Lola Cordero

“Todos tenemos una vida televisiva”
Lola considera que la tevé es un medio fundamental para cualquier persona

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LOLA CORDERO

“Todos tenemos una vida televisiva”

Es la panelista española de Beto Casella, quien la contrató porque “mi voz calienta a los argentinos”. Trabaja en radio y tevé. El amor que la trajo al país y las claves para subsistir en un ambiente donde lo que mata es la competencia.

VIERNES 22.03.2013 – EDICIÓN N ° 110

Escribe Leni González / Fotos Le

andro Sánchez

 

La española Lola Cordero está acostumbrada a los gentilicios. O, más o menos lo mismo, está acostumbrada a mudarse, hacerse amigos nuevos y acomodar el paladar a sabores distintos. Catalana de nacimiento pero de familia andaluza, primero fue “la Catalana” en Andalucía, después “la Sevillana” en Madrid; en Barcelona, “la Madrileña”; y, por último hasta hoy, “la Gallega” en la Argentina, el sobrenombre con el que se la identifica rápidamente a esta morocha de ojos claros, que no termina de perder el acento castizo aunque ya pasó una década en el país y que en gran parte le debe a Beto Casella la chance de tener su lugar en la radio y la televisión.

Panelista en Bendita (Canal 9, de lunes a viernes a las 20.30) y parte de la mesa de Bien levantado (FM Pop Radio 101.5, de lunes a viernes de 9 a 13), los dos programas conducidos por Casella, Cordero también trabaja en el noticiero nocturno del canal digital 360tv, que conducen Darío Villarruel y Viviana Valle.

A este país llegó por amor. En Barcelona, conoció al crítico de cine y director Alexis Puig (trabaja en el noticiero de América, en A24 y en radio La Red) y cruzó el océano sin dudarlo. “Yo era gerente en gira de Monólogos de la vagina y, además, soy actriz. Cuando llegamos a Barcelona, ahí estaba Alexis estudiando en el Instituto de Cine. Nos conocimos en una cena con el elenco de Confesiones del pene, con amigos en común”, cuenta la Gallega Cordero, a punto de cumplir los cuarenta y mamá de dos nenas, Lara y Eva, de cuatro y dos años.

–Llegás a la Argentina en 2003, dejando tu trabajo en España. ¿Cómo te insertás laboralmente?

–Hice de todo: dirección de casting, locución, publicidades. Pero la puerta de los medios me la abre Beto. Cuando estaba preparando Bien levantado, se tomó un café con Alexis, que iba a ir una vez por semana para hablar de cine, y en ese bar estaba yo. “La verdad es que me parecés una mina interesante, que tiene discurso. Sos actriz, podríamos hacer un montón de cosas, qué se te ocurre”, me propuso. Le pareció graciosa la idea de buscar temáticas divertidas donde yo opinara y armase debates en la mesa. También le interesó mi acento porque, dijo, “ratonea a los argentinos”. Después se dio cuenta de que sabía mucho de espectáculos y conocía a todos los de la farándula.

–Te sentiste bien recibida.

–Sí, desde el principio, me considero una afortunada absoluta. Creo que también influyó que, a diferencia de otros españoles, me encanta que me llamen Gallega, nunca me pareció algo ofensivo. Además, conmigo se dio algo muy gracioso: cuando tenía trece años y me fui a vivir a Sevilla era Lola, la catalana; cuando de Sevilla me fui a Madrid a estudiar era Lola, la sevillana; cuando me fui a trabajar a Barcelona era Lola, la madrileña; y lo mejor que me pasó es llegar aquí y ser Lola, la gallega, como que me remató el cuento (se ríe).

–¿Casella es amigo o es jefe?

–Me parece que es ese tipo de relaciones especiales en las que nunca podremos llegar a ser amigos íntimos porque no dejamos de ser conductor-panelista; de alguna manera, yo siento que es mi jefe, que es la persona a la que le debo responsabilidades laborales, es el referente del trabajo. Hay una distancia que está buena porque hace que uno se concentre más en el laburo y no mezcle las cosas. Pero, a la vez, nos conocemos tanto y llevamos tantos años juntos que es imposible que no haya algo más. Es una relación muy estrecha de confianza donde los dos sabemos que podemos contar con el otro, mutuamente, para lo que sea.

–¿Cómo se la pasa en el panel de Bendita? ¿Amores, odios, peleas: espontáneo o todo inventado?

–Todo lo que sea medios, radio y televisión, siempre va a tener un 50 por ciento de espontaneidad y otro 50 de especulación. Especulación, en el sentido de que uno puede pensar lo que el espectador puede pensar de lo que uno dice. Eso siempre condiciona, lo que uno dice y cómo lo dice. Ahí entra el juego. En un panel siempre está el gracioso, el que tiene el juego con el conductor, el inteligente, etcétera, y cada uno va encajando en su rol y es ahí donde uno tiene que entender que esos roles juegan para el afuera, para el público. De alguna manera, también hay actuación ahí, porque hay muchas cosas donde me peleo contigo porque es funcional al programa, pero sé que cuando se apague la cámara, vamos a hablar normalmente porque tenemos en claro que fue un juego para la tele. Lo que pasa es que a veces eso es muy confuso y, como es lógico, también provoca discusiones reales. Lo que ve la gente es mitad espontaneidad y la otra parte es construcción.

–¿Se establecen competencias entre ustedes?

–En general, trato de ser una buena compañera, partiendo de la base que me revienta la competencia. Creo que lo único que mata a un panel es, precisamente, eso: la competencia. Lo habrás escuchado mucho eso de que no me llevo bien con éste porque un día le conté tal información en el camarín y luego me la robó y la contó al aire. Eso, el pisar información es re típico. Entonces uno no tiene que propiciar esa competencia: si tienes información, guárdatela para ti, no la sueltes ni en el camarín ni en el maquillaje, sino suéltala donde la tienes que soltar, que es al aire. Yo me considero una buena compañera pero hay que aprender a separar y saber que uno se mueve en un mundo laboral. Trabajar tranquilo, ser medido en lo que uno dice y opina, porque al trabajar en un mundo que especula con el chimento, cualquier cosa que puedas decir puede ser usada en tu contra y chimentada por otro en tu contra.

–¿Cómo juega Casella en esto, les dice por dónde ir, qué transitar?

–No, nada. Llegas al estudio, las rutinas están arriba de la mesa, el que quiere las lee, hay algunos que se sientan y ni siquiera las leen. Yo sí porque soy muy obsesiva y si veo que hay alguna cosa, busco información en internet y trato de estar al día. En los paneles es como en el teatro: si no hay conflicto, no pasa nada; si todos opinamos igual, ¿qué sentido tiene?

–¿Por qué los programas llamados de espectáculos no hablan de espectáculo sino de chimentos?

–Porque serían meramente informativos y sobre obras y películas que la gente en su mayoría no vio. Es una consecuencia de la sociedad que tenemos y no a la inversa. No sé hasta qué punto somos formadores de opinión, no estoy segura. Creo que nosotros somos los traductores o los que transmitimos lo que está sucediendo en el resto de la sociedad. Vivimos en un edificio de nueve pisos y te cruzas una vez por mes con el mismo vecino y no conoces al resto. No tienes la menor idea de quién vive en el sexto. No sabemos nada del vecino. La gente armó entonces toda una vida televisiva, ya sea por los programas de fútbol, si le interesan los deportes, o los de chimentos, si te interesan los chimentos, o los de política, si te interesa la política, ¿me explico? Pero todo el mundo tiene una vida televisiva, incluso aquel que ve sólo series norteamericanas y se la pasa hablando de series como Lost o Friends. La televisión ha llegado a formar parte de la familia y a ser, incluso para aquellos que viven solos, un elemento más de la familia.

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