus clases para explicar que sólo una experiencia intersubjetiva permite la percepción de un mundo exterior. La tesis debió esperar a causa de la Primera Guerra. Stein se ofreció como voluntaria en la Cruz Roja y fue enviada a un hospital austríaco de enfermos contagiosos pero en 1916 retomó los estudios y terminó la tesis.

Sobre problemas de empatía

El tribunal de doctorado le otorgó la máxima mención, summa cum laude, y Husserl la nombró su asistente en la Universidad de Friburgo de Brisgovia, al oeste de la Selva Negra. Dos años después abandonó el cargo, decepcionada: no había trabajo conjunto con Husserl. Volvió a Breslau a dar clases de filosofía en su casa: Gotinga se había negado a aceptar a una mujer al frente de una cátedra. Años después también sería rechazada en la Universidad de Hamburgo, no por mujer sino por judía.

Según cuentan Waltraud Herbstrith y Marie-Dominique Richard, en Edith Stein, la locura de la cruz, a Husserl le gustaba bromear diciendo que merecía ser canonizado por la Iglesia católica, dada la cantidad de discípulos que habían encontrado la fe gracias a la fenomenología, que concebía a Dios como posibilidad objetiva de la trascendencia. El filósofo Pablo Dreizik, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires, explica:

Seguramente hay que comprender la conversión al catolicismo de Edith Stein en la perspectiva de su educación en un ambiente de judíos asimilados y patriotas prusianos de mentalidad política liberal. Un marco similar al de los filósofos Hannah Arendt, Hans Jonas y Karl Löwith. Como si el fondo disponible de recursos para una “espiritualidad” o una “trascendencia” no hubiera podido ser provisto por el legado judío de la época, marcado ya por la secularización. Pero Stein no fue sólo una mística, sino que -paradójicamente- se formó también en lo más riguroso de la fenomenología husserliana y llegó a formular las más sofisticadas teorías de la intersubjetividad y la empatía que la filosofía alemana entregó al pensamiento contemporáneo.

Dreizik compara ese camino con el del filósofo alemán Franz Rosenzweig: “En 1913, él había ?retornado’ a su religión desde esa misma educación del judaísmo liberal e integrado a la vida alemana. Habría que pensar la lógica que preside ambos movimientos opuestos”, dice acerca de ese pensador que estuvo por convertirse al cristianismo pero, al visitar por casualidad una sinagoga en Berlín durante Yom Kippur, se convenció de dedicarse al estudio y la enseñanza del judaísmo.

Tres hechos confluyeron para que Stein cruzara el umbral del bautismo el 1 de enero de 1922: la entereza y esperanza que observó en la viuda de su querido Reinach, muerto en el frente; el desengaño amoroso con el fenomenólogo Hans Lipps y el Libro de la vida, la autobiografía de santa Teresa de Jesús que halló en la biblioteca de su mejor amiga, Hedwig Conrad-Martius.

Pocos días antes de la muerte de Husserl, el 21 de abril de 1938, ella tomaría los votos perpetuos. Durante ese tiempo, enseñó a jóvenes en el colegio de las dominicas de Espira, dictó conferencias sobre la integración de la mujer (en 1919 votaron por primera vez en Alemania), estudió y tradujo a santo Tomás de Aquino, dio clases en el Instituto de Pedagogía científica de Münster, viajó a París, conoció a Jacques Maritain y a Émile Meyersohn, fue solicitada en los circuitos intelectuales. Pero llegó 1933 y los nazis prohibieron a los judíos ocupar puestos públicos.

Rechazada la propuesta para la docencia en Sudamérica, la doctora brillante, la que había logrado el reconocimiento profesional, decidió entonces ingresar, a los 42 años, en el convento carmelita de Colonia Lindenthal, donde tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Esta vez su madre no la acompañó: nunca más volvió a escribirle y murió en 1936, para la misma época en que Stein terminaba su obra principal, la que cruza fenomenología y pensamiento tomista: Ser finito y eterno, que se publicó recién en 1950, a ocho años de su muerte.

“Yo ya había oído hablar de las medidas contra los judíos. Pero la luz brotó de pronto en mi mente: Dios había vuelto a posar severamente su mano sobre su pueblo y el destino de ese pueblo era también el mío”, le escribe a una amiga. Por su seguridad, tras el pogromo de noviembre de 1938, ella y su hermana Rosa se trasladaron al convento holandés de Echt. Habría preferido el convento de Belén, pero el protectorado británico en Palestina había puesto un límite a la inmigración de judíos. Con la caída de Holanda en 1940, ambas fueron aceptadas en conventos de Suiza pero no pudieron viajar. Fueron de despacho en despacho, en 1942, en Ámsterdam, pero la “solución final” ya estaba cerrada. 242 judíos católicos fueron deportados el 2 de agosto en represalia explícita por la carta pastoral de los obispos holandeses contra la opresión al pueblo de Israel de fines de julio. Edith Stein no murió como mártir cristiana sino como víctima de la Shoah, una víctima del nazismo por su condición de judía. “No, nos salvamos Rosa. Debemos marchar por nuestra gente. Ésta es la última noche”, dice en La séptima morada.

Fue beatificada en 1987 y canonizada en 1998 por Juan Pablo II. La sobrina de Edith Stein, Susana Batzdorff, hija de Erna, recordó: “Millones de personas miraban al Papa beatificar a nuestra tía. Pero en 1933, ella no recibió ninguna respuesta del Papa cuando trató de atraer su atención sobre el destino de los judíos. A pesar de todo, considero la voluntad de la Iglesia católica de mejorar las relaciones con los judíos como una señal de penitencia por lo que se habría podido hacer y no se hizo”..

La obra La séptima morada, de Lili Grinberg, es una muestra de que ese puente, como lo soñó Stein, es posible.

Corsos porteños 2013.

La alegría es  sólo porteña

REVISTA EL GUARDIAN > CRÓNICAS

CARNAVAL TODA LA VIDA

La alegría es sólo porteña

Las calles de Boedo, Parque Patricios, Almagro y San Telmo, entre otros barrios, fueron copadas por las pintorescas  comparsas y los festejos de los vecinos. Un recorrido profundo por el corazón de una leyenda que se inició en 1869.

VIERNES 15.02.2013 – EDICIÓN N ° 105

Escribe Leni González / F

otos Julián Herr

 

Era mi propio western. Si salía a la calle antes de que bajara el sol y pasaba la frontera de la esquina, un grupo de forajidos menores de diez años iba a comenzar a cercarme, las armas ocultas en las manos detrás de los shorts rotosos, hasta desenfundar sus bombitas y lanzármelas con igual saña pero desigual puntería que siempre terminaba corrigiendo en el broche final el infaltable villano a quemarropa. Corriendo aprendí a esquivar y a no admitir, jamás, que me gustaba mucho ese juego bárbaro de los barrios porteños que nadie nos había enseñado.

 

Leo a Mijail Bajtin: “Durante el carnaval, no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir, de acuerdo a las leyes de la libertad. El carnaval posee un carácter universal, es un estado peculiar del mundo: su renacimiento y su renovación en los que cada individuo participa. Esta es la esencia misma del carnaval y los que intervienen en el regocijo lo experimentan vivamente”. Esto escribió el autor ruso en 1941, en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento.

 

Nada queda de aquel, mi, carnaval más que la anacrónica venta de “bombuchas” en el tren. Y todavía menos del que vivieron mis padres en los iniciáticos bailes de los clubes adonde concurría la familia entera. Y los corsos y las carrozas donde paseaban la reina y sus princesas por la calle principal. Ese carnaval ya no fue el mío de la misma manera que el mío ya no es ni será nunca el de mi hijo, para quien se trata, apenas, de un festejo ajeno, incomprensible, que nada tiene que ver con sus primeros años de vida, esa experiencia que –como el lenguaje materno– no se olvida.

 Paseo murgueril

En total, diez noches: desde el sábado 2, todos los fines de semana de febrero más los pasados feriados de lunes 11 y martes 12, se extiende la fiesta del “dios Momo”, como dicen en los diarios para no repetirse, aquel que fue echado del Olimpo por ser tan burlón y sarcástico. La comisión de Carnaval del Ministerio de Cultura de la Ciudad informó con tiempo sobre los cortes de calles, desde el atardecer hasta la madrugada, para la realización de 37 corsos, repartidos por más de 30 puntos en los distintos barrios, y el paso de 112 murgas, declaradas Patrimonio cultural porteño en 1997, un logro alcanzado por el empuje de la organización de murgas en los 90 (cuando se relanzaron entre la clase media con cursos en el Rojas y otros centros culturales), después del vacío de la dictadura que había eliminado los feriados carnavaleros, finalmente recuperados en 2010. Este interés de recuperación oficial del festejo popular tuvo una muestra, casi una anécdota, en el carnaval del año pasado cuando se lo vio al gerente de noticias de canal 7, el ex notero Carlos Figueroa, bailar y cantar en Los dandys de Boedo, llamada la murga oficial de la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora.

Entre las tantas murgas, se presentan en 2013 Los mismos de siempre, Los verdes de Monserrat, Alucinados de Parque Patricios, Pasión quemera, Los amantes de la Boca, Atrevidos por costumbre, Fantoches de Villa Urquiza, Los cachafaces de Colegiales, Don Bosco (la primera murga saleciana del mundo, vestidos de amarillo como la bandera papal), La Redoblona (de FM La tribu) y tantas más, con sus ingeniosos nombres.

La expectativa del coordinador del Programa Carnaval Porteño, Pablo Fassina, es la de alcanzar el millón y medio de vecinos en todos los corsos, es decir, en promedio, unas cinco mil personas por corso por noche, cantidad que parece difícil de completar, a menos que cambie la tendencia en los dos fines de semana que restan.

Empieza la noche en la avenida Boedo: entre Independencia y San Juan, esquinas de tango, se corta el tránsito y en todo el perímetro no se vende alcohol pero sí muchos envases de nieve (o espuma) a 13 pesos, reina indiscutible de la fiesta sin ninguna competencia después del destierro del papel picado, las serpentinas y el bombero loco.

Salvo alrededor de los escenarios, se camina fluido por la calle. Gentes de 100 mil raleas no se juntan en el corso: muchas familias y muchos chicos en búsqueda de un festejo barato y seguro, más algunos curiosos. A los negocios consolidados de la zona poco les importa. En realidad, más bien se sienten perjudicados: “Nos baja en un 40% la recaudación –dice el encargado del restaurant Trianón– porque nuestros clientes, con todo este lío en la calle, no salen y la gente que viene al corso no entra acá”. Algo parecido cuentan en el café Margot: “Nos resta las mesas de afuera”. Por San Telmo, lo mismo: la heladería Sumo, de Chacabuco y San Juan, dice que venden más cantidad pero de menor precio, por lo que ganan lo mismo con o sin corso; en cambio, en el kiosco de enfrente sí aumenta la venta. La conclusión es obvia: el bolsillo de los asistentes sólo determina la economía de los puestos callejeros.

“Vengo a traer a mi nieto porque yo me crié con esto –dice una vecina de San Telmo– y me emociona ver a los chicos, sus disfraces, cómo bailan. Antes era todo el barrio y ahora es lo que hay: ¿hay miseria, hay inseguridad? Sí, hay y por eso viene menos gente.

El corso es un grito, un grito popular, esto es el pueblo, es lo que hay, es lo que tenemos”, repite con su nieto al lado, mirando tras la valla los movimientos espasmódicos de nenitos vestidos con brillantes levitas y galeras. Sólo los murgueros están disfrazados. Nadie, ningún chico con su nieve en la mano, usó arpillera para convertirse en indio ni se puso un sombrero de cowboy ni se cubrió de tules de hada.

El antropólogo y periodista Marcelo Pisarro cita al sociólogo Henri Lefebvre para hablar de nuestro carnaval: “‘La metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin’, decía. Una fiesta que emerge, no que se impone. Nada de eso se respira en Buenos Aires. La celebración pasa desapercibida excepto para las murgas, para los escasos espectadores y para quienes las padecen. Hoy el carnaval porteño es un artefacto cultural inerte y no tiene ningún mérito conservar por la fuerza una práctica ruinosa y decadente en el espacio público”.

Incómoda opinión para la época, los murgueros responden a las críticas con la historia (como Los viciosos de Almagro, surgidos a mediados del siglo XX): sostienen que es una manera de vivir que pasa de padres a hijos, que es una herencia que no desaparece. Absolutamente cierto.

Lucas Frazzetti, director general de Los insaciables de La Paternal, tiene 24 años y desde los 10 es murguero. “No tenía opción, ni yo ni mis tres hermanos: mis viejos fueron los fundadores de esta murga, en 1998”, dice con su galera y traje de raso con lentejuelas, en blanco, azul Francia y rojo, los colores que lo distinguen. Lucas es maestro y todo el año arma el show del año próximo y a dar cursos de su especialidad. Sobre el escenario del corso de San Telmo, en la esquina de San Juan y Chacabuco, frasea los versos que compuso su padre, que hablan de la alegría “¿o acaso nos ganaron los milicos?” y de “la melancolía de un ayer olvidado”. Los insaciables recibe cada año un subsidio del Gobierno de la Ciudad para poder sustentar lo que hacen. “Antes las murgas cobraban un cachet por su actuación cada noche. Eso fue reemplazado por este pago, mal llamado subsidio, que se otorga no antes sino después del carnaval y depende de la cantidad de miembros de la murga. Nosotros, que estamos en el grupo del medio (de 50 a 100 personas) recibimos en agosto pasado 36 mil pesos”, dice Lucas. “Las murgas no se hacen de arriba hacia abajo, al contrario, son desde abajo, ese es su origen. Pero es cierto –reconoce– que todo esto puede mejorarse para que venga más gente, como pasaba antes cuando era una fiesta de todo el barrio. Tiene que promocionarse, podrían sumarse otros artistas y no sólo murgueros, porque es cierto que para el público no es interesante ver una sucesión de murgas donde una es buena y tres son malas o regulares”.

Sin embargo, la mirada de Pisarro da en el blanco: esas murgas, con su trabajo y su dedicación indudables, aparecen y desaparecen cada noche en la escena barrial como la caravana de un circo de provincia. Ternura y lejanía, provocan la tristeza del amor perdido entre la gente mayor y la indiferencia entre los chicos que buscan diversión en la guerra de los sexos que se debate con aerosoles a espaldas del espectáculo. Entre los dos extremos, papás en bermudas y mamás en ojotas transpiran mientras, todo a la vez, miran con cara de nada a los saltimbanquis, aplauden alguna crítica contra Macri, observan por dónde andan sus hijos y deciden si compran choripanes o patys, con una gaseosa, a 20 pesos. Eso es todo: un escenario, una o dos cuadras valladas de “corsódromo”, espectadores intermitentes y, a los costados, persecusiones a gritos. La abolición de las jerarquías –fantasía, ilusión, utopía del carnaval– nunca estuvo más lejana.

Como Woodstock pero sin garchar

Un Woodstock sin drogas

RESPIRANDO POR UN SUEÑO

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 Hay talleres de risa, de orgasmos, de cómo tener amigos y de cómolibrarse de ellos y de las mil maneras de ser exitoso. Ravi Shankarenseña a ser feliz. Dos días con el gurú que maravilla a Macri.

JUEVES 13.09.2012 – EDICIÓN N ° 83

 
Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Tengo una pesadilla recurrente. Sueño que no terminé mi carrera en la UBA. Ante mí aparecen unos libros grosísimos que tengo que estudiar en pocos días si quiero llegar a mi última chance. Al despertar, tardo un buen rato hasta convencerme de que sí, que lo logré, que en algún cajón de mi casa duerme el título. “Menos mal”, me digo, torturada cada vez por el miedo a no saber, a haber pasado por tantos cursos equivocados, por cumplir años sin aprender a hacer nada bien. Hay talleres de risa, de orgasmos, de degustación y cata, de cómo tener amigos y de cómo librarse de ellos, de las mil maneras d ser exitoso y comportarse en una fiesta.  Ninguno hice y después tengo pesadillas, claro. Pero la cosa empezó a preocuparme casi a nivel patológico cuando descubrí que ni siquiera sabía respirar correctamente y que era necesario aprenderlo de nuevo. Toda una vida al pedo, no hay dudas. Pensé en suicidarme pero, casualidad-causalidad, un ángel pasó, me dio un volante y movida por una pulsión vital, me dirigí al Centro Municipal de Exposiciones, pagué 100 pesos y entré a FeVida: una bagatela si ese era el precio para acceder al arte de vivir. Macri lo hizo: desde el jueves 6 hasta el domingo 9 se realizó el Primer mega encuentro de espiritualidad de Latinoamérica en Buenos Aires, organizado por el ex legislador del Pro Avelino Tamargo, el encargado de traer a la así bautizada “Capital mundial del amor” a los popes internacionales de espiritualidad más los referentes telúricos del bienestar humano. “No confundir religión con espiritualidad”, me previno Daisy May Queen ni bien entré al salón de conferencias magistrales (mi entrada las incluía porque las de 40 pesos no). La locutora enfundada en vestidito corto aleopardado no me hablaba sólo a mí sino a los muchos que iban ocupando las filas frente al escenarioliving. Aunque me lo prohibieron “porque era el lugar para las fundaciones (sic)”, me senté en las sillas premiadas con bolsitas de Universo Garden Angels que traían el aceite perfumado Mantra. La autora de Pecados espirituales presenta a los conferencistas estrella, seres de los que nada sabía hasta hoy, cuando me rendía ante la evidencia del aplauso de toda esa gente. Así, uno a uno, iban apareciendo Ariadna Tapia, una mexicana especialista en ángeles; otra mujer, Gisela Hengl, maestra de sonido primordial; René Mey, francés, humanista y hombre de paz; el psicólogo Daniel Goleman, autor del bestseller Inteligencia emocional; la australiana Isha, creadora de su propio método; Nah Kin difusora del Sagrado Conocimiento Maya; nuestros más cercanos Carlos Páez Vilaró, eterno sobreviviente de la tragedia de los Andes, y el rabino Sergio Bergman (no escuché bien por qué estaba); por último el maestro, gurú, líder carismático hindú Sri Sri Ravi Shankar. No es un rock star (aunque su homónimo sitarista anduviera cerca) pero arrastra groupies que gritan y dicen que lo aman. Lleva una túnica blanca y parece de edad indefinida aunque en mayo cumplió 56 años. Los ojos muy negros y saltones y la sonrisa constante enmarcada en la barba tupida le dan una expresión de estampita. Muchos de los presentes cruzarían la calle si lo vieran una noche oscura en jeans y buzo con capucha pero no es mi intención arruinar con prejuicios esta verdadera fiesta de la clase media porteña adornada de turistas extranjeros más algunos pocos locales, como yo y la banda de periodistas y fotógrafos agolpados a los pies del escenario. “Cortaron la luz porque acá arriba no hace falta”, dice Daisy ante un bajón energético. Sólo fue un momento ya que al instante ingresó el jefe de la Ciudad, el ingeniero civil, ex presidente de Boca Juniors y fan de Queen, Mauricio Macri, que corta la cinta para inaugurar el encuentro. Habla de amarse a sí mismo para poder amar a los demás; de la función pública que permite dar felicidad a otros como, cita el ejemplo, ese matrimonio que lo miraba de lejos en Villa Crespo, que por fin se animó a acercarse para contarle que la lluvia esta vez no había inundado su casa como en el pasado y “terminamos llorando juntos, un momento único en la vida”. De respirar no dijo nada pero hay que reconocer que en general sus discursos no suelen ser muy inspirados. Por fin, después de tanto telonero, el experto en cambiar el aire comenzaba su función. Y yo tal vez mi camino pulmonar a un soplo de sabiduría.

El que no medita es un estresado

“Namasté”, dice con las palmas juntas el fundador, en 1981, de El Arte de Vivir, la ONG presente en más de 150 países incluida la Argentina desde 1999, donde sus voceros declaran que más de 170 mil almas ya participaron en seminarios para eliminar el estrés, gracias a la respiración, el yoga y la meditación. Todos responden con el mismo saludo de paz en sánscrito (¿la gente sabe sánscrito?). Con traducción simultánea, en inglés y en un trazo, sintetiza su pensamiento de manera perfecta: “globalizar la sabiduría”. Que es fundir las diferencias culturales, tomando conocimientos profundos para difundirlos en formato apto para todo público. Más o menos como convertir en hamburguesa a un bife de chorizo. “La corrupción se da por pocas personas malas y el silencio de la gente buena”, dice y levanta una ovación cuando agrega que “no hay que pedir ni aceptar coimas”. Propone un ejercicio que será el punto más alto del show, el hit que todos esperaban pero que yo descubrí en ese momento, cuando al darme vuelta me encontré con unos 2500 seres bien vestidos con los ojos cerrados obedeciendo los tips del maestro. Pueden hacerlo en sus casas: masajee su cabeza; siga con el entrecejo; abra y cierre los ojos, rótelos hacia todos lados porque “hay que tener una visión amplia”; continúe con su nariz y sus orejas, tire de ellas; rote la cabeza, cierre los ojos y no haga ningún esfuerzo porque “meditación no es concentración”, deje que cualquier pensamiento venga a su mente. Tome conciencia de su cuerpo, ese regalo tan especial, “como los peces están en el agua, nosotros estamos en el aire” (claro, ahí está la clave) y entonces sí, empieza a inhalar y a exhalar. “Dale la bienvenida a la inhalación como si fuera un huésped de honor. Dale la despedida a la exhalación como si fuera un huésped de honor. Una te da energía, la otra relajación –dice Guruji (otro de sus apelativos), sentado en el sillón blanco de espaldas a su imagen agigantada en la pantalla–, a medida que el cuerpo se relaja, la mente se expande, hasta que cada célula de tu cuerpo empieza a sonreír, relájate y descansa en tu propio ser que todo está siendo cuidado para ti.” El broche es el om, vibración de amor y paz, en la que el auditorio se funde a blanco. Ah, era esto, pienso hasta que algo se interpone en mi certeza. Cuando no, tenían que venir las preguntas y lo que es peor, las respuestas. Darle la voz al pueblo trae estos inmanejables problemas: una chica, emocionada al borde del llanto, le declara su devoción y agradecimiento por haberla salvado del pozo de la existencia: “Sólo quiero una cosa: darte un abrazo”. La traductora de Sri Sri le susurra al oído las palabras desesperadas. Un grupo de fans aplaude y pide que el deseo sea cumplido. Pero él no se mueve y sin abandonar ni el sillón ni su sonrisa, dice en español: “¡Lindo!”. Los diálogos continuaron.

–Maestro, ¿qué hago con la culpa?

–Buda dijo que el agua que pasa siempre es nueva. No te aferres al pasado.

–¿Qué hago con el dolor por la pérdida de un ser querido?

–¿Cómo te sientes ahora? ¿Más tranquila? El tiempo se ocupará del resto.

–Maestro, ¿cómo hay que hacer para no sentir soledad?

–Yo estoy con vos. That’s all.

that’s all nunca fue tan literal. Saludó con sus manitas y salió de escena. También yo salí hacia el sector feria, repleto de puestitos de venta y promoción: probé un agua mineral rejuvenecedora, averigüé por las bodas sagradas y las bondades de la rodocrosita, miré los diseños de las remeras sublimadas y me sometí al designio de virtuscospio u horóscopo de la virtud. “El desapego es tu virtud –me dijo una señora vestida de blanco, detrás de un stand, después que elegí una carta–. Si quieres profundizar esto y evitar que se te vuelva en contra puedes hacer alguno de nuestros cursos.”

Mantras en domingo

No hay manera. Los cursos me persiguen. Mi situación de riesgo es alarmante. Pero tenía otra oportunidad gratis y al aire libre. El domingo en los bosques de Palermo, Sri Sri, el visitante ilustre de Buenos Aires, Córdoba y Montevideo, se presentaba una vez más para guiar la meditación colectiva por la paz transmitida a nivel mundial. “El Planeta medita” era el nombre del evento que reunió a unas 100 mil personas que desde el mediodía comenzaron a llegar en bicicleta, con almohadones y babuchas. “Es como Woodstock pero sin garchar”, dijo el incorrecto que me acompañaba. El campus estaba realmente abigarrado de muchos jóvenes lindos. No todos eran vegetarianos sino que varios puestos de lomitos demostraban la vigenciakárnica. “Vinimos porque hicimos los cursos de El Arte de Vivir para meditar y respirar”; “quería experimentar qué me pasaba acá”; “medito hace años y me vine con mis hijos”; “esta es una forma saludable de encontrarse con uno mismo”: las razones se repetían igual que los mantras que entonaba el grupo Indra. “No vamos a parar hasta subir a un colectivo y que el chofer esté cantando mantras”, dice uno de los músicos mientras una camarita aérea nos retrataba sobrevolando nuestras cabezas. Después de un video institucional de la ONG organizadora, la directora de la filial argentina, Beatriz Goyoaga, autora del libro Del gin tonic a la meditación anunció la presencia de Ravi Shankar. Empezó hablando en el español que podía y siguió en inglés, para todos sus seguidores globalizados. El ejercicio fue más o menos el mismo. Inhalar y exhalar es más o menos lo mismo. Pero seguramente hay mucho que aprender y cursar y pagar. No me dio quedarme a escuchar a Patricia Sosa y seguí de largo, entre la multitud que siempre parece tan feliz cuando se oxigena. De lejos, al darme vuelta, una nube de dióxido de carbono flotaba al ritmo de “Aprender a volar”.

Revista El guardián > Una cacería hot entre góndolas, changuitos y ofertas

Una cacería hot entre góndolas, changuitos y ofertas
Los expertos en seducción aconsejan no empezar las conversaciones hablándole a la persona mientras se la persigue.Ampliar

REVISTA EL GUARDIAN > CRÓNICAS

EL LEVANTE EN EL SUPERMERCADO

Una cacería hot entre góndolas, changuitos y ofertas

Ir de compras dejó de ser una simple rutina. Para muchas mujeres, es una manera de conquistar hombres. Cómo detectar buenos amantes, las mejores técnicas de seducción y los casos que terminaron en la cama o en el altar.

JUEVES 29.03.2012 – EDICIÓN N ° 58

Escribe Leni González

lgonzalez@elguardian.com.ar

El mejor sitio para conocer hombres es el supermercado. Tampoco necesitás gastar mucho tiempo. Ves a un chico con una lista, ya sabés que es casado.  Si está en la sección de comida congelada, con una pequeña canasta, es soltero. Pero lo que yo prefiero es pasar un rato entre las frutas y verduras porque tenés más chance de enganchar a uno saludable.”

Por supuesto, este diálogo pertenece a una película, la comedia romántica Se busca pareja (Must Love Dogs), con John Cusack y Diane Lane. También podría ser un consejo de revista femenina proponiendo a sus lectoras, treintañeras y solas, lugares no convencionales para encontrar novio, como la sala de espera del traumatólogo, clases de paracaidismo, grupos ecológicos y exposiciones de autos. Pero la verdad de la milanesa de soja es que en el súper no se engancha nada. Hay que decirlo: en la Argentina –aunque desde Hollywood lluevan promesas–, las mujeres en edad de hacer las compras y decidir por sí mismas, si llevan con alitas o sin ellas, con los changuitos no levantan a nadie.

“Es un mito. No conozco ni a una que le haya pasado”, dice la escritora Carolina Aguirre, una bloguera con miles de seguidores capaces de contarle sus hazañas. “A mí, una vez un repositor me miró el culo”, me cuenta una como su mejor récord. “El vendedor de la pescadería del súper, cada vez que voy, me regala una raba de yapa”, agrega otra. Gracias, chicas, por el esfuerzo, pero no nos referimos a síntomas de nuestra existencia sino a levantes, expresión porteña (en español, “ligues”) referida al acto consciente de lograr, en este caso entre góndolas y cajeras, que un sujeto de deseo solicite nuestro teléfono, invite a un más luego, o cualquier cosa que acomode la autoestima al menos por unas pocas horas, aun cuando sean las últimas.

A no perder la esperanza y conformarse con el saludo del chino de la otra cuadra. Siempre aparece el tiempo para otra oportunidad, como le pasó a Fina Nikolos, de 67 años, y a Jack Frankel, de 75, que empezaron su historia de amor en el supermercado Whole Foods de Coral Springs (unos 60 kilómetros al norte de Miami). Llovía y ella ofreció el abrigo de su paraguas para acompañarlo a él y sus bolsas hasta el auto. Agradecido, Jack la invitó a almorzar y a los siete meses se casaron con una ceremonia en el supermercado que los vio nacer a la nueva vida. Todo se parece a una película con final feliz, en la que todos los lugares comunes son posibles. Desconocemos si esta repercusión se debió a las edades de los enamorados, al lugar adonde se conocieron, a la insólita boda o a todo esto junto. Por las dudas, nunca olviden llevar su paraguas cuando vayan a Miami.

Amor a primera vista

Ciudad de Buenos Aires: ahora dicen que también recrudece la soledad como en todas las grandes urbes. Más chicas que chicos (85,2 varones por cada 100 mujeres, según el último censo), retroceso del almacén de barrio frente al hipermercado, poco tiempo libre y apoteosis del hogar uniparental. El cruce de estos datos podría coincidir con la conclusión del personaje femenino con el que empezamos esta nota. Pero estamos acá y no resulta.

La actriz, humorista y standapera Valeria André, observadora del mundo ovárico al que lleva al escenario de The Cavern, en La Plaza, tiene una postura al respecto: “Me molesta. Repito, me molesta, cuando lo cool es mantener vivo un mito-idea como ‘el levante en el supermercado’. Pero con una mano en el corazón, ¿quién concretó una cita con alguien que haya conocido en el súper?, ¿quién tiene una amiga que tenga una amiga? ¿Alguien? ¿Alguna vez? ¡¡¡Por favor!!! Lo único que logra esto es que las crédulas consumidoras de series yanquis ‘salgamos’ al súper con extremo cuidado en nuestra vestimenta, inflemos expectativas durante todo el recorrido, miremos a cuanto tipo se para más de dos minutos cerca y nos vayamos pensando ‘estoy gorda’, ‘me visto como el culo’, ‘buaaa, no tengo onda’. ¿Y cuál es la onda que hay que tener para levantar a alguien en el súper? Las calzas plateadas a las 11 no dan. OK, vivo en Palermo Soho, pero tampoco quiero dejar ciega a la pobre chica de la caja con semejantes brillos. Y onda ‘soy cool hasta de entrecasa’, ese pelito que cae despeinado pero divino al costado del rostro, una remerita un poquito corta para que se vea el pupo como sin querer. OK, en mi caso quedaría desarreglada y gorda, al estilo de ‘comprá un peine y empezá el Dieta Club’”.

Queda claro que a ella ni a sus conocidas les tocó estar en el momento, el lugar ni la ocasión adecuados. A Jennifer Aniston tampoco.

Nuestra loser favorita, la actriz millonaria que una vez se casó con el marido y padre de los hijos de Angelina Jolie, el rubio Brad Pitt, hace unos años prestó su figura perfecta para un comercial de Heineken. La chica trata de alcanzar dos botellitas de tal cerveza, ubicadas muy por encima de su estatura; mientras se estira y da saltitos, un morocho alto la observa y la cámara se detiene en la parte trasera de los jeans de Aniston; ajá, entonces se acerca; ella sonríe casi empalagosa, qué suerte tengo; él agarra las botellas, las dos últimas, la mira con cara de nada y se las lleva, así nomás. ¿Y ella? Nunca lo sabremos: ¿plataformas o cambio de marca?

El último peceto

A no alegrarse tanto, mujeres. Si bien hasta ahora dijimos que se trataba de un mito, no es cuestión de suspirar aliviadas e identificarse con las peores de la clase. Porque la minoría de privilegiadas encargada de mantener la leyenda con vida existe, aun en esta desolada ciudad. Y aunque estos dos casos no resulten cercanos al común de las gentes, no hay que desestimarlos. Uno es el de la conductora Karina Mazzocco que en 2005, ya divorciada de su primer marido, conoció al padre de su hijo (Malek, 5 años) en un supermercado. Cruzaron miradas y en el estacionamiento, el corredor de TC 2000 Omar El Bacha, apareció para ayudarla con las bolsas. Hasta este febrero, en Punta del Este, los habían fotografiado tan felices.

El otro ejemplo es el de la sexóloga Sandra Lustgarten, autora del libro Desnudate conmigo, quien asegura que no se trata de ningún mito: “Siempre me he levantado hombres espectaculares en el súper. Es atractivo mover nalgas y caminar seductoramente entre salsas de tomates y fideos, mientras un varón elige la pomodoro y te pide el número de teléfono. Es algo sugestivo, incitante, motivador y hasta atrapante. Porque el lugar no hace a la actuación; sin embargo, es sexy y erótico, me ha sucedido y me encantó provocar mientras pienso en el menú de la noche, descifro la botella de vino que ha elegido, si es un entendido de lo afrodisíaco o si sólo es un innovador de lo que escucho entre amigos. Pero no quiero pasar por alto que las mujeres no deben hacerse las desentendidas: muchos de los que circulan en plan de conquista son hombres casados”.

El tema del changuito es de vital importancia. Si va lleno de pañales y leches, no es difícil sacar conclusiones. En cambio, si hay bebidas alcohólicas, snacks y otras inutilidades, es probable que se trate de un soltero. En cualquier caso, no se puede negar que los varones que en solitario hacen las compras tienen un no sé qué, como dice la periodista de género Luciana Peker: “No tengo anécdotas personales. Pero dentro de la inequidad de las tareas domésticas, una de las tareas que más eligen hacer los hombres es ir a comprar al supermercado. Quizá porque aunque sea leche o vino manifiestan aún su poder de compra. Y, es cierto, que los varones en el súper son atractivos. Te da la sensación de que te van a acompañar, te van a ir a comprar la coca o el chocolate que querés a la noche, que se van a acordar de que desayunás queso descremado y que te van a preparar un buen asado de esos que todavía no aprendiste a prender y que te marcan la necesidad de un varón de carbón tomar. Por un lado, los muestra más dulces, más compañeros, más sensibles y, por el otro, conserva algo de la fantasía de que pueden darte de comer: lo juro, todo mi feminismo abdica, cuando siento que un hombre, bah, o cualquier persona, puede tener el don de alimentarme”.

Algo así le pasó a Cristina cuando un domingo a la mañana se puso a hablar en la góndola de las carnes con Carlos, un abogado de 50 años, digno caballero que le cedió el último peceto. “Cómo no se lo voy a dar a una mujer tan linda”, dijo y la invitó a tomar un café. Juntos salieron de la mano, se besaron y, acto seguido, fueron a la casa de ella a cumplir con creces el mandato bíblico. Cuando terminaron, le dijo que apurara porque estaba por llegar el marido. Durante varios meses sostuvieron esos encuentros sexuales adrenalínicos hasta que “normalizaron su situación”. En otro de los casos que sirven como ejemplo de seducción entre las góndolas y los changuitos fue protagonizado por una contadora recién separada. Solía ir al mercado con su marido. Ahora se produce como si fuera a un bar: se maquilla, se perfuma y se viste al rojo vivo. En una de sus salidas, mientras buscaba un libro de autoayuda, un señor elegante, de barba, le sugirió que no leyera basura. Ella sonrió y él se sintió ganador. Típico cultor del chamuyo, le habló de Cortázar, de Benedetti, de Galeano, del amor, de la poesía. Y ella sabía que era un charlatán, pero ese juego de seducción le gustaba. Se vieron al otro día, en un bar. ya no hablaron de literatura. Fueron a los hechos. Hoy están de novios y están por alquilar un departamento para irse a vivir juntos. Un dato no menor para esta historia de amor: al supermercado van juntos, con la listita de las compras.

Menos emocionante pero igualmente estimulante para las desencantadas y escépticas, a Nora, en un pasillo del súper, un joven de treintipocos le tiró una tarjeta cualquiera al susurro del nunca mencionado “se te cayó algo”. Ella siguió el juego, le dio el teléfono y hoy son padres de un par de niños.

Atención, los finales felices no me gustan. Si a mí no me va bien en el súper, entonces a nadie. Ni siquiera a las mejor vestidas, como María Barrera, 30 años, diseñadora de indumentaria y dueña de la tienda Mercado Buenos Aires. Hace dos años, fue a Hawaii a visitar a una amiga que vive con su marido en una casa divina del North Shore, un pueblito habitado por surfers. “Acá, el 90 por ciento son hombres y toda la interacción entre sexos se da en el supermercado a las 7 de la tarde”, le dijo y María obedeció. Pedaleó media hora hasta el centro comercial del amor. Todos los días. Hasta que encuentra a un brasileño, Bruno, “un surfer tremendo y me enamoré”, dice María.

“No pasó nada de nada. Es triste pero fue así. El que me daba bola era un moplo de Mar del Plata que paraba en la casa del brasileño. La cuestión que no me lo comí. Sí, ya sé, es la no historia. Estoy llena de no historias”, concluye con cierta desesperanza y yo le aviso que la mayoría de la gente está llena de no historias. De ninguna manera hace falta recorrer 12 mil kilómetros para eso.

Un ramo de lechugas

Hacé la tuya te dice el instinto. O la revista de las chicas cosmo, o la serie de tevé o la publicidad que te pide revolverte. Será mejor dejar de lado las experiencias ajenas, olvidar la mala onda de las que se niegan a la oportunidad y no achicarse frente a las que tienen todo servido. Hay gente que sabe y que está dispuesta ayudar. Con ese ánimo, Martín Rieznik, director de la escuela de seducción LevantArt, cede a nuestro reclamo y confiesa sus tips. En realidad, son para hombres pero las chicas también pueden usarlos o, al menos, saber cuándo alguien está rondando su changuito.

–En un supermercado, nunca empezar las conversaciones hablándole a la persona mientras se la sigue desde atrás. Das la sensación de estar persiguiéndola.

-Es preferible pasar a la persona en la caminata y comenzar a hablarle cuando estás unos metros adelante girando tu cabeza hacia atrás por encima del hombro. A los pocos segundos de iniciada la conversación debés detener el andar de a poco. Si la otra persona hace lo mismo, es un indicador de interés.

-Otra posibilidad, si ya tenemos divisado a quien queremos seducir, es frenarnos en una góndola por la que sabemos que va a pasar y mientras miramos un producto (de nuevo, la idea no es estar esperando a la otra persona, sino estar interesado inicialmente en un producto, un vino, por ejemplo) le hacemos una consulta: “Una pregunta, ¿te parece bien llevar esto a una fiesta?”.

-La magia a la hora de seducir no existe pero la química, sí. Para que haya química hay que conocer a la otra persona, y en este tipo de lugares la gente está muy de paso, así que tenemos pocos segundos para una interacción y queremos que sepa algo de nosotros, no solamente tener una charla sobre precios o calidad de un producto. Entonces recomendamos tener líneas breves que nos permitan contar quiénes somos. Si, por ejemplo, preguntamos sobre vinos, podemos luego de que nos responde decir: “Es que no sé de vinos, yo sólo sé escribir sobre espectáculos”. (N. de R.: eso me lo armó para mí).

Por último, Rieznik relata una anécdota del plan de estudios: “En nuestros seminarios, salimos con nuestros clientes a levantar en lugares públicos como discotecas, shoppings, librerías, comercios masivos. Un cliente nuestro conoció a su novia preguntándole en el sector de verduras de un supermercado: ‘Te hago una pregunta, mi hermana acaba de tener un hijo y la estoy yendo a visitar, pero no permiten ingresar flores al cuarto, ¿te parece si le llevo esto?’. Y le mostró una lechuga agarrándola como si fuera un ramo de flores. La mujer soltó una carcajada y, en pocos segundos de conversación, cuando él dijo ‘yo sólo sé diseñar ropa’, descubrieron que ambos se dedicaban al diseño de indumentaria. Hoy tienen su propia tienda de diseño”. Aclaramos, por las dudas, que no se trata de la anterior entrevistada María Barrera, a quien nos comprometemos en hacerle llegar esta linda historia.

En definitiva, ante los vinos, las carnes rojas y los fiambres, sin jamás mencionar las grasas saturadas ni la dieta, quizá pueda nacer una conversación. Es preferible no abusar de la obviedad pidiendo opinión en el sector corpiños y bombachas. Por qué no, en el sector herramientas anide alguna chance, ya que cualquier mujer hará bien su papel preguntando cómo se usa ese adminículo. Quién dice que todo está perdido. Si ya  las mujeres derribamos otro mito, es hora de encontrar qué tenía de verdad.

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Revista El Guardián > Pecados capitales

Pecados capitales
Las iglesias se llenan de fieles en busca de una palabra que los conforte.Más Fotos

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LA RELIGIÓN EN EL SIGLO XXI

Pecados capitales

Nuestra cronista recorrió siete iglesias y se confesó otras tantas veces. Cada vez que se arrodilló habló de soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria. Son los “vicios” que definió Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII.

MIÉRCOLES 04.01.2012 – EDICIÓN N ° 16
Escribe Leni González

Fotos Leandro Sánchez

Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.” Siempre me gustó esa parte de la misa: es la respuesta del centurión romano a Jesús, contada en el Evangelio de Mateo, que el cura cita justo antes de la comunión. Me inflaba el pecho de esperanza. Adoctrinada en una primaria parroquial del conurbano, en la secundaria laica me refugié de la incomprensión del mundo en la protectora oscuridad del misticismo reivindicatorio. Quizás ahí había algo para mí sin importar mis pecados ni mis indignidades, mi fealdad ni mi mala suerte. Quizá Dios me estuviera viendo. El cristianismo ideológico, con todas sus herejías, sectas, cismas y bifurcaciones, se ha mantenido vivo por esa raíz heroica que cualquier desesperado puede desenterrar para sentirse menos solo. Ni la Iglesia, su Inquisición y sus pedófilos pudieron domesticarlo. Y algo de eso mantengo todavía.

Dije algo, no mucho. La mayor parte de mi esperanza radica hoy en el azar y no en un designio providencial que premie mi buena conducta. A lo mejor tendría alguna oportunidad si de verdad buscara sanarme, pero mis certezas retrocedieron demasiado. En la semana más importante de la religión cristiana, sólo veo en las estaciones del viacrucis pintadas en las paredes del templo unos frescos envejecidos que ya no me hacen efecto. El Viernes y Sábado Santos, la ciudad está gris y casi vacía salvo en las puertas de las iglesias salpicadas de seres que piden, pocos que dan y un tumulto indeterminado que entra y sale en la vigilia del milagro. No parece real. El ritual nos ubica en la negación del tiempo: un murmullo de oraciones, el aire pegajoso, la luz de velas, ramitas sueltas de olivo en el piso, actores de sus vidas que no parecen lo que son afuera y que no imaginamos por qué horrores cometidos se arrodillan y rezan.

Antes de la Resurrección, los fieles se confiesan, descienden hasta el subsuelo de sus culpas y alumbrados por el arrepentimiento, resurgen a la vida nueva del Domingo de Pascua. Aunque no lo crea, voy a seguir ese camino de expiación; pero no como el Dante, guiada por el poeta Virgilio, sino por mi propia conciencia, la que me dice que estoy mintiendo, que Él lo sabe todo y que arderé en el Infierno aunque alegue obediencia debida a una profesión sin fe.

Antes de ponerme tan trágica, podría acatar la infalibilidad papal y confiar en la proclama de  Juan Pablo II en 1999 cuando dijo que el Cielo y el Infierno no son lugares físicos, sino meros estados de ánimo. Pero a su sucesor Benedicto XVI no le gustó para nada esta definición tan new age y, en cambio, aseguró que era el Purgatorio el que no habitaba en ningún lado porque se trataba de “un fuego interior que purifica el alma del pecado”. Ante estas dudas, prefiero creer en los poetas. En la Divina Comedia (siglo XIV), Dante ubica en el Purgatorio a los siete pecados capitales, llamados así porque son cabeza y origen de otros vicios derivados. Si bien no hay referencias claras en la Biblia, son los hombres de la Iglesia los que los delinearon, como el papa san Gregorio Magno (siglo VI) y el teólogo Santo Tomás de Aquino (siglo XIII): “Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada”. Cada uno de los pecados representa un giro en la montaña del Purgatorio, ordenado de mayor a menor gravedad: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria: sólo siguiendo ese peregrinaje se llega a la cima, la redención, el Paraíso. Cuando Dante cruza las puertas del Purgatorio, un ángel le graba en su frente las siete pe (peccatum) que, de a una, van siendo borradas por otro ángel al final de cada giro. En mi libreta, yo llevo anotada la lista de pecados que iré tachando, de a uno, a la salida de cada confesión.

Soberbia                    

En la Basílica Santa Rosa de Lima, en Belgrano y Pasco, barrio de Balvanera, tres mujeres esperamos para confesarnos. El padre no atiende porque, en otro sector, habla con una joven con un bebé. Una señora de la fila se queja de la tardanza. “Parece que se le quemó la casa y vino a pedir  leche para el nene”, dice otra. Finalmente, el padre se desocupa del problema, se mete en el cubículo de madera llamado confesionario y, ya sentado, invita a la primera a pasar. Ella se arrodilla frente a él, cara a cara, casi puede escucharse su charla, y yo entro en pánico: no conocía esa modalidad. Entonces, me toca.

Padre, hace mucho que no me confieso y siempre lo había hecho al costado, detrás de esas rejillitas, así me inhibe un poco.

–¿Quiere ir ahí? Es a elección, lo que le resulte cómodo: algunos les gusta más así, a otros, no…

–No, no, está bien.

Detrás de sus gruesos anteojos, la mirada del sacerdote es compasiva; quizás esté aburrido o cansado. Tiene cara de pediatra y le calculo no más de 35 años. Hablo con la vista hacia abajo porque si lo miro, creo que no voy a poder.

–Padre, mis amigas me dicen que siempre quiero tener razón y que me creo el centro del mundo. Bah, a mí me parece que no soy así pero algo pasa porque mucha gente se alejó de mí. Es que no puedo evitar pensar en mí primero. Mire, recién, cuando usted estaba con esa chica y su bebé, yo pensaba por qué perdía tanto tiempo sin interesarme por lo que le pasaba…

Hago la pausa para que él hable. Es mi debut en mucho tiempo y no sé con qué voy a encontrarme. Recuerdo el terror de la confesión infantil y la culpa adolescente por mis malos pensamientos, pero ahora no me pasa absolutamente nada. No hay nada que él pueda decirme que me conmueva, me estimule o me provoque.

“Es un camino largo de conversión el de mirar a los otros. La Pascua puede ser ese comienzo, el de acercarse y reconocer el sufrimiento de los demás. Que vengas a confesarte ya es un acto de humildad. A partir de ahí, tenés que alimentar tu vida espiritual para que Dios entre y ocupe el centro de tu alma y así puedas ir corriéndote de ese lugar y ocupar menos.”

–Gracias, padre.

Me voy casi desilusionada. El más grave de los pecados capitales, la osadía por la que Ícaro quemó sus alas y Lucifer fue desterrado, podía ser remediado con algunas oraciones y meditación. No creo que me haga bien esa medicina.

Envidia

Subo la escalinata de la iglesia de San José de Calasanz, en Avenida La Plata y Directorio, al límite entre Caballito y Boedo. Está por terminar la misa y me siento en uno de los bancos de madera. El sacerdote es grueso, canoso, sesentón, con un leve acento italiano. “¿No sabés si van a confesar?”, le pregunté a un tipo que reparte volantes con el programa de Semana Santa. “Espere que, cuando termine, le pregunto al padre, quédese acá”, me dice y obedezco mientras leo en las paredes la cita del Evangelio de San Lucas, sobre Jesús y el paralítico: “¿Qué es más fácil decir: ‘Se te perdonan tus pecados’ o ‘levántate y anda’?”.

El chico cumple su parte y el sacerdote a los pocos minutos viene a buscarme. La iglesia está casi vacía. Otra vez me arrodillo. Tiene las manos cruzadas bajo la panza.

–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén. ¿Cuánto hace que no te confiesas?

–Mucho. Me alejé, padre, pero ahora quiero contar esto que me pesa mucho, me duele. Siempre estoy atenta a lo que logran los otros, siempre me parece que por qué yo no, por qué a mí no me pasa, y me da bronca. Ya sé que está mal pero no lo puedo evitar. Desde chica soy así. A mi hermana todos la elogiaban, la festejaban, que era linda, graciosa, mi papá, mi mamá, y a mí no, y yo entonces, cuando estábamos solas, la torturaba, bah, la trataba un poco mal.

–Es el yuyo malo que todos llevamos, es parte de la naturaleza humana, eso está ahí. Lo importante es que lo reconozcas, que lo sepas. Rezá una oración a la Virgen para que te ayude a que surjan los sentimientos buenos que tenés. Y además, hay razones en tu familia, la manera en que te trataron tus padres, si valoraban más a tu hermana… Tenés que valorarte a vos misma para no mirar a los otros.

Ahora comprendo: en la época de Caín y Abel, la psicología aún no había hecho su aporte, una ventaja con la que hoy se cuenta para evitar finales trágicos. De todos modos, el broche es tradicional y el padre me pide lo que ya ningún hombre de sotana hace: decir en voz alta el Pésame, un montón de palabras que tenía sueltas en algún sitio inseguro de mi memoria. Por suerte, una fotocopia con el texto está pegada en el reclinatorio y la espío con algo de vergüenza porque él me mira, pero no debo ser la única y por eso la pusieron ahí: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido y propongo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado, amén”.

Ira

Por Avenida La Plata, subo hacia Rivadavia. En Venezuela, cruzo y miro el gran reloj junto a la puerta de la iglesia Santa María: la hora de confesiones está por empezar. Hay varias mujeres y algunos varones orando. Otra vez la rutina de la espera hasta que llega un sacerdote muy joven.

“En la parroquia, tenemos un gabinete psicológico, atendido por un grupo de psicólogos católicos por un bono a bajo precio; en la secretaría podés ir ahora mismo, dejás tus datos y pedís un turno”, me recomienda el padre. Yo le conté que no me podía contener, que si me enojo, revoleo muebles, grito hasta asustar a los vecinos, me clavo las uñas en las palmas de la mano y, a veces también, golpeo a los que me contradicen y les deseo la muerte para poder escupir sobre sus cadáveres.

–Creo que soy una persona violenta, padre. Trato de contar hasta diez pero no me sale, me desbordo y después me siento muy mal. ¿Qué hago? Me doy miedo.

Pereza             

Un adolescente le da latigazos y gritos a otro adolescente tirado en el piso con una cruz enorme, en la nave central de la iglesia San Judas Tadeo, de Lanús oeste. Es mediodía y están ensayando la Pasión de Jesucristo que harán la noche del Viernes Santo. Busco al párroco en las oficinas laterales, golpeo al azar en una y él, con sotana, abre la puerta: “Pase, allá no se puede, hay mucho ruido”, me dice. Es español y lleva a la perfección el cargo de director espiritual de la escuela. Cual madre preocupada por su hijo, me siento frente al escritorio, los papeles y la computadora que el padre estaba utilizando hasta que yo interrumpí. Repito con él “en el nombre del Padre, del Hijo…” pero es de lo más incómodo; sin puesta en escena, los ritos se convierten en parodias y hago un esfuerzo para no reírme, para no gritarle en la cara que todo era una farsa y él tan tranquilo con sus mails.

–No puedo hacer nada, padre. Llega mi hijo del colegio y nada, ni la comida le hago, un sanguchito y gracias. No puedo. No tengo voluntad. Todo me cuesta. Mi marido dice que soy una vaga, que limpie, que cocine, que haga algo; mi mamá me dice si no me da vergüenza; mis amigas quieren que estudie, que trabaje, que haga manualidades. Pero empiezo y al mes lo dejo. Me quedo en casa y miro la tele. Soy un desastre, padre. No sirvo para nada y no me importa.

–¿Pero no tiene proyectos? ¿Cuál es su propósito en la vida? Tiene que ejercitar la voluntad, aunque al otro día afloje, tiene que proponerse seguir.

–Sí, todos me dicen, hasta los vecinos. ¿Cómo vas a retar a tu hijo si no estudia, eh? ¿Con qué ejemplo? Y tienen razón.

–Claro que puede y debe ponerle límites a tu hijo. Usted no tiene por qué ser supermamá y debe enseñarle que toda su ayuda y su esfuerzo son bienvenidos.

“¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? / Un poco dormir, otro poco dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados, / y llegará como vagabundo tu miseria y como un mendigo tu pobreza.” Los Proverbios de la Biblia, capítulo 6, me condenan. Pero el padre siente lástima por mí y me voy corriendo a seguir mi impío trabajo.

Avaricia

De Lanús, en colectivo, al centro porteño, donde en lugar de un corazón encontramos una piedra adonde construir la iglesia: la Catedral metropolitana es un hervidero de gente como un hospital después de una tragedia. Es el primer templo donde, de uno y otro lado, los confesionarios están abiertos y activos, y los pecadores pasan, rezan en los tantos altares a los tantos santos y vírgenes de la platea y los palcos laterales. No sé adonde ponerme y, lógica del supermercado, opto por la menor cola.

–Perdí una amiga muy querida por no prestarle plata. Me pidió, lo necesitaba y le dije que no tenía. Y me dijo que la había cansado mi tacañería, me dijo ¡miserable! Y en esta Pascua pensé que algo tengo que cambiar, ¿no? Es que yo trabajo mucho y cuido los pesos, me gusta viajar, comprarme zapatos y me duele cuando me piden o si tengo que invitar… Una vez escuché que mis compañeros de oficina chusmeaban que yo era una canuta, una tacaña, porque no ponía para las colectas, estuve mal, ¿no?

–No está mal ser cuidadosa con el dinero, porque hay muchos vivos. Todos éstos que están en la puerta, acá afuera, yo nunca les doy nada, si viven mejor que nosotros. Una tía mía, que ya murió, le alquilaba el departamento a una pareja que pedía en la calle.

–Uy, qué cosa. Es que ¿sabe?, yooo, hay algo más; yo, una vez, una vez sola, les cobré un poquito de más a mis compañeros. Tenía que encargarme de una compra y me quedé con algo, me parecía que me lo merecía por haber hecho el trabajo, ¿no? Bueno, cuando se lo conté a mi amiga, me dijo que era una porquería lo mío.

–Lo que la puede ayudar es reflexionar sobre el mandamiento superador de todos los otros, el que nos pide “amar al prójimo como a ti mismo”, para poder, intentar, pensar en los demás como en vos misma. Te mando leer el Evangelio en tu casa.

Antes de salir, una señora me regaló con una sonrisa un ramito de olivo bendecido. Era una buena señal y una sensación de esperanza me reanimó. Taché en mi libreta e inspiré hondo: todavía me faltaban dos estaciones.

Gula

En Seven, la película de David Fincher (1995), un hiperobeso es asesinado a fuerza de comida por el psicópata justiciero que interpreta Kevin Spacey, porque le da asco verlo comer. ¿Pero es un pecado la gula? ¿Cómo confesarla? ¿La obesidad ya no tiene estatus de enfermedad, las adicciones no son tratadas y los desórdenes de la alimentación no llenan páginas de revistas?

En la esquina de Belgrano y Luis Sáenz Peña se encuentra Santa María de la Rábida, una iglesia extrañamente moderna, nueva, con ladrillos a la vista y muy austera, casi sin imágenes ni estatuas, sólo una gran cruz en el medio, y hacia el costado, una especie de cuartito, como si fuera un toilette, muy iluminado. En el interior, está sentado un sacerdote de barba, símil abogado de izquierdas, que escucha a una mujer arrodillada; su hijo, de unos cinco años, espera afuera jugando con autitos. Pronto me toca a mí e ingreso al bañito. El ruido de un pequeño extractor o ventilador me distrae. Le cuento que no puedo parar de masticar y tragar, que soy compulsiva, que me da mucha vergüenza, padre, es horrible, pero me encierro y como todo rápido y todo junto y vomito y tomo laxante; y cuando no como, me drogo, bebo alcohol y vivo pasada de rosca. “Soy ansiosa”, le cuento. Y él me manda al psicólogo gratis de la parroquia, que hay ayuda terapéutica en estos casos, que hay mucha gente con mi mismo problema hoy en día, que se puede salir, que se puede.

Lujuria

Para Dante, la lujuria es el menos grave entre los siete pecados capitales porque (como la avaricia y la gula) habla del amor hacia las buenas cosas de la vida, aunque practicado y sentido de manera excesiva y desordenada. Sin embargo, en mi peregrinaje de penitencias católicas se convierte en el momento de mayor densidad. Para que su fantasma me asista, voy a Barracas, a la bella y pequeña iglesia de Santa Felicitas. Un padre de voz dulce, pelo y sotana blancas, me da la opción y yo elijo esta vez ocultarme tras la rejilla del confesionario.

–Soy infiel, padre. El aburrimiento me lleva a la infidelidad. Estoy casada con el mismo hombre hace mucho, éramos novios desde el colegio, lo quiero mucho, él me quiere, pero es como un hermano para mí.

–Tiene que incentivar la relación, poner flores, arreglarse, buscar la intimidad, el encuentro.

–Ya probé con eso. No pasa nada, ya se murió todo; salgo con otros, no le digo que los busco pero si se da, voy, voy a sus casas –a la mía, no– o a telos, a hoteles, y después no los veo más. Al principio, cuando lo veía a mi marido, me arrepentía, me daba culpa, pero ya no.

–Es que hay acostumbramiento en el pecado. Usted sufre una alienación, una dicotomía, tiene una doble vida. Pero dígame: ¿cuál es el amor verdadero? ¿Es un orgasmo? ¿No es más importante sentirse segura, protegida, tener esa tranquilidad?

–Mis amigas me dicen que me divorcie, que no puedo vivir en la mentira.

–No escuche a sus amigas. ¿Así que “las chicas” le dicen que se separe? Es el demonio. Escuche al Espíritu Santo que recibió en el Bautismo. ¿Cual es la mentira y cuál es la verdad? ¿Cuál es el verdadero amor? ¿Cómo te vas a separar? ¿Para qué? ¿Para vivir sola, pasando de amante en amante? La mujer, que nació para dar amor, cuando es perversa, es peor que el hombre. “Yo con mi cuerpo hago lo que quiero.” A eso llaman derechos, a abortar, a asesinar a otros. No se puede hacer lo que uno quiere. Pero es lo que hoy dicen en las radios y en la tele. ¿Escuchó alguna vez a ese Hanglin por la radio? ¡No respeta ni el Viernes Santo! Dice que él no es creyente pero eso no le da permiso a tirarme su mierda, me da asco.

–No puedo seguir viviendo así, padre. ¿Qué hago? ¿Le digo la verdad a mi marido?

–Nooo. Nunca. Ya está hecho y ahora es para adelante. Mire, busque en internet la página Encuentros matrimoniales y vaya con su marido a las reuniones, los van a ayudar, hay mucha gente a la que le pasa lo mismo, hagame caso, búsquelo. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Más tarde lo busqué y lo encontré: http://www.ematrimonial.org.ar, terapia para parejas con supervisión de un sacerdote, dato que transcribo por si a alguien le sirve. Por ahora, lo que no encuentro son las virtudes que se oponen a los pecados: soberbia-humildad; envidia-caridad; ira-paciencia; pereza-diligencia; avaricia-generosidad; gula-templanza; y lujuria-castidad. Quizás el Dante, o algún otro, me muestre el Paraíso.

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Revista El Guardián > Yo fui tarotista

Yo fui tarotista
El tarot es un juego que apareció por primera en el norte de Italia a principios del siglo XV.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN TIRA LAS CARTAS

Yo fui tarotista

Con la fe y la creencia de los que anhelan encontrar respuestas, nuestra redactora se acercó a una especialista en la lectura de cartas. Una tarde entre Arcanos deja una conclusión: meterse con los grandes temas de la vida, cansa.

LUNES 02.04.2012 – EDICIÓN N ° 58

Escribe Leni González

lgonzalez@elguardian.com.ar

Fotos Juan Pablo Barrientos

“Tuviste suerte”, sentenció mi hijo cuando, aburrida, me puse a jugar con sus dardos y, al primer intento, clavé en el centro. Fue entonces que pensé si sólo se trataba de una cuestión estadística: uno en cien, algún disparo iba a ser certero. Pero eso no resolvía las razones acerca de por qué el primero. Al mismo tiempo, consideré si ganarme el odio de mi niño no era, en realidad, una maldición piel de zapa por eso de que cada deseo cumplido trae su contracara. Pero son riesgos que valen la pena, a menos que esté dispuesta a la opción antiestrés de negarse a tirar al blanco por el resto de los días.

Como no es mi caso y moriré en (o sobreviviré a) los intentos, me di cuenta de que nada mejor que consultar a quienes le hablan con confianza a la suerte. Esquiva y engañosa como las mujeres en el tango, no tiene dueño, pero si se siente cómoda es capaz de levantarse el velo y mostrar su rostro. Guardé los dardos en el arcón de los juguetes y buscando mi destino, encontré –¿causalidad o casualidad?: llegó la hora en que pude decir esto– a una experta ideal.

Es una ex periodista que, harta de la profesión, desde hace una década decidió dedicarse a la actuación y al estudio del tarot. Autodidacta, en su casa de Palermo realiza lecturas con sus cartas y dicta cursos. “No creo que todos los taromantes estén llamados a ser profesionales. No porque no puedan ver o leer de manera excelente los mensajes de las cartas, sino porque ser tarotista profesional precisa de una disposición del ánimo y del espíritu que se complace y se siente bien acompañando a las personas en situación de conflicto”, explica Victoria Arderius en su blog (www.victoriaarderiustarot.blogspot.com.ar/).

Desconozco si tengo o no “la disposición” pero sí tengo la confianza. Sin creencia, no tiene sentido. “El tarot sólo funciona para aquellos que desean escuchar. Si uno no quiere que lo ayuden, no hay manera de que el tarot lo haga. La fe actúa como un puente entre diferentes niveles del ser, entre diferentes niveles de la existencia y por ese puente puede circular la energía. Sin fe no hay puente y no se puede recibir nada”, escribió Edith Waite, en El tarot universal de Waite, libro de cabecera para los que se asoman a esta doctrina secreta. Con esa fe, toqué el timbre.

Arcanos mayores

Perfumada y con una túnica hindú, Victoria me indica la escalera que lleva a un cuarto lleno de luz, con una alfombra circular cubierta de almohadones. También circular, hay una mesa pequeña con distintos mazos de cartas que sólo ella toca, un vaso grande de agua, adornos y una bella lámpara Tiffany. En la pared, una foto de Jesús misericordioso; sobre nuestras cabezas, una soga con banderines de colores: son oraciones budistas que el viento mueve extendiendo su plegaria. “Me los trajo una alumna del Tíbet”, cuenta. Tiene voz almendrada (no sé qué significa, pero toda ella es de almendra) que me provoca una ensoñación relajada. Miro los almohadones de raso. Si no fuera porque me interesa lo que me dirá, podría dormirme ahora.

Cuenta la historia que la palabra, casi de uso universal, tarot es el término francés que denomina al tarocco, juego que apareció por primera vez en el norte de Italia a principios del siglo XV, compuesto por 78 cartas, formadas por 22 “triunfos” o Arcanos mayores y 56 menores divididos en cuatro especies o palos (oros, copas, bastos y espadas). Pero el polisémico origen de la palabra continúa oculto. Más cercano, el padre de todos los tarots modernos es el de Marsella, común a mediados del siglo XVII y aún hoy popular en países de lengua francesa. Entre las versiones contemporáneas, el mazo que tiene mayor aceptación es el de Rider-Waite, creado en la primera década del siglo XX por Arthur Edgard Waite y la dibujante Pamela Colman Smith.

“El tarot es una representación simbólica de ideas universales en las que se basan la mente y el comportamiento humano; en ese punto, contiene una doctrina secreta, a la cual se puede acceder pues de hecho está en nuestra conciencia, aunque el hombre ordinario pase por la vida sin reconocerla”, argumentaba este neoyorquino estudioso de la alquimia y la cábala. Por supuesto que al psicólogo Carl Jung esta definición de arquetipos no lo dejó indiferente.

Con esas cartas trabaja Arderius porque son, advierte, las más claras. Y bellísimas. Las observo, las devoro, las disecciono como una campesina analfabeta ante representaciones litúrgicas en una iglesia de la Edad Media. Algo me  sugieren pero no sé descifrarlas. Me atraen algunas, otras me angustian, a ninguna alcanzo a comprender. Como esas figuritas del álbum de las abuelas, tan viejas que no podemos ni imaginar a las nenas que alguna vez jugaron con ellas. Tal vez sea por eso que la palabra arcano significa “secreto”. No siento empatía por las que llevan reyes, emperatrices o soldados. Entre las otras, hay una que me gusta más: una chica rubia desnuda que vacía unos cántaros de agua en una laguna y un cielo con siete estrellas detrás. Abajo está el número 17 y el título, la Estrella. Cada uno de los 22 arcanos tiene un nombre y representa a los misterios más profundos, dice Arderius, los grandes temas de la vida: el Loco, el Mago, la Sacerdotisa, la Emperatriz, el Emperador, los Enamorados, el Sumo Sacerdote, el Carro, la Justicia, el Ermitaño, la Rueda de la Fortuna, la Fuerza, el Colgado, la Muerte, la Templanza, el Diablo, la Torre, la Estrella (“inspirarse en la esperanza para llegar a la concreción de nuestros sueños”, me confía Arderius), el Sol, la Luna, el Juicio y, por último, el Mundo.

“Un tarotista toma a las cartas como un interlocutor válido. Para preguntar a las cartas, hay que hallarse en el estado del tarotista, que no es de racionalización sino contemplativo, poético, receptivo. ¿Cómo me responden? Con sus imágenes. Las cartas son portales dimensionales de información, cada una trae una información de ser o de estar. Para nosotros, no es tan difícil entender las cartas porque estamos acostumbrados por la televisión. Porque un lector de cartas es un lector de imágenes y debe contar lo que se ve en la carta y usar las palabras que son evidentes al contemplarla”, dice la lectora.

Pero cuántas lecturas son posibles. Si muchas veces los críticos de cine no se ponen de acuerdo con las películas, por qué los tarotistas interpretarían lo mismo sobre la misma carta a idéntica persona. La unanimidad no existe en este campo como tampoco son iguales los sermones de los curas ni el diagnóstico de los psicólogos. Depende de la  formación de cada uno, de la “filosofía de vida”, explica la experta. Pero grave error si intentan jugar al terapeuta. No hay que contar nada ni dar detalles; del otro lado, salvo lo indispensable, tampoco preguntarán (al menos, no deberían): “Un tarotista no es un psicólogo, es un enfermero del alma; alguien que puede marcar línea de acción pero sin juzgar, leyendo en las cartas cuál es la mejor energía para enfrentar una situación”.

Arcanos menores

No tengo que olvidar por qué estoy acá. Entrego mi fe a cambio de una respuesta. No puedo oficiar de tarotista si ni siquiera comprendo dónde se origina la suerte, qué motivos inconscientes me conducen, inexorablemente, a elegir esa carta. Debo creer en mi mano que obedece a no sé qué designio. O no. Mejor resisto y voy hacia el otro extremo del abanico. Basta de pensar. Que sea la intuición la que se gane un lugar haciendo el trabajo sucio.

“No es científico. Es una creencia. Sólo tengo la devolución de la gente, lo que me dicen ellos si les pasó o no”, aclara antes de explicar por qué, pero por qué, mi mano elegirá bien. “Creo que se arma una especie de triángulo entre el operador del tarot, el consultante y Dios, o como uno quiere llamar a la energía cósmica o vaya a saber qué. Porque la lectura del tarot presupondría la existencia de una instancia fuera del tiempo donde está la información. A través de las cartas, el tarotista oficiaría de lector de esa información que baja desde esa instancia de no tiempo por la cual uno podría ver qué pasará en el futuro. No es una habilidad paranormal de vidente, sino que aprendí a leer las cartas y si estoy en el estado adecuado –receptivo, no racional, contemplativo–, sé que es lo importante para sugerir en ese momento”, informa.

Lograr ese estado del espíritu no es cuestión de turbantes y bolas de cristal. La vulgata  del tarot está contaminado por suspicacias varias, algunas bien ganadas pero ni más ni menos que cualquier rubro. Para apartar a un costado la cantilena cientificista y expandir la conciencia, hay ejemplos de intelectuales y artistas que se tomaron muy en serio las cartas: el escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky que considera al tarot como el libro más importante de la cultura occidental. Desde hace 30 años, lee gratis las cartas en un café de París y entre los famosos que lo escucharon están el ex presidente de Chile Ricardo Lagos y los músicos Marilyn Manson y Peter Gabriel. Los Arcanos también inspiraron a Salvador Dalí, que pintó su tarot surrealista representando al Mago con su propia cara, y el argentino Xul Solar, además de pintar el Zodíaco, realizó a mediados de los cincuenta, 24 naipes en témpera que llamó tarot concoecos astri (correspondencia astrológica).

¿Y mi suerte? Seguía sin saber si mi primer dardo en el blanco estaba predestinado. Pero la tarotista no responde esas preguntas; despliega un tablero de doble entrada: amor, economía, salud, amigos, familia, por un lado, y pasado, presente y futuro, por otro. Cada carta en cada lugar y, según asome, derecha o invertida, significará algo diferente.

“¿Te resuena lo que dicen las cartas?”, pregunta Arderius, para que el otro, relajado, abierto, receptivo, complete el círculo. Funciona como una Gestalt. Hay que cruzar los distintos tipos de mazos de tarot porque cada imagen remite a otra, como cada palabra se asocia con otra articulando un lenguaje. Un lenguaje de imágenes.

“Venimos con la fatalidad atada al cuello. Nacer en Buenos Aires y no en Nueva York. Tener ojos celestes y no marrones. Ser hijo de Juan, el albañil, o del príncipe Rainiero. Pero todo lo demás lo forja el carácter, y ese carácter decide nuestras elecciones. Por eso, para el tarot, cómo trabajemos ese ser marcará el estar. No hay personas más afortunadas que otras. Depende del momento de evolución, de las vidas pasadas, de lo que te toca como misión en esta vida. Creo fervientemente en la reencarnación. Si no, esto no tendría sentido”, pregona Arderius.

No sé qué decir. Otra carta se pone en mi camino. Es un cinco de Copas, un Arcano menor, lo que nos habla de detalles y coyunturas. Un hombre con una capa mira las copas derramadas en el piso. Parece desolado por la pérdida. A sus espaldas, no puede ver que todavía se mantienen en pie dos copas. “Si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver la estrellas” rezaba un póster de mi adolescencia que, no sé por qué razón, recuerdo ahora. Debería regalárselo a mi hijo pero a los trece años todos queremos ver el sol.

De esta consulta, salí exhausta. Meterse con los grandes temas de la vida, cansa. Debería relajarme. Por ejemplo, jugar a los dardos cuando llegue a casa. Aunque me arriesgo a no repetir mi performance. “Suerte de principiante”, dirá el púber burlón, riéndose. No está mal. No me importa. Siempre hay chance.

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Revista El Guardián > Yo fui casamentera

Yo fui casamentera
No son pocas las parejas que luego de recurrir a los servicios de una Celestina terminan en el altar.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA CRONISTA DE EL GUARDIÁN, CELESTINA

Yo fui casamentera

En un mundo cada vez más dominado por las redes sociales no son pocos los que recurren a profesionales para encontrar al amor de su vida. Y no son solo los feos o tímidos. Por un día, EG se tomó el trabajo de contactar gente.

MIÉRCOLES 18.01.2012 – EDICIÓN N ° 47

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Me caso, ahora sí que me caso.” Pensar que hay tipos que te gritan eso por la calle. Como si una se quisiera casar con ellos, como si estuviera en oferta esperando que caiga algún distraído y te lleve en andas al Registro Civil. No, Rogelio, yo no me quiero casar y vos, creo que tampoco. Que mucho lanzar proclamas al viento pero a la hora de la verdad verdadera. Te quiero ver. Shooo, es un consejo que les doy, muchachas y muchachos, si buscara matrimonio iría a probar suerte con Margarita Baumann, de la consultora For Ever, que une medias naranjas hace 20 años.

Pero no vayan a creer; no busco, faltaba más. Ahora les cuento bien cómo es la cosa. Sucedió que pasaba por ahí, vi un cartel y subí. Y ahí nomás me encaró Margarita y me dijo que como yo era linda, inteligente y buena me iba a casar pronto pero le dije que no y que no insistiera, será posible.

–Entonces, si no vas a casarte, debes entregar tu vida a los demás. Si no lo hacés por vos, lo harás por ellos: ¡a casar gente que se acaba el mundo! Y así empecé.

Bienvenidos

Solos y solas del mundo, uníos. Mentira, jamás diría eso. Como si fuera fácil hacer proselitismo con números sueltos. Según el Censo 2010, en la Ciudad de Buenos Aires viven 1.335.163 varones y 1.555.919 mujeres; es decir, 86 de los primeros por cada 100 de las segundas. Pensar que tu tatarabuela, a fines del siglo XIX, tenía para elegir entre tanto gallego, tano y polaco recién llegados. Para bien o para mal, el “índice de masculinidad” cayó estrepitosamente.

Entre otros ítems que también bajaron para ya no subir, se encuentra la natalidad. Estamos en una ciudad envejecida, con la menor tasa de natalidad del país, de 1,9 hijos por grupo familiar, y la mayor esperanza de vida, rubro en el que también nosotras superamos: 80 años para ellas y 73 para ellos. Pero no sólo las viudas y las viejas viven solas en la Ciudad, ya que el 31 por ciento de las viviendas están habitadas por una sola persona: los que arman su hogar dulce hogar uniparental, porque se divorciaron (uno de cada dos matrimonios) o porque sus ingresos se lo permiten, típico entre las mujeres profesionales que postergan formación de pareja y la maternidad.

En medio de todo ese guiso, mi universo de acción en esta agencia matrimonial de coqueto barrio porteño se acota a mujeres y hombres heterosexuales, mayores de edad,  de nivel social y educacional de medio a alto, con probadas intenciones de unirse de manera estable, es decir: matrimonio, convivencia o cama afuera pero con un vínculo serio. Usted me entiende. Trampas, no. Fantasías de una noche de verano (o de invierno), no. Margarita se pone firme y me da sus directivas: filtremos al dudoso.

–Aló, consultora, buenos días, cómo no, te doy una entrevista y te cuento, es gratuita.

La gente llega por avisos y notas en diarios, por el boca a boca, por la página web. Llaman y se arregla una entrevista. O no.

–Tengo 53, me gustaría salir con chicas de unos 25, que no tengan problemas en viajar, chicas divertidas.

–Mire, señorita, vivo en Gregorio de Laferrère, hago changas, cuido nenes, lavo la ropa, tengo cinco hijos que mantener, vio, porque el padre se fue, quévacer.

Ya desde el teléfono, estamos en condiciones de desalentar al primero porque sobran lugares adonde puede encontrar lo que busca. “Somos una consultora con fines serios y nunca aceptamos tanta diferencia de edad: como máximo, el caballero puede llevarle 10 y hasta 15 años a la mujer pero no más, ¿comprende, señor?”

También descartamos a la segunda. Porque no responde al target de la consultora y no tiene sentido alimentar ilusiones. Somos crueles pero honestos. “En este momento no tenemos a nadie ingresado que busque una persona con sus características. Llame en un tiempo y tal vez podamos ayudarla.”

–Lunes a las 15, en nuestra oficina. Si es posible, no se olvide sus documentos.

Racionalidad

Una computadora, un velador, papeles, archivos con fichas de cada cliente y una carpeta de recortes periodísticos que avalan la seriedad del emprendimiento. Si la charla se alarga, traigo un té o un mate cocido. “Ese es mi hijo, sí, y ese otro, mi gato, ¿viste?”, le cuento a Clara, la nueva interesada. Las fotos de mi novio las saqué por recomendación de Margarita, que dice que es como contar plata delante de los pobres.

“Soy abogada recibida en la universidad X, con master en G y doctorado en Z; trabajo en el estudio de M & N Cía.; vivo sola en mi depto en el barrio de Las Cañitas; viajo a Europa cada dos años y a Nueva York, una vez al año; me mantengo desde los 18; juego al golf tres veces por semana y voy y quiero y pienso y hago.”

Clara tiene 37 años, es muy linda y es todo eso que dice que es. Primera muestra de que a las agencias matrimoniales no van los feos y desahuciados como contaba la leyenda, sino todo tipo de personas, incluidas las atractivas y con montones de atributos positivos. ¿Las razones?: la falta de tiempo para salir al ruedo e iniciar el trámite que implica conocer a alguien, la inseguridad de las calles, la informalidad del mundo nocturno; la falta de compromiso, las mentiras y el amor líquido, el temor a la estafa (en especial, entre los señores de buena posición económica). Por lo tanto, cierto cansancio por experiencias fallidas y el deseo de no perder energía y conectar con personas que busquen lo mismo.

Volvamos a Clara y su estereotipo que, como las llama Margarita, son “las fálicas”.

–Querida, no podés presentarte así a los varones. Los asustás. Podés contarles lo bien que te va, pero además que te gustaría ir de la mano por la playa y sentirte enamorada y (repito lo que me enseñó Margarita) mostrarte más, digamos, femenina.

–No creas. Les digo eso para que sepan que no los necesito, que tengo mi vida. Si no, piensan que los buscás para engancharlos.

–Es que no está mal eso. ¿No es eso lo que querés? ¿No deseás conocer a alguien que busque lo mismo? Acá te vamos a presentar hombres que quieren enamorarse y formar una familia igual que vos.

Clara acepta el consejo. Creo que no tiene alternativa porque está en pleno apurón de los treintilargos y no le incomoda pagar los 4.500 pesos del servicio. Por ese importe  le garantizamos una ilimitada cantidad de presentaciones hasta que se forme una pareja, como más o menos anunciaba Roberto Galán. Recién cuando la relación cumple seis meses, el trabajo se considera realizado. Si se rompe antes, vuelta a empezar: así lo marca el “contrato para la prestación del servicio de presentaciones personales” que firmamos con una sonrisa.

Antes, Clara, y todos los clientes sin excepción, completan dos planillas: “datos personales” y “cuestionario perfil buscado”. Cada cruz marcada debe ser demostrada con DNI, acta de divorcio, diploma de graduado y un demás (drogas, tabaco, enfermedades y más) para el que está la pericia del entrevistador, que para algo estudió psicología, grafología y counseling.

Por ejemplo, cuando en el ítem ¿es importante el aspecto sexual en su vida privada?, Arnaldo marcó la opción “poco”, Margarita temió otra cosa: ¿impotente?, ¿eyaculador precoz?, ¿qué esconderá? “Mmm –me cuenta–, es que pasó. Un tipo guapísimo que no podía. Por eso, estoy atenta. No puedo presentarles a un señor con problemas.”

Y los problemas existen. Mientras esperaba a mi próxima visita, recibí un mail desgarrador. Mónica, de 40, contaba que no iba a reincidir con César, porque “las cosas no salieron como esperaba”. Después de tres salidas, César le parecía genial, que estaba “embaladísimo”, que eran tal para cual aunque faltaba “la prueba decisiva”. Qué lástima. “Ellas son mucho más exigentes en la cama, se quejan y te cuentan; ellos, no”, me confiesa Margarita.

–Hola, soy Andrea, la profesora de reiki. Tenía mi turno ahora.

–Sí, adelante, sentate, ¿un té verde?

A simple vista, le calculo alrededor de 45 años. Bonita, deportiva, charladora, desde que se divorció hace 200 cursos al año y planea escalar el Aconcagua. Le gustan los hombres algo más jóvenes, “no mucho, de 7 a 10 años”, porque a los mayorcitos “les pinta el sillón”. Le advierto que las reglas no permiten brindar lo que busca, simplemente porque no se puede: los hombres quieren mujeres más jóvenes que ellos y nunca mayores de 50.

–Pero si salgo con más jóvenes, qué les pasa.

–En la calle, en una reunión, en tu trabajo, podés encontrar lo que querés porque la seducción lo permite todo. Acá, la búsqueda es racional. Y los hombres piden mujeres con 10 años menos que ellos.

–Ah. Mejor me voy.

La convenzo de que no se vaya. Me da su documento; nació en 1956: tiene 55 años.

–¿No podés poner la edad que aparento y no la cronológica?

–No, es deshonesto. Pero como les saco fotos a todos, el interesado te podrá ver tal como sos y lo linda que estás.

Mentí. Sí, Andrea es linda, eso es cierto. Pero las chances son pocas. Tengo los archivos repletos de cincuentonas. Salvo muy contados casos, cuesta ubicarlas. La oferta supera, desborda, satura la escasa demanda. Nuestro trato es condicional: no le cobro hasta que no le consiga algo duradero. Ella, las de 50, pertenece al grupo de los complicados en el mercado matrimonial. En ese podio, la acompañan los varones menores de 30 (sí, los hay), porque casi no hay chicas menores de 30 que vayan a consultoras. Y los casos fuera de la media, como obesos o señores de 1,50 metro. Es racional, ya les dije.

En el perfil buscado se pregunta lo mismo que cuando conocés a alguien en la kermese: ¿te gustan los chicos? ¿Sos alérgico a los gatos? ¿Aire libre o boliches nocturnos? El dinero no me importa.

En general, ellas piden que sea trabajador y honesto (léase, que no lo tengan que mantener), contenedor (que las escuche hablar), sincero (que no las cuernee) y poder admirarlo (que tenga algún mérito, ¿no?). Mientras que ellos piden  que sea femenina (bah, un poquito sumisa) y atractiva (que la puedan mostrar). “Me tiene que gustar” es la frase repetida. Hay también un reclamo masculino poco simpático: la obsesión por la delgadez por parte de cincuentones en buen estado, profesionales exitosos y muy acicalados (hace un tiempo se los identificaba como metrosexuales) que piden mujeres muy flacas.

Cruzados los datos, si hay “coincidencia” no van al “living del amor”, como con don Roberto. Eso no se usa más. Las presentaciones desde hace años ya no se cumplen en la oficina, momento incómodo pero que las mujeres exigían por temor. Le envío a Juan el perfil y la foto de María, y a María viceversa; y si ambos dicen sí, entonces paso los teléfonos (en el 99,9 % ellas quieren que sea él quien llame) y arreglan una salida. Ahí empieza la historia conocida con todos los tips: me gustó, no me gustó, seguimos, vemos, va de nuevo o, sí, final feliz. Porque hay muchas parejas que se forman y se casan o empiezan una convivencia y todos festejamos. El método funciona como cualquiera, por lo que es menor el pudor a revelar cómo fue que nos conocimos: ¿seducción a la carta? ¿Y por qué no?

–Margarita, ya cumplí con el prójimo y colaboré con el amor universal. ¿Puedo irme?

–Sí, querida. En serio, ¿no querés que te anote?

–Eh, casi casi me convencés. Hagamos algo. Si este libro que estoy leyendo, termina con final feliz, me anoto. Pero si termina todo mal, no, ¿de acuerdo?

Margarita aceptó sin entender mucho. A mí me esperaba un largo viaje hasta mi casa. Menos mal que me entretengo leyendo La Celestina.

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Revista El Guardián > Yo fui custodia en el museo de Luján

Yo fui custodia en el museo de Luján
Lo primero que se hace es poner en orden el lugar y controlar que no falte nada.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA REDACTORA DE EL GUARDIÁN, ENTRE LAS RELIQUIAS

Yo fui custodia en el museo de Luján

Tener la responsabilidad durante de cuidar objetos históricos para que los curiosos no los toquen o que los chicos quieran subirse a la locomotora más antigua del país hace poner los nervios de punta.

MIÉRCOLES 19.10.2011 – EDICIÓN N ° 34

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Vigilar no es lo mío. Será porque cualquier tipo de vigilancia lleva implícita la admonición o, peor, la delación posteriores, las tareas menos glamorosas del mundo. Por lo que nada pero nada está más alejado de mi naturaleza que ser “guardián”: sí, guar-dián, agudo como un ladrido –y yo que amo los gatos– y heavy como San Miguel arcángel. Pero así los bautizaron a los que cuidan de las miserias del público a las piezas expuestas en museos y galerías.

Aunque sea una vez, todos hemos visto alguno, parado en un rincón, muy serio y de brazos cruzados, cuando fuimos de excursión en la primaria. Parecían intimidantes pero no era para tanto, creo. Ahora los conozco mejor. En el Museo Histórico de Luján, sus guardianes me prestaron un poco imaginativo chaleco azul de tres botones y me dejaron asustar a los niños un rato. Bueno, en realidad esa sólo es la parte divertida porque se trata de bastante más que eso.

De mucho más: para decirlo con el diploma en la mano, toda esa mole de estilo colonial ubicada a la izquierda y enfrente de la Basílica es el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, que depende del Instituto Cultural del Gobierno bonaerense. Comprende distintas áreas, pero son dos las de interés turístico: el Museo colonial e histórico, en el antiguo Cabildo y la casa del virrey, con varias salas que evocan los períodos del pasado nacional, desde los pueblos originarios hasta el primer peronismo; y el Museo de Transportes, un enorme galpón que guarda, entre otras reliquias, la carreta que utilizó José de San Martín en El Plumerillo, el hidroavión Plus Ultra, el velero Legh del navegante Vito Dumas y la vedette del salón, La Porteña, la decana de las locomotora

En cada una de las salas que forman estas áreas hay uno, dos y hasta tres guardianes. En total, de las 75 personas que trabajan en el complejo, son 30 quienes de miércoles a domingos, de 11 a 17, vigilan con algo de guía informativo y otro poco de mucama; todo por el mismo precio.

“Lo primero que hace un guardián cuando entra es limpiar”, avisa Graciela, una supervisora y ex guardiana desde hace veintitantos años. En realidad, primero reparte las llaves. Abiertos los salones, los guardianes se arremangan. “Vienen un rato antes del horario de entrada del público para pasar el lampazo con querosén a los pisos y repasar con franela. Los miércoles es la limpieza general, hay que baldear los patios y por eso ese día el museo se abre doce y media”, especifica la supermayordoma.

A los guardianes no les hace gracia empezar el día con la limpieza monacal del museo, que no es exactamente un departamento de dos ambientes sino salas y patios coloniales de baldosones, canteros y ladrillo, pisoteados por bandadas de chicos de colegio, marcados por palomas incontinentes y surcados por domingueros profesionales. Hace rato reclaman la colaboración de otros empleados pero, por ahora, no les queda otra que aparecer en público sin tiempo para recuperarse, colorados y sudados en verano; ateridos y pasmados en invierno.

Pero estamos en primavera, el día es maravilloso y el lugar respira otra época; ojalá no llueva y se embarre todo, que hasta el miércoles no se llega con la casa limpia, piensan las guardianas, sentadas en los bancos de plaza de la galería, frente al césped. O peor, que se inunde como en 1985 cuando un metro y medio de agua, por el desborde del río Luján, arruinó lo irreparable. Sea la hora que sea, no bien aparece la amenaza de inundación, los empleados del museo deben presentarse para el salvataje del patrimonio histórico como bomberos.

A tres pesos la entrada, salvo jubilados y menores de once años acompañados de adultos que no pagan, los fines de semana y feriados hay mucha afluencia de público; el resto de los días, son las escuelas las que siguen los pasos de la guía por la sala de la época federal o de las guerras de la independencia. De todos modos, los empleados más viejos aseguran que antes, en los ochenta, el lugar era visitado por muchísima más gente que en la actualidad donde, según la directora del complejo, la periodista e historiadora Araceli Bellotta, pasan alrededor de 14 mil personas mensuales (de los que sólo la mitad pagó su entrada).

“La gente de domingo es la que salió a pasear y, de paso, mira sin tener la menor idea. Son los que vienen por la Virgen o se van a comer parrilladas a Carlos Keen (un pueblo campero a 13 kilómetros) y ya que están, entran, relojean y se van: son los peores. Los del sábado son más cuidadosos, es el que viene porque le interesa y se detiene en cada cosa. El turista del interior y el extranjero es respetuoso y en cuanto a los pibes, los que peor se portan son los de los colegios privados”, cuenta Héctor, que no se parece a Ben Stiller, el actor que interpreta a un guardián en Una noche en el museo, pero all uso nostro está en su salsa, con anteojos oscuros y cara de pocas pulgas.

–No tocarás ni probarás la comodidad de ningún objeto.

–No sacarás fotos (sin flash tampoco) ni filmarás porque los óleos se deterioran. En el Museo de Transporte, en cambio, sí se puede.

–No comerás dentro de las salas ni harás un picnic en los jardines. Las cañas de pescar y el equipo de mate se dejan en la boletería.

El reglamento básico del guardián es cuidar que se cumplan esas prohibiciones. Y aunque suene sencillo, las personas que visitan los museos no son los que parecen en la vigilia. Aunque usted no lo crea, ese señor de lentes y barriga honorable que paga los impuestos, suelto en un museo es dañino y no peligra su extinción. Como alguna vez dijo un General, “el hombre es bueno pero si se lo vigila, es mejor”.

“No entienden que no pueden sacar fotos y te discuten, contestan mal o esperan que te des vuelta para hacerlo igual. Si amenazamos con llamar a seguridad, se callan”, explica Natalia, una muy comprensiva guardiana de cinco años de antigüedad y unos 3.500 pesos de sueldo a quien le toca vigilar, con dos compañeros, una de las salas mayores, la de los Presidentes. Entre los cuadros de los mandatarios, el más impactante es el de Eva Duarte de Perón, pintado por Héctor José Cartier: muy bella, con el vestido blanco de seda que lució en la gala del 25 de mayo de 1948 en el Teatro Colón. “Algunos se arrodillan frente al cuadro. Otros lo besan y hay que decirles que no se puede. Otros putean y se van”, cuenta Natalia. En el Museo de Transporte, abundan los toquetones; es comprensible que los chicos se tienten con subir a La Porteña, al Plus Ultra o a los lujosos carruajes de gobernadores y los presidentes de la segunda mitad del siglo XIX. Hace poco, Rubén, uno de los guardianes, tuvo que perseguir a sus 67 años a un gaucho llegado por un desfile rural con una borrachera que lo dejó sin conciencia de sus hechos: “Se subía a todo y cuando lo retaba me pedía perdón y me daba un beso”, recuerda.

El guardián debe saber a la perfección el inventario de la sala de su responsabilidad. Al empezar y finalizar el turno, controla que no falte nada: si pasara, debe avisar de inmediato para que se inicie la investigación. La última vez que “desapareció” algo fue en 2007: ocho monedas acuñadas durante Fernando VII que no se han recuperado.

“Este complejo es el más importante de la Argentina y de América del Sur en calidad y diversidad de patrimonio, más que el Museo Histórico Nacional”, define Bellotta.

–¿De los empleados, los guardianes son los últimos de la lista?

–Eran los últimos. Les dimos un curso de capacitación porque pueden responder preguntas y dos de ellos pasaron directo a ser guías. Son los que tienen contacto con la gente, la cara del museo; en ese aspecto, son los de arriba. Les pido que sean felices.

Que me perdone Bellotta, pero fui mucho más feliz viendo las pelis de Ben Stiller. Claro que él no se quedaba de 11 a 17. Si voy a trabajar de guardiana, preferiría la medianoche: a lo mejor, Vito Dumas desempolva su velero y me lleva a dar una vuelta al mundo hasta el amanecer. 

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Revista El Guardián > Yo fui guerrera shaolin

Yo fui gerrera shaolin
El fin del shaolin es llegar a la ansiada perfección de la armonía.Más Fotos

REVISTA EL GUARDIAN > YO FUI

UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN, APRENDIZ DE UN MAESTRO CHINO

Yo fui guerrera shaolin

Tiembla Uma Thurman. En la senda de la heroína de Kill Bill, aprendí los golpes milenarios. Fueron tres días agotadores. Las enseñanzas del maestro Shi De Yang, y el secreto mortal del golpe “cinco tigres que protegen el rebaño de cabras”.

MARTES 11.10.2011 – EDICIÓN N ° 18

Escribe Leni González

Fotos Nacho Sánchez

Maestro, ¿le gustan las películas de artes marciales?

La mediación del traductor del castellano al chino provoca una distancia favorable a la impunidad. En unas cuantas horas, terminada la conferencia de prensa en un hotel de Palermo, cada vez que el maestro Shi De Yang ingrese y se retire haré una pequeña reverencia con las manos juntas y la cabeza baja y balbucearé como pueda xie xie shifu (gracias, maestro) y amitofó (amén / gracias). Pero ahora es mi turno.

“Algunas están bien pero últimamente hicieron muchas pavadas –dice. Es difícil adivinar cuál es el tono en un idioma tan lejano. Compenso con su mirada, fija y oscura, sin jamás desviar la vista–. La que más me gusta es Templo Shaolin, con Jet Li.” El film de 1979, dirigido por Chang Hsin Yen, es para muchos la mejor muestra del género de kung fu: un joven campesino debe huir del señor de la guerra y asesino de su padre; admitido en el templo shaolin, los monjes lo entrenan hasta convertirlo en un gran guerrero pero desaprueban su sed de venganza contraria a los principios budistas. Pero la batalla llegará y será impresionante.

El gran maestro Shi De Yang pertenece a la 31° generación de monjes del Templo Shaolin, el monasterio de 1.500 años de antigüedad, donde vive junto a unos 500 monjes, ubicado a cinco horas de Pekín, en la provincia de Henan, en el centro este de la República Popular China.

El maestro es uno de los principales promotores de esta cultura en el mundo. Supervisa como guía técnico y espiritual la rama europea de su escuela en Italia. Fue allí, en Milán, adonde viajaron en 2009 a conocerlo Daniel Vera y Yamila Melillo. Ellos son pareja en la vida y además dirigen la escuela Shaolin Quan Fa Guan Argentina (en Humahuaca 4556, Almagro). Y lo invitaron a Latinoamérica, más precisamente al sur, a un país llamado Argentina. Y aceptó: el año pasado fue la primera visita y, en junio de este año, la segunda a la que, además, se sumó una delegación de Uruguay, representado por la escuela Jian Dao de Disciplinas Orientales, con sede en Montevideo y dirección de Fernando Acosta y Marina Miguez, alineados también bajo las enseñanzas del gran Shi De Yang.

La visita tiene dos objetivos: uno, tomar como discípulos formales a los maestros argentinos y uruguayos en una ceremonia budista tradicional a la que Melillo define como “un bautismo, una legitimación, es pertenecer a la familia shaolin”; y dos, charlas sobre meditación y caligrafía china, entre otros temas, y, sobre todo, un seminario intensivo de tres días de Shaolin Kung Fu-Chan, práctica que integra el arte marcial y el budismo chan-zen. El costo es de 800 pesos y gran parte de lo recaudado irá a la donación para la escuela del gran maestro.

Cuando a Shi De Yang le contaron que una periodista iba a participar de manera activa en el seminario, se mostró satisfecho y dijo algo así como que no había nada mejor que la propia experiencia para explicar a los otros de qué se trata.

El kung fu shaolin es un sistema cultural que incluye todos los aspectos de la vida: el filosófico y espiritual aportado por el budismo chan (zen) y la práctica de la meditación; el físico, con el arte marcial; el de la salud, con la medicina china y la alimentación; y otros engranajes que la completan y hacen a un modo de vida. Decididamente, no soy yo la que podría explicar esto. Pero supongo que el maestro se refirió a otra cosa que sí estaba en el  límite de mi alcance.

–¿Qué se necesita para llegar al nivel de un monje?

–La primera prueba es la perseverancia (y se calla, claro, no me lo iba a explicar y sonríe). Pero  supongo que debe ser más duro que formar un futbolista.

–¿Y para cualquiera, para la gente común?

–Todos somos personas comunes. Lo que realmente importa es el control de uno mismo. Ser consciente de lo que hacemos. Y combatir al principal enemigo de cada uno, que somos nosotros mismos.

Ponerse el traje lleva su tiempo. Me lo prestaron Melillo y Vera, que los venden en su escuela. Es el tradicional, me dicen con la intención de que se uniforme su uso entre los seguidores del maestro. Igual para ambos géneros, es poco atractivo, austero, enorme y de un color grisáceo terroso con una faja amarilla y unas polainas hasta la rodilla; se lleva con unas zapatillas blancas tipo Flecha, muy livianas, que se importan desde China.

El calzado del maestro debería ser diferente al de los discípulos pero fuera de China nadie es tan estricto.

La práctica es en una cancha de fútbol 5, con piso de cemento y tinglado, a puro clima invierno húmedo sin atenuantes.  Unos 35 inscriptos se preparan: el 90 por ciento son varones y unos pocos vinieron de México, Perú, Paraguay, Perú y Brasil, además del interior del país, de Neuquén y La Rioja. Empiezan a correr y yo los sigo. Hasta que avisan que el maestro está por entrar y nos ponemos en fila, uno al lado del otro. Me da vergüenza pero hago, casi, como los demás. Junto las manos a la altura del pecho y muevo los labios como hacía en la iglesia con las oraciones que no sabía. A quién le importa lo que hace una mujer y rubia en estos casos. Shi De Yang no vio Kill Bill, me había dicho a desgano, ni tiene idea quién es Tarantino ni Uma Thurman.

–Maestro, ¿por qué hay menos mujeres que varones? ¿En el templo Shaolin las reciben? –le pregunto después durante el almuerzo.

–Sí, pero son menos. ¿En el fútbol no hay también menos mujeres que hombres? Aunque para ellas, al ser pocas, les resulta más fácil hacerse famosas.

Todos reciben entrenamiento desde hace años. Salvo yo. Y, por suerte, Fernando. Los  dos también, somos los únicos que usamos anteojos (aunque me los saqué para las fotos). Es brasileño, de Belo Horizonte, abogado, 34 años. Nos ubicamos cerca como los descastados del grupo alfa. Me cuenta  de que hace mucho él practicaba, que quería volver y que para él, ir al Templo Shaolin es como llegar a Jerusalén o La Meca. Cuando se enteró de que en Buenos Aires podía estar cerca de un monje, no dudó.

“El público” es inexistente. Ni siquiera hay novias. Pero no falta un matrimonio y su cámara enfocando a un nene en la primera fila. No es para menos: Matías es campeón Panamericano de shaolin tradicional en la categoría hasta 9 años. Vive en San Miguel con sus padres y un hermano mayor que juega al fútbol. Se entrena de lunes a viernes, dos horas por día, desde hace tres años cuando una tarde pasó por el club y dijo yo quiero hacer esto. Es al único que el mismísimo Shi De Yang felicitó y puso de ejemplo delante del resto.

Después del precalentamiento, el maestro indica algunas posturas básicas del kung fu shaolin que reciben el nombre de Ji Ben Gong. Hay por lo menos unos 20 o 30 estilos de patadas de los que practicamos unos pocos. Vera se pone delante de mí para que yo lo copie de cerca porque vamos pasando de a dos. No miro la cara de nadie para no enterarme del efecto que provoco, pero supongo que es piedad. Jamás podré girar mi pierna en círculo y golpear el empeine en la mano extendida en los brazos en cruz. “La pierna va a la mano, no la mano a la pierna”, dice el maestro y no a mí. Son muchos los que no lo hacen.

Animales marciales

Todos estos movimientos pulidos hace siglos copian a los de cinco animales –el dragón, el leopardo, la grulla, la serpiente y el tigre– y también a prácticas de lucha de los campesinos. Terminada esta etapa que para mí era debut y para el resto un repaso básico, el maestro introdujo otro momento. La cosa se complicaba aunque cada una de las indicaciones fuera traducida por María, la intérprete, una mujer de Shanghai que inmigró a la Argentina hace 25 años.

Empezamos una forma o taolu tradicional, que es una sucesión de distintos golpes, bloqueos y movimientos, enhebrados en una coreografía contra oponentes imaginarios. Es de mano vacía (es decir, sin sable) y se llama Shaolin Tai Zu Chang Quan (boxeo largo del emperador Tai Zu), porque fue diseñada por un emperador que vivió en el templo y la regaló a los monjes 800 años atrás. Cada paso se repite varias veces, después se juntan y otra vez todo. Cuando me siento feliz de haber aprendido una parte, agrega más. En esas dosis recargadas, completa el taolu. Él y los otros. Fernando está sentado y yo me apoyo en la pared y miro. Decidí que sólo me aprendía la primera mitad. Lo confieso: nunca fui buena para danza y el arte del kung fu tiene su misma alma.

Para el almuerzo, por fin, me cuelo en el grupo con los profesores y el maestro. Pide tallarines al fileto y ensalada completa que vierte y mezcla sobre los fideos.

–¿Encuentra muchas diferencias entre el nivel de los alumnos en China y en la Argentina?

–No, todos tienen muchos errores. En el templo sólo unos pocos llegan a un nivel muy alto. Esos deben entrenarse con ropa de invierno cuando la temperatura alcanza los 40 grados y sumarse pesos extra en las piernas. Pero si usted viene no la vamos a obligar a hacer eso y la trataré bien.

–Gracias, maestro. ¿El kung fu está en retroceso en China y por eso han salido a buscar discípulos por el mundo?

–No está en retroceso y nosotros no salimos a buscar nada; son los otros los que nos vienen a buscar.

El que tiene sed

A mi lado, está Yamila Melillo y quiero saber por qué no se puede tomar agua durante la clase: “Es para ponerse en situación límite, para aprender a superar necesidades, para que no haya satisfacción inmediata. Nosotros hacemos retiros de tres días, lejos de la ciudad, en Tandil o Mar del Plata, donde nos entrenamos muy duro desde el amanecer, comemos y bebemos poco, dormimos en el piso, meditamos, y aprendés a valorar una cama, el agua caliente, la comida rica. Es una manera de generar el espíritu guerrero. Un guerrero shaolin debe fortalecer el cuerpo y el espíritu”.

Al día siguiente, la lección es cómo meditar. Sobre un almohadón, piernas cruzadas, sin música ni om, de cinco minutos a media hora para los principiantes y si es posible, dos veces al día. La idea es arrancar la basura que viene a la mente, que la suciedad se estanque y el agua, en la quietud, se purifique. El maestro cuenta historias, varias, pero no junto al fuego. Hace muchísimo frío y me muevo para todos lados para no quedarme dormida. Había una vez un monje que meditó durante 17 días mientras cocinaba unas papas y un tigre lo merodeaba. “¿Ya están mis papas?”, dijo al volver a la realidad porque para él habían pasado minutos. Y el tigre, en verdad, lo cuidaba porque percibía su paz interior y nunca le haría daño. El maestro lo recomienda: “Meditar te hace mejor persona. Cualquiera puede hacerlo, no es perder el tiempo, te da alegría y energía. No todo es trabajar”. Por suerte, al final, vino lo mejor, porque fue lo que me gustó: el uso de armas, práctica que se enseña una vez que el aprendiz domina las formas de mano vacía. Sin embargo, al menos para mí, el sable constituyó un sostén para poder manejar mi propio cuerpo, me dio equilibrio y guió mi coordinación. Es liviano, de unos 60 centímetros, lleva filo sobre un solo lado y una empuñadura de unos 20 adonde van atados unos lazos de colores muy decorativos que, en su origen, se usaban para secar la sangre de la hoja. La forma o taolu que nos enseña el maestro se llama “cinco tigres protegen el rebaño de cabras”. Parece el título de un cuento infantil. Por primera vez, sentí su estilizada belleza y creo, entendí su aura aristocrática. No es para cualquiera. Pero vale la pena, por un instante, entender cómo respira.

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