Leonor Benedetto

 

“Sé que a los demás les causa placer mirarme”

LEONOR BENEDETTO A LOS 71

“Sé que a los demás les causa placer mirarme”

A poco de estrenar Otros de nosotros, su primera obra de teatro como directora, la actriz de la belleza eterna despliega toda su madurez sobre el amor y el bienestar corporal. Por qué se siente una diva.

JUEVES 07.03.2013 – EDICIÓN N ° 108

Escribe Leni González / Fotos Leandro Sánchez

 Cuando ya parecía que lo había dado todo aparece algo más, y Leonor Benedetto vuelve a reinventarse. Igual que su voz, que baja y se hace plana y se difumina como un líquido derramado para otra vez, de golpe, alzarse, encenderse, llamear. Pero su vuelta de tuerca no es a la manera en que proponen las revistas femeninas, cambiándose el peinado o el color de las uñas. A los 71 años, la Benedetto vuelve a provocar, abre una nueva puerta y pasa por el umbral sin mirar a quien encontrará del otro lado. Para ella, siempre valdrá la pena.

En abril estrena una obra, Otros de nosotros, del periodista Carlos Ares, en el Centro Cultural Recoleta, con Adrián Navarro, Ana Celentano y Carlos Da Silva. Es la primera vez que Benedetto tendrá a su cargo la dirección teatral. Ya había pasado por la dirección cinematográfica con El buen destino, en 2005, la película que filmó en San Luis. Pero este año le llegó la propuesta de Ares y se entusiasmó: “Es una cosa nueva y, realmente, llena de matices interesantes porque al ser yo una colega de los actores, creo que estoy hablando desde un lugar diferente al que lo haría un director de etiqueta. Ehhh, digamos, entiendo el conflicto de los actores y están saliendo cosas, realmente, interesantes. Estoy muy contenta. Además, los tres actores que están arriba del escenario son muy talentosos, muy atractivos”, dice sobre los intérpretes de Otros de nosotros, una pieza que habla de la discriminación: un matrimonio verá cómo se modifican sus aspiraciones y su cotidianidad cuando un campamento de refugiados negros se instala en su propia vereda.

–¿No teme a la lupa puesta en su trabajo?

 –Ya lo sé, no es nuevo para mí, siempre me han puesto la lupa y, entonces, prefiero correr riesgos por una buena causa, porque muchas veces he corrido riesgos por tonterías. Yo vivo corriendo riesgos.

–¿La dirección de cine es un ciclo cerrado?

–No, para nada. Sólo que no está, en este momento –subraya–, en mi lista de prioridades, sobre todo teniendo otras cosas que salen muy fácilmente, comparadas con el cine, donde los costos son muy difíciles. Hacer El buen destino fue un encuentro extraordinario en mi vida, el escribir el guión, el lograr plasmarlo, lo que fue la relación con los actores. El estar detrás, no actuar, te da otra perspectiva. No sé cómo harán los actores hombres que dirigen pero, en mi caso, la actriz me perturba la dirección y viceversa, entonces me parece que no rindo a full.

Tanto esfuerzo para hacer una película y después, en la mayoría de los casos del cine nacional, su paso por las salas es efímero.

 –Es desconsolador, en tanto y en cuanto lo pensás en términos económicos, que tenés que pensarlo porque eso le costó mucho dinero a la gente que intervino. Pero si la película la vieron cinco mil personas en vez de cincuenta mil, creo que llegó a la gente que tenía que llegar. Soy bastante filosófica y jamás, entiéndase bien lo que voy a decir, trabajo para el éxito. Si viene, encantada. No soy hipócrita. Pero si no viene, creo que cuando uno tiene una obra terminada o la expone al público, terminó su responsabilidad y terminó su participación. Hay toda una cosa que termina y completa después el público que interpreta a su manera, cada uno de manera diferente.

–Estudió cine con Pilar Miró en España, filmó con Javier Torre, Aníbal Di Salvo, Zuhair Jury, Adolfo Aristarain. ¿Qué aprendió, qué le dejaron estos directores?

–Lo que más me han enseñado es su comportamiento personal más que técnicas sobre cómo poner una luz, un encuadre, etcétera. Me enseñaron cosas personales y de todos ellos, probablemente, sea Aristarain el que más me dejó, Aristarain y su mujer, porque no puedo olvidarme de que fue Kathy Saavedra la que se encargó de la ropa, en apariencia un planteo sencillo y es muy difícil hacer sencillez de verdad. Una sencillez no afectada, no nos disfrazó de pobres o carenciados, algo muy sutil y que logró muy bien. Lo que me queda de la gente es lo que uno vive fuera del plató, en los camarines, en las cenas, ahí es donde creo que se ve a la gente de verdad.

–¿Va a estar en televisión este año?

–No, hasta ahora nada y no tengo ganas de estar en una ficción convencional.

–Hablando de las devoluciones de los otros, ¿por qué nunca ganó un Martín Fierro?

–Tampoco he tenido muchas nominaciones, tengo dos nada más (Padre Coraje y Herederos de una venganza). No sé. ¿Es raro? –Pausa–. No debo ser la única. Volvemos a lo del éxito. ¿Si me gustaría tener siete Martín Fierro en la vitrina de mi casa? No estoy muy segura porque me importa mucho de donde viene el reconocimiento. Tengo otros, como el de la Comisión Permanente de Derechos Humanos, sobre todo porque no hay intereses económicos de por medio. Pero debe haber razones, quiero decir, a mí no me ha afectado en mi calidad de actriz. Sé que para el periodismo no soy una de sus favoritas y me parece bien.

–¿Cómo vive las presiones de la belleza, del estar perfecta?

–El estar bien tiene que ver conmigo. Yo sé que les puede causar cierto placer a los demás mirarme y el hecho de ser como un modelo para las chicas jóvenes me gusta, porque yo no tenía modelos. Miraba para atrás y no quería parecerme ni a mi abuela, ni a ni madre ni a ninguna mujer de esa generación. Hace tiempo, cuando me di cuenta de que mis expectativas más profundas no se cumplían, que era ser una gran trágica, y que me llamaban para que me pusiera pantaloncitos cortos y mostrara las lolas, fue difícil adaptarme a todo eso. Y en un momento pensé “¿y si engordo, me llamarán por mi talento?”. Pero me di cuenta de que no me iban a llamar por mi talento siendo gorda, si no estando bien. Mucho más adelante “el estar bien” pasa a ser una de mis aspiraciones más profundas porque tiene que ver con la salud física y mental. Todo lo demás es trabajo extra porque si no tenés salud cae en saco roto, absolutamente. Tiene que ver con cuidar la única máquina que se nos ha dado para transportarnos por este mundo

–A esta altura, ¿cuál es su definición de amar?

–Es acompañar, no tolerar, donde vos te estás poniendo en una posición de superioridad, sino acompañar lo que venga y que te siga apasionando. Tengo que apasionarme por como come, por como duerme, por sus éxitos, sus fracasos y mirar casi desde afuera al otro porque no me pertenece. Hay que sostener lo que no te gusta del otro. ¿Qué es eso de que no me gustó como me mira y me voy? Pero si hay cosas que no me gustan de mí misma y me las tengo que bancar. Eso es amor, no es pasión el sexo. El sexo es otra cosa.

–¿Y aprendió esa forma de amar?

–Sí. Un poco lo aprendí y otro poco me da la sensación de que soy una persona muy privilegiada. No me han dominado, salvo en un solo momento de mi vida y del que pude salirme con facilidad, nunca he entrado en el fanatismo, no me he puesto etiquetas. Entro y salgo de las personas. Soy bastante inmoral en ese sentido. Si hay un terapeuta, un disertante, ahí voy, saco lo que necesito y no me siento con la obligación de quedarme. Los terapeutas son un buen ejemplo, he viajado por todas las escuelas y no he permanecido con ninguno, camino sola. Que tampoco es sola porque recurro a amigos, a los libros, muy elegidos que son como un frontón.

–¿Qué espera, qué la haría feliz con el estreno de su próxima obra?

–Ayudar a despertar. Intentar ser una linterna. Porque yo sé lo que es vivir muchos años y sentirse pleno y me ha costado mucho trabajo. He caminado todos los precipicios, me ha ido bien y me ha ido mal en todos los aspectos de mi vida. Se trata de saber cómo sobrevivir a la vida y creo que hoy puedo pasar ese conocimiento a las generaciones que vienen detrás. Mi preocupación es ser un buen hilo conductor para que otra gente sea feliz. Es un camino que hay que encontrar, cada uno lo tiene pero es sencillo: si vos mirás a la gente te das cuenta y ahí sí que no importa la edad. Es transversal, de la misma manera que el operarse la cara no te quita la amargura.

–¿Se siente una diva?

–Diva es divina. Sí, me siento divina. Me siento inteligente, me siento una persona muy querida y muy respetada por unas cuaaantas personas.

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