Corsos porteños 2013.

La alegría es  sólo porteña

REVISTA EL GUARDIAN > CRÓNICAS

CARNAVAL TODA LA VIDA

La alegría es sólo porteña

Las calles de Boedo, Parque Patricios, Almagro y San Telmo, entre otros barrios, fueron copadas por las pintorescas  comparsas y los festejos de los vecinos. Un recorrido profundo por el corazón de una leyenda que se inició en 1869.

VIERNES 15.02.2013 – EDICIÓN N ° 105

Escribe Leni González / F

otos Julián Herr

 

Era mi propio western. Si salía a la calle antes de que bajara el sol y pasaba la frontera de la esquina, un grupo de forajidos menores de diez años iba a comenzar a cercarme, las armas ocultas en las manos detrás de los shorts rotosos, hasta desenfundar sus bombitas y lanzármelas con igual saña pero desigual puntería que siempre terminaba corrigiendo en el broche final el infaltable villano a quemarropa. Corriendo aprendí a esquivar y a no admitir, jamás, que me gustaba mucho ese juego bárbaro de los barrios porteños que nadie nos había enseñado.

 

Leo a Mijail Bajtin: “Durante el carnaval, no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir, de acuerdo a las leyes de la libertad. El carnaval posee un carácter universal, es un estado peculiar del mundo: su renacimiento y su renovación en los que cada individuo participa. Esta es la esencia misma del carnaval y los que intervienen en el regocijo lo experimentan vivamente”. Esto escribió el autor ruso en 1941, en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento.

 

Nada queda de aquel, mi, carnaval más que la anacrónica venta de “bombuchas” en el tren. Y todavía menos del que vivieron mis padres en los iniciáticos bailes de los clubes adonde concurría la familia entera. Y los corsos y las carrozas donde paseaban la reina y sus princesas por la calle principal. Ese carnaval ya no fue el mío de la misma manera que el mío ya no es ni será nunca el de mi hijo, para quien se trata, apenas, de un festejo ajeno, incomprensible, que nada tiene que ver con sus primeros años de vida, esa experiencia que –como el lenguaje materno– no se olvida.

 Paseo murgueril

En total, diez noches: desde el sábado 2, todos los fines de semana de febrero más los pasados feriados de lunes 11 y martes 12, se extiende la fiesta del “dios Momo”, como dicen en los diarios para no repetirse, aquel que fue echado del Olimpo por ser tan burlón y sarcástico. La comisión de Carnaval del Ministerio de Cultura de la Ciudad informó con tiempo sobre los cortes de calles, desde el atardecer hasta la madrugada, para la realización de 37 corsos, repartidos por más de 30 puntos en los distintos barrios, y el paso de 112 murgas, declaradas Patrimonio cultural porteño en 1997, un logro alcanzado por el empuje de la organización de murgas en los 90 (cuando se relanzaron entre la clase media con cursos en el Rojas y otros centros culturales), después del vacío de la dictadura que había eliminado los feriados carnavaleros, finalmente recuperados en 2010. Este interés de recuperación oficial del festejo popular tuvo una muestra, casi una anécdota, en el carnaval del año pasado cuando se lo vio al gerente de noticias de canal 7, el ex notero Carlos Figueroa, bailar y cantar en Los dandys de Boedo, llamada la murga oficial de la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora.

Entre las tantas murgas, se presentan en 2013 Los mismos de siempre, Los verdes de Monserrat, Alucinados de Parque Patricios, Pasión quemera, Los amantes de la Boca, Atrevidos por costumbre, Fantoches de Villa Urquiza, Los cachafaces de Colegiales, Don Bosco (la primera murga saleciana del mundo, vestidos de amarillo como la bandera papal), La Redoblona (de FM La tribu) y tantas más, con sus ingeniosos nombres.

La expectativa del coordinador del Programa Carnaval Porteño, Pablo Fassina, es la de alcanzar el millón y medio de vecinos en todos los corsos, es decir, en promedio, unas cinco mil personas por corso por noche, cantidad que parece difícil de completar, a menos que cambie la tendencia en los dos fines de semana que restan.

Empieza la noche en la avenida Boedo: entre Independencia y San Juan, esquinas de tango, se corta el tránsito y en todo el perímetro no se vende alcohol pero sí muchos envases de nieve (o espuma) a 13 pesos, reina indiscutible de la fiesta sin ninguna competencia después del destierro del papel picado, las serpentinas y el bombero loco.

Salvo alrededor de los escenarios, se camina fluido por la calle. Gentes de 100 mil raleas no se juntan en el corso: muchas familias y muchos chicos en búsqueda de un festejo barato y seguro, más algunos curiosos. A los negocios consolidados de la zona poco les importa. En realidad, más bien se sienten perjudicados: “Nos baja en un 40% la recaudación –dice el encargado del restaurant Trianón– porque nuestros clientes, con todo este lío en la calle, no salen y la gente que viene al corso no entra acá”. Algo parecido cuentan en el café Margot: “Nos resta las mesas de afuera”. Por San Telmo, lo mismo: la heladería Sumo, de Chacabuco y San Juan, dice que venden más cantidad pero de menor precio, por lo que ganan lo mismo con o sin corso; en cambio, en el kiosco de enfrente sí aumenta la venta. La conclusión es obvia: el bolsillo de los asistentes sólo determina la economía de los puestos callejeros.

“Vengo a traer a mi nieto porque yo me crié con esto –dice una vecina de San Telmo– y me emociona ver a los chicos, sus disfraces, cómo bailan. Antes era todo el barrio y ahora es lo que hay: ¿hay miseria, hay inseguridad? Sí, hay y por eso viene menos gente.

El corso es un grito, un grito popular, esto es el pueblo, es lo que hay, es lo que tenemos”, repite con su nieto al lado, mirando tras la valla los movimientos espasmódicos de nenitos vestidos con brillantes levitas y galeras. Sólo los murgueros están disfrazados. Nadie, ningún chico con su nieve en la mano, usó arpillera para convertirse en indio ni se puso un sombrero de cowboy ni se cubrió de tules de hada.

El antropólogo y periodista Marcelo Pisarro cita al sociólogo Henri Lefebvre para hablar de nuestro carnaval: “‘La metamorfosis de la vida cotidiana en una fiesta sin fin’, decía. Una fiesta que emerge, no que se impone. Nada de eso se respira en Buenos Aires. La celebración pasa desapercibida excepto para las murgas, para los escasos espectadores y para quienes las padecen. Hoy el carnaval porteño es un artefacto cultural inerte y no tiene ningún mérito conservar por la fuerza una práctica ruinosa y decadente en el espacio público”.

Incómoda opinión para la época, los murgueros responden a las críticas con la historia (como Los viciosos de Almagro, surgidos a mediados del siglo XX): sostienen que es una manera de vivir que pasa de padres a hijos, que es una herencia que no desaparece. Absolutamente cierto.

Lucas Frazzetti, director general de Los insaciables de La Paternal, tiene 24 años y desde los 10 es murguero. “No tenía opción, ni yo ni mis tres hermanos: mis viejos fueron los fundadores de esta murga, en 1998”, dice con su galera y traje de raso con lentejuelas, en blanco, azul Francia y rojo, los colores que lo distinguen. Lucas es maestro y todo el año arma el show del año próximo y a dar cursos de su especialidad. Sobre el escenario del corso de San Telmo, en la esquina de San Juan y Chacabuco, frasea los versos que compuso su padre, que hablan de la alegría “¿o acaso nos ganaron los milicos?” y de “la melancolía de un ayer olvidado”. Los insaciables recibe cada año un subsidio del Gobierno de la Ciudad para poder sustentar lo que hacen. “Antes las murgas cobraban un cachet por su actuación cada noche. Eso fue reemplazado por este pago, mal llamado subsidio, que se otorga no antes sino después del carnaval y depende de la cantidad de miembros de la murga. Nosotros, que estamos en el grupo del medio (de 50 a 100 personas) recibimos en agosto pasado 36 mil pesos”, dice Lucas. “Las murgas no se hacen de arriba hacia abajo, al contrario, son desde abajo, ese es su origen. Pero es cierto –reconoce– que todo esto puede mejorarse para que venga más gente, como pasaba antes cuando era una fiesta de todo el barrio. Tiene que promocionarse, podrían sumarse otros artistas y no sólo murgueros, porque es cierto que para el público no es interesante ver una sucesión de murgas donde una es buena y tres son malas o regulares”.

Sin embargo, la mirada de Pisarro da en el blanco: esas murgas, con su trabajo y su dedicación indudables, aparecen y desaparecen cada noche en la escena barrial como la caravana de un circo de provincia. Ternura y lejanía, provocan la tristeza del amor perdido entre la gente mayor y la indiferencia entre los chicos que buscan diversión en la guerra de los sexos que se debate con aerosoles a espaldas del espectáculo. Entre los dos extremos, papás en bermudas y mamás en ojotas transpiran mientras, todo a la vez, miran con cara de nada a los saltimbanquis, aplauden alguna crítica contra Macri, observan por dónde andan sus hijos y deciden si compran choripanes o patys, con una gaseosa, a 20 pesos. Eso es todo: un escenario, una o dos cuadras valladas de “corsódromo”, espectadores intermitentes y, a los costados, persecusiones a gritos. La abolición de las jerarquías –fantasía, ilusión, utopía del carnaval– nunca estuvo más lejana.

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