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Yo fui tarotista
El tarot es un juego que apareció por primera en el norte de Italia a principios del siglo XV.Más Fotos

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UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN TIRA LAS CARTAS

Yo fui tarotista

Con la fe y la creencia de los que anhelan encontrar respuestas, nuestra redactora se acercó a una especialista en la lectura de cartas. Una tarde entre Arcanos deja una conclusión: meterse con los grandes temas de la vida, cansa.

LUNES 02.04.2012 – EDICIÓN N ° 58

Escribe Leni González

lgonzalez@elguardian.com.ar

Fotos Juan Pablo Barrientos

“Tuviste suerte”, sentenció mi hijo cuando, aburrida, me puse a jugar con sus dardos y, al primer intento, clavé en el centro. Fue entonces que pensé si sólo se trataba de una cuestión estadística: uno en cien, algún disparo iba a ser certero. Pero eso no resolvía las razones acerca de por qué el primero. Al mismo tiempo, consideré si ganarme el odio de mi niño no era, en realidad, una maldición piel de zapa por eso de que cada deseo cumplido trae su contracara. Pero son riesgos que valen la pena, a menos que esté dispuesta a la opción antiestrés de negarse a tirar al blanco por el resto de los días.

Como no es mi caso y moriré en (o sobreviviré a) los intentos, me di cuenta de que nada mejor que consultar a quienes le hablan con confianza a la suerte. Esquiva y engañosa como las mujeres en el tango, no tiene dueño, pero si se siente cómoda es capaz de levantarse el velo y mostrar su rostro. Guardé los dardos en el arcón de los juguetes y buscando mi destino, encontré –¿causalidad o casualidad?: llegó la hora en que pude decir esto– a una experta ideal.

Es una ex periodista que, harta de la profesión, desde hace una década decidió dedicarse a la actuación y al estudio del tarot. Autodidacta, en su casa de Palermo realiza lecturas con sus cartas y dicta cursos. “No creo que todos los taromantes estén llamados a ser profesionales. No porque no puedan ver o leer de manera excelente los mensajes de las cartas, sino porque ser tarotista profesional precisa de una disposición del ánimo y del espíritu que se complace y se siente bien acompañando a las personas en situación de conflicto”, explica Victoria Arderius en su blog (www.victoriaarderiustarot.blogspot.com.ar/).

Desconozco si tengo o no “la disposición” pero sí tengo la confianza. Sin creencia, no tiene sentido. “El tarot sólo funciona para aquellos que desean escuchar. Si uno no quiere que lo ayuden, no hay manera de que el tarot lo haga. La fe actúa como un puente entre diferentes niveles del ser, entre diferentes niveles de la existencia y por ese puente puede circular la energía. Sin fe no hay puente y no se puede recibir nada”, escribió Edith Waite, en El tarot universal de Waite, libro de cabecera para los que se asoman a esta doctrina secreta. Con esa fe, toqué el timbre.

Arcanos mayores

Perfumada y con una túnica hindú, Victoria me indica la escalera que lleva a un cuarto lleno de luz, con una alfombra circular cubierta de almohadones. También circular, hay una mesa pequeña con distintos mazos de cartas que sólo ella toca, un vaso grande de agua, adornos y una bella lámpara Tiffany. En la pared, una foto de Jesús misericordioso; sobre nuestras cabezas, una soga con banderines de colores: son oraciones budistas que el viento mueve extendiendo su plegaria. “Me los trajo una alumna del Tíbet”, cuenta. Tiene voz almendrada (no sé qué significa, pero toda ella es de almendra) que me provoca una ensoñación relajada. Miro los almohadones de raso. Si no fuera porque me interesa lo que me dirá, podría dormirme ahora.

Cuenta la historia que la palabra, casi de uso universal, tarot es el término francés que denomina al tarocco, juego que apareció por primera vez en el norte de Italia a principios del siglo XV, compuesto por 78 cartas, formadas por 22 “triunfos” o Arcanos mayores y 56 menores divididos en cuatro especies o palos (oros, copas, bastos y espadas). Pero el polisémico origen de la palabra continúa oculto. Más cercano, el padre de todos los tarots modernos es el de Marsella, común a mediados del siglo XVII y aún hoy popular en países de lengua francesa. Entre las versiones contemporáneas, el mazo que tiene mayor aceptación es el de Rider-Waite, creado en la primera década del siglo XX por Arthur Edgard Waite y la dibujante Pamela Colman Smith.

“El tarot es una representación simbólica de ideas universales en las que se basan la mente y el comportamiento humano; en ese punto, contiene una doctrina secreta, a la cual se puede acceder pues de hecho está en nuestra conciencia, aunque el hombre ordinario pase por la vida sin reconocerla”, argumentaba este neoyorquino estudioso de la alquimia y la cábala. Por supuesto que al psicólogo Carl Jung esta definición de arquetipos no lo dejó indiferente.

Con esas cartas trabaja Arderius porque son, advierte, las más claras. Y bellísimas. Las observo, las devoro, las disecciono como una campesina analfabeta ante representaciones litúrgicas en una iglesia de la Edad Media. Algo me  sugieren pero no sé descifrarlas. Me atraen algunas, otras me angustian, a ninguna alcanzo a comprender. Como esas figuritas del álbum de las abuelas, tan viejas que no podemos ni imaginar a las nenas que alguna vez jugaron con ellas. Tal vez sea por eso que la palabra arcano significa “secreto”. No siento empatía por las que llevan reyes, emperatrices o soldados. Entre las otras, hay una que me gusta más: una chica rubia desnuda que vacía unos cántaros de agua en una laguna y un cielo con siete estrellas detrás. Abajo está el número 17 y el título, la Estrella. Cada uno de los 22 arcanos tiene un nombre y representa a los misterios más profundos, dice Arderius, los grandes temas de la vida: el Loco, el Mago, la Sacerdotisa, la Emperatriz, el Emperador, los Enamorados, el Sumo Sacerdote, el Carro, la Justicia, el Ermitaño, la Rueda de la Fortuna, la Fuerza, el Colgado, la Muerte, la Templanza, el Diablo, la Torre, la Estrella (“inspirarse en la esperanza para llegar a la concreción de nuestros sueños”, me confía Arderius), el Sol, la Luna, el Juicio y, por último, el Mundo.

“Un tarotista toma a las cartas como un interlocutor válido. Para preguntar a las cartas, hay que hallarse en el estado del tarotista, que no es de racionalización sino contemplativo, poético, receptivo. ¿Cómo me responden? Con sus imágenes. Las cartas son portales dimensionales de información, cada una trae una información de ser o de estar. Para nosotros, no es tan difícil entender las cartas porque estamos acostumbrados por la televisión. Porque un lector de cartas es un lector de imágenes y debe contar lo que se ve en la carta y usar las palabras que son evidentes al contemplarla”, dice la lectora.

Pero cuántas lecturas son posibles. Si muchas veces los críticos de cine no se ponen de acuerdo con las películas, por qué los tarotistas interpretarían lo mismo sobre la misma carta a idéntica persona. La unanimidad no existe en este campo como tampoco son iguales los sermones de los curas ni el diagnóstico de los psicólogos. Depende de la  formación de cada uno, de la “filosofía de vida”, explica la experta. Pero grave error si intentan jugar al terapeuta. No hay que contar nada ni dar detalles; del otro lado, salvo lo indispensable, tampoco preguntarán (al menos, no deberían): “Un tarotista no es un psicólogo, es un enfermero del alma; alguien que puede marcar línea de acción pero sin juzgar, leyendo en las cartas cuál es la mejor energía para enfrentar una situación”.

Arcanos menores

No tengo que olvidar por qué estoy acá. Entrego mi fe a cambio de una respuesta. No puedo oficiar de tarotista si ni siquiera comprendo dónde se origina la suerte, qué motivos inconscientes me conducen, inexorablemente, a elegir esa carta. Debo creer en mi mano que obedece a no sé qué designio. O no. Mejor resisto y voy hacia el otro extremo del abanico. Basta de pensar. Que sea la intuición la que se gane un lugar haciendo el trabajo sucio.

“No es científico. Es una creencia. Sólo tengo la devolución de la gente, lo que me dicen ellos si les pasó o no”, aclara antes de explicar por qué, pero por qué, mi mano elegirá bien. “Creo que se arma una especie de triángulo entre el operador del tarot, el consultante y Dios, o como uno quiere llamar a la energía cósmica o vaya a saber qué. Porque la lectura del tarot presupondría la existencia de una instancia fuera del tiempo donde está la información. A través de las cartas, el tarotista oficiaría de lector de esa información que baja desde esa instancia de no tiempo por la cual uno podría ver qué pasará en el futuro. No es una habilidad paranormal de vidente, sino que aprendí a leer las cartas y si estoy en el estado adecuado –receptivo, no racional, contemplativo–, sé que es lo importante para sugerir en ese momento”, informa.

Lograr ese estado del espíritu no es cuestión de turbantes y bolas de cristal. La vulgata  del tarot está contaminado por suspicacias varias, algunas bien ganadas pero ni más ni menos que cualquier rubro. Para apartar a un costado la cantilena cientificista y expandir la conciencia, hay ejemplos de intelectuales y artistas que se tomaron muy en serio las cartas: el escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky que considera al tarot como el libro más importante de la cultura occidental. Desde hace 30 años, lee gratis las cartas en un café de París y entre los famosos que lo escucharon están el ex presidente de Chile Ricardo Lagos y los músicos Marilyn Manson y Peter Gabriel. Los Arcanos también inspiraron a Salvador Dalí, que pintó su tarot surrealista representando al Mago con su propia cara, y el argentino Xul Solar, además de pintar el Zodíaco, realizó a mediados de los cincuenta, 24 naipes en témpera que llamó tarot concoecos astri (correspondencia astrológica).

¿Y mi suerte? Seguía sin saber si mi primer dardo en el blanco estaba predestinado. Pero la tarotista no responde esas preguntas; despliega un tablero de doble entrada: amor, economía, salud, amigos, familia, por un lado, y pasado, presente y futuro, por otro. Cada carta en cada lugar y, según asome, derecha o invertida, significará algo diferente.

“¿Te resuena lo que dicen las cartas?”, pregunta Arderius, para que el otro, relajado, abierto, receptivo, complete el círculo. Funciona como una Gestalt. Hay que cruzar los distintos tipos de mazos de tarot porque cada imagen remite a otra, como cada palabra se asocia con otra articulando un lenguaje. Un lenguaje de imágenes.

“Venimos con la fatalidad atada al cuello. Nacer en Buenos Aires y no en Nueva York. Tener ojos celestes y no marrones. Ser hijo de Juan, el albañil, o del príncipe Rainiero. Pero todo lo demás lo forja el carácter, y ese carácter decide nuestras elecciones. Por eso, para el tarot, cómo trabajemos ese ser marcará el estar. No hay personas más afortunadas que otras. Depende del momento de evolución, de las vidas pasadas, de lo que te toca como misión en esta vida. Creo fervientemente en la reencarnación. Si no, esto no tendría sentido”, pregona Arderius.

No sé qué decir. Otra carta se pone en mi camino. Es un cinco de Copas, un Arcano menor, lo que nos habla de detalles y coyunturas. Un hombre con una capa mira las copas derramadas en el piso. Parece desolado por la pérdida. A sus espaldas, no puede ver que todavía se mantienen en pie dos copas. “Si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver la estrellas” rezaba un póster de mi adolescencia que, no sé por qué razón, recuerdo ahora. Debería regalárselo a mi hijo pero a los trece años todos queremos ver el sol.

De esta consulta, salí exhausta. Meterse con los grandes temas de la vida, cansa. Debería relajarme. Por ejemplo, jugar a los dardos cuando llegue a casa. Aunque me arriesgo a no repetir mi performance. “Suerte de principiante”, dirá el púber burlón, riéndose. No está mal. No me importa. Siempre hay chance.

Si querés ver más “Yo fui”, hacé click acá…

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