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Yo fui custodia en el museo de Luján
Lo primero que se hace es poner en orden el lugar y controlar que no falte nada.Más Fotos

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UNA REDACTORA DE EL GUARDIÁN, ENTRE LAS RELIQUIAS

Yo fui custodia en el museo de Luján

Tener la responsabilidad durante de cuidar objetos históricos para que los curiosos no los toquen o que los chicos quieran subirse a la locomotora más antigua del país hace poner los nervios de punta.

MIÉRCOLES 19.10.2011 – EDICIÓN N ° 34

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Vigilar no es lo mío. Será porque cualquier tipo de vigilancia lleva implícita la admonición o, peor, la delación posteriores, las tareas menos glamorosas del mundo. Por lo que nada pero nada está más alejado de mi naturaleza que ser “guardián”: sí, guar-dián, agudo como un ladrido –y yo que amo los gatos– y heavy como San Miguel arcángel. Pero así los bautizaron a los que cuidan de las miserias del público a las piezas expuestas en museos y galerías.

Aunque sea una vez, todos hemos visto alguno, parado en un rincón, muy serio y de brazos cruzados, cuando fuimos de excursión en la primaria. Parecían intimidantes pero no era para tanto, creo. Ahora los conozco mejor. En el Museo Histórico de Luján, sus guardianes me prestaron un poco imaginativo chaleco azul de tres botones y me dejaron asustar a los niños un rato. Bueno, en realidad esa sólo es la parte divertida porque se trata de bastante más que eso.

De mucho más: para decirlo con el diploma en la mano, toda esa mole de estilo colonial ubicada a la izquierda y enfrente de la Basílica es el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, que depende del Instituto Cultural del Gobierno bonaerense. Comprende distintas áreas, pero son dos las de interés turístico: el Museo colonial e histórico, en el antiguo Cabildo y la casa del virrey, con varias salas que evocan los períodos del pasado nacional, desde los pueblos originarios hasta el primer peronismo; y el Museo de Transportes, un enorme galpón que guarda, entre otras reliquias, la carreta que utilizó José de San Martín en El Plumerillo, el hidroavión Plus Ultra, el velero Legh del navegante Vito Dumas y la vedette del salón, La Porteña, la decana de las locomotora

En cada una de las salas que forman estas áreas hay uno, dos y hasta tres guardianes. En total, de las 75 personas que trabajan en el complejo, son 30 quienes de miércoles a domingos, de 11 a 17, vigilan con algo de guía informativo y otro poco de mucama; todo por el mismo precio.

“Lo primero que hace un guardián cuando entra es limpiar”, avisa Graciela, una supervisora y ex guardiana desde hace veintitantos años. En realidad, primero reparte las llaves. Abiertos los salones, los guardianes se arremangan. “Vienen un rato antes del horario de entrada del público para pasar el lampazo con querosén a los pisos y repasar con franela. Los miércoles es la limpieza general, hay que baldear los patios y por eso ese día el museo se abre doce y media”, especifica la supermayordoma.

A los guardianes no les hace gracia empezar el día con la limpieza monacal del museo, que no es exactamente un departamento de dos ambientes sino salas y patios coloniales de baldosones, canteros y ladrillo, pisoteados por bandadas de chicos de colegio, marcados por palomas incontinentes y surcados por domingueros profesionales. Hace rato reclaman la colaboración de otros empleados pero, por ahora, no les queda otra que aparecer en público sin tiempo para recuperarse, colorados y sudados en verano; ateridos y pasmados en invierno.

Pero estamos en primavera, el día es maravilloso y el lugar respira otra época; ojalá no llueva y se embarre todo, que hasta el miércoles no se llega con la casa limpia, piensan las guardianas, sentadas en los bancos de plaza de la galería, frente al césped. O peor, que se inunde como en 1985 cuando un metro y medio de agua, por el desborde del río Luján, arruinó lo irreparable. Sea la hora que sea, no bien aparece la amenaza de inundación, los empleados del museo deben presentarse para el salvataje del patrimonio histórico como bomberos.

A tres pesos la entrada, salvo jubilados y menores de once años acompañados de adultos que no pagan, los fines de semana y feriados hay mucha afluencia de público; el resto de los días, son las escuelas las que siguen los pasos de la guía por la sala de la época federal o de las guerras de la independencia. De todos modos, los empleados más viejos aseguran que antes, en los ochenta, el lugar era visitado por muchísima más gente que en la actualidad donde, según la directora del complejo, la periodista e historiadora Araceli Bellotta, pasan alrededor de 14 mil personas mensuales (de los que sólo la mitad pagó su entrada).

“La gente de domingo es la que salió a pasear y, de paso, mira sin tener la menor idea. Son los que vienen por la Virgen o se van a comer parrilladas a Carlos Keen (un pueblo campero a 13 kilómetros) y ya que están, entran, relojean y se van: son los peores. Los del sábado son más cuidadosos, es el que viene porque le interesa y se detiene en cada cosa. El turista del interior y el extranjero es respetuoso y en cuanto a los pibes, los que peor se portan son los de los colegios privados”, cuenta Héctor, que no se parece a Ben Stiller, el actor que interpreta a un guardián en Una noche en el museo, pero all uso nostro está en su salsa, con anteojos oscuros y cara de pocas pulgas.

–No tocarás ni probarás la comodidad de ningún objeto.

–No sacarás fotos (sin flash tampoco) ni filmarás porque los óleos se deterioran. En el Museo de Transporte, en cambio, sí se puede.

–No comerás dentro de las salas ni harás un picnic en los jardines. Las cañas de pescar y el equipo de mate se dejan en la boletería.

El reglamento básico del guardián es cuidar que se cumplan esas prohibiciones. Y aunque suene sencillo, las personas que visitan los museos no son los que parecen en la vigilia. Aunque usted no lo crea, ese señor de lentes y barriga honorable que paga los impuestos, suelto en un museo es dañino y no peligra su extinción. Como alguna vez dijo un General, “el hombre es bueno pero si se lo vigila, es mejor”.

“No entienden que no pueden sacar fotos y te discuten, contestan mal o esperan que te des vuelta para hacerlo igual. Si amenazamos con llamar a seguridad, se callan”, explica Natalia, una muy comprensiva guardiana de cinco años de antigüedad y unos 3.500 pesos de sueldo a quien le toca vigilar, con dos compañeros, una de las salas mayores, la de los Presidentes. Entre los cuadros de los mandatarios, el más impactante es el de Eva Duarte de Perón, pintado por Héctor José Cartier: muy bella, con el vestido blanco de seda que lució en la gala del 25 de mayo de 1948 en el Teatro Colón. “Algunos se arrodillan frente al cuadro. Otros lo besan y hay que decirles que no se puede. Otros putean y se van”, cuenta Natalia. En el Museo de Transporte, abundan los toquetones; es comprensible que los chicos se tienten con subir a La Porteña, al Plus Ultra o a los lujosos carruajes de gobernadores y los presidentes de la segunda mitad del siglo XIX. Hace poco, Rubén, uno de los guardianes, tuvo que perseguir a sus 67 años a un gaucho llegado por un desfile rural con una borrachera que lo dejó sin conciencia de sus hechos: “Se subía a todo y cuando lo retaba me pedía perdón y me daba un beso”, recuerda.

El guardián debe saber a la perfección el inventario de la sala de su responsabilidad. Al empezar y finalizar el turno, controla que no falte nada: si pasara, debe avisar de inmediato para que se inicie la investigación. La última vez que “desapareció” algo fue en 2007: ocho monedas acuñadas durante Fernando VII que no se han recuperado.

“Este complejo es el más importante de la Argentina y de América del Sur en calidad y diversidad de patrimonio, más que el Museo Histórico Nacional”, define Bellotta.

–¿De los empleados, los guardianes son los últimos de la lista?

–Eran los últimos. Les dimos un curso de capacitación porque pueden responder preguntas y dos de ellos pasaron directo a ser guías. Son los que tienen contacto con la gente, la cara del museo; en ese aspecto, son los de arriba. Les pido que sean felices.

Que me perdone Bellotta, pero fui mucho más feliz viendo las pelis de Ben Stiller. Claro que él no se quedaba de 11 a 17. Si voy a trabajar de guardiana, preferiría la medianoche: a lo mejor, Vito Dumas desempolva su velero y me lleva a dar una vuelta al mundo hasta el amanecer. 

Si querés ver más “Yo fui”, hacé click acá…

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