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Yo fui casamentera
No son pocas las parejas que luego de recurrir a los servicios de una Celestina terminan en el altar.Más Fotos

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UNA CRONISTA DE EL GUARDIÁN, CELESTINA

Yo fui casamentera

En un mundo cada vez más dominado por las redes sociales no son pocos los que recurren a profesionales para encontrar al amor de su vida. Y no son solo los feos o tímidos. Por un día, EG se tomó el trabajo de contactar gente.

MIÉRCOLES 18.01.2012 – EDICIÓN N ° 47

Escribe Leni González

Fotos Juan Pablo Barrientos

Me caso, ahora sí que me caso.” Pensar que hay tipos que te gritan eso por la calle. Como si una se quisiera casar con ellos, como si estuviera en oferta esperando que caiga algún distraído y te lleve en andas al Registro Civil. No, Rogelio, yo no me quiero casar y vos, creo que tampoco. Que mucho lanzar proclamas al viento pero a la hora de la verdad verdadera. Te quiero ver. Shooo, es un consejo que les doy, muchachas y muchachos, si buscara matrimonio iría a probar suerte con Margarita Baumann, de la consultora For Ever, que une medias naranjas hace 20 años.

Pero no vayan a creer; no busco, faltaba más. Ahora les cuento bien cómo es la cosa. Sucedió que pasaba por ahí, vi un cartel y subí. Y ahí nomás me encaró Margarita y me dijo que como yo era linda, inteligente y buena me iba a casar pronto pero le dije que no y que no insistiera, será posible.

–Entonces, si no vas a casarte, debes entregar tu vida a los demás. Si no lo hacés por vos, lo harás por ellos: ¡a casar gente que se acaba el mundo! Y así empecé.

Bienvenidos

Solos y solas del mundo, uníos. Mentira, jamás diría eso. Como si fuera fácil hacer proselitismo con números sueltos. Según el Censo 2010, en la Ciudad de Buenos Aires viven 1.335.163 varones y 1.555.919 mujeres; es decir, 86 de los primeros por cada 100 de las segundas. Pensar que tu tatarabuela, a fines del siglo XIX, tenía para elegir entre tanto gallego, tano y polaco recién llegados. Para bien o para mal, el “índice de masculinidad” cayó estrepitosamente.

Entre otros ítems que también bajaron para ya no subir, se encuentra la natalidad. Estamos en una ciudad envejecida, con la menor tasa de natalidad del país, de 1,9 hijos por grupo familiar, y la mayor esperanza de vida, rubro en el que también nosotras superamos: 80 años para ellas y 73 para ellos. Pero no sólo las viudas y las viejas viven solas en la Ciudad, ya que el 31 por ciento de las viviendas están habitadas por una sola persona: los que arman su hogar dulce hogar uniparental, porque se divorciaron (uno de cada dos matrimonios) o porque sus ingresos se lo permiten, típico entre las mujeres profesionales que postergan formación de pareja y la maternidad.

En medio de todo ese guiso, mi universo de acción en esta agencia matrimonial de coqueto barrio porteño se acota a mujeres y hombres heterosexuales, mayores de edad,  de nivel social y educacional de medio a alto, con probadas intenciones de unirse de manera estable, es decir: matrimonio, convivencia o cama afuera pero con un vínculo serio. Usted me entiende. Trampas, no. Fantasías de una noche de verano (o de invierno), no. Margarita se pone firme y me da sus directivas: filtremos al dudoso.

–Aló, consultora, buenos días, cómo no, te doy una entrevista y te cuento, es gratuita.

La gente llega por avisos y notas en diarios, por el boca a boca, por la página web. Llaman y se arregla una entrevista. O no.

–Tengo 53, me gustaría salir con chicas de unos 25, que no tengan problemas en viajar, chicas divertidas.

–Mire, señorita, vivo en Gregorio de Laferrère, hago changas, cuido nenes, lavo la ropa, tengo cinco hijos que mantener, vio, porque el padre se fue, quévacer.

Ya desde el teléfono, estamos en condiciones de desalentar al primero porque sobran lugares adonde puede encontrar lo que busca. “Somos una consultora con fines serios y nunca aceptamos tanta diferencia de edad: como máximo, el caballero puede llevarle 10 y hasta 15 años a la mujer pero no más, ¿comprende, señor?”

También descartamos a la segunda. Porque no responde al target de la consultora y no tiene sentido alimentar ilusiones. Somos crueles pero honestos. “En este momento no tenemos a nadie ingresado que busque una persona con sus características. Llame en un tiempo y tal vez podamos ayudarla.”

–Lunes a las 15, en nuestra oficina. Si es posible, no se olvide sus documentos.

Racionalidad

Una computadora, un velador, papeles, archivos con fichas de cada cliente y una carpeta de recortes periodísticos que avalan la seriedad del emprendimiento. Si la charla se alarga, traigo un té o un mate cocido. “Ese es mi hijo, sí, y ese otro, mi gato, ¿viste?”, le cuento a Clara, la nueva interesada. Las fotos de mi novio las saqué por recomendación de Margarita, que dice que es como contar plata delante de los pobres.

“Soy abogada recibida en la universidad X, con master en G y doctorado en Z; trabajo en el estudio de M & N Cía.; vivo sola en mi depto en el barrio de Las Cañitas; viajo a Europa cada dos años y a Nueva York, una vez al año; me mantengo desde los 18; juego al golf tres veces por semana y voy y quiero y pienso y hago.”

Clara tiene 37 años, es muy linda y es todo eso que dice que es. Primera muestra de que a las agencias matrimoniales no van los feos y desahuciados como contaba la leyenda, sino todo tipo de personas, incluidas las atractivas y con montones de atributos positivos. ¿Las razones?: la falta de tiempo para salir al ruedo e iniciar el trámite que implica conocer a alguien, la inseguridad de las calles, la informalidad del mundo nocturno; la falta de compromiso, las mentiras y el amor líquido, el temor a la estafa (en especial, entre los señores de buena posición económica). Por lo tanto, cierto cansancio por experiencias fallidas y el deseo de no perder energía y conectar con personas que busquen lo mismo.

Volvamos a Clara y su estereotipo que, como las llama Margarita, son “las fálicas”.

–Querida, no podés presentarte así a los varones. Los asustás. Podés contarles lo bien que te va, pero además que te gustaría ir de la mano por la playa y sentirte enamorada y (repito lo que me enseñó Margarita) mostrarte más, digamos, femenina.

–No creas. Les digo eso para que sepan que no los necesito, que tengo mi vida. Si no, piensan que los buscás para engancharlos.

–Es que no está mal eso. ¿No es eso lo que querés? ¿No deseás conocer a alguien que busque lo mismo? Acá te vamos a presentar hombres que quieren enamorarse y formar una familia igual que vos.

Clara acepta el consejo. Creo que no tiene alternativa porque está en pleno apurón de los treintilargos y no le incomoda pagar los 4.500 pesos del servicio. Por ese importe  le garantizamos una ilimitada cantidad de presentaciones hasta que se forme una pareja, como más o menos anunciaba Roberto Galán. Recién cuando la relación cumple seis meses, el trabajo se considera realizado. Si se rompe antes, vuelta a empezar: así lo marca el “contrato para la prestación del servicio de presentaciones personales” que firmamos con una sonrisa.

Antes, Clara, y todos los clientes sin excepción, completan dos planillas: “datos personales” y “cuestionario perfil buscado”. Cada cruz marcada debe ser demostrada con DNI, acta de divorcio, diploma de graduado y un demás (drogas, tabaco, enfermedades y más) para el que está la pericia del entrevistador, que para algo estudió psicología, grafología y counseling.

Por ejemplo, cuando en el ítem ¿es importante el aspecto sexual en su vida privada?, Arnaldo marcó la opción “poco”, Margarita temió otra cosa: ¿impotente?, ¿eyaculador precoz?, ¿qué esconderá? “Mmm –me cuenta–, es que pasó. Un tipo guapísimo que no podía. Por eso, estoy atenta. No puedo presentarles a un señor con problemas.”

Y los problemas existen. Mientras esperaba a mi próxima visita, recibí un mail desgarrador. Mónica, de 40, contaba que no iba a reincidir con César, porque “las cosas no salieron como esperaba”. Después de tres salidas, César le parecía genial, que estaba “embaladísimo”, que eran tal para cual aunque faltaba “la prueba decisiva”. Qué lástima. “Ellas son mucho más exigentes en la cama, se quejan y te cuentan; ellos, no”, me confiesa Margarita.

–Hola, soy Andrea, la profesora de reiki. Tenía mi turno ahora.

–Sí, adelante, sentate, ¿un té verde?

A simple vista, le calculo alrededor de 45 años. Bonita, deportiva, charladora, desde que se divorció hace 200 cursos al año y planea escalar el Aconcagua. Le gustan los hombres algo más jóvenes, “no mucho, de 7 a 10 años”, porque a los mayorcitos “les pinta el sillón”. Le advierto que las reglas no permiten brindar lo que busca, simplemente porque no se puede: los hombres quieren mujeres más jóvenes que ellos y nunca mayores de 50.

–Pero si salgo con más jóvenes, qué les pasa.

–En la calle, en una reunión, en tu trabajo, podés encontrar lo que querés porque la seducción lo permite todo. Acá, la búsqueda es racional. Y los hombres piden mujeres con 10 años menos que ellos.

–Ah. Mejor me voy.

La convenzo de que no se vaya. Me da su documento; nació en 1956: tiene 55 años.

–¿No podés poner la edad que aparento y no la cronológica?

–No, es deshonesto. Pero como les saco fotos a todos, el interesado te podrá ver tal como sos y lo linda que estás.

Mentí. Sí, Andrea es linda, eso es cierto. Pero las chances son pocas. Tengo los archivos repletos de cincuentonas. Salvo muy contados casos, cuesta ubicarlas. La oferta supera, desborda, satura la escasa demanda. Nuestro trato es condicional: no le cobro hasta que no le consiga algo duradero. Ella, las de 50, pertenece al grupo de los complicados en el mercado matrimonial. En ese podio, la acompañan los varones menores de 30 (sí, los hay), porque casi no hay chicas menores de 30 que vayan a consultoras. Y los casos fuera de la media, como obesos o señores de 1,50 metro. Es racional, ya les dije.

En el perfil buscado se pregunta lo mismo que cuando conocés a alguien en la kermese: ¿te gustan los chicos? ¿Sos alérgico a los gatos? ¿Aire libre o boliches nocturnos? El dinero no me importa.

En general, ellas piden que sea trabajador y honesto (léase, que no lo tengan que mantener), contenedor (que las escuche hablar), sincero (que no las cuernee) y poder admirarlo (que tenga algún mérito, ¿no?). Mientras que ellos piden  que sea femenina (bah, un poquito sumisa) y atractiva (que la puedan mostrar). “Me tiene que gustar” es la frase repetida. Hay también un reclamo masculino poco simpático: la obsesión por la delgadez por parte de cincuentones en buen estado, profesionales exitosos y muy acicalados (hace un tiempo se los identificaba como metrosexuales) que piden mujeres muy flacas.

Cruzados los datos, si hay “coincidencia” no van al “living del amor”, como con don Roberto. Eso no se usa más. Las presentaciones desde hace años ya no se cumplen en la oficina, momento incómodo pero que las mujeres exigían por temor. Le envío a Juan el perfil y la foto de María, y a María viceversa; y si ambos dicen sí, entonces paso los teléfonos (en el 99,9 % ellas quieren que sea él quien llame) y arreglan una salida. Ahí empieza la historia conocida con todos los tips: me gustó, no me gustó, seguimos, vemos, va de nuevo o, sí, final feliz. Porque hay muchas parejas que se forman y se casan o empiezan una convivencia y todos festejamos. El método funciona como cualquiera, por lo que es menor el pudor a revelar cómo fue que nos conocimos: ¿seducción a la carta? ¿Y por qué no?

–Margarita, ya cumplí con el prójimo y colaboré con el amor universal. ¿Puedo irme?

–Sí, querida. En serio, ¿no querés que te anote?

–Eh, casi casi me convencés. Hagamos algo. Si este libro que estoy leyendo, termina con final feliz, me anoto. Pero si termina todo mal, no, ¿de acuerdo?

Margarita aceptó sin entender mucho. A mí me esperaba un largo viaje hasta mi casa. Menos mal que me entretengo leyendo La Celestina.

Si querés ver más “Yo fui”, hacé click acá…

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