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Yo fui veterinaria del zoo
Alimentar a los animales es un trabajo diario.Más Fotos

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UNA CRONISTA DE EL GUARDIÁN, TRAS LOS SECRETOS DEL MUNDO ANIMAL

Yo fui veterinaria del zoo

En el Zoológico de Palermo, le di de comer pescados a un lobo marino y tiré una manzana en las fauces de un dromedario. Además le inyecté vitaminas a una boa bebé de 320 gramos. La caries del oso polar y la leyenda del gorila gruñón.

LUNES 10.10.2011 – EDICIÓN N ° 7

Escribe Leni González

Fotos Leandro Sánchez
Cuando era chica, al gran mundo se llegaba con el colectivo 37. Desde Andrade e Hipólito Yrigoyen, justo en el límite entre Lanús y Escalada, viajaba con mi papá del lado de la ventanilla por la que vislumbraba todas las aventuras que podía ofrecer la vida: había que pasar Gerli, adentrarse en Piñeyro (eso es Avellaneda, norteños), escuchar a uno decir algo que no entendía sobre “los aromas de El Cairo” al cruzar el Riachuelo y desde allí, avenida Vélez Sarsfield, Entre Ríos, el monstruo del Congreso y, shhh, Callao, su ruta a la excitación.
En Corrientes, el cine Los Ángeles, adonde todo el mundo sabe desde los cinco años que está Hollywood; en Las Heras, bajarse y caminar hasta Libertador para independizarse de los miedos paternos en el Italpark; y al final, en Plaza Italia, el color verde, el del aburrido Jardín Botánico de un lado y, enfrente, el del Zoológico. Si tuviera que ponerle un nombre, lo llamaría “el Magnífico”.
Tal vez cuando entré en el Palacio de Versalles, ya profesora de Historia mucho tiempo más tarde, sentí algo más o menos similar a lo que me pasaba de la mano de mi papá a la entrada del Zoológico. Todo eso estaba ahí para mí. Me molestaba mucho la gente y su griterío, sus cámaras de fotos, sus paquetitos crujientes, sus ohhh ahhhh mirámirá, sus cochecitos de bebés, sus risotadas y su pegajosa barbarie humanal. Ellos no entendían. Yo sí.
–Hola, Leni, ¿cómo estás? ¡Viniste!

–Sí. Acá estoy. Es que no me traían. No lloren, no voy a dejar que les pase nada.

Palermo Zoo

Fui al bañito de la administración del Jardín Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires para ponerme el ambo selva tropical que usan los veterinarios del establecimiento. “Les presento a la nueva doctora”, les decía a los mirones, con una sonrisa, Ana María Pirra, la jefa de prensa del Zoo. La puesta en escena estaba lista pero el guión no me pertenecía. Yo quería abrazar a un león o darle de comer al guepardo, pero está absolutamente prohibido por los protocolos de seguridad de los zoológicos serios del mundo, me dicen Pirra y el veterinario y gerente técnico Miguel Rivolta: “Si usted quiere hacer ese show, suspendemos acá. No se pone en riesgo a nadie, ni a personas ni a animales, por una nota”.

Aquel tristemente célebre Jorge Cutini, del Zoo de Luján, provocó mucha confusión, y Rivolta nos puso en vereda con razón. Pero yo, a pesar de ser rubia y tener la dosis de boludez necesaria para el rol, no iba a poder cumplir mi sueño de ser Paula Daktari por un rato.

Cuatro veterinarios se reparten entre las 8 y las 18 las tareas entre los 2.100 animales de las más de 300 especies que habitan las 18 hectáreas del Zoo y que visitan unos tres millones de seres al año. No bien llegan, reciben el informe de los cuidadores. Del mismo modo que los padres avisan al pediatra que el nene no me come o hace caca rara, los cuidadores asignados a cada grupo de animales son los que están en alerta permanente como, por ejemplo, para darse cuenta de que Winner, el oso polar, está de mal humor porque tiene una caries. “No tenemos un especialista para todo y por eso hay servicios que se tercerizan. Por ejemplo, llamar a un odontólogo veterinario si hace falta”, dice Rivolta. A Winner le sacaron la caries, volvió a comer y recuperó el buen humor.

Pero las urgencias y los imprevistos son los menos. La rutina de los profesionales de traje verde consiste en el trabajo de prevención: vacunación, desparasitación y chequeos, como por ejemplo los que hace Diego Albareda, desde 1997 a cargo del Acuario y coordinador del Programa de Rescate y Rehabilitación de Fauna Marina en el Río de la Plata: son muchos los lobitos marinos (de “dos pelos” se llama la especie) que se pierden de la reserva natural de la isla de Lobos, en el sur del Uruguay, la mayor colonia de lobos marinos del Hemisferio Occidental, y deben ser devueltos al mar. “Tenemos animales que pertenecen al Zoo y que viven acá y son los que el público puede ver en actividades recreativas. Y otros que nos llegan capturados por Prefectura y que permanecen un tiempo hasta que estén en condiciones de volver. Cada año, el 21 de diciembre los largamos en Mar del Plata”, cuenta Albareda, a quien desde chico le gustaba sumergirse bajo las aguas de la pileta de Ferro Carril Oeste. Y además, especializarse en lobos y tortugas marinas lo puso a salvo de un temor que lo aquejaba, ese terrenal peligro latente para todo joven veterinario: los dueños de perros y gatos.

“La rehabilitación de estos ejemplares nos permite indagar sobre el estado sanitario de las poblaciones silvestres de estas especies mediante la realización de diferentes tipos de estudios sanitarios; contribuyendo de esta forma a la conservación de nuestro medio ambiente acuático marítimo”, explica el doctor que esta mañana, junto al cuidador Fernando Peralta, tiene la tarea de que Lila engulla vitaminas. Para eso, hay que meter las pastillas en las agallas de los pescados y dárselos de merienda. Me dan unos cuantos y lo hago. Cuando sale, Fernando la entretiene para que yo juegue a la veterinaria con el estetoscopio. La toco pero parece no enterarse. Sus ojos son como pelotas de pingpong, sin mirada, y toda su atención es hacia Fernando. Ella lo quiere: es el señor comida. En cambio, Albareda tiene una actitud más bien distante: es el señor pinchazo. “En época de celo, suelen hacerse algunas heridas y ahí las moscas ponen huevitos y hacen ‘bichera’ y eso hay que sacarlo”, dice mientras Lila asiente con su cabeza bamboleante.

Decía que el amable doctor Albareda tenía “una actitud distante”. En realidad, no hace más que responder a las características del 99,9 por ciento de sus colegas. Desde hace años, desde la primera vez que llevé a mis gatos a un consultorio, sustento una teoría absolutamente impublicable pero que por única vez y como primicia absoluta acerco a los lectores (N. de R.: el paroxismo narcisista está permitido en el “yo fui”): los veterinarios no quieren a los animales; dicen que sí pero es no; están enojados con el mundo que nos les da el mismo estatus científico que a los neurólogos, ni ganan como los cirujanos plásticos ni son admirados como los médicos sin fronteras; apenas empatan con un kinesiólogo, digamos. Un chiste del gueto los llama “los doctores A”.

–Buen día, soy el Dr. Pérez.

–¿Qué tal, doctor? Perdón, doctor en qué?

–Veterinario.

–Ah.

Por supuesto, no le confieso esto a Albareda. Adivino, estoy segura, que detrás de su fría apariencia se esconde una auténtica pasión: de otra manera, me es imposible entender por qué eligió trabajar con esos bichos tan insulsos. Si pudo ver algo en ellos, debe ser muy sensible. Y ni atisbo a preguntarle por qué llama lobo marino a lo que yo denominaba hasta hoy como foca. Temo que mi confusión ante el objeto de su amor lo ofenda. Mi único acercamiento al tema había sido la película de Disney, Sammy la foca loca, que vi muy chiquita y no me acuerdo nada porque no me interesó nada. Apenas tengo una triste imagen circense de nariz de foca y pelotita de colores. Más tarde, averiguo que ambos mamíferos marinos son pinnípedos pero que la familia de los unos se denomina Otariidae (porque tienen orejas) mientras que las otras pertenecen a la Phocidae (sólo tienen un orificio). No hay dudas: Lila tiene orejas ergo es una loba marina.

Como la vida del veterinario en el Zoológico atraviesa todos los climas, abandonamos el acuario para adentrarnos en la aridez del desierto. Me espera mi tarea número dos: desparasitar dromedarios. Primero, vamos con Albareda al sector Hospital a preparar la engañosa vianda. “Es comida gourmet”, dice el doctor que no sólo debe ocuparse de sus queridos acuáticos. Entonces, abre una bolsa con varias manzanas a las que sacará los cabitos y hará incisiones como si fuera a preparar tomates rellenos. En el hueco, mete una mezcla de Nestum y un desparasitador líquido. Rebosantes como las de Blancanieves, las ubica en una bandeja para alcanzar las trampas de la tentación a los camélidos. Sara y Saúl son la pareja de dromedarios. El pelaje es una lana vieja, dura y enredada como la de los colchones que tenía mi abuela. La misión es darle la manzana. No bien la agarro, las fauces de Saúl vienen hacia mí muy abiertas, llenas de dientes amarillos y una baba blanca y untuosa. Tiro la manzana en ese agujero pero dicen que lo hago mal. Y otra vez y otra vez. “Tenés que dársela despacio y esperar que la agarre”, me dicen impacientes los expertos. Pero no me gusta la bocota de Saúl: cualquiera podría caerse ahí adentro. “Se van a terminar las manzanas y la foto no se pudo hacer porque vas muy rápido”, dice el compañero de la cámara. “¡Bieeen! Ahí está. ¿Viste que podías?”, me gritan con aplausos.A quien quiera oírme, aconsejo deshacerse de enemigos invitándolos a comer manzanas delante de algún dromedario vecino.

Boa en miniatura
Volvemos al Hospital, adonde espera Rivolta. Está por llegar una boa arco iris que debe ser controlada. “Nosotros tenemos los animales que nacieron en el Zoológico y los que son canjeados con otros zoos. También se puede comprar o vender a instituciones inscriptas, habilitadas en la Dirección Fauna Silvestre. Por decomiso o incautaciones, nos dejan animales en guarda –como esta boa–, pero hasta que un juez autorice no se puede hacer nada. Es como la guarda de un chico hasta que se da en adopción”, dice el jefe. Al escuchar la palabra “boa” imaginé metros y kilos de reptil constrictor, igualitos a los de la serpiente Kaa, la que quería comerse al cachorro humano Mowgli, en El libro de la selva. Pero sobre la camilla abrieron una caja de zapatos con un bebé tornasolado de 320 gramos, que no pesará nunca más de mil y pocos, típico del centro y norte del país.

–¿Te animás a agarrarlo de la cabeza? Mirá que tenés que ser firme pero no apretarlo demasiado –dice el cuidador.

–Ehhh, sí.

–Mejor que la cabeza la sostenga él –dice Rivolta– y vos le agarrás el cuerpo. ¿Le das la inyección?
Con mis guantes puestos, tomé el cuerpecito deslizante de la boa, que estaba muy nerviosa. Con ayuda de Rivolta, le inyecté sus vitaminas. Las fotos del engendro de doctorcita estaban hechas, pero el temblor de la maravillosa piel del bicho que yo sentí a través del látex nunca podría ser registrado por los flashes.

No se puede fumar en el quirófano pero después de lo que hice me dan ganas. Más distendidos, le digo a Rivolta que no sabía que el Zoológico encerraba un hospital. “La idea de la colección de animales en exposición dejó paso a otro modelo –dice el doctor–. Los zoológicos evolucionaron hasta adquirir en la actualidad un rol  comprometido con las problemáticas ambientales. El Zoo lleva adelante proyectos de investigación, conservación y educación y participa en la concreción de los objetivos propuestos por organismos, como la Unión Mundial de la Conservación (UICN), el Programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente (UNEP) y la Fundación Mundial para la Naturaleza (WWF). El aspecto recreativo se mantiene porque educa, pero el circo no va más.”

-¿Y el gorila estuvo alguna vez?

–¿Qué gorila? Nunca tuvimos un gorila.

Albareda me da un pie: “Sí, es cierto. Cuando era chico, se decía que había un gorila”. –Claro –continúo–, pero no salía nunca y no se dejaba ver.”

–Hubo un orangután –admite Rivolta– pero un gorila, no.

La leyenda del gorila gruñón que no quería mostrarse ante el público acababa de derrumbarse. Voy a contárselo a mi papá.

No sólo los animales tienen hambre, cansancio o fobia a las visitas. Adivino que a esta altura, Rivolta quiere que el fotógrafo y yo salgamos del cubil a nuestras casas. Pero, insisto: ¿Y los leones? ¿Y los tigres? ¿Y las panteras?

Resignado, nos lleva al recinto de los tigres, que está protegido por gruesos vidrios. Es la primera tarde y están durmiendo, salvo Betty, la tigresa blanca de Bengala. El cuidador Marcelo Cosini viene con un balde con carne cruda y por arriba del vidrio la llama ofreciéndole los bocados. Betty se acerca. Los turistas aprovechan para sacarles fotos a sus ojos color hielo. Son 200 kilos de belleza absoluta que, imposible de camuflar, jamás habría sobrevivido en la naturaleza y sólo se mantiene en cautiverio. En cambio, Kimba, el león blanco del animé japonés, pertenecía a una estirpe real y su misión era llevar la paz a animales y humanos.

Estamos una al lado de la otra separadas por una transparencia. Ella manda y yo me rindo ante su superioridad en la pirámide alimentaria.

–¿Qué tal su majestad Betty?

Ella esta vez no contesta. Dicen que hace mucho una nena les contó que los adultos no eran confiables. “Es tranquila –dice el señor comida–. Pero es un tigre”.

Cumplido el pedido, salgo del verde a la calle negruzca con la mirada de Betty agarrada a mi cuello. A los gatófilos les da gusto citar la frase de Victor Hugo: “Dios hizo al gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”. Creo que el tigre, perdón la insolencia, escritor, pero supongo que fue creado para saber que podemos ser devorados. Si tuviera que elegir un altar ancestral para el sacrificio, sería el Zoológico. En ese lugar, junto a Betty, enterraría para siempre mi infancia.

Si querés ver más “Yo fui”, hacé click acá…

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