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Los nudistas insisten que sin nada son mucho más libres.

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UNA PERIODISTA DE EL GUARDIÁN SE ANIMÓ A SACARSE LA BIQUINI

Yo fui nudista

Después de superar mi timidez, corrí desnuda por la playa Escondida, en Chapadmalal, cerca de Mar del Plata. Lejos de los mirones y rodeada de cuerpos desnudos, me sentí ridícula. No hubo liberación para mí.

LUNES 10.10.2011 – EDICIÓN N ° 1

Escribe Leni González

Fotos Renata Sanz Fuganti

Ninguna otra huella es más profunda. Conocí la vergüenza a los cinco años. Era verano y mi mamá me encargó un mandado al que, lo usual, fui vestida con mi bombacha, la única prenda con la que andaba todo el día desde la Pelopincho a la vereda, auspiciada y permitida por los dueños de casa. Con la lista y la plata apretujadas en la mano, esperé mi turno. Tenía adelante a un nene apenas mayor que yo y dos señoras con las bolsas de las compras. Cuando alcancé a darme cuenta de que hablaban de mí, una de ellas, la más maternal quizás, se me acercó y mientras intentaba estirar el alcance de mi breve vestimenta, le denunciaba al mundo que decile a tu mamá que te arregle el elástico porque se te ve todo y ese nene te está mirando y queda feo. No me acuerdo nada más. Creo que permanecí quieta, bajo el sórdido ruido de la sierra del carnicero, con los ojos clavados en los pasacintas y moñitos de satén que tanto me gustaban de mi gastada bombacha amarilla a la que, pobrecita, empecé a odiar por traicionera. Por supuesto, abandoné el bombachismo para siempre. Y descubrí que la mirada de afuera no era como la de mi mamá.

Poco después supe que a Eva le había pasado algo parecido con la salvedad de que ella no tenía madre y que el afuera era uno y sólo un dios implacable. De todos modos, ambas terminamos vistiéndonos. Aunque resulte bastante extraño, muchos años más tarde, precisamente este verano 2011, cuando le conté a mi mamá que iba a visitar una playa nudista, me dijo indignada: “¡Por qué nadie le avisa a esa gente que queda feo!”. Como de costumbre, no entendí pero tomé el bus a Chapadmalal, en el partido de General Pueyrredón, para perderme en la playa Escondida, desde 2001 la primera de su tipo de la Argentina –a la que se sumó hace dos años playa Querandí, cerca de Mar de las Pampas– y una de las tantas en el mundo que reconoce los lineamientos de la Federación Naturista Internacional, una especie de ONU al aire libre de la que tuve noticias al consultar la página de la Asociación para el Nudismo Naturista Argentino (Apanna), “una entidad civil, de bien público y sin fines de lucro, destinada a realizar actividades de interés general, con el fin de fomentar la promoción de la práctica del nudismo/naturismo en el ámbito de la República Argentina, contribuyendo a la salud física y mental de la sociedad a través de la integración con la naturaleza, de una sana educación personal, social y deportiva y de acciones que contribuyan a la defensa, protección y creación de lugares destinados al nudismo naturista”.

Para sacarse la ropa hay tiempo. Por lo que mientras tanto podemos leer algunos datos históricos en el camino a Escondida, por la ruta 11, en el Rápido del Sur desde Mar del Plata hacia Miramar, hasta pasar unos dos kilómetros el complejo de hoteles construidos por el primer peronismo en Chapadmalal, un pueblo slow al que no alcanzó ningún boom urbanístico.

Busqué alojamiento en Los Fresnos, un bed & breakfast exclusivo para nudistas, único en el país, ubicado a unas tres cuadras de la capilla de Chapadmalal y a unas 22 del balneario, es decir, para el que no quiera caminar por la ruta, a menos de diez minutos de remise (entre 10 y 15 pesos). Nada indica que Los Fresnos es Los Fresnos pero todos saben que se trata de la casa de Carmen Viñas, una nativa de cincuentaipico, divorciada y sin hijos, que volvió al pago desencantada de las luces porteñas y que, tras la muerte de su madre hace casi una década, decidió habilitar las habitaciones de su hogar para alojar a varones y mujeres a quienes les gustaba lo mismo que a ella desde que nació: andar como Dios los trajo al mundo sin importar las marcas de la ropa, la perfección del cuerpo ni la elección sexual. A cambio de unos 100 pesos por persona, en Los Fresnos se tiene cama en un dormitorio compartido (son tres con dos lugares cada uno), un baño para todos y desayuno a cualquier hora en la mesa del living o en el fondo, bajo los árboles y junto a la pileta de lona. También se puede cenar por 25 pesos, sin bebida, la comida casera de Carmen mientras se platica con los cuatro o cinco comensales que el azar eligió para nuestra estadía.

“Nunca recibo a la gente desnuda. Es una cuestión de respeto”, dice la dueña de casa con su vestido playero bajo el que, sabemos, no hay ropa interior. Pero nada está más lejos de la fantasía erótica que esta anfitriona con cara de alemanota e inagotable conversación. Es 29 y cocinó ñoquis. Junto a Renata, la fotógrafa, nos sentamos a la mesa rodeadas de cuatro hombres de “mediana edad” que miran curiosos a las recién llegadas. Dos minutos de intercambio fueron suficientes para que nos relajáramos: todos eran gays, de nivel económico de medio a alto, profesionales, ávidos de ser interrogados, contestar preguntar y gentilmente preocupados por lo que podíamos decir en la nota. Ah, por supuesto: estaban vestidos como para misa. Uno de ellos, arquitecto separado con una hija, abrió otra botella de vino para compartir y brindar “por las periodistas”.

–Y por la buena vida –agregó Carmen. Aflojados, la sobremesa continuó.

“La mayoría de mis huéspedes son gays y yo agradecida, porque son de lo más correctos. A mí no me importa lo que hagan de sus vidas mientras respeten este lugar. Lo que pasa es que el nudismo da para que algunos se confundan, y contra eso los nudistas auténticos, los que lo hacemos porque amamos andar sin ropa, no podemos hacer nada”, cuenta la mujer que en un pueblo que no llega a los mil habitantes se animó a abrir su casa a “esos putos y degenerados”. Hoy, en el almacén del barrio, ya son “los chicos de Carmen”.

El argumento más votado sobre por qué sacarse la malla en una playa frente a los ojos de los demás es que la desnudez no genera estatus: no importa si la biquini es la misma del año pasado porque ya no te comprás; no importan tu panza, tus cicatrices, tu prótesis, tus tetas caídas ni tus testículos abolsonados; nada de eso importa porque el sol brilla para todos y el útero mar nos acaricia adonde nadie llega. Y renovados renacemos refelices.

Reglas

Sin embargo, los adultos las necesitan y, en especial, si van a andar en cueros y desmemoriados hace milenios acerca de qué hablamos cuando hablamos de “ser natural”. Carmen, a la que nadie podrá culpar de careta ni fascista, las tiene y cualquier nudista-naturista con carnet las conoce aunque no siempre las cumpla. Se llaman “códigos de convivencia y ética”, son de aplicación obligatoria en toda playa nudista del mundo y dicen:

*El desnudo es aconsejable pero no obligatorio en lugares públicos.

*No fotografíe, grabe o filme sin permiso expreso de otras personas.

*No contamine el medio ambiente. Respete la fauna y flora del lugar. No lleve mascotas a la playa.

*No incurra en exhibiciones de carácter obsceno, en propuestas o comentarios con connotación sexual. La actividad sexual se considera un acto privado.

*No mire a la gente en forma molesta, provocativa o persistente.

*No tenga conductas discriminatorias.

*Lleve siempre una toalla personal para sentarse por motivos de higiene.

*No se exceda en la ingesta de bebidas alcohólicas, prohibido portar, o utilizar, drogas tóxicas y/o ilegales.

Como a los mandamientos, leí el código y me fui a la cama. Al otro día, teníamos playa. El sol ayudó para que no nos quedáramos en el fondito de Carmen con un par de tipos de a ratos desnudos tomando mate junto a la pileta de lona. Fue sencillo llegar a Escondida. A un paso de la ruta, está el estacionamiento plagado de autos de alta gama, y el parador con bar y chef belga, reposeras y mesitas con sombrillas sobre un deck, masajista ($80) y sector vip ($180  por día) con piscina climatizada y camastros. Las mozas atienden vestidas aunque una suele, dicen, sacarse el corpiño. El look masculino es toallita a la cintura y el femenino, topless y pareos. Desde allí, por sucesivas escaleras rústicas, se baja a la playa en forma de herradura y protegida entre acantilados y médanos.

El Ente Municipal de Turismo de General Pueyrredón (Emtur) le otorgó hace unos diez años la concesión de este lugar a Juanjo Escoriza, un marplatense experto en software al que le gustó mucho una playa nudista en Saint Marteen y regresó con el por qué no acá. La playa es pública, es decir, no hay que pagar ni consumir absolutamente nada para entrar ni para ir a los baños, pero sí hay un sector para alquilar sombrillas ($90 por día). Tampoco hay vendedores ambulantes pero sí un señor con turbante que recibe encargos y hace el delivery de la arena al bar. “El nudismo, para mí, no es una filosofía de vida. Es estar más cómodo, nada más”, dice Escoriza, que tuvo un gran enero con días de hasta 400 personas en la playa. “El mejor termómetro es que haya muchas familias”.

Pero en la playa, al menos este día, hay muy pocos chiquitos. El paisaje se conforma por adultos de treintitantos para arriba con alto porcentaje de cincuenti y sesenti; los caballeros, mínimo, duplican a las damas: mucho varón solo o en grupo, y las mujeres siempre en pareja ya que las patotas de señoras que hacen las delicias de cines y teatro no están acá; pobres, no hay.Dos son las sorpresas que una debutante como yo se lleva al pisar la playa por primera vez: uno, es muy pero muy chica. Nada de espaciosas arenas para correr hacia el infinito. En un día caluroso de enero, la Escondida es la Bristol en pelotas y verás pasar el culo de tu vecino muy cerca de tu hombro. En playa Querandí, en cambio, sobra el espacio pero, por otro lado, no hay ningún servicio y hay que llevarse hasta el agua potable. Y dos, lo que más sorprende no es la desnudez sino la cantidad de gente vestida o “textiles” como los nudistas los llaman. “No me banco que los que vienen acá no se desnuden. ¿Para qué vienen? Sólo voy a playas nudistas, sólo salgo con mujeres que comparten mi modo de vida y soy swinger”, confiesa Alejandro, que conduce un programa de radio por internet sobre el tema. Hace un par de años, un grupo de militantes swingers plantó en la playa un stand con información sobre su práctica. A muchos nudistas no les gustó la intromisión y mezcla del ganado y se quejaron.

El guardavidas de la playa tiene 27 años y usa short. Vive su destino como un castigo profesional: los amigos lo cargan, no puede venir con su novia y sus familias, hay muchos gays y pocas chicas. Y mirar cuerpos desnudos a los cinco minutos no provoca nada. “Jamás tuve una erección. Y nunca vi que le pasara a alguien. Es mucho más excitante una mujer vestida”, dice.

“Acá no venís a levantar. Para eso, voy a una disco. Los desnudos no son sexies. No es ir contra el orden establecido, no es cambiar el mundo ni ser hippie, no hay ideología, no soy gay ni swinger: me gusta venir acá sin otra explicación”, dice Luciano, soltero de 34 años, un camionero hijo de camioneros, que va con su jefe a la playa pero no se lo cuenta a sus padres.

¿Y? ¿Te vas a desnudar o no?


–me arenga. No puedo. Hay mucha gente. Veo pasar la vulva depilada de una señora grande. Veo llorar a varios pares de tetas. Veo miembros fláccidos y compruebo que hay de todos los tamaños y tonalidades. Algunos cuerpos son bellos, no lo sé. Pero queda feo. “Mi mamá tiene razón”, pienso y no lo digo. “La belleza es una convención social, por supuesto”, aclaro, en voz alta, por las dudas. ¿Y si se me mete la arena ahí? ¡Te vas al agua! Sí, claro. No me animo, sorry.

Al otro día, amanece nublado. Repito el camino pero ya casi sin mirones: el camionero, un profesor de historia y pocos más que adivino gays. Ahora tengo que hacer la foto para la nota. En una cuevita natural, bajo un acantilado, me saco la ropa. Tiene que ser rápido, sin pensarlo, y hace frío. Corro por la playa mientras la fotógrafa dispara y trato de no enterarme de que algunos observan. No puedo superar mi sensación de ridículo. Quiero mi malla nueva comprada en una liquidación, ya. No hay liberación para mí. Moriré esclava y con las botas y las enaguas puestas. Esa noche, volví a soñar mi sueño recurrente: estoy en una fiesta muy elegante y olvidé terminar de vestirme; me oculto tras las cortinas; me pego a las paredes; no hay manera, sufro horrores: estoy en bombacha.″

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